Weimar, ser y estar en la historia

Desde esa hoy apacible ciudad alemana, el autor de “La novela de mi vida” nos devuelve personajes y momentos de la Historia que ningún ser humano debería olvidar.

Foto: Cortesía del autor

Un congreso de hispanistas germanos y latinoamericanos me ha permitido visitar por primera vez la ciudad de Weimar y las horas que pasé recorriendo sus calles hoy apacibles, contemplando sus edificios y atravesando museos y prodigiosas bibliotecas me han dejado en la retina y en la mente, como pocas veces en mis estancias por el mundo, el regusto recio de haber estado dentro de la Historia.

Porque a lo largo de los mil años de existencia de esta todavía pequeña ciudad de la germana provincia de Turingia, la historia alemana y, en cierta forma, la europea y universal han cruzado por este sitio dejando huellas indelebles de la grandeza del hombre y, también, de algunas de sus grandes tragedias y miserias.

Un pequeño hotel de Weimar, con un discreto balcón asomado a la Plaza del Mercado, eterno centro de confluencia de la ciudad, me sorprendió con la presencia en él de una escultura de tamaño natural de Martín Lutero, el generador de una de las grandes reformas religiosas del mundo occidental, tan importante que moldeó en buena medida el carácter alemán y de varios de los actuales países del centro y norte de Europa.

Goethe y SchillerEn ese balcón del Hotel del Elefante, donde hoy impera Lutero, se resume un importante concepto de ese devenir que hemos llamado la Historia. Desde hace unos años en ese espacio, cada año, se coloca una imagen de un gran hombre de la cultura alemana y, muy especialmente, de alguna de las personalidades ligadas a la nutrida crónica cultural y política de esa ciudad tan pequeña pero donde han ocurrido tantos hechos memorables. Allí estuvieron, de cuerpo presente, Thomas Mann, el gran escritor, pero también han pasado las imágenes de los fundadores Goethe y Schiller, moradores en un tiempo de esa urbe, los dos poetas considerados los padres de la patria alemana. Estadistas, filósofos, científicos, músicos también han ocupado ese sitio privilegiado para recordarnos lo mejor de la Historia, para no olvidar la Historia, porque allí, también allí, estuvo alguna vez la encarnación de lo peor que puede generar el ser humano. Y los ciudadanos de Weimar han decidido convivir con la Historia, antes que olvidarla o maquillarla.

Porque fue en Weimar, la culta y romántica Weimar, donde Adolf Hitler obtuvo la primera victoria electoral en su camino hacia el Reich y el horror, y fue en ese balcón discreto desde donde el gran ideólogo del nazismo pronunció, con el brazo en alto, algunos de sus discursos a una multitud enardecida por su verbo, imantada por su filosofía política, convencida de que aquel pequeño austriaco devolvería a Alemania su grandeza y la levantaría de la humillación de una guerra perdida y los conduciría por el mejor de los caminos. Allí está uno de los manantiales que nutrirían el río del terror y el Holocausto, uno de los episodios más lamentables de la Historia, que también tuvo uno de sus escenarios en Buchenwald, el campo de concentración levantado en las inmediaciones de esta misma villa de Weimar…

Precisamente en Weimar. La ciudad de bosques públicos y apacibles diseñados por el ministro Goethe y ríos limpios donde el poeta Goethe y su amigo Schiller escribieron algunas de las páginas más significativas de la historia de la literatura universal y crearon —o al menos potenciaron— lo mejor del espíritu romántico. La Weimar del pintor Cranach el Viejo y que acogió a Litz, a Bach y a Wagner, que no es poco decir. La Weimar en que se estableció Friedrich Nietzsche y donde todavía hoy se conserva el grueso de la papelería de uno de los filósofos más influyentes de la modernidad… ¡La Weimar donde nació y se fundó el movimiento que removió los conceptos del diseño y la arquitectura universales, la Bauhaus que, por revolucionaria, irreverente y creativa fue expulsada de la ciudad cuando el espíritu nazi comenzó a dar sus primeros aleteos y lanzó a sus protagonistas a un peregrinaje que los diseminó por medio mundo!

La ciudad de Weimar es, además, uno de los sitios por los que anduvo Napoleón Bonaparte pues, en sus inmediaciones, su ejército imperial se empeñó en varias batallas. En esta villa se fundó, por si fuera poco, la que se llamó —no podía dejar de hacerlo— la República de Weimar en 1923 y tres años después las Juventudes Hitlerianas, agresivas, obedientes, combativas defensoras de una ideología…

Visitar, caminar Weimar, tiene el poder de hacernos sentir cómo todos somos parte de la Historia y cómo la Historia es parte de nuestras vidas. Y también para recordarnos que la Historia puede ser pasado, tema de museos y libros, pero, a la vez, presente. Porque a través de sus lecciones de grandeza y dolor los hombres deberíamos aprender. Y, luego, ser capaces de practicar esa sabiduría. Saber que la grandeza de las ideas y la miseria del pensamiento, la bondad y la maldad pueden influir en nuestras existencias personales y colectivas. Y entonces, desde esa convicción, recuperar la certeza, tantas veces olvidada, de que nunca estamos a salvo de lo peor que puede engendrar la especie: el odio, la xenofobia, la manipulación de la masa herida y empobrecida, manejada por líderes mesiánicos y carismáticos, prometedores de futuros mejores… o por el mismísimo demonio que tentó a Lutero. Aunque también la Historia puede devolvernos la seguridad de que somos capaces de crear tanta belleza como la que, a lo largo de un milenio, nos ha regalado esta hermosa y hoy apacible ciudad de Weimar, donde, por fortuna, ahora imperan en el Hotel del Elefante una imagen de Martín Lutero y, desde hace décadas, dos enormes estatuas de bronce de Goethe y Schiller, los poetas, presiden la mayor plaza de la ciudad. (2016)

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