Un drama lírico de Wagner en La Habana

La obra Tannhäuserfue estrenada el 19 de octubre de 1845 en el Teatro Real de Dresde.

Foto: Tomada de Internet

La reciente celebración de la Semana Santa en La Habana ha estado revestida de rasgos singulares que lindan con lo que Alejo Carpentier llamara “lo real maravilloso”, en tanto incluyó la visita del presidente estadounidense Barack Obama, el concierto único de The Rolling Stones y por si todo esto fuera poco, el estreno los días 26 y 27 de marzo del drama lírico Tannhäuser, en un montaje del Teatro Lírico Nacional de Cuba, con el apoyo de la Sociedad Richard Wagner de Alemania y el Instituto Goethe. La dirección escénica de la puesta en el Gran Teatro Alicia Alonso estuvo a cargo de Andreas Baesler mientras que la musical correspondía al célebre conductor Walter Gugerbauer.

La obra, estrenada el 19 de octubre de 1845 en el Teatro Real de Dresde, está basada en leyendas medioevales que se refieren a un caballero y trovador que llevó una vida de placeres que incluyó relaciones con la mismísima Venus antes de convertirse a la moral cristiana gracias al amor de la piadosa Elizabeth, sobrina del soberano de Turingia. Con esta obra Wagner dejó de lado la división en números de la ópera tradicional y la sustituyó por la unidad de las escenas dramáticas, uno de los principios que lo llevaron en su madurez a la reforma del drama lírico. Hay en ella pasajes justamente célebres como el saludo “Salve mansión del canto” entonado por Elizabeth, la solemne “Marcha” que acompaña la entrada del cortejo a la sala del certamen y la romanza de Wolfram dedicada a la estrella de la tarde.

La primera representación en América tuvo lugar en New York en 1884. En esa ciudad quizá pudo presenciarla José Martí, ferviente admirador del compositor, quien la cita varias veces en sus Escenas Norteamericanas. Solo llegó a un país latinoamericano en 1901, en el Teatro Colón de Buenos Aires.

Las obras de Wagner no han subido con frecuencia a escenarios cubanos. Su presencia ha sido ocasional y casi siempre misteriosa, a pesar de que este autor era ya conocido en La Habana por ciertos aficionados a la música en la última década del siglo XIX.

La primera ocasión fue la representación de Lohengrin en el Teatro Tacón el 18 de enero de 1891, propiciada por el empresario NapoleoneSieni, quien estaba a cargo de la temporada lírica en este coliseo. Los roles centrales de Elsa y Lohengrin fueron desempeñados por los cantantes italianos GiusseppinaMusiani y OresteEmiliani. Al parecer, la puesta no tuvo demasiada resonancia popular. De ella nos ha quedado, apenas, un artículo publicado por Julián del Casal en el diario El País el día que debía celebrarse el estreno, en el que se permitía glosar el argumento de la obra y fantasear sobre él, gracias a la lectura de Richard Wagner y su obra poética de Judith Gautier, hija del poeta Theóphile Gautier, quien devino musa del compositor por un tiempo y divulgadora de su obra hasta el fin de su existencia. Curiosamente, desde el instante en que escribía esas cuartillas, el poeta estaba decidido a no asistir a la representación, para mantener intactas sus ilusiones, así se despide de los lectores:

“Así he visto representar esta ópera, grandiosa, en el teatro de Bayreuth, con los ojos de la imaginación, que son los ojos que ven las cosas de la manera más bella, cuando sabía soñar. Esta noche se representa en el Tacón. ¡Ojalá que los artistas encargados de su desempeño, la hayan presentado ya a los lectores de estas crónicas de una manera superior a la que mi fantasía se la ha querido presentar!”.

Gracias a esta decisión no nos han quedado nociones precisas de la calidad de la puesta ni del interés que pudiera despertar en un público habituado casi exclusivamente a las óperas italianas románticas que servían de marco para el lucimiento de las divas del bel canto.

