El mosaico se compone

Entrevista de Alver Metalli a Alberto Methol Ferré.

De la globalización a la integración; o mejor, en la globalización, la integración. De hecho, al observar la historia reciente de América Latina, estos se perciben corno dos movimientos estrechamente unidos, sincrónicos en su marcha hacia el futuro.

Es más preciso hablar de un movimiento de unificación, que comienza a dar los primeros pasos después de la fragmentación posterior a los procesos de independencia nacionales de los que hemos hablado.

América Latina se agrupa en torno a dos núcleos: el imperio español, con sus virreinatos y capitanías, y el imperio portugués con su virreinato, luego reino del Brasil junto a Portugal. La independencia coincide con la subdivisión de la parte española —que comienza a fraccionarse hasta conformar los veinte países que hoy conocemos— cuyos fragmentos más importantes son: México en el norte y la Argentina y Colombia en el sur.

Un elemento característico de este proceso de fragmentación es el conformarse de lo que el chileno Pedro Morandé llamó la “polis oligárquica”1, es decir los “estados-ciudad” que ejercían el control en los enormes hinterland, generalmente poco habitados y con mínima intercomunicación. Estas polis estaban estrechamente vinculadas a un centro externo (el Imperio Británico en el caso de América del Sur, hacia el que comenzó a acumular una deuda externa formidable) mientras que, en cambio, no estaban o estaban muy poco comunicadas entre ellas.

Por lo tanto, si Castilla y Portugal están en el origen de la América Latina moderna, en los orígenes de la América Latina independiente está Gran Bretaña en lo económico y, en el terreno cultural, Francia. Sintetizando mucho, diría que el modelo-base al que se refieren y del que obtienen inspiración nuestras jóvenes naciones independientes al asentarse es la Tercera República Francesa. Eso, en el último tercio del siglo XIX.

En este contexto, y confirmando la fragmentación de nuestros países, nuestros estados-ciudad en un primer momento tienden a imitar la forma de los estados-nación consolidados en Europa. Se copian incesantemente las constituciones europeas. Era un progreso manuscrito. Pero si bien en la primera mitad del siglo XX la idea de estado-nación alcanza su apogeo, en la segunda comienza a modificarse y aparece en el horizonte operativo la idea inédita de una América Latina integrada. Hasta que se forma el núcleo fundamental de la unificación de América del Sur, que a mi juicio podía lograrse solo en la alianza argentino-brasileña2. Esta alianza puso en marcha la actual proliferación de acuerdos en la región, que comenzó en 1991.

Hasta este momento se refirió a la globalización en términos positivos, como un proceso de perfeccionamiento de las antiguas ecúmenes; positivo para las sociedades latinoamericanas, y positivo para la Iglesia, intrínsecamente globalizadora. Sin embargo, ahora está hablando de bloques de integración regional. ¿No se contradicen estos dos movimientos, globalización e integración?

No, porque la integración es el único modo de participar en la globalización, el único para poder entrar verdaderamente en el concierto mundial de las potencias contemporáneas sin ser aplastados.3

Me parece entender que la lógica de su discurso desemboca en el proceso de integración entre Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay: el Mercado Común del Sur, MERCOSUR.

Pero el punto de pasaje es anterior. La idea de integración está en el programa de varios partidos desde Haya de la Torre en adelante. A partir de allí deja de ser una cuestión fundamentalmente juvenil, algo utópica, y toma connotaciones de un proyecto político efectivo.
Juan Domingo Perón, en 1951, propondrá a Getulio Vargas y a Carlos Ibáñez del Campo un nuevo ABC (son las iniciales de los tres países involucrados: Argentina-Brasil-Chile) concebido como un trampolín hacia los “Estados Unidos de América del Sur”, como lo llamaba el presidente argentino.4 El centro de aglutinación de América del Sur, en el razonamiento de Perón, era la alianza entre Argentina y Brasil. Alrededor de este núcleo duro podría realizarse la confluencia del conjunto.

Con estos rasgos se prefigura el actual MERCOSUR.

Un hecho de alcance histórico, dice usted.

