Virtuosismo y vanguardia con la Orquesta del Mariinsky

Su único concierto en Cuba fue a la vez una singular clase magistral sobre la coherencia y vitalidad de la tradición musical rusa y una exhibición de virtuosismo.

Foto: Tomada del sitio web de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac)

Hasta hace muy poco tiempo el nombre del Teatro Mariinsky de San Petersburgo era entre nosotros patrimonio de los aficionados al ballet. El coliseo dedicado a María Alexandrovna, esposa del zar Alejandro II, tiene un lugar preferente en la historia de ese arte: allí ejerció por largos años su magisterio Marius Petipa, allí se ofrecieron las puestas canónicas de grandes clásicos como El lago de los cisnes, La bella durmiente y Cascanueces. Su sala repleta de oros presenció actuaciones memorables de Anna Pavlova y Vaslav Nijinski. Algunos conocían también su rol en la historia de la ópera rusa, sin embargo, solo ahora hemos venido a tomar conciencia del valor su orquesta, gracias al concierto único que ésta ofreció en la Sala Avellaneda del Teatro Nacional de La Habana, el pasado 6 de marzo, bajo la dirección de su titular Valeri Gergiev, considerado actualmente una de las grandes batutas del mundo.

La agrupación surgió a la vez que el propio teatro en 1860 y fue Eduard Napravnik, el primero de sus directores estables. Él permaneció al frente de ella más de medio siglo, la entrenó y otorgó un prestigio notable en el continente europeo. Pronto varias celebridades extranjeras ocuparon su podio: Richard Wagner, Hector Berlioz, Gustav Mahler, Arthur Nikisch, sin olvidar a los compositores rusos Piotr I. Chaicovski y Serguei Rachmaninov.

Gergiev, quien es también Director General y Artístico del Teatro desde 1996, no solo es un músico reconocido internacionalmente por su labor al frente de la agrupación, sino que ha dinamizado la labor musical del Mariinsky con la supervisión de ambiciosos y atrevidos montajes como el de la tetralogía El anillo de los nibelungos de Wagner, reclamado ya por otros escenarios de ópera en occidente, sin que esto haya estorbado su trabajo durante años como director de la Orquesta Filarmónica de Rotterdam y la Sinfónica de Londres. Con esta última realizó la monumental grabación de las sinfonías completas de Prokofiev.

En primer lugar, el concierto fue sorprendente por el programa elegido. Era esperable que buena parte de las obras a ejecutar fueran rusas, pero en contra de lo esperado por los melómanos, no estaban presentes las piezas más difundidas del repertorio sinfónico de aquella nación, ni la Sinfonía Patética de Chaicovski, ni la Scherezade de Rimski Korsakov, ni Noche en la árida montaña de Mussorgski, muchos menos algún guiño a las célebres partituras de ballet que la orquesta ha ejecutado tantas veces, ni esos fragmentos de obras ligeras que casi todas las agrupaciones incluyen en sus repertorios para deslumbrar al público de las giras con su brillantez y versatilidad. A pesar de los sostenidos aplausos del público al final y de varias llamadas a escena, el director no ofreció otro encore que la repetición de un pasaje de la sinfonía de Prokofiev que acababa de ejecutar.

Si bien este singular ascetismo desconcertó a algunos, el programa ofrecido demostró que aunque la orquesta no sacrificaba su inserción en la música universal y que podía ejecutar la Suite Holberg de Edvard Grieg y el Adagietto de la Quinta Sinfonía de Gustav Mahler con una calidad excepcional, preferían enfatizar la existencia de una tradición rusa que se extiende desde el romanticismo de Chaicovski hasta la singular labor de vanguardia de Prokofiev y Shostakovich, sin acudir en ninguno de los casos a sus obras más difundidas, sino a aquellas que por su originalidad, pasada ya la polémica de su estreno, siguen teniendo algo que decir al oyente actual.

Aunque pudiera parecer extraño, el concierto abrió, no con una obertura brillante, sino con la melancólica Serenata para cuerdas de Chaicovski. Sin embargo, los músicos nos convencieron enseguida del justo valor de esta obra en la que el compositor no se ata como en otras partituras a un programa literario, sino que establece un equilibrado compromiso entre la efusión de su yo romántico y la voluntad constructiva de la pieza que se apoya en modelos del romanticismo temprano como Beethoven y Schubert. La profesionalidad de los ejecutantes, su respeto por la partitura y a la vez su dominio de los secretos más íntimos, su cuidado estilístico, así como la irreprochable labor como conjunto, se hicieron evidentes en esta obra que aunque no fue concebida por su autor para la danza fue coreografiada en 1934 por el ruso George Balanchin para sus estudiantes de la School of American Ballet de New York, concibiéndola como un ballet sin argumento, pero que sugiere “diversas emociones y situaciones humanas”.