De la segunda ocasión también tenemos noticias solo por un escritor. Tres décadas después, hacia 1923, según Alejo Carpentier, en aquel mismo escenario, ya rebautizado como Teatro Nacional, tuvo lugar una presentación del último de los dramas del compositor, Parsifal. Según él, concurrieron muy pocos espectadores porque la mayoría de los que por entonces podrían pagar una localidad para tal suceso, habían preferido asistir a una función de zarzuela en el vecino teatro Payret y los periodistas tenían asuntos más interesantes para esa noche. Por eso quizá nunca sabremos quiénes fueron los intérpretes, ni siquiera el director invitado. Más aún, se ignora si la representación concluyó, porque algunos de los escasos asistentes descubrieron pronto que la música era llevada por el conductor a un ritmo el doble de lento que el exigido por la partitura, por lo que una representación que habitualmente duraba unas cuatro horas podría extenderse a más de ocho y se fueron marchando gradualmente hasta vaciarse la sala. ¿Todo esto es cierto o pertenece a la fantasía del autor de El reino de este mundo? Hasta hoy los investigadores no han hallado rastros de esa noche wagneriana.

La tercera puesta sí ha podido ser documentada de manera fehaciente: la representación de Tristán e Isolda propiciada por la Sociedad Pro Arte Musical, el 13 de noviembre de 1948, en el Teatro Auditorium, con los cantantes KirstenFlagstadt y Max Lorenz en los roles centrales y la Orquesta Filarmónica de La Habana conducida por el célebre director Clemens Krauss. Varios de los que asistieron a aquella emblemática función todavía medio siglo después conservaban la impresión causada por el ambicioso montaje y, sobre todo, por el desempeño vocal de los protagonistas. Sin embargo, Wagner desapareció de los escenarios insulares por el resto de la centuria.

En 2013, con motivo del bicentenario del natalicio del creador germano, el Teatro Lírico Nacional estrenó un montaje de “El holandés errante” y aunque este implicaba a algunos cantantes apreciables, duró muy poco en cartelera, bien porque la puesta no resultara demasiado atractiva, bien porque el público no estuviera demasiado familiarizado con la poética de este compositor.

El hecho de que se haya decidido insistir, apenas tres años después, con Tannhäuser significa que se están venciendo ciertos prejuicios. Si bien el repertorio de nuestra primera compañía lírica sigue privilegiando a creadores como Donizetti, Verdi y Puccini, reconoce en Wagner a una especie de asignatura pendiente con los espectadores cubanos, cuya sensibilidad es preciso poner al día y aunque hay autores mucho más novedosos, es imprescindible detenerse en los valores del Genio de Bayreuth, al que Carpentier en su ensayo “Tristán e Isolda en tierra firme” presenta como modelo para los autores de vanguardia en América:

Hay que realizar con lo latinoamericano algo semejante a lo que Wagner realizó con lo romántico y lo alemán. Esto, desde luego, muy lejos del monstruoso intento de construir tetralogías indias o de escribir dramas líricos en que veamos cantar a Bolívar en dúo con San Martín en la famosa entrevista de Guayaquil. Pero es indudable que Wagner se valió de sus mitos, de su patrimonio cultural, como nosotros tarde o temprano, tendremos que valernos de nuestros mitos y de nuestro ubérrimo patrimonio cultural.

Hace alrededor de un lustro, en mi novela Ritual del necio incluí una especie de obertura en la que tenía lugar en La Habana una representación de Tannhäuser presidida por el mismísimo Wagner en medio de los avatares del Período Especial. No podía creer yo por entonces que la obra llegaría en realidad a estar en la cartelera de un teatro de la ciudad aunque fuera brevemente. Sería deseable que, aunque ya no podamos contar con la presencia del ilustre Gugerbauer, se reponga en corto plazo la obra. A diferencia de Casal, prometemos asistir porque esta cuarta ocasión puede ser la decisiva para aclimatar al autor de El anillo de los nibelungos a nuestra escena. (2016)

 

Foto de Gran Teatro Alicia Alonso

Pie : Las obras de Richard Wagner (1813- 1883) no han subido con frecuencia a escenarios cubanos.

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