¿Cric? ¡Crac! o las fracturas identitarias

En la narrativa de Edwidge Danticat la emigración haitiana se presenta como angustia, desmemoria y muerte.

Edwidge Danticat

Foto: Tomada de: editorialorsai.com

La tristeza ante Haití como proyecto interrumpido de nación puede respirarse en los cuentos “Hijos del mar”, “Mil novecientos treinta y siete” y “Un muro de fuego”, que, entre otros, y bajo el título ¿Cric? ¡Crac! escribió Edwidge Danticat.

Es importante mencionar que alrededor de su fecha de publicación, Haití vive otra decepción política a través de las llamadas primeras elecciones democráticas de esta nación hacia 1995. La retirada de los cascos azules hacia 1997 y algunas incipientes políticas de corte neoliberal del presidente René García Preval desestabilizaron el país generando extendidas olas de violencia.

Nacida en Puerto Príncipe en 1969, Edwidge Danticat vivirá en carne propia la historia reciente de Haití. Sus padres emigraron cuando aún era una niña y debió quedarse en casa de sus tíos hasta la adolescencia, momento en que se reúne con su familia en Brooklyn. Sin embargo, el hecho de vivir en un barrio con fuerte componente haitiano la mantiene dentro de las fronteras culturales de su patria. La emigración como destino último del haitiano atraviesa con filo las tres historias que se analizarán, y aparece ligada a la muerte y la desmemoria, una muerte y una desmemoria que son representadas en su sentido material pero llevan un simbolismo implícito que hace pensar en la separación de la tierra natal como una suerte de suicidio identitario.cric-crac-edwidge-danticat-edito-grupo-norma-otra-orilla-4052-MLA126404804_1533-F

En una entrevista la autora dirá que “My writing in English is a consequence of my migration, in the same way that immigrant children speaking to each other in English is a consequence of their migration” (Danticat 2008). Su desarrollo académico dentro del más sofisticado sistema universitario estadounidense (tiene una maestría en Brown University) no le impidió continuar con sus preocupaciones estéticas ligadas a Haití. Y de esta forma, su trabajo de tesis titulado My turn in the fire–an abridged novel se convertiría luego en la novela Breath, Eyes, Memory, obra que le ha merecido reconocimiento internacional y ha sido, de hecho, traducida a varios idiomas.

El exergo de ¿Cric? ¡Crac! indica que parte del arte del contar una historia está ligado a un diálogo entre dos sujetos: “Preguntan ¿Cric? Contestamos ¡Crac!” (Danticat 1999, 6). La importancia de este diálogo también se declara: “Contamos historias para que los jóvenes sepan qué pasó antes de ellos”. Sin embargo, en las tres historias analizadas este diálogo deviene una operación imposible. Por extensión, la transmisión de la memoria resulta imposible también. “Hijos del mar” establece una suerte de correspondencia entre un adolescente haitiano, que ha tenido que emigrar perseguido por los Tonton Macoute, es decir, las fuerzas paramilitares haitianas bajo el mando de Duvalier, y su novia que se ha quedado en Puerto Príncipe y luego se traslada con su familia hacia Ville Rose.

Los dolores de ambas historias se entrelazan paralelamente. Los dos adolescentes son, por encima de todo, espectadores de esa realidad que se despliega frente a sus ojos: la realidad del haitiano que debe lanzarse al mar hacia Miami, y la realidad del haitiano que debe quedarse y sufrir las consecuencias. El chico nunca asume el protagonismo ante las sistemáticas hendiduras que sufre la embarcación y la van llenando poco a poco de grietas y agua; tampoco ayuda en el embarazo, el parto y finalmente el desenlace de la adolescente que lo acompaña en la travesía. Por otra parte, su novia cuenta cómo escapan a una letrina a esconderse y escuchan desde allí el asesinato por las fuerzas paramilitares de una mujer inocente; cuenta cómo previamente al hijo de esta mujer lo han asesinado y ella recorre las calles de Puerto Príncipe con su cabeza entre los brazos. Tampoco es partícipe de la lucha, sino espectadora.

Pero el hecho de ser espectadores los pone en una posición privilegiada, ellos son los indicados para portar y transmitir esa memoria “para que los jóvenes sepan qué pasó antes de ellos”. Su ejercicio de escritura es un acto ya de resistencia, la memoria debe ser salvada para el futuro. Así lo comprende el anciano que acompaña al chico en la travesía. “Él me pidió que escribiera su nombre en