Ventura González: un misionero del arte

Un artista en la comunidad.

Jorge Luis Baños - IPS

Ventura entiende muy bien cómo funciona el mecanismo psíquico de los niños con el dibujo

Conocí a Ventura González Padrosa en el Taller de Transformación Integral del Barrio (TTIB) de Alamar Este, en los días que él pintaba un jardín sobre la manta por la igualdad de género, obra colectiva de artesanos y artistas de los TTIB de la capital. Allí, el prado verde-amarillo que insertó en el lienzo proporcionó el entorno ideal para fusionar todos los elementos presentes en la tela. Nadie mejor que Ventura para plantar vegetación porque la lleva dentro. En aquel encuentro fijamos una cita sin fecha para otra ocasión, que llegó ahora, en un encuentro que me deparó agradables sorpresas.

El apartamento del artista en Micro X, el borde nordeste de Alamar, es vivienda y galería a un tiempo. Aquí no hay un espacio que no tenga la huella del pintor. También se denota su oficio en el diseño. Ese buen gusto se agradece, es necesario para lidiar con el rústico entorno de la ciudad-dormitorio.

“Soy guajiro de monte adentro”, dice Ventura, quien nació en un intrincado paraje del central Báguanos, en la oriental provincia de Holguín. Hijo de campesinos descendientes de catalanes y canarios, heredó de ellos el amor por la naturaleza, la disciplina en el trabajo y una ética para vivir. De dónde le viene el talento artístico, no me lo dijo, pero sí que comenzó muy temprano a dibujar. Recuerda que mientras pasaba el ciclón Flora, en 1963, él dibujaba. “El ciclón pasando y Ventura pintando, decía mi hermano”.

Aunque su niñez transcurre en el campo, ayudando a su familia en la agricultura, Ventura no dejaba de pintar y soñar con estudiar pintura. La oportunidad le llega en 1966, con catorce años: ingresa en la escuela taller de artes plásticas “Juan José Fornet Piña”, de Holguín, donde se nutre de lo necesario para avanzar en la ruta. No solo aprende, en los tres años de permanencia, el uso de los colores, el claroscuro, la línea, los volúmenes, la perspectiva, los planos, sino que también incorpora otras enseñanzas, imprescindibles en el crecimiento humano, impartidas por un excelente claustro de profesores que no olvida.

Luego de concluir sus estudios en la escuela taller de Holguín, el Servicio Militar lleva a Ventura hacia Camagüey, y en esa provincia se vincula al periodismo, una relación ininterrumpida hasta hoy. También allí tienen lugar sus primeras exposiciones.

En la década de 1970, ya en La Habana, Ventura estudia diseño gráfico y funda una familia, a la vez que pinta, dibuja, aumenta su producción artística, reflejada en una decena de exposiciones personales durante los ochenta. Creaciones suyas al óleo, temperas, plumillas, son exhibidas en galerías de arte, bibliotecas, vestíbulos de organismos. Entre ellas, recuerda especialmente la que nominó “Color de Mayo” para la Galería de Arte de Galiano, en 1986, la cual, “todavía, por esa época, disponía de un salón grande, pero lo llené totalmente”, me dice.

En posesión ya de una sólida preparación profesional, mas perseguido por un afán permanente de superación, Ventura cursó Historia del Arte en la Universidad de La Habana entre 1988 y 1993. Otras ocho exposiciones personales recogen sus cuadros en los noventa y media docena en la década siguiente.

Sin embargo, como un enorme iceberg, la mayor parte de la obra de Ventura González permanece sumergida. En su casa, en innumerables recipientes, reposan dibujos y pinturas para ocupar varios salones. Al calor de la conversación, comienzan a brotar y de repente el piso está cubierto de árboles, flores, aves, peces, mares, ríos, valles… El color y la luz de su niñez en Báguanos lo inundan todo. Le hago entonces una pregunta innecesaria, “¿te reconoces en tu obra?”, de respuesta obvia, contenida en la afirmación: “Tengo añoranza del monte”.

