Y La Habana ¿se muere?

A propósito del 492 aniversario de la ciudad.

Archivo IPS Cuba

Muchas veces han faltado los materiales necesarios para dar un mantenimiento adecuado a nuevas o antiguas construcciones

“Una alcantarilla de la calle explotó y salió una nata negra que lo inundó todo. Y entonces hasta los edificios más altos quedaron sumergidos bajo los excrementos. Y La Habana se muere…”

Sangra por la herida, Mirta Yáñez

En la novela de Mirta Yañez Sangra por la herida, una de las obras merecedoras del Premio de la Crítica 2010, se deja escuchar cada tanto la voz apocalíptica de un personaje que describe devastadores catástrofes en la ciudad de La Habana. Las delirantes visiones de esta “mujer que habla sola en el parque” pueden ser interpretadas como desvaríos de una enajenada aunque más parecen una metáfora sombría y angustiada sobre la decadencia de un espacio urbano con terribles consecuencias para toda la sociedad.

No podría predecir con el personaje de Mirta Yañez si La Habana sucumbirá o logrará sobrevivir a las calamidades cotidianas que ha debido soportar en las últimas décadas, pero si las paredes hablaran se quejarían de la indolencia y los malos tratos, del deterioro y las agresiones urbanísticas que amenazan con deformar su característico perfil, conformado a lo largo de sus 492 años recién cumplidos el pasado 16 de noviembre.

A diferencia de La Habana Vieja, favorecida con un proyecto integral de restauración que ha permitido avanzar en el rescate y conservación del antiguo casco histórico, el resto de la ciudad no ha recibido la atención adecuada a sus necesidades, a pesar de la implementación de algunos tímidos y limitados planes, a todas luces insuficientes para asegurar el futuro del patrimonio heredado y preservarlo antes que las pérdidas puedan ser irremediables.

Acerca del tema conversaba recientemente con un amigo arquitecto, quien aplaudía decisiones como la venta liberada de materiales de construcción a la población (aunque a precios todavía excesivos), que de algún modo contribuirá a paliar el sempiterno problema habitacional, al ampliar las posibilidades de reparación de inmuebles y hasta de emprender nuevas edificaciones con esfuerzo propio.

Según las más recientes disposiciones, ahora también será posible solicitar un préstamo bancario para reparar y construir viviendas, aunque ello implicará un endeudamiento bastante oneroso para las familias que se decidan por este camino. Aún con estos cambios, el déficit habitacional seguirá siendo elevado por lo que se requieren nuevas y efectivas políticas de inversiones estatales en el sector inmobiliario, que permitan incluso ofertar diferentes opciones de las ya existentes, como el alquiler por parte del estado a precios ajustados a los sueldos de los trabajadores.

Por otro lado, quizá por deformación profesional, mi interlocutor se mostró preocupado con los riesgos e indisciplinas que muchas veces acompañan a los arreglos, reparaciones, añadidos, ampliaciones y nuevas construcciones cuando se realizan sin respetar las reglamentaciones urbanísticas y sin asesoría profesional. Y a propósito llamaba la atención sobre el auge de una corriente estética que ha puesto de moda aberraciones y anacronismos como esa avalancha de arcos de triunfos en miniatura, revestidos de tejas criollas, y la extemporánea recuperación de los balaústres como remate de muros y portales en una pretenciosa imitación de algunas mansiones de El Vedado, que a su vez habían copiado (con mucha mejor suerte), elementos arquitectónicos del Renacimiento europeo.

Pero no es posible inculpar totalmente a los propietarios deseosos de “embellecer” su casa por esa tendencia hacia lo “kitch”. Con tantas necesidades acumuladas y abundantes limitaciones, lo más importante siempre ha sido “resolver” el problema más acuciante de asegurar un techo y durante muchos años se ha carecido de orientación adecuada y de apropiados referentes en este terreno. Ha faltado sobre todo la asesoría directa de arquitectos y técnicos calificados y no es extraño que se empezaran a reproducir patrones de escasos valores estéticos y funcionales. El resultado ha sido que cada cual construye o transforma según sus gustos o necesidades, sin respetar en ocasiones las regulaciones urbanísticas y con total desconocimiento de los actuales estilos y tendencias, así como la manera más apropiada de adecuarlos a nuestro entorno.

Cuando los arquitectos dejaron de trabajar a título personal y desaparecieron las firmas privadas -algunas de las cuales habían diseñado costosos (y también notables) encargos para familias adineradas antes de 1959-, fue bastante difícil (por no decir imposible), sostener el hilo de esa valiosa tradición arquitectónica, en tanto una buena parte de esos profesionales abandonó el país y la mayoría de los nuevos proyectos emprendidos posteriormente, pensados para solventar el problema habitacional de la población, empezaron por sacrificar la creatividad y las búsquedas formales en función de la premura y una necesaria y a veces empobrecedora funcionalidad.

