Un palacio entre la política y la cultura

Nueva vida para el Segundo Cabo.

Uno de los más importantes inmuebles de la Habana colonial, llamado habitualmente Palacio del Segundo Cabo, ha vuelto a abrir sus puertas. El majestuoso edificio, ubicado en el lado norte de la Plaza de Armas, en la confluencia de las calles O’Reilly y Tacón, fue restaurado por la Oficina del Historiador de la Ciudad con financiamiento de la Unión Europea. Según han declarado especialistas de la Oficina, el edificio será “centro para la interpretación de las relaciones culturales Cuba-Europa, abordará desde una perspectiva simbólica el intercambio entre ambas latitudes.” La institución cuenta con varias salas permanentes: una dedicada a la historia del Palacio, otras se consagran al imaginario del Nuevo Mundo, la cartografía, las crónicas de viajeros, la arquitectura, el libro, la música y la danza, además de varias salas polivalentes y un gran salón de protocolo.

La historia de este sitio comienza en 1770, cuando el Gobernador de la isla, Marqués de la Torre, notificó al Cabildo habanero de la Real Orden que disponía la edificación de una Casa de Administración de Correos. Al parecer el plano original fue enviado desde la Península, pero la obra fue dirigida y perfeccionada por el ingeniero criollo Antonio Fernández Trevejos y se calcula que fue concluida hacia 1772. El sitio fue por décadas el centro mismo del intercambio de correspondencia entre Europa y América.

En el momento en que este palacio abrió sus puertas, era el más hermoso de los edificios habaneros y sirvió de modelo para la edificación de la vecina Casa de Cabildo o Palacio de los Capitanes Generales y otras construcciones de la Ciudad. Su solidez y elegancia estaban a tono con la labor de remodelación de la Plaza de Armas emprendida paralelamente por el Marqués de la Torre, como parte de la aplicación de los principios del Despotismo Ilustrado. Una ciudad en pleno florecimiento de las exportaciones de azúcar y tabaco, necesitaba de un centro simbólico cercano al puerto que evidenciara la solidez de sus instituciones de gobierno.

El historiador de la arquitectura Joaquín Weiss ha señalado algunos de los méritos más notables de esta construcción: “El edificio es de un barroco muy mesurado […] preludio del neoclasicismo. El soportal es una hermosa arcada romana de clásica pureza; el piso alto agrupa las tres ventanas centrales y las dos de cada lado por medio de cuatro pilastras, que alternan con salientes en la cornisa apoyados en placas recortadas, elemento de origen mudéjar que reestilizara el gran pintor, escultor y arquitecto granadino Alonso Cano…”.

A pesar de que tal construcción había nacido para un fin muy específico, hacia 1820 las autoridades militares fueron apoderándose del inmueble, y primero situaron allí la Intendencia, Contaduría y Tesorería General del Ejército y a mediados del siglo XIX las oficinas del Subinspector Segundo Cabo, así como la residencia personal de este, mientras que la Casa de Correos era trasladada a la Plaza de la Catedral, al palacio llamado del Marqués de Arcos, contiguo al de Lombillo.

Tocó al último Segundo Cabo que residió en el Palacio ser quien entregara el mando de la isla al Gobierno Interventor de Estados Unidos el 1 de enero de 1899, pues el Capitán General Ramón Blanco, a quien correspondía tal misión, decidió embarcar antes de tiempo para la Península para verse libre de tan vergonzosa ceremonia y le impuso tal deber a su subordinado Adolfo Jiménez Castellanos quien debió recorrer más bien cabizbajo el mínimo espacio entre su residencia y la Casa de Gobierno vecina, donde lo aguardaban los invasores norteños para el traspaso formal de poderes, mientras que su esposa, la principeña Carmen Barreto, conocida aficionada al canto lírico, supervisaba el cierre de los voluminosos baúles que los soldados debían conducir al navío fondeado en el puerto. Así concluían cuatro siglos de dominación colonial.