Hace un tiempo, un crítico decidió englobar los dos conciertos para piano y orquesta de Shostakovich bajo el rubro peyorativo de “simpáticos e intrascendentes”. La interpretación del primero de ellos en este concierto – con un joven solista cuyo nombre se anunció a última hora y lamentablemente nadie parece haber retenido, a causa de la súbita indisposición del célebre pianista Alexander Toradze- nos sirvió para desmentir tal afirmación. La obra fue compuesta en 1933, ya el creador había vivido el éxito temprano de su Primera Sinfonía (1925) y estaba vinculado con la más radical vanguardia artística, al extremo que su ópera La nariz, basada en el relato homónimo de Gogol, llegó a ser condenada por “formalista” por la crítica oficial. Todavía no era el neorromántico marcado por el sinfonismo de Mahler y devenido conservador tras la censura estalinista.

En su concierto el artista se permite parodiar a los modelos inmediatamente anteriores, especialmente los muy célebres de Rachmaninov, a la vez que asumir las búsquedas rítmicas del Stravinski de Petrushka y su pasión por los temas de origen callejero. Por una parte, el compositor confía a las cuerdas pasajes nobles y envolventes, de sabor romántico, que son continuamente interrumpidos y cuestionados por el diálogo, insistente y caricaturesco, entre la omnipresente trompeta y el piano. El rol del solista, de una dificultad casi demoníaca, es una especie de desafío para los virtuosos convencionales. Se trata de una obra provocadora, escasamente difundida durante el período soviético, pero que gana nueva vida en la historia de la música. Gergiev supo conducirla con una gracia especial en la que se remarcaba la mixtura estilística de la partitura y las complejidades técnicas se vencían sin perder la sonrisa de los labios.

El concierto cerró con la Sinfonía 1 de Prokofiev, compuesta en el verano de 1917, cuando el creador contaba veintiséis años. Él mismo la apellidó Clásica, pues según decía, así la hubiera compuesto Haydn de estar vivo en esa fecha. La obra, que apuesta por el formato orquestal reducido a la manera del siglo XVIII e incluye una de las danzas populares de esa centuria, la gavota, tiene la ligereza y brevedad de las sinfonías del autor austríaco que le sirve de modelo, aunque, desde luego, asume las adquisiciones compositivas de un nuevo siglo. Cierta pompa y cortesanía de la partitura, están siempre en contrapunto con un fino sentido del humor, una ironía que se manifiesta aquí y allá y anuncia al creador de vanguardia que haría eclosión pocos años después.

La obra ganó pronta popularidad en Europa occidental y Estados Unidos y fue grabada por célebres directores como Serge Koussevitsky, Igor Markevitch, Georg Solti y el propio Gergiev la registró para el sello Philips, al frente de la Orquesta Sinfónica de Londres en 2004. Fue ejecutada en varias ocasiones en Cuba desde su estreno en el Teatro Auditorium el 29 de enero de 1950, por la Orquesta Filarmónica de La Habana, dirigida precisamente por Koussevitsky. Pocos años después, en 1955, Alberto Alonso la empleó para su coreografía Sinfonía clásica con el Ballet de Cuba, revivida en los años 80 del pasado siglo para el Ballet de Camagüey.

A diferencia de otros directores, Gergiev no enfatizó en la obra el sabor dieciochesco, galante, sino el elemento paródico que le otorgó el compositor y puso cuidado en resaltar la brillantez orquestal y los contrastes rítmicos de la obra, particularmente en el cuarto movimiento, llevó el Molto vivace a una velocidad asombrosa y no muy habitual que produjo en los espectadores una especie de vértigo entusiasta.

El único concierto de la Orquesta del Teatro Mariinsky entre nosotros fue a la vez una singular clase magistral sobre la coherencia y vitalidad de la tradición musical rusa y una exhibición de virtuosismo que forma ya parte de las presentaciones que se han hecho legendarias en la tradición habanera. (2016)

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