Pero aunque la naturaleza domina su obra plástica, no es Ventura exactamente un paisajista. El paisaje, la naturaleza, son elementos que se integran en su expresión, como elementos también pueden ser el hombre y la mujer, nunca extraños, sino perfectamente orgánicos en la composición. No hay violencia, todo encaja, porque la clave de este pintor es la armonía.

Al repasar los nombres de sus últimas exposiciones, encontramos similares designios: “El árbol de la vida”, “Con olor a primavera”, “Huella verde”, “Guardianes del agua”. Este último título es común a un folleto de 2004, editado por Gustavo Masciocchi, que recoge catorce plumillas de Ventura y poemas de siete autores. Allí el pintor señala: “Mi obra se inserta en el trópico, ahora como concepto de la naturaleza orgánica, parto de esto para fabular y articular un lenguaje plástico en torno a una función insular personal, el tema es una recurrencia más de mi obra pictórica…”

Una obra de arte centrada en la armonía, de cuyo discurso visual emana una relación entrañable hacia el entorno, distiende los conflictos y penetra como un mantra benéfico, sanador, en la conciencia del organismo urbano, saturado de ruido y hostilidad. Muchos Venturas hacen falta para curar las ciudades.

El artista en su comunidad

La comunidad de Micro X, en la profunda “estepa” de la Siberia alamareña, carece de instituciones culturales. No hay cine, teatro, casa de cultura, o galería. Tal vez cuando Ventura González llegó aquí, hace once años, extrañó el monte más que nunca: desde su apartamento solo se observa la infinita monotonía de los edificios prefabricados.

Aunque esa orfandad cultural ha ido cambiando con los proyectos comunitarios que desarrolla el Taller de Transformación Integral del Barrio (TTIB) de Alamar Este, nacido en 1998, ningún instructor de artes plásticas desarrolla labores en la zona, razón por la cual las especialistas del TTIB tocaron a la puerta de Ventura.

Desde hace cinco años, en el local del TTIB, dos días en la semana, el artista se convierte en profesor y entrega varias horas de su tiempo libre, sin remuneración alguna, para los niños que muestran vocación por las artes plásticas.

El rigor del artista es, asimismo, el del profesor. Durante dos horas continuas, Ventura va de una mesa en otra sugiriendo colores, exigiendo concentración, atendiendo cada niño que lo reclama con una paciencia asiática, necesaria para trabajar con un grupo de muchachos entre diez y dieciséis años, muy diversos entre sí, la mayoría de los cuales, como es usual, no seguirán en la ruta, pero probablemente no olviden las lecciones recibidas, que trascienden las artes plásticas.

Enseñar también es un arte, más meritorio si se ejerce con total desinterés. Respecto a esta misión, Ventura responde: “Para mí, entrar a una escuela de arte, fue un descubrimiento. Me cambió el mundo porque no solo aprendí a pintar, sino también ética, conducta, buenas costumbres. Y, salvando las distancias, eso intento con estos niños, date cuenta que por aquí no hay nada. Ya varios han ingresado en escuelas de arte. Son talentos que no se han perdido”.

Ventura entiende muy bien cómo funciona el mecanismo psíquico de los niños con el dibujo, cómo se van dando en ellos diferentes necesidades de representación; por tanto, les da total libertad en sus deseos de expresión. Si tienen talento, el artista va brotando de manera natural, mientras aprenden el uso de los colores, las líneas, el claroscuro, la composición.

Algunos miembros del taller muestran, además de talento, clara voluntad de seguir en el camino. Será una minoría, el profesor lo sabe: “Muchos no van a ser pintores, puede que sean médicos, o ingenieros, quién sabe, pero esta formación les queda”.

Laritza Columbié, especialista en el TTIB, dice que el trabajo altruista de Ventura en el taller de artes plásticas es muy respetado. “Brindar el conocimiento, el talento, sin esperar nada a cambio, es un acto de amor, de calidad humana, que merece mucho respeto”, señala”. Ella no recuerda un solo día que los muchachos se hayan quedado esperándolo. “El creó el espacio, lo formó y lo ha mantenido vivo, animando la motivación y expectativa de los niños de manera constante. Tiene la pasión de un misionero”, concluye Laritza. Plenamente de acuerdo.

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