El nacimiento del MERCOSUR es una novedad en la historia del continente, más de lo que imaginaron, incluso sus mismos actores, en aquel momento. El Mercado Común del Sur representa el movimiento inverso al proceso de fragmentación al que me he referido.
Si se observa el mapa, se ve rápidamente que en la inmensa y dispersa América del Sur, la única frontera viviente de Castilla y Portugal era la vasta “cuenca” del Plata. El resto, el gran arco amazónico, está todavía en formación, y por lo tanto representa más un confín abstracto que una frontera real. Sus fronteras reales están naciendo.

Volvamos al proceso de integración, actualmente en curso, entre los cuatro países sudamericanos. ¿Usted lo sitúa en el pensamiento ideal que comienza con la que ha llamado la generación del 900?

Sin duda. El proceso de integración retoma, persigue y perfecciona las intuiciones de aquella generación. Continúa la tarea inconclusa de Bolívar, San Martín y Artigas. Ellos acuñan la idea de la Patria Grande en contraposición con las pequeñas patrias, cuyo destino inexorable sería el de empequeñecerse cada vez más.

Las iniciativas más importantes desde la segunda mitad del siglo XX hasta hoy son los esfuerzos, más o menos frustrados, de llevar a cabo una mayor integración. Se intenta de una manera y se falla, se intenta de otra y se logra algo, luego se entra en una fase de cansancio, luego se retoma el camino, y así se sigue, dentro de un alternarse de resultados contradictorios que, mirados superficialmente, podrían desilusionar.

Es un “interregno”, un período de transición entre el antiguo aislamiento en el que cada uno se recluía en su casa, y el intento necesario, de reunir las varias casas para ser una voz fuerte, que se escuche y que tenga peso en la historia común.

¿Usted no tiene dudas de que el camino de la historia latinoamericana conduzca hacia la integración, hacia la unidad del continente?

No, no tengo dudas.

¿Por qué está tan seguro…?

…Porque ello obedece a una profunda lógica de nuestra realidad…

¿…De que la integración sea benéfica para el conjunto de estas naciones?

Esto está por verse. Dependerá del perfil que asuma el proceso de integración. La unificación de América del Sur puede obedecer a tres tipologías distintas: la de ser un continente unificado a partir de los intereses de los Estados Unidos, la de serlo a partir de la hegemonía de Brasil sobre América del Sur, o la de unificarse teniendo como centro una equilibrada integración del área hispano y portuguesa mestizas sudamericanas.

En el primer caso, el continente asumiría el aspecto de un gigantesco Puerto Rico; en el segundo asistiríamos a un camino hecho de avances y retrocesos, en una lucha perpetua entre potencias que aspiran a ser continentales. Además un hegemonismo brasileño consolidaría la intervención de otros poderes extra-latinoamericanos. Sería un modo de mantener la actual disgregación. Sólo la tercera vía de equiparación entre el conjunto hispanoamericano y el brasileño, llevaría a la comunidad nacional sudamericana.

-¿Y en cambio?

Es la tercera posibilidad. La viabilidad del proyecto de integración tiene necesidad de dos mitades equivalentes; solo así será posible una fusión real. La alianza argentino-brasileña muestra, por una parte. al país hispanoparlante de mayor importancia, y por otra, al único país lusoparlante del continente. Por eso la Argentina, mucho más que el Brasil, tiene necesidad no solo de una buena estrategia en la alianza con su partner principal, sino también de una sabia y realista estrategia con los otros ocho países de lengua española. Es la única forma en la que la Argentina puede representar un poder equivalente al brasileño. Sin una paridad real sería difícil construir una integración duradera.

Los países de América del Sur deben ser conscientes de que sus destinos están ligados a su equivalencia; una política inteligente apuntaría a sostener esta alianza argentino-brasileña para sostenerse a sí mismos. La objetivación más significativa es que lo hispanoamericano concentre su equivalencia en Argentina. De esto era consciente Perón, pero en su país, nadie más se le ha equiparado. Por ejemplo, la política de fondo de Uruguay, el país más pequeño del MERCOSUR, debe ser la equidistancia entre Brasil y Argentina, pero para ser equidistante, Uruguay debería estar un poco más cerca de Argentina que de Brasil. A mi parecer, esta es una regla general para todos los países sudamericanos, que de otro modo quedarían en una posición de clara inferioridad con respecto a Brasil y, por lo tanto, no podrían realizar una integración con bases sólidas y duraderas.

