Y próspero Año Nuevo

A propósito de una Navidad casi imperceptible.

Archivo IPS Cuba

La Navidad dejó de celebrarse oficialmente en Cuba al comenzar la década del 70

Aún cuando la Navidad dejó de celebrarse oficialmente en Cuba al comenzar la década del 70 y sólo una pertinaz minoría se animaba entonces a desempolvar sus “Belenes”, sus deslucidas guirnaldas y pinos de falsas nieves, en una buena parte de los hogares cubanos perduró la tradición de celebrar la Nochebuena.

La visita del Papa Juan Pablo II a la isla en 1998 marcó un nuevo reconocimiento de la conmemoración religiosa y muy tímidamente reaparecieron los “arbolitos” con sus modestas guirnaldas para alegrar un poco la oscura noche habanera.

Aunque ha devenido un ritual casi profano, la celebración aún conserva parte de su original significado religioso vinculado a la Vigilia por el Nacimiento de Cristo, por lo que en el imaginario colectivo se encuentra fuertemente asociado con los mejores deseos de amor y felicidad.

Lo cierto es que la festividad no pudo ser eliminada totalmente por obra y gracia de un decreto oficial y a pesar de los años transcurridos y el fantasma de la escasez, la tradicional cena ha sobrevivido hasta hoy junto al deseo de celebrar con los más allegados cada 24 de diciembre y degustar algunos de los mejores platos de la cocina cubana.

A diferencia de otros países, el ambiente navideño no lo ponen aquí los adornos de luces ni las tiendas abarrotadas de clientes en busca de regalos para obsequiar a los amigos y familiares. En cambio los mercados de comida viven por esa época un momento especial y es posible tomarle el pulso a la situación del país a partir de los preparativos y los abastos disponibles para garantizar la cena del 24 de diciembre, quizá porque en esa ocasión se espera una abundancia y calidad en los manjares de los que suele prescindirse en el día a día.

Sin duda alguna la comida constituye el punto culminante de ese ritual que comienza muchas horas antes (a veces días), con la preparación de los alimentos: cerdo asado bien adobado a la manera criolla con abundante ajo y naranja agria, frijoles negros, yuca con mojo y ensalada de vegetales.

Eslinda tiene 65 años y recuerda cómo aprendió de su madre a preparar los exquisitos buñuelos de yuca y malanga que se hacían en su casa cada Nochebuena, según una receta especial de la familia que los convertía en un verdadero manjar de dioses. “Pero ya casi nadie hace buñuelos” -se lamenta-, debido quizá a lo trabajoso de su elaboración.

Cada fin de año a Eslinda le hacía mucha ilusión preparar una cena de Nochebuena “como Dios manda” para agasajar a sus seres queridos, pero con los 211 pesos que recibe de pensión desde que se acogió a la jubilación, tiene que hacer malabares para llegar a fin de mes y la posibilidad de invitar a su familia ha quedado fuera de su alcance.

De cualquier forma en el pasado diciembre se dejó guiar por la costumbre y la curiosidad hasta el punto de venta más cercano para indagar precios y de paso ver lo que caía en el “jamo”. Más en el papel de espectadora que de compradora, se escandalizó con el para ella astronómico precio que por esos días alcanzaron los frijoles negros y los vegetales, a pesar de las medidas emprendidas por el Estado para estimular la producción agrícola.

Empezó a sacar cuentas y descubrió que para comprar apenas una libra de frijoles al precio de 15 pesos tendría que invertir más de lo que recibía en dos días con su pensión de 211 pesos, por lo que definitivamente dio por perdida su causa navideña.

Caminó hasta el mercadito estatal ubicado en la cuadra siguiente donde una multitud de personas bloqueada la entrada. El “molote” se debía al anuncio de que iban a vender arroz “liberado” (fuera de la libreta de abastecimiento), a 3, 50 pesos la libra. Su cuota de seis libras correspondiente a ese mes ya se le había terminado, pero no se sintió con ánimos para enfrentarse al tumulto que seguía creciendo, a la espera de que comenzara la venta.

Aunque ella no estaba muy al tanto de la actualidad económica, una amiga le había comentado que en el entonces agonizante 2010 “la cosa” estaba peor que el año pasado porque en la Asamblea del Poder Popular habían hablado de muchos incumplimientos en la agricultura.

