Alcides Arguedas, médico social

Semblanza del escritor boliviano

Alcides Arguedas junto a otros intelectuales de su época.

Alcides Arguedas junto a otros intelectuales de su época.

Foto: Tomado de Wikipedia

El boliviano Alcides Arguedas nació en La Paz en 1879 y murió en Chulumani en 1946. Fue escritor, político e historiador. Entre sus obras destaca Raza de bronce (1919), una novela publicada diez años después de Pueblo enfermo donde aborda también los temas de la identidad nacional, el mestizaje y el indio, que serán las tres constantes de su prolífica carrera. Aunque no sin polémica, se considera que Raza de bronce crea los cimientos de la posterior novela indigenista boliviana[1].

Entre sus trabajos ensayísticos destaca, además de Pueblo enfermo, La danza de las sombras (1934), un libro autobiográfico que le mereciera el Premio Roma en Francia. Como historiador cuenta con una (valga la repetición) Historia general de Bolivia. El proceso de la nacionalidad (1809-1921) (1922). Fue periodista desde su etapa estudiantil. A principios de siglo mantuvo incluso una columna “A vuelo de pluma” y llego a ejercer como subdirector de El debate en 1915. No en balde dedica un capítulo de su Pueblo enfermo a este oficio, cuyo tono bien queda definido en el título: “La prensa, factor de corrupción”.

Como político, fue representante de Bolivia en París en 1910 y en Londres. De regreso a su patria, fue diputado del Partido Liberal (1916), lo cual no le impidió mantener estrechas relaciones con miembros del Partido Conservador. Ejerció el voto por Bolivia durante la creación de la Liga de las Naciones (antecedente de la actual Organización de las Naciones Unidas) en 1918. Desarrolló labores diplomáticas de diferente naturaleza en Europa. Su postura crítica hacia el ejercicio político en Bolivia le ganó incluso el destierro en 1906. Y ya en los últimos momentos de su vida llegó a ser senador por la capital en su partido y ministro de Agricultura, Colonización e Inmigración, en 1940[2].

 

Pueblo enfermo

El primer capítulo de Pueblo enfermo está consagrado a la descripción geográfica del territorio que ocupa la patria de Arguedas. Explica allí que está dividido en tres regiones, la Interandina, la Amazónica y la del Plata. En este capítulo se dibujan círculos de relación directa según los cuales el espacio y el clima determinan la fauna y la flora y todos ellos sumados a la distribución racial incluyen sobre las diferencias del carácter de los individuos que componen las comunidades asentadas en esas regiones. Así, por ejemplo, dirá más adelante que el aimara es salvaje y huraño pues su hábitat es un suelo estéril. Y luego, concluirá que la conjunción del azul intenso del cielo y el gris barroso del suelo implica que no haya poesía ni “ensueño”. La llanura será símil de monotonía. El hombre del altiplano es en este sentido duro de carácter, árido de sentimientos y padece una “absoluta ausencia de afecciones estéticas”. No tiene ni ánimos ni fuerza y asume la vida con pesimismo. En posteriores descripciones podrán leerse frases como “la condición natural de este [hombre] es ser malo y también de la Naturaleza”.

También se refiere en este apartado a los problemas que implica el medio físico boliviano para mantener una comunicación entre las diferentes comunidades sociales, el comercio y el intercambio cultural, debido a la dificultad de transportación.

El capítulo dos confirma la suscripción del autor al determinismo geográfico como sistema para explicar los caracteres que componen su pueblo. La raza se introduce aquí como la segunda variable que compone esta ecuación. Titulado “Psicología de la raza indígena”, está consagrado a describir las etnias aimara y quechua. Desmiente los censos oficiales que encuentran “demasiados” ejemplares blancos y mestizos cuando a simple vista la mayoría “racial”[3] de Bolivia es indígena. Habla aquí de esa tendencia de nuestros pueblos a “adelantar” la raza[4], y se refiere al relativismo con que se clasifica racialmente a los bolivianos, más bien influido por la posición favorable o no que ocupen dentro de sus comunidades.