¿Usted cree que estas tres hipótesis pueden colocarse en la misma línea de partida de este nuevo siglo?

Están alineadas. Cada una puede aventajar a la otra y tornar la delantera. Yo deseo que se consolide cada vez más un centro autónomo sudamericano, formado por los países de lengua española y Brasil, de lengua portuguesa. Los nueve países sudamericanos hispanohablantes en conjunto tienen una población, recursos y extensión equivalentes a los de Brasil, por lo que las condiciones de integración son igualitarias.

En cuanto a Surinam y Guyana son cuestión ante todo del ensamble Brasil-Venezuela. Surinam y Guyana son dos pequeños países de reciente independencia de Holanda e Inglaterra. Ellos se han unido a la fundación de la Comunidad Sudamericana de Naciones (Cusco, diciembre 2004).

¿Ve etapas en el proceso de integración?

En lo que se refiere a un pasado reciente, hubo dos corrientes integracionistas principales. La primera comienza en los años 60 continúa hasta los comienzos de 1970. La segunda adquiere fuerza alrededor de 1985 y sigue hasta nuestros días, con la irrupción del MERCOSUR y el surgimiento de la Comunidad Sudamericana de Naciones.

Puede considerarse como fruto maduro de la primera corriente la fundación del ALALC en 1960 5 (que se extendió a la mayor parte de América Latina) a la que acompañó, en el mismo año, la formación de un Mercado Común entre los pequeños países de América Central.

Se comenzó, de este modo, a remontar con lentitud la pendiente de una fragmentación económica secular, a abrir el comercio más allá de las fronteras nacionales impenetrables hasta el momento, excepto al contrabando. La cresta de la ola integracionista tocó Punta del Este, la célebre ciudad uruguaya, donde se decidió la puesta en marcha de un mercado común latinoamericano6 que quedó en nada. Las ondas continuaron su avance, hasta que se detuvieron en 1969 con el inicio del Pacto Andino. También fue el primer Acuerdo Amazónico. A pesar de ilusiones primerizas desproporcionadas, se había comenzado a caminar el camino.

Se entra en una fase de reflujo.

No, no de reflujo. Más bien de suspensión. El decenio está marcado por un acontecimiento central: la dictadura militar brasileña, que interrumpió la experiencia tercermundista de Jango Goulart e impuso una alineación rigurosa con los Estados Unidos7. Brasil se industrializó poniéndose bajo el manto de EE.UU., mientras que Argentina no pudo hacerlo, ni con Perón8 ni con Frondizi9, y menos todavía con los gobiernos militares10, que llevaron al extremo la política de desindustrialización de Martínez de Hoz11.

¿Y la segunda corriente?

Comienza en 1985 con la iniciativa argentino-brasileña de dar vida al Mercado Común del Sur. Después, vale la pena destacarlo, el otro polo de América –Estados Unidos, México y Canadá– instituye el NAFTA 12.

Efectivamente, hemos asistido hace poco al nacimiento oficial de la Comunidad Sudamericana de las Naciones 13. Empieza a tomar forma un bloque de doce países, el tercero en el mundo, después del NAFTA y la Comunidad Europea. ¿Qué reflexiones le provoca este acontecimiento?

Es el paso lógico que une al MERCOSUR con la Comunidad de los países de los Andes. Ya mencionamos la novedad de Surinam y Guyana.

Se ha insistido sobre los límites de este momento fundacional: no hubo ratificaciones solemnes, no se sentaron las bases de instituciones comunes, no se habló de constituciones políticas formales, no se redactó ninguna carta de principios. Al final, sólo se aprobaron un centenar de proyectos de viabilidad y no hay más que eso.

Justamente por eso se lo puede considerar un buen comienzo: los países contrayentes han comenzado desde la realidad. Más aún, conjugaron el horizonte económico-social de la integración con un cronograma de las etapas puntuales.