La amiga de Eslinda se refería sin dudas a la información divulgada durante el Sexto Período Ordinario de Sesiones de la Séptima Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, celebrado en diciembre pasado, y donde se dio a conocer que el sector agropecuario había decrecido 2,8 por ciento, y precisamente entre las producciones más afectadas se encontraban el arroz, las viandas, las hortalizas, los frijoles y la carne de cerdo.

Al alejarse, Eslinda pensó con preocupación en lo que ocurriría cuando dejara de existir la libreta de abastecimientos, según se ha anunciado en los Lineamientos de la Política económica y social del Partido (Comunista) y la Revolución, pendientes de aprobación en el próximo Congreso a celebrarse en abril.

El gobierno aseguraba que los grupos más vulnerables de la población, especialmente niños y ancianos no quedarían desprotegidos tras los cambios anunciados, pero ¿sería posible amparar a todas y cada una de las personas que necesitaran esa ayuda? ¿Cómo y quiénes determinaban a los que serían incluidos en ese grupo? ¿Cumpliría ella esos requisitos?

Si alguna vez había pensado en dedicar los días de su vejez a cuidar de sus plantas y a pasar más tiempo de su único nieto, ya Eslinda había renunciado a esa idea. Sus preocupaciones habían aumentado desde que se dio a conocer la decisión gubernamental de poner punto final a la política de subsidios y “gratuidades indebidas”. Si ahora no le alcanzaba la jubilación ¿qué pasaría entonces?

Como todavía se sentía fuerte, a pesar de la artrosis que le producía fuertes dolores, Eslinda empezó a recibir pequeños encargos para lavar y planchar. Pero un buen día descubrió que como lavandera y planchadora particular entraba en la categoría de trabajadora por cuenta propia. Asimismo se enteró de que por esa entrada extra (después de haber trabajado toda la vida y recibir una pensión que apenas cubría sus gastos), debía pagar un impuesto, incluso cuando lo que cobraba a sus clientes tampoco era suficiente para cubrir sus necesidades.

La situación de Eslinda no es única ni extraña y como se ha dado a conocer a partir de los más recientes estudios demográficos, la población cubana envejece a un ritmo acelerado, por lo que la cantidad de personas en edad de jubilación seguirá aumentando paulatinamente. De hecho la prensa oficial informó que hasta diciembre el 43% de las solicitudes de licencias para ejercer los trabajos por cuenta propia provenía de personas jubiladas, lo que se debe principalmente a sus bajos ingresos.

Eslinda forma parte de ese grupo poblacional que hasta ahora completaban su retribución con la ayuda de los subsidios y gratuidades que han empezado a eliminarse gradualmente.

Y aunque la supresión de esos subsidios, la reducción de plantillas y el anuncio de otras medidas encaminadas a reestructurar la economía pueden ser necesarias a corto o largo plazo, su implementación tendrá costos sociales imposibles de prever hasta hoy, en tanto el Estado quizá no está en condiciones de afrontar el costo de proteger a todos los que lo necesiten.

Ocurre con frecuencia que las personas mayores residen con sus familiares, lo que les brinda alguna protección. Pero esa circunstancia también los convierte en una carga para sus familias.

En otros casos esas situaciones se alivian con las remesas enviadas por los cubanos residentes en el extranjero a sus familiares en la isla. Aunque no deja de ser una gran contradicción que una sociedad como la que se ha intentado construir en Cuba acepte como algo natural (y hasta necesario), que el aporte de los emigrantes haya devenido una fuente de ingresos tanto o más importante que el salario o la jubilación.

La propia Eslinda se siente incómoda cuando su yerno recibe de su hermano que “se quedó” en España, los euros necesarios para comprar un par de zapatos para su nieto o el arreglo del refrigerador. Piensa que si el muchacho empieza a ver desde pequeño que su familia no puede afrontar sus propios gastos y depende del dinero que le envía algún “hada madrina”, será más difícil enseñarle el amor al trabajo, “pues los muchachos de ahora ya no entienden eso de trabajar por amor al arte”.

Justo antes de terminar el año, Eslinda recibió lo que para ella sería otra nueva-mala noticia. En la edición digital extraordinaria del día 27 de diciembre La Gaceta Oficial de Cuba dio a conocer que a partir del 1º de enero de 2011 quedaba suprimida la venta de los productos de higiene y aseo personal en el mercado normado. Al mismo tiempo se anunciaba la venta liberada de esos productos que ahora han aumentado su precio. Otra vez sacó sus cuentas y descubrió que para comprar un tubo de pasta de dientes al nuevo precio de 8 pesos, no le alcanzaba el dinero que recibía en un día por concepto de su jubilación.

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