Chico Buarque, talento derramado

Comentario sobre Leite derramado, novela de Buarque que se editó en Cuba recientemente.

Chico Buarque

Foto: Tomada de Wikipedia

En sus flamantes y fructíferos 70 años, el carioca Chico Buarque de Hollandano se detiene, sobre todo dentro de lo que más parece ocuparle en los últimos años: la literatura, concretamente la novela. Acaba de publicar El hermano alemán(Mondadori).

Aquí en casa, sin embargo, los cubanos tenemos el privilegio de disfrutar de la penúltima,  a la venta en todas las librerías del país, se trata de Leite derramado (Leche derramada).[1] Son justamente los recuerdos los que dan vida a la obra, un mundo (desaparec)idopara siempre, y que el protagonista trata de recuperar mediante la presunta conversación con un grupo de personas que lo rodean, que lo ignoran o que ya no existen. Construida como un soliloquio se torna, afortunadamente, diálogo con el lector.

El anciano Euláliod´Assumpção yace en un lecho de hospital; su hija, también mayor, su madre ya difunta, enfermera(o)s y médicos del lugar o cualquiera que preste (in)voluntariamente su oído, constituyen el auditorio de quien pertenece a un linaje esfumado: aristócrata venido a menos, reconstruye los pasajes más significativos de su vida, donde caben la esposa tempranamente desaparecida, las hazañas de juventud, las relaciones de (alta) clase, y los choques con un presente que pretende a cada paso negar aquel mundo idealizado y «perfecto», mas a todas luces perdido.

Los recuerdos incluyen mitos, confusiones de fechas y personajes, mentiras «piadosas» y, por supuesto, abundante historia real por mucho que se haya perdido y pertenezca definitivamente al pasado; un tiempo que, a propósito, parece no existir en el cosmos novelístico de Chico Buarque: en su escritura, al menos la de este tipo, ella existe en función de resucitar aquel, de volverlo perenne presente, gerundio e incluso futuro inmediato.

Como continuidad de un método narrativo que ha dado cuerpo a anteriores novelas,[2]Buarque emplea creadoramente un procedimiento analéptico: el narrador-protagonista emprende retrospectivas hacia su ayer, pero siempre hay intersecciones del(su) presente que no solo enriquecen la perspectiva diegética sino que provocan en el narratario una constante «ruptura de sistema».

Esto es: cuando el discurso avanza fluidamente, asistimos a la tantas veces brusca interrupción temporal, donde nos asalta violentamente la realidad contrastando con la otra, idílica y feliz, que diseña el imaginario del personaje:

«Pero ese, si no me equivoco, era hijo del Eulálio chicharróny la muchacha del ombligo, a veces se me va la cabeza. Es un lío tremendo, hija mía. ¿Ni siquiera vas a darme un beso? Qué desagradable es que lo dejen a uno así colgado, hablando con las paredes» (30).

Tal contraste en las perspectivas temporales, entre los tiempos narrado (representado) y real dentro de un mismo (y único) espacio, deviene un jugoso contraste basado sobre todo en la ruptura cronotópicaque sostiene todo el corpus novelístico: en realidad, el topos se multiplica desde el verbo del personaje, desde esa evocación mediante la cual el narratario viaja a los diferentes escenarios de la historia en el memento del protagonista.

Gracias a este recursos, la cama del hospital en el minuto presente se vuelve trampolín desde donde saltamos a Copacabana, Minas Gerais, Marambaia o Matto Grosso, sin olvidar las referencias foráneas, particularmente europeas (francesas, estrechando más el marco), que forman parte de la «biografía» de Eulálio y los diversos y ricos personajes que lo rodearon, quienes portan a su vez no pocas y variopintas referencias geográficas:

Todavía con el camisón puesto, me obliga a oír ciertas leyendas de los pueblos andinos, fascinada por sus rituales de fertilidad. Pienso que, si le interesa hasta una guerra civil en Nicaragua que la pareja presenció el año pasado, se quedaría boquiabierta con los relatos de Dubosc, que luchó como voluntario en la Primera Guerra Mundial [79].

En el relato del protagonista se aprecia el contraste entre dos mundos, algo que el autor encara con deliciosa ironía, a la que no escapa ninguno de los dos. Si Buarque se burla discreta pero ostensiblemente de los remilgos aristocráticos de su criatura, de los prejuicios clasistas, racistas, xenófobos y falocéntricos que despliega a lo largo de su abarcadora evocación, no deja de hacerlo tampoco acerca de la desvalorización, la frivolidad y la falta de perspectivas de la hora actual, algo que siempre comenta, directa u oblicuamente, el narrador:

Mi último paseo solo lo recuerdo por una desavenencia con un taxista. No quería esperarme media horita delante del cementerio de São João Batista, y cuando se dirigió a mí en tono grosero, perdí la cabeza y levanté la voz, oiga usted, que soy bisnieto del barón Dos Arcos. Llegados a ese punto, el taxista me mandó a tomar por culo, a mí y el barón, desafuero que no le puedo reprochar. Hacía mucho calor en el coche, él era un mulato sudoroso y yo dándomelas de hidalgo. Me comporté como un snob, que como todos sabréis, quiere decir individuo sin nobleza [38].

Nótese cómo la propia sintaxis de Eulálio, con las formas cultas del habla –que la traducción ha vertido, acertadamente, desde una construcción gramatical castiza–, acentúa asimismo el linaje del personaje, quien frecuentemente contrasta su formación, educación y cultura (por lo general exageradas) con la «bajeza» que lo rodea, aun cuando muchas veces finja, o sienta realmente, condescendencia.