En el tercer capítulo se ocupa de los mestizos, en los cuales se asientan, según Arguedas, los mayores lastres de Bolivia. Opuesto como muchos pensadores de su generación al mestizaje, Alcides Arguedas se ocupa ampliamente de la influencia de los cholos (mestizos) en la configuración política de su nación. Los acusa de estimular el caudillismo. Critica su inconsistencia y exaltación política. Y, de paso, hace un paralelo entre ellos y sus equivalente en otros países latinoamericanos: el gaucho, el roto… Por supuesto, aquí tiene en cuenta (si bien no declara sus fuentes) el pensamiento de autores como Sarmiento (a quien sí cita en otro contexto).

Convencido de que el “empobrecido” clima boliviano malogra todo lo que en él habita, cuando se ocupa de los hispanodescendientes concluye que han perdido su hidalguía y viven ahora en un estado corrupto e inferior de lo que su antepasados eran en Europa. Al abordar en el capítulo cuatro la “Psicología regional” continúa con este la lógica donde lo geográfico y racial son las determinantes. Se detiene especialmente en La Paz y Cochabamba, como dos polos en los que luego ubica otras urbes menos importantes.

Los siguientes capítulos abundan sobre los elementos ya delineados hasta el cuarto. Al ocuparse, por ejemplo, de la “Psicología del carácter indoespañol” concluye que la pobreza de su patria es directamente proporcional a la dosis de sangre aimara o quechua con que cuente la región a tratar. Y describe cómo los extranjeros logran un inusitado éxito en ese territorio que los nativos no alcanzan debido a su superioridad racial. “Una de las enfermedades nacionales” aborda lo que Arguedas entiende como megalomanía, mientras que “La prensa” redunda en la propagación de incultura y decadencia lleva al pueblo este oficio en manos de cholos y estudiantes.

Curiosamente, en “La mujer boliviana”, Alcides Arguedas se muestra a favor de la emancipación femenina al proponer un modelo de mujer que participe en la vida pública y trabaje en semejanza de condiciones con el sexo opuesto. Sin embargo, también considera irrealizable esta propuesta y se regodea en la descripción de incultura y retracción doméstica de las señoras y señoritas de mayor acceso económico. Como “Causas de la decadencia física”, localiza al alcoholismo, la falta de higiene y los malos hábitos alimenticios de la población. “De la sangre y el lodo en nuestra historia” es un análisis histórico que comienza en el período independentista donde “Bolivia ocupaba una posición privilegiada” hasta principios del siglo XX. Es la historia de la degradación de ese pueblo, donde nuevamente la raza y sus caracteres implícitos juegan un rol determinante. Al contemplar en retrospectiva los propósitos (criollos[5]) del Libertador para lograr la independencia de América, Arguedas constata con amargura que su presente nacional los niega.

“Principales causas de la agitación política” deviene una argumentación sobre la inutilidad y absurdo de las revueltas políticas en Bolivia, que en criterio del autor, no llevan a ningún sitio ni tienen móviles razonables. Arguedas precisa como dos de los males del ejercicio político en su país la corrupción de los líderes y el exceso de retórica, todo ello ligado a la falta de hombres grandes[6], lo cual redunda en falta de hombres de raza blanca. Esa misma lógica puede encontrarse en “Causas de la esterilidad intelectual” ahora abocada al campo de la literatura y el arte. “¿Qué harán de Bolivia los militares?” es un capítulo incorporado en una edición de la obra posterior a 1909 donde analiza las razones por las que Bolivia pierde la Guerra del Chaco y aboga por la separación de los militares de los diferentes grupos políticos.

 

Algunas observaciones

Vale retomar con mayor detenimiento algunas de las ideas que presenta Arguedas en sus cuatro primeros capítulos, porque son ellos los que contienen las principales tesis de la obra que hoy perviven.

Consideramos que Alcides Arguedas se vale de múltiples referentes para construir su crítica del pueblo boliviano, sin embargo prevalece en ella una inspiración romántica notable. En pasajes donde se queja de que el clima y la geografía de ciertos espacios provocan que “las pasiones no alcancen su intensidad máxima” o cuando menciona que “se ama y se desea, pero con moderación” se elogia por contraposición la tormenta e ímpetu (Sturm und Drang) del carácter que defenderán los románticos como reacción al racionalismo y el clasicismo. En igual sentido puede asumirse su crítica a la mujer indígena, que “seduce, pero no al extremo de conducir al sacrificio”[7].