El edificio tuvo que adaptarse en el siglo XX a funciones completamente distintas. Allí estuvo la primera sede del Senado y, a causa de ello, en 1910 el arquitecto Eugenio Rayneri hizo grandes adaptaciones en el piso alto que alteraron la distribución de las dos crujías del frente. Una vez concluido el Capitolio Nacional durante el gobierno de Gerardo Machado, el Palacio sufrió una nueva transformación para servir como sede del Tribunal Supremo de Justicia hacia 1930. De esos años data la polémica decisión de la firma de arquitectos encargada de la intervención, Govantes y Cabarrocas, de retirar todo el revoque exterior de los muros para mostrar la belleza de la piedra de cantería desnuda, una moda que alcanzó a otros edificios habaneros, basada en consideraciones estéticas pero no históricas y que no tenía en cuenta el papel del repello como protector de la piedra de los efectos de la humedad y la contaminación ambiental.

A finales del último gobierno de Fulgencio Batista, una vez que concluyó la edificación del Palacio de Justicia en la Plaza Cívica y este acogió al Tribunal Supremo, se tomó la decisión de que el viejo caserón, otra vez vacío, se convirtiera en Palacio de las Academias, para albergar en su seno las sedes de la Nacional de Artes y Letras, la de Historia y la de la Lengua.

Sin embargo, muy poco pudieron sesionar tales instituciones allí, pues, hacia 1964 el edificio fue desalojado por la Comisión Nacional de Monumentos para una nueva restauración. Las Academias de Artes y Letras y de Historia fueron disueltas y la de la Lengua fue trasladada por su director José María Chacón y Calvo, al Ateneo en el Vedado, donde sesionó hasta su muerte.

Nuevamente remozado el edificio, fue destinado a servir como sede del Consejo Nacional de Cultura. Así, desde sus oficinas se generaron durante años acciones de promoción cultural y educación popular de innegable valor, pero también que en el primer lustro de los años 70, cuando el organismo era dirigido por Luis Pavón Tamayo, se desplegó la más equivocada política hacia las artes y las letras, impulsada por el dogmatismo, la intolerancia y la agresión a valiosos creadores e instituciones, que solo se detuvo en 1976 con la disolución del Consejo al crearse el Ministerio de Cultura, aunque algunos de los daños ocasionados a la cultura nacional han dejado huellas apreciables hasta hoy. En algunos momentos de aquellos años, el Palacio, con sus retorcidos pasillos, llenos de cubículos para burócratas, parecía despedir los mismos efluvios de los tiempos de la administración colonial española.

Instalado en ese lugar el Instituto Cubano del Libro, pronto su entresuelo albergó también algunas editoriales emblemáticas, especialmente Arte y Literatura y Letras Cubanas. En un rincón de la planta baja nació la revista La Jiribilla. El edificio se hizo más luminoso. Aún algunos escritores añoramos los Sábados del Libro celebrados en su patio central o los encuentros literarios y ceremonias de premiación en el gran salón de la planta alta, con sus balcones abiertos a la Plaza. Quizá fue la época más feliz y útil del caserón.

Ya en el segundo lustro del siglo XXI las huellas del tiempo se hacían evidentes en El Cabo –nombre que popularmente recibía el edificio en el medio cultural-. La humedad que le comunicaban los fosos del Castillo de la Fuerza era tan temible como las grietas que aparecían en los muros de la noche a la mañana. El inmueble, calculado para solo dos plantas, mal resistía las construcciones adicionales en su azotea y los centenares de tabiques que durante un siglo se habían levantado para ampliar el número de oficinas. Y también el Instituto del Libro debió marcharse a otro sitio.

El retorno a la vida pública de la añeja construcción, ahora sí con funciones adecuadas a su valor patrimonial, no solo es una contribución al salvamento de una joya de nuestra arquitectura, sino una especie de signo profético en medio de una ciudad necesitada de preservar de la ruina otros inmuebles notables para lo que resulta urgente la cooperación internacional. (2014).

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