Zenea, un aniversario en el crepúsculo

El poeta que conocí.

Magaly Aguilera

Zenea era el autor de Fidelia, una de las elegías más hermosas escritas en Cuba

En el pasado mes de febrero, se cumplieron 180 años del nacimiento en Bayamo del poeta Juan Clemente Zenea (1832-1871). No creo que muchas personas lo recordaran. Como todos los románticos, el vate fue un ser con muy mala fortuna: la mujer que amaba como a un ser ideal le resultó esquiva; entró en una empresa política que sólo comprendía a medias y eso le costó la vida; su tumba nunca se conoció; españoles y cubanos le consideraron a la vez traidor y aunque está en todas las antologías de la literatura cubana, cada cierto tiempo es preciso redescubrirlo, pues un puñado de hermosos versos no le ha bastado para mantenerse visible en nuestro parnaso.

De él escribió José Lezama Lima:

Su musa vespertina no brota de la tierra, sale del mar, hay como un reflejo impresionista de sus estados de ánimo. Sus sentidos refractan como el prisma y parecen preludiar la frase del corno dibujando las nubes con las vacilantes ninfeas en el fuego de las mareas siguiendo los consejos lunares. Lo vespertino, la vacilación, la noche que se niega en sí misma y el día rendido a las lentas evaporaciones. Es un estado de sensibilidad en la manera de ser de un hombre.

Hay poetas de los que uno no llega a tener una imagen completa: se les conoce por un poema, un verso aislado o por una escena de su existencia –que generalmente pasa ante nuestros ojos rapidísima, como esos fragmentos que nos quedan del cine mudo. Para mí, Juan Clemente Zenea es uno de ellos, sólo que más que un texto o un pasaje de su trayectoria vital, lo asocio con un sabor, vago, demasiado difícil de explicar, como ocurre con los fenómenos más sutiles del gusto, pero fácilmente reconocible dondequiera que lo encuentre.

A diferencia de otros autores –Heredia, La Avellaneda, Casal, Martí-, no llegó hasta mí de una vez, sino por pequeñas oleadas y nunca como un ser histórico, dotado a la vez de vida y obra. Creo que la primera vez que supe de él fue en mi infancia, por un grabado en un texto escolar de Historia que representaba, de modo más o menos confuso, el fusilamiento del poeta. Me parece ver todavía a aquel hombre que se veía pequeñísimo en comparación con los árboles del fondo, doblado por la descarga de fusilería, pero sin que unos enormes espejuelos se le cayeran de la cara. Era como si, todavía después de la muerte, quisiera seguir interrogando al mundo, porque ni siquiera aquel tránsito brutal a otra existencia venía a aclararle muchas cosas. El libro, que era un manual harto esquemático, apenas comentaba debajo que se trataba de un poeta cubano, apresado por los españoles, quienes lo fusilaron por patriota. ¿Qué había escrito que le costara la muerte? La maestra no me lo supo explicar.

Para mi padre las cosas no estaban mucho más claras. Zenea era el autor de Fidelia, una de las elegías más hermosas escritas en Cuba –según él-, pero el poema parecía que contenía una clave: Fidelia no era la muchacha que parecía, sino la propia Cuba, por tanto era un poema patriótico secreto. Yo recuerdo haber repasado las estrofas y no hallar en ellas tales misterios. Evidentemente, los servidores del Conde de Balmaseda veían fantasmas. Por aquellos días, con motivo, creo, de un cumpleaños, una tía me regaló la Vida y escritos de Juan Clemente Zenea de Enrique Piñeyro, recién publicada por la Editora Nacional, pero era un libro de aspecto algo severo, que resultó denso para mis ocho o nueve años y no creo haber pasado de las primeras páginas.

Dos circunstancias, diferentes, pero contiguas, comenzaron a formar en mí, pocos años después, el “sabor Zenea”, la primera, un documental que vi en el cine, sobre el Museo Romántico de Trinidad, allí, mientras la cámara recorría cuadros, porcelanas, relieves, una voz femenina musitaba aquellos versos de Fidelia:

Baja Arturo al Occidente

bañado en púrpura regia,

y al soplar del manso Alisio

las eolias arpas suenan;

gime el ave sobre un sauce,

perezosa y soñolienta;

se respira un fresco ambiente,

huele el campo a flores nuevas;

las campanas de la tarde

saludan a las tinieblas,

y en los brazos del reposo

se tiende naturaleza…

Aquella voz en la penumbra me fascinó. Descubrí los versos y con ellos, el sabor de ese romanticismo crepuscular, ese aire de “arpa eolia” que era más resistente a la muerte que todos los objetos que pudiera atesorar el museo trinitario. Poco después –estábamos en 1969-, cuando Cintio Vitier dio a la luz sus Poetas cubanos del siglo XIX, descubrí allí aquella afirmación de Lezama de que esos versos eran una transcripción para flauta de otros, más enfáticos, de Juan Nicasio Gallego. Arpas y ahora flauta: Zenea llegaba a mí, ya apasionado oyente de Mozart, Gluck y hasta de Satie, a través de una sinestesia que hubiera encantado a Huysmans: la melodía y el timbre que del oído llegan a la boca y se hacen sabor.

Confieso que en mis años de bachillerato y aún en los de la universidad, no hice mucho por leer a Zenea, yo vivía la fascinación de los grandes autores: Lorca, Rilke, T.S.Eliot y también Lezama, Baquero, Diego. Sin embargo, ahora eran otros versos suyos los que, sacados de su contexto, me repetía con frecuencia, como un gustoso enigma:

Entonces dan los ánades un grito

Que repiten los ecos, y parece

Que hay un Dios que responde en lo infinito

Llamando al hijo errante de la mar.

¿Qué era ese grito que podía asociarse con una llamada de Dios? Y ese “hijo errante de la mar” ¿era simplemente un modo de nombrar a los marineros, o se refería al propio poeta, o a todos nosotros? Creo que no hay en la poesía cubana estrofa que yo me haya repetido tantas veces, sobre todo, si se tiene en cuenta que el resto del poema, titulado “Recuerdo”, no me interesaba.

Tendría que pasar casi una década para que yo asistiera al ciclo de conferencias que Cintio Vitier dictó en noches sucesivas en la Biblioteca de la Casa de las Américas, ante un público no demasiado numeroso. Era la reivindicación del Zenea hombre ante la historia. Con habilidad de jurista, el autor de Lo cubano en la poesía logró echar a un lado o desmentir los juicios adversos de aquellos que infamaban la memoria del mártir y que seguían pesando sobre la evaluación de su quehacer poético. Después, leí con detenimiento las conferencias cuando se editaron en libro, desempolvé el libro de Piñeyro y traté de entender. La pieza teatral de Abilio Estévez, La verdadera culpa de Juan Clemente Zenea, hizo también lo suyo.

Confieso que con Zenea me sucede como con otros autores: siento que su obra, grande o pequeña, pesa mucho más que su ejecutoria humana. Ignoro cuánto de culpa haya en esa desafortunada “Misión Zenea” en la que lo manipularon políticos que no se hubieran arriesgado a entrar en la Isla, con salvoconducto o sin él. De todos modos, en la vida del escritor, este pasaba de una campaña a otra: de aquel texto heterodoxo publicado en Semana Santa, que casi le cuesta una excomunión del Obispo habanero, a la propaganda anexionista en New York, antes de pasar a las filas del separatismo, en medio de una emigración dividida, para, por fin, ser emisario apaciguador de una especie de “autonomismo” temprano. Creo que simplemente comprendía poco de esas cosas y su inocencia es semejante a la de Plácido, cuya “Plegaria a Dios” tradujera al inglés. Ambos fueron víctimas desprevenidas de fuerzas encontradas. Las dos muertes fueron absurdas porque, ni eran libremente aceptadas como remate de un ideal, ni servían a causa alguna. Sólo eran la advertencia de que en tiempos de violencia ni siquiera la poesía está a salvo.

Siempre que voy a la fortaleza de La Cabaña, siento un escalofrío al mirar el Foso de los Laureles. Creo que voy a escuchar de nuevo aquella descarga. Así como, cuando recorro esos espacios abovedados, de techo bajo y aura siniestra, no puedo dejar de recordar aquellos versos melancólicos de sus días finales:

No busques volando inquieta,

Mi tumba oscura y secreta.

Golondrina ¿no lo ves?

En la tumba del poeta

No hay un sauce ni un ciprés.

Son líneas tan tristes como su monumento al inicio del Paseo del Prado, que tampoco tiene flores ni árbol alguno, solo ese aire insistente de soledad taciturna, digno de un romántico crepuscular.

Normas para comentar:

  • Los comentarios deben estar relacionados con el tema propuesto en el artículo.
  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los comentarios que incumplan con las normas de este sitio.