Podría decirse incluso que Arguedas idealiza en grado sumo el carácter europeo (si lo hubiere) para hacer su diagnóstico americano. Se trata de una idealización sumamente selectiva, pues lo europeo no es exclusivo del pensamiento romántico y, de hecho, otras corrientes del Viejo Continente habrían asumido como modélicas algunas características que Arguedas repudia al referirse a sus compatriotas. Por ejemplo, la moderación (σωφροσύνη) es una de las virtudes clave del sistema moral homérico (del cual, según una también selectísima historia cultural nace la futura Europa), mientras que las pasiones desbordadas (ὕβρις)[8] llevan su merecido castigo divino.

La manera en que describe las cualidades asociadas a una “raza” —nunca es ocioso mencionarlo— parten de la anulación de la personalidad con que cuenta cada individuo; y los axiomas que la sostienen son aberrantes e indefendibles desde las ciencias sociales del presente. No obstante, de asumirse como tales, sería también criticable el gran desconocimiento del otro (el indígena, etc.) que ostenta Arguedas. En pasajes donde afirma: “se puede asegurar, por punto general, que el indio no tiene creencias determinadas” demuestra cuanto menos una falta de trabajo empírico y de observación. Quizás esto guarde relación con la manera en que Garcilaso de la Vega describe a los pueblos sometidos a los incas, también como carentes de religión; Fray Bartolomé de las Casas también propone otro tanto.

Sumado al eclecticismo de referentes con que trabaja Arguedas, aparece cierto relativismo y hasta contradicciones de su argumentación. En un pasaje se le verá, por ejemplo, explicar cómo el clima ha malogrado la hidalguía de la que los bolivianos hispanodescendientes debían ser herederos, mientras que en otra (en franco amago para estimular la emigración europea hacia su patria vía propaganda) asegura que la raza blanca se adapta con notable facilidad las condiciones geográficas de su nación. Se le verá denunciar el “pongueaje” y otras formas de explotación del indio en páginas realmente muy conmovedoras; para, en otras, decir: “se inician en el pongueaje; esto es, a servir de domésticos en la casa del patrón, donde refinan su gusto, adquieren ciertos modales y se entrenan en la lengua castellana, que nunca hablan”.

 

Arguedas en su época

Alexander Betancourt[9] relaciona a Arguedas con otros pensadores coetáneos como Alberto Edwards, Luis López Mesa o Germán Arciniegas y encuentra como común a todos ellos el interés por revisar el pasado y el presente latinoamericano con los propósitos de definir e imaginar la identidad que correspondía a sus pueblos. “Esas relecturas del pasado, entonces, van paralelas a la tarea de precisar los contornos de la nación como una de las tareas fundamentales de los Estados latinoamericanos desde fines del siglo XIX y principios del XX. Estas labores tuvieron como punto de partida común la recepción de los modelos y de representación de la sociedad nacional del positivismo de fines del siglo XIX”.

En Bolivia, es Juan de la Rosa, de Nataniel Aguirre, novela fundacional de la literatura de esa nación, la que abrirá en la época el tema de la raza y el mestizaje. En 1885, sin embargo, apostará por la mezcla de razas como elemento integrador de la nación, aunque considera el aporte del blanco como más enriquecedor que el del indio.

El ensayo de Gabriel René Moreno, “Nicomedes Antelo”, abrirá en Bolivia el discurso degeneracionista[10]. Este autor se pronuncia contra la mezcla racial, y vía un pensamiento darwinista social americanizado, proscribía eliminar a los indios y reemplazarlos con inmigrantes anglosajones.

En el último cuarto de siglo, Bolivia vive su segunda gran época dorada de la hacienda. Se consolida la economía de la plata, lo cual permite a las clases dominantes contar con el presupuesto y la fuerza necesarios para destruir las comunidades indígenas. En 1874 se dicta la Ley de Exvinculación, que prohíbe la propiedad comunal de la tierra de acuerdo con el pensamiento liberal imperante que solo concibe derechos individuales. No puede negarse que desde la ideología de quienes promulgaron la ley podrían haber móviles positivos, al querer independizar a los sujetos del dominio de una colectividad. Pero desde la lógica indígena este proyecto resultó invasivo, además de que muchos perdieron sus tierras y se convirtieron en servidores de grandes haciendas en condiciones de semiesclavitud.