En el 900, la integración tenía una connotación predominantemente histórico-cultural; en los años 50 el acento se vuelve más específico y se privilegia el terreno económico. Ahora, las dos dimensiones —la histórico cultural y la económica— están alcanzando un equilibrio más maduro, aún reconociendo que todavía no se pone el debido acento sobre una política de la cultura común que, en este estado de cosas, es condición para el progreso del propio conjunto económico.

Si la visión económica no es reforzada por una política cultural coherente, ¡pobre economía!

Aquí conviene marcar una novedad de Cusco-Ayacucho, que fue la Tercera Cumbre de Presidentes de América del Sur. La primera Cumbre Sudamericana fue por iniciativa del presidente Cardoso en Brasilia, en cl año 2000, en ocasión de los festejos del 500 aniversario del descubrimiento del Brasil por Portugal. Solo se invitó a presidentes de América del Sur, no de América Latina. Era la primera vez que esto acaecía. Bien vale esto una breve explicación.

La Constitución histórica de América Latina en el siglo XVI señaló ya su estructura básica. Por un lado, el Virreinato de México que se adentraba en América del Norte y extendía su radio por América Central y las Antillas. Por el otro lado, en América del Sur se extendía el inmenso Virreinato del Perú rodeando la gobernación de Brasil en el lado opuesto. Hoy, todos los países hispanos de América del Sur han sido parte del Virreinato del Perú.

En cuanto a las Guyanas, de zona ecuatorial, han sido refugio de fracasados esfuerzos franceses, holandeses e ingleses de apoderarse del Brasil portugués.

Uno de los elementos esenciales de la dispersión de los países sudamericanos entre sí, es que nacieron desde la primacía oceánica de Europa, en su primera fase de Castilla y Portugal, y en su segunda fase inglesa y francesa. Todavía hoy, América del Sur está totalmente invertebrada por dentro, en sus comunicaciones internas. La gigantesca Amazonia en el Centro de América del Sur, un desierto “verde” ecuatorial, un Sahara selvático, nos descoyunta. De ahí la primera gran preocupación de la Primera Cumbre Sudamericana de Brasilia.

Allí se decidió poner el énfasis en estimular una infraestructura de comunicaciones –carreteras, ferrocarriles, ríos, etc. – que nos hiciera a todos accesibles mutuamente por “dentro”. Le siguió la II Cumbre de Presidentes en Guayaquil (2002) que propulsó el IIRSA (Integración de la Infraestructura Regional de América del Sur), los planes ya están formulados, y la III Cumbre de Cusco ya enfoca en su fundación de la Comunidad Sudamericana de Naciones, la prioridad esencial de poner en marcha al IIRSA. Esto sí es comenzar por el principio: que Sudamérica se intercomunique por dentro. Y pone los pies en los caminos de la Tierra.

El preámbulo de la Comunidad Sudamericana de las Naciones se firmó en la Pampa de Quina, en el mismo día y lugar donde I80 años antes tuvo lugar la batalla de Ayacucho, el último gran enfrentamiento con los ejércitos realistas de España14.

Justo donde terminaba la dominación española en América del Sur. En aquel momento, Brasil ya era independiente y fue invitado al Congreso de Panamá de 1826 que, por otra parte, fracasó. El significado simbólico es claro: en la Pampa de Quina se retorna y se completa lo que comenzó justamente allí.

Intente una comparación entre el modelo de unidad latinoamericana y aquellos realizados por la Comunidad Europea y los Estados Unidos.15

Los Estados Unidos nacen corno mercado común de las colonias establecidas entre el Atlántico y la cadena de los Apalaches, donde se asentaba la población blanca. Forman los trece estados iniciales, con un centro federal que asume la representación internacional y la conducción de una economía estrechamente integrada, con impuestos externos comunes y tarifas comerciales comunes. Este núcleo originario se va expandiendo por los aportes migratorios que provienen de la otra orilla del Atlántico y llegan hasta el Pacífico.
Europa, en cambio, es un mundo interconectado por largos siglos.