El elegante humor desplegado por Buarque,sobre todo en la cuerda de la ironía, se erige como uno de los sólidos méritos de la novela; sin embargo, ello no implica ligereza o falta de enjundia. A través de la historia del personaje, pese a sus deliberadas hipérboles y la convención literaria de que nos enfrentamos a las evocaciones de un hombre que ha perdido,debido a la edad y la enfermedad, facultades mentales, asistimos también a importantes trechos de la historia brasileña, sin que la obra tenga pretensiones históricas.

Aquí y allá, en el acronológico y zigzagueante recuento del yacente, apreciamos referencias a etapas importantes, como las dictaduras, gobiernos por una u otra razón significativos, así como pasajes o sitios emblemáticos del país; compartimos una concepción de la Historia (en tanto macrosistema) apuntando siempre a un sentido que trasciende el texto (microsistema): ella se enfoca, se escribe desde el punto de vista de quien la narra, de ahí la significación que confiere el novelista al relato «in» o metarrelato para discursar en torno auna de las funciones de la literatura, específicamente de ficción, aunque también la que se pretende seria, objetiva: la (re)escritura de la Historia siempre tiene un prisma subjetivo, personal, amén de clasista.

Ni ello ni la perspectiva lúdica del tonoafectan la riqueza en el diseño de personajes; aunque sea uno el punto de vista que preside todo –que, ya sabemos, no porta la perspectiva heterodiegética que implicaría un narrador omnisciente–, incluyendo las caracterizaciones. Estas gozan de enjundia y variedad de matices. Resultan muy eficaces y vigorosos los retratos de la amada Matilde, la hija María Eulalia (Eulalinha), su amiga, el nieto Eulalio, el militar Dubosc y hasta personajes secundarios como AmerigoPalumba o los criados negros Balbina y Balbino, y hasta las enfermeras, unas aborrecidas por parecerle groseras y nada amables, otras mejor consideradas y, por tanto, apreciadas por el enfermo[3].

Pero me refería párrafos atrásal lenguaje, y he aquí otro logro: pese al prurito culterano del narrador-protagonista, Buarque se maneja con tino en un tono –valga la paronomasia– equilibrado, sutil, que sin perder la prosapia y el oropel del personaje se proyecta con fluidez, a tono con la gracia escritural del autor, la misma que ha desplegado a lo largo de cientos de hermosas canciones,respetables piezas de teatro y, por supuesto, significativas novelas.

Lenguaje que ha sido volcado a nuestro idioma con precisión y elegancia por Rita da Costa, excepto algún que otro término, estamos ante una traducción no solo correcta sino con vuelo, que preserva y adecua a nuestro idioma las bondades del original y que adiciona oportunas notas cuando se requieren determinadas aclaraciones.

La edición de Ana Laura Suárez no ha sido menos cuidadosa y seria, mientras el diseño de Pepe Menéndez complementa gráficamente la lectura, mediante unas piedras en tenues gamas azulosas con matices amarillos que recuerdan formas de la anatomía humana, con grietas que aluden al paso del tiempo y sus erosiones y, por tanto, a sus huellas en el ser humano. 

Leche derramada, justamente premiada por la Casa de las Américas con uno de sus más prestigiosos galardones, es otra manera de acercarnos al universo literario de Chico Buarque, alguien que, como lo calificara alguna vez su colega Vinicius de Moraes, es una de las indiscutibles cimas de la cultura brasileña.

Y mientras nos deleitamos con sus páginas en esta hermosa edición cubana, esperamos, ya con ansias, la publicación en Cuba de su más reciente incursión novelística, la cual ya va conociendo éxito en los lugares donde se ha editado: El hermano alemán.

[1] Chico Buarque: Leche derramada, La Habana, Fondo Editorial Casa de las Américas, 2013. Premio de narrativa José María Arguedas.La primera edición en portugués data de 2009.

[2]En Estorvo (1991), Buarque focaliza un caso análogo: ahí su protagonista es también un perdedor, alguien que se ha quedado sin nada, pero mientras este vive en la abulia del presente, sin cuestionar las circunstancias que lo han llevado a ese estado, el de la novela que nos ocupa sí mantiene un perenne sentido acusatorio, aunque de modo un tanto anárquico: no sabe a quién culpar pero sí se queja, sobre todo de su estado actual. También las emparienta un recurso narrativo al parecer caro al autor: el monólogo. Por su parte, Benjamín (1998, también publicada por Casa) acude a otro procedimiento analéptico, cuando el protagonista evoca su vida en algo más que ese minuto final donde se dice que el moribundo ve pasar ante sus ojos toda su vida en rápida secuencia; aquí, por el contrario, un tanto más lento, imitando la ralentización fílmica –a propósito, la novela fue llevada al cine en el propio Brasil–, el personaje acude a su pasado evocando sobre todo a las dos mujeres que amó platónicamente.

3 Particularmente, los caracteres femeninos gozan de gran fuerza, algo que remite a ese compositor que ha escrito no pocas y elocuentes canciones desde un sujeto femenino. Aunque paradójicamente en su novelística Buarque privilegia a los hombres, en cualquier momento nos sorprende con un texto protagonizado, y (¡faltaba más!) narrado también en primera persona por una mujer.

[3]Particularmente, los caracteres femeninos gozan de gran fuerza, algo que remite a ese compositor que ha escrito no pocas y elocuentes canciones desde un sujeto femenino. Aunque paradójicamente en su novelística Buarque privilegia a los hombres, en cualquier momento nos sorprende con un texto protagonizado, y (¡faltaba más!) narrado también en primera persona por una mujer.

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