Como respuesta, en las últimas dos décadas de ese siglo, fueron numerosas las rebeliones indígenas. Destaca de entre todas, la de Zárate Willka, en 1899. Los acontecimientos relacionados con esta rebelión permiten deducir la profunda incapacidad de comprensión del indígena que tenían las clases dominantes de la época. Pues los federales en su lucha con los constitucionales permiten que se les sumen las fuerzas lideradas por Willka considerándolos partidarios de sus ideas políticas. La intención de Willka era destruir a los constitucionales valiéndose de los federales y luego arremeter contra ellos para, una vez destruidos todos, lograr reestablecer la propiedad comunal de la tierra y devolver a sus dueños indígenas los espacios expropiados con rejuegos legales. Los abusos cometidos por los aliados federales de Willka contra los indígenas, sin embargo, caldearon las tensiones entre ellos hasta desembocar en la Masacre de Mohoza. Como término, los indígenas que participaron en la masacre fueron enjuiciados en lo que se interpretó como un juicio simbólico a todos los de su raza por oponerse a los aires de modernidad.

En ese contexto de guerras de raza, un libro como Pueblo enfermo no podía ver el mestizaje como la respuesta a una unidad identitaria como nación. Esto, sumado a la llegada de las ideas de Hyppolite Taine, el pesimismo boliviano debido a la derrota de la Guerra del Acre con Brasil, el tratado desfavorable con Chile en 1904 donde Bolivia renuncia a su salida al mar por una compensación económica, convierten a Pueblo enfermo en lo que fue y desafortunadamente aún sigue siendo.

Notas

[1] En “Alcides Arguedas: El dolor de ser boliviano”, Oscar Osorio discrepa vivamente con esta concepción. “Los juicios de la crítica sobre el escritor boliviano Alcides Arguedas —afirma— se han movido en dos vertientes antagónicas: los que sostienen que es un defensor de la causa indígena (y que lo han hecho pasar a la historia de la literatura latinoamericana como un escritor indigenista), y los que sostienen que es un defensor de la sociedad dominante boliviana. Ninguno de los dos criterios es sostenible, pues el desprecio del escritor por la sociedad indígena es tan absoluto como su por la sociedad boliviana en su conjunto”.

[2] Este orden de hombres prolíficos en varios campos: políticos, escritores y ensayistas… abundó en la América Latina de la época. Salvando distancias, puede verse este patrón en el argentino Domingo Faustino Sarmiento, el cubano José Julián Martí Pérez y el venezolano Rómulo Gallegos Freire.

[3] Mencionamos aquí el término “raza” y sus derivados entre comillas como forma de enjuiciar el empleo del mismo. Nuestra postura es que las razas no existen, por tanto esta palabra solo denota las ansias absurdas de clasificar seres humanos por su apariencia física. En lo adelante, para evitar molestias visuales, no utilizaremos la comilla, pero se infiere.

[4] Ver Taboada, Hernán G. H. “Un mundo sin ellos: en torno al discurso criollo decimonónico”.

[5] Ver Favre, Henry, “Bolívar y los indios”.

[6] Al referirse a hombres grandes se percibe cierta inspiración en el Übermensch nietzschiano, cuya obra conoce pues lo cita en otro acápite. Al calificar de “ovejunos” a sus compatriotas, deducimos que Arguedas les exige a todos ellos que sean superhombres, es decir, eleva “un tanto” las aspiraciones de Nietzsche respecto a la humanidad.

[7] Pensemos en obras como Las cuitas del joven Werther, de Johann Goethe y la defensa que hacen del suicidio como respuesta a un amor no correspondido hacia una mujer sublimada.

[8] Reconocemos aquí que los equivalentes buscados y la descripción de sus significados están hechos con trazo gordo, pero cumplen, en este caso, con su propósito meramente ilustrativo.

[9] Op. Cit., p.143.

[10] Esta teoría psiquiátrica se traslada a las ciencias sociales en Europa a mediados del siglo XIX. Y su propósito —según Edmundo Paz Soldán— es explicar los efectos “patológicos” de la modernización. Los sujetos degenerados son aquellos que se alejan del modelo burgués europeo dominante en la época: artistas, criminales, homosexuales, judíos. Luego de la descripción “médica” de los males, los degeneracionistas recetaban su remedio.

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