América del Sur es una extensión enorme colonizada mediante un movimiento que funda algunas verdaderas islas urbanas en enormes vacíos, más ligadas a España y Portugal que entre ellas mismas. Por lo demás, ésta es todavía la situación de hoy, como hemos visto en ocasión al IIRSA.

¿En el plano cultural?

La integración de América Latina tiene una base cultural fuerte y un tejido conectivo económico muy débil. El panamericanismo de Estados Unidos tiene una base económica fuerte pero carece de una realidad cultural unitaria. Es una observación que hizo Nicolás Spikman muchos años atrás, con palabras muy distintas16, pero puede servir corno premisa para entender analogías y diferencias en los dos procesos.

El camino de la Comunidad Sudamericana de las Naciones trata de unificar cultura y economía; el camino del NAFTA tiende a confirmar la separación. El MERCOSUR apunta a realizar cada vez más una confluencia, una compenetración de cultura y economía, mientras el NAFTA precisa cada vez más su naturaleza de área de libre comercio apuntando a una mayor y más ágil circulación de los productos.
En apretada síntesis: el MERCOSUR nace de la convergencia cultural, el NAFTA de la divergencia cultural. Son dos puntos de partida distintos; por esto, uno se autodenominó mercado común y el otro, área de libre comercio. La Comunidad Sudamericana de Naciones quiere vertebrar por dentro América del Sur; el ALCA mantiene la primacía oceánica contra el desarrollo interno.

NOTAS

1- Pedro Morandé Court. Cultura y modernización en América Latina, 1984; Iglesia y cultura en América Latina, 1989.
2- El tratado de Asunción se firmó el 26 de marzo de 1991 entre Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay; cuenta además con dos países asociados: Bolivia y Chile. En diciembre de 1994, con la aprobación del Protocolo de Ouro Preto, se estableció la estructura fundamental del MERCOSUR
3- Una posición similar a ésta es la que sostiene Francisco J. Piñón en: Integración Latinoamericana y mundo contemporáneo. Buenos Aires, Cuadernos del Incape, 1992.
4- Muy conocido es el artículo en el que el presidente Perón ilustra la propuesta, firmando con el seudónimo “Descartes”
5- La Asociación latinoamericana de libre comercio fue creada con el Tratado de Montevideo del 18 de febrero de 1960. Lo firmaron Argentina, Brasil, México, Paraguay, Perú y Uruguay; en un segundo momento adhirieron Colombia (1961), Ecuador (1962), Venezuela (1966) y por último Bolivia, en 1967. El objetivo esencial debía ser la eliminación de los impuestos nacionales a las importaciones durante un período de 12 años, a partir de 1960. Cuando resultó evidente que el objetivo no podía ser alcanzado, se ratificó un nuevo tratado, que dio origen a la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI) que reemplazó a la ALALC, en 1980.
6- La “Declaración de los Presidentes de América” tiene fecha del 14 de abril de 1967. Se señala también allí la presencia del Primer Ministro de Trinidad y Tobago.
7- El inspirador de la nueva geopolítica fue Golbery de Couto y Silva
8- Primer gobierno: 1946- 1951.segundo: 1952-1955.
9- Arturo Frondizi gobernó desde 1958 a 1962.
10- Desde 1976 a 1983.
11- José Alfredo Martínez de Hoz fue ministro de Economía desde 1976 a 1981.
12- El Tratado de Libre Comercio de América del Norte, conocido con la sigla NAFTA, entró en vigencia en 1994 y fue firmado por Canadá, Estados Unidos y México.
13- El acto formal de la Comunidad Sudamericana de las Naciones – culminado y firmado el 8 y 9 de diciembre de 2004- es el producto de la integración de los cuatro países fundadores del MERCOSUR (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay) más Chile y la Comunidad Andina (Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela).
14- La batalla entre el virrey La Serna y Antonio José Sucre tuvo lugar el 9 de diciembre de 1924. La capitulación final, firmada en el campo de batalla, decretó la independencia de Perú con respecto a España. Ayacucho, en quechua, significa “Rincón de los Muertos”
15-
16- Nicolás Spikman, Estados Unidos frente al mundo. México, FCE, 1942.

La América Latina del siglo XXI, 24 de marzo de 2006

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