Un libro sobre encuentros personales y deshielos

Irónicamente, el mismo día de la presentación del texto del cardenal Jaime Ortega coincidió con la del discurso del presidente estadounidense Donald Trump, en el teatro Manuel Artime de Miami.

Ortega firma libros en el Aula Magna del Centro Cultural Padre Félix Varela.

Foto: Jorge Luis Baños_IPS

A pesar de que la tarde del viernes 16 de junio fue tan lluviosa como las precedentes, un público amplio y heterogéneo abarrotó el Aula Magna del Centro Cultural Padre Félix Varela, ubicado en el antiguo edificio que albergara hasta hace unos años el Seminario de San Carlos y San Ambrosio. Los congregaba la presentación del libro Encuentro, diálogo y acuerdo del Cardenal Jaime Ortega Alamino, publicado por Ediciones San Pablo, casi simultáneamente en México y España.

Los que al final del encuentro formaron una extensa fila para que el autor firmara su volumen coincidían en la importancia histórica de ese texto, un testimonio personal del prelado sobre la misión que le confiara el papa Francisco para acercar a los jefes de estado de Cuba y Estados Unidos: Raúl Castro y Barack Obama y favorecer el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre ambas naciones, lo que podría comenzar a liquidar un diferendo que cuenta ya con más de medio siglo de existencia.

El breve volumen no es uno de esos textos al uso que se hace notorio por el número de chismes y revelaciones indiscretas sobre personalidades políticas; tampoco es una historia de las relaciones entre los dos países implicados y, mucho menos, un juicio político de las posturas de ambos. Todas estas posibilidades cedieron su lugar a un testimonio sucinto de la labor de Ortega, emisario particular del pontífice, que se saltó los canales diplomáticos del Vaticano y las estructuras gubernamentales de la Isla y del vecino del Norte, para entregar “en mano propia” a ambos presidentes las cartas que le confiara Francisco, con su petición personal para hacer avanzar los tímidos intentos de diálogo puestos en marcha hacia esas fechas.

El 17 de diciembre de 2014, cuando los cubanos y todos el resto del mundo compartían el estupor y la casi unánime alegría por los discursos televisivos de ambos mandatarios que parecían poner fin a los restos de la Guerra Fría e inauguraban un proceso de distensión bastante inesperado, no parecieron extrañas las menciones de ambos a la intervención del Sumo Pontífice, aunque se suponía que esta había tenido lugar a través de las vías tradicionales que emplea la Santa Sede en sus mediaciones, es decir, conducidas por la Secretaría de Estado y utilizando como canal privilegiado la red de nunciaturas apostólicas afirmada en diversos puntos del orbe.

Mucho después fue que pudo saberse de la participación de un emisario especial en estas labores, quien respetó el necesario secreto de su misión no solo mientras la desempeñaba sino mucho después de que esta diera sus primeros frutos, hasta encontrar el momento adecuado para hacer público su trabajo.

El texto, de lenguaje directo y testimonial, cruzado por frecuentes altos en el camino para reflexionar sobre los hechos, permite conocer mejor el talante del jesuita Jorge Bergoglio devenido Papa, gran devoto de San Francisco de Asís, lo que explica el nombre elegido tras su elección pontificia. Como aquél, tiene la firme voluntad de contribuir a la paz mundial, pero en vez de hacerlo en forma de documentos o proclamas públicas o empleando las facilidades de las estructuras vaticanas, apuesta por el encuentro entre personas, la calidez del diálogo y el compromiso humano más allá de diferencias ideológicas.

El hecho de que el cardenal cubano conociera desde hacía años a su homólogo argentino y tuviera sintonía con sus preocupaciones sobre la Iglesia y la sociedad en América Latina, favoreció su designación para esta labor en vez de confiarla a alguno de los brillantes negociadores salidos de la Academia Diplomática Vaticana.

Por otra parte, tras este encargo había también el reconocimiento a la mediación que Ortega desarrollara en Cuba ante las máximas autoridades de gobierno a partir de febrero de 2010, a propósito de las huelgas de hambre de los opositores Orlando Zapata y Guillermo Fariñas, de las que resultó el fallecimiento del primero, así como el extremo hostigamiento sufrido por las Damas de Blanco en el siguiente mes de marzo, durante las marchas que organizaron en diversos puntos de La Habana, en protesta por el encarcelamiento de sus familiares desde marzo de 2003. Aunque el 25 de febrero había aparecido una nota del Comité Permanente de la Conferencia de Obispos en que se reclamaba crear condiciones para el diálogo y entendimiento para evitar “situaciones tan dolorosas”, el Cardenal decidió el 26 de abril enviar una carta directamente al presidente Raúl Castro en la que lamentaba el trato dado a las Damas de Blanco y solicitaba el fin de los actos de repudio.

