¿Y cuando lleguen los “americanos”?

Invertir en organización y eficiencia.

A la terminal 3 del aeropuerto internacional José Martí de La Habana han llegado varios vuelos en unos minutos. Air France, procedente de París; Air Canada, de Toronto; Copa, de Panamá; Iberia, de Madrid; un vuelo de Cubana de Aviación. Es lo habitual en cualquier aeropuerto importante del mundo. Pero aquí se produce el caos.

Frente a las esteras por las que salen los equipajes hay cubanos que viajaron por diversos motivos y regresan al país; turistas de muy disímiles nacionalidades e intereses; extranjeros residentes en la isla por diferentes razones. Todos deben esperar más de dos horas, en algunos casos tres, para poder recoger sus pertenencias despachadas en los mostradores de embarque. Alguien dice que el problema, esa noche, se ha agudizado porque no hay suficiente personal humano y equipo técnico (tractores para desplazar los contenedores de equipajes) para atender tantos vuelos, a tal cantidad de pasajeros.

Pero ¿siempre hay carencia de personal y equipos? Porque si algo parece garantizado para el viajero que llega a La Habana y trae equipaje en la bodega del avión, es la larga espera que sufrirá en los inhóspitos salones de llegadas internacionales. Porque allí no hay asientos en los que reposar, no hay un puesto para dispensar agua, no hay salones de fumadores, no hay nadie que informe a los recién llegados… Incluso, puede haber problemas con la climatización en pleno verano… La espera, por lo demás, puede verse incrementada si el viajero es de los que resulta enviado por el funcionario de aduanas al pesaje de sus bultos o a la revisión por cualquier motivo, incluido el fitosanitario (importación de alimentos, etc.).

He leído, mientras tanto, el reporte de que en el pasado mes de julio visitaron la isla 266 821 turistas extranjeros, lo cual representa un incremento del 26,1 por ciento respecto a igual mes del año anterior. Se dice que hasta ese mes ya habían arribado al país 2,1 millones de visitantes, por lo que se prevé que a fines de año se supere la cifra de algo más de tres millones recibida en el 2014. Las predicciones calculan en unos 2 700 millones de dólares la cifra que esta actividad aportará a las arcas del Estado, cantidad en la que quizás no estén contemplados los montos que, por vías impositivas, aportarán los cuentapropistas relacionados con el mundo turístico, y que debe ser una cifra respetable, de acuerdo a lo exigido por la Ley Tributaria vigente. O sea, se trata de mucho dinero para el país.

Pero, junto a esos turistas, también han llegado a Cuba por los aeropuertos del país los ciudadanos cubanos y los residentes extranjeros radicados en la isla (incluidos estudiantes de diversas nacionalidades), además de los diplomáticos y otras categorías de viajeros. ¿Y en la cuenta están sumados los norteamericanos que no son oficial, o legalmente (para las leyes norteamericanas) propiamente turistas? Si no estuvieran sumados los norteamericanos, y los cubanoamericanos, ¿cuántos visitantes serían? Pero aun sumados, faltan en el cálculo, de cara a lo que ocurre en el aeropuerto José Martí –no sé cómo será la situación en los otros que existen en la isla, quizás menos congestionados-, los cubanos y los residentes… que no son pocos, incluso, que cada vez son más con las actuales regulaciones que permiten a los ciudadanos del país viajar con mayor facilidad. Y cada uno de esos viajeros paga un impuesto por el uso de las instalaciones aeroportuarias…

Cifras aparte, ante lo que ocurre en la realidad de cada día en las terminales aéreas habaneras cualquiera podrá preguntarse… ¿y qué va a pasar cuando vengan los turistas “americanos”? Porque a la luz de las nuevas relaciones entre Cuba y su vecino del norte, el hecho de que se levante la prohibición que, como parte del bloqueo, pesa sobre los ciudadanos norteamericanos de hacer turismo en la isla, parece ser solo cuestión de tiempo.

El hecho de que la industria turística genere altas ganancias que tanto necesita la nación y de que, a través de los visitantes foráneos también se crea la imagen de un país, debería ser tenido en cuenta cada día que se produce un atasco de pasajeros en las terminales habaneras, en cada ocasión en que no aparece agua embotellada en los mercados, en cada hotel donde el servicio o los productos son de dudosa calidad. La realidad que viven los turistas es o puede ser la misma que encuentre el potencial inversor extranjero en el país. O los periodistas que, ahora mismo, en días de visita del Papa Francisco a Cuba, llegarán por oleadas y escribirán en sus medios sobre los más diversos aspectos de la realidad del país.

Cierto es que realizar inversiones en infraestructura (hoteles, aeropuertos, avenidas, transporte) es una necesidad urgente para el país que todos reconocen pero que puede ser muy costosa y, en ocasiones, de lenta realización. Pero invertir en organización no parece tan complicado. O no debería serlo. ¿De verdad había un solo tractor para sacar los contenedores de equipaje en la terminal aérea más importante y grande del país? ¿Quién y cómo se justifican tres horas de espera de un equipaje?

Para que el empeño gubernamental de modernizar y hacer eficiente el modelo económico existente tenga éxito, tan importante como las inversiones resulta la calidad con que se administre lo que existe y lo que existirá. En un sector del universo que nos ha ocupado en esta ocasión, el trabajo de los empresarios privados ha demostrado una capacidad y eficiencia que no posee el Estado, y por eso hoy muchos establecimientos gastronómicos oficiales en demasiadas ocasiones languidecen en su soledad y calidad, mientras las llamadas paladares hacen su zafra a golpe de… eficiencia y competitividad.

En ese estado de cosas, creo que ya es tiempo de que los responsables de diversos sectores asociados al mundo del turismo y otros concomitantes se hagan la pregunta que nos hacemos muchas personas en  Cuba: ¿y qué va a pasar cuando lleguen los “americanos”? Esa avalancha, como los huracanes, parece estar en formación y dispuesta a ponerse en marcha en cualquier momento. (2015).

Un comentario

  1. Atenea

    Padura,como siempre de acuerdo,pero te falta algo,qué me dices de la pérdida de equipajes,a mi esposo viniendo de Brasil le “perdieron” ( no salió por la estera) una maleta de 35 kg y se lavaron las manos, al cabo de 7 meses una ridícula indemnización de 218 pesos,y vimos allí varios casos,es que cuando una maleta le gustaba a alguien de los que las sacan de lavión se las robaban impunemente,dicen que se ponían de acuerdo varios,mucho se ha sufrido y se sufrirá en los aeropuertos,segura estoy.

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