Me pregunto si como resultado de esa práctica continuada hoy carecemos de un modelo de vivienda actual en Cuba, tal y como existe una vivienda colonial o de otros períodos, perfectamente reconocibles en las múltiples caras de la ciudad. ¿Serán los edificios de la ciudad satélite de Alamar y las Casas-Consultorios del Médico de la Familia, los modelos que se reconocerán en el futuro como característicos de este período? ¿O los antiguos comercios reformados para viviendas y las casitas con portales enrejados o transformados en garajes y muros rematados con ninfas desnudas?

Pero lamentablemente no sólo los particulares pueden ser culpados por las transformaciones negativas y el continuado deterioro de la ciudad, pues mayor es la responsabilidad estatal en tanto se convirtió en propietario de los edificios públicos. Es preciso reconocer que muchas veces han faltado los materiales necesarios para dar un mantenimiento adecuado a nuevas o antiguas construcciones, que castigadas durante décadas por el salitre, la humedad, el sol y los ciclones, se deterioraron sin remedio ni posibilidades de salvarse de la ruina total. Pero a veces ha escaseado también la voluntad o la responsabilidad con el patrimonio heredado, la conciencia de su valor y de la necesidad de preservarlo como un bien que nos pertenece a todos y forma parte de la riqueza de la ciudad.

Capítulo aparte merece el tema de los nuevos edificios públicos realizados durante estos años. De una parte se encuentran los destinados a viviendas, a partir de la concepción del trabajo de microbrigadas, donde ha predominado un modelo estándar y con abundante uso del prefabricado, y en los cuales se priorizó más la función utilitaria que su valor estético. Estas obras, más allá de su interés social, muy poco aportan desde el punto de vista arquitectónico. En el otro extremo se encuentran obras que sí supieron combinar lo útil con lo bello, como las conocidas Escuelas de Arte de Cubanacán, la heladería Coppelia y unas pocas más de interesante factura.

Y entre esos dos polos existe una estrecha zona gris, tan utilitaria como anodina y prescindible, con notables ejemplos en algunos de los hoteles más importantes de la ciudad, con significativas inversiones pero discutibles concepciones, en tanto se propusieron conseguir una imagen de modernidad y confort, pero sin tener en cuenta el entorno o ignorando casi totalmente la tradición arquitectónica vernácula.

A los viejos y conocidos males derivados de la escasez de recursos, de la desidia y el abandono, de las necesidades habitacionales y consiguientes afectaciones sobre la familia (debido al hacinamiento y la falta de espacio), se añade últimamente la fiebre cuentapropista que vive el país. A falta de otras opciones, antiguos garajes, portales e incluso espacios dentro de la casa, son dedicados a nuevas funciones. Aquí y allá se levantan muros o se derriban paredes para abrir una cafetería o un taller de reparaciones. Los que ni siquiera cuentan con esa posibilidad ocupan aceras, montan improvisados tenderetes, abren mesas plegables, exhiben su mercancía en quincallas de quita y pon. Por otro lado, los vendedores de productos agrícolas, ambulantes o con puestos fijos, se multiplican en las aceras y hasta en algunas arterias principales, o se levantan kioscos de los más diversos materiales en cualquier esquina.

Poco se les puede pedir a los nuevos “inversionistas” que apenas cuentan con lo necesario para “levantar” su incierto negocio. Quizá mañana se declaren en bancarrota y tengan que recoger su mercancía, o si navega con suerte, tal vez logre prosperar hasta montar una tiendecita, un bodeguita de barrio con mejor apariencia… Pero mientras tanto la imagen de La Habana empieza a recordar cada vez más una gigantesca candonga o un mercado agropecuario al aire libre donde se exhiben sin orden ni concierto desde ropa interior de señora hasta ristras de ajos y cebollas.

En mayor o menor medida, ambos sectores, estatal y privado, también son responsables de una serie de aspectos igualmente importantes en el funcionamiento de la ciudad, que en un determinado momento reciben cierta atención y luego empiezan a declinar hasta caer en franca crisis. Desde el alumbrado hasta el transporte, pasando por el mobiliario público, la reparación de calles y aceras, el cuidado de los parques y el arbolado, el alcantarillado y la recogida de basura, hay tantos problemas acumulados que no resulta extraño encontrar una obsesionada “mujer que habla sola en el parque” sobre esa Habana que … ¿se muere?

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