De manera más o menos sorprendente la carta abrió una vía para el entendimiento. No solo se suspendieron las duras respuestas a las manifestantes sino que comenzó un diálogo que permitió la excarcelación de los prisioneros de la primavera de 2003, así como otros más que solicitaron la revisión de sus casos. El apoyo del canciller español Miguel Angel Moratinos permitió que fueran acogidos en su país los liberados y sus familiares si así lo deseaban. Además, los encuentros personales entre Raúl, Ortega y otros prelados cubanos, generaron una distensión entre ambas partes, un clima que favoreció tratar otros temas y dejó abierto el espacio para nuevos contactos. Solo ello explica que el entonces Arzobispo de La Habana no hallara obstáculos para entregar la misiva del Papa al presidente cubano, aunque este estuviera de vacaciones.

Tanto la mediación al interior de Cuba, como la que implicaba a Estados Unidos, han granjeado a Ortega la estimación de personas muy diversas en el mundo. Sin embargo, también han tenido su reverso amargo: opositores al gobierno cubano, incluidas las propias Damas de Blanco, le acusaron de no cederles espacio en el diálogo con las autoridades insulares; otros torcieron la noticia de las excarcelaciones para reprocharle que apoyaba junto a Raúl un destierro masivo de disidentes; sin olvidar que sectores fuertemente radicales de los emigrados cubanos en Estados Unido han pintado su labor como una complicidad con las autoridades comunistas y le han reprochado —muchas veces con harta grosería—que no se pronuncie por un cambio de régimen en el país. Al contrario, muchos feligreses católicos así como ciudadanos de a pie, han agradecido estas gestiones porque han ayudado a producir una apreciable distensión entre las partes que ha favorecido además el desarrollo de proyectos caritativos, de promoción humana, educativos y culturales de la Iglesia católica en beneficio de la población cubana.

Es preciso recordar que Cuba y la Santa Sede han mantenido inalterables sus relaciones diplomáticas desde su establecimiento en 1935 y que la Isla ha sido visitada por tres papas: Juan Pablo II (1998), Benedicto XVI (2012) y Francisco (2015). Sin embargo las relaciones entre Iglesia y estado han pasado por diversos avatares, que incluyeron apreciables tensiones entre 1960 y 1968 a tenor del acercamiento a los países del bloque socialista y la adopción oficial de materialismo y el ateísmo científico. Tales situaciones se limaron gradualmente, especialmente a partir de 1985 cuando aparece el libro Fidel y la religión, aunque la década siguiente registró otros motivos de desacuerdo, como la publicación de la carta pastoral de la Conferencia de Obispos El amor todo lo espera en 1993.

Parecería irónico el hecho de que la fecha de la presentación del libro del Cardenal coincidiera con la del discurso del presidente norteamericano Donald Trump en el teatro Manuel Artime de Miami, donde procuró complacer a su auditorio con un lenguaje propio de los tiempos de la Guerra Fría y señaló su voluntad de revertir algunas de las medidas de distensión tomadas por su antecesor en la Casa Blanca para recrudecer el embargo a la Isla. Como señaló el autor de Encuentro, diálogo y acuerdo esa tarde, su misión había logrado un acercamiento del que daba testimonio la reanudación de las relaciones diplomáticas y eso no sería revertido, sencillamente era preciso tener fe, buena voluntad y hacer lo posible porque el deshielo entre ambos países prosiguiera más allá del cambio de interlocutores.

Muchos de los que adquirieron el libro estarán de acuerdo en que esta obra es un documento para la historia, un texto que deben conservar y estudiar las instituciones sociales de Cuba y el resto del mundo. Yo me atrevería a ir más allá y asegurar que es un escrito muy valioso para la espiritualidad de nuestro tiempo. Sería preciso preguntarse al cerrarlo: ¿Qué tengo yo que hacer, cristiano o no, por la paz, la reconciliación, la misericordia social? ¿Cómo puedo completar la misión aquí enunciada? Las respuestas serían diversas pero útiles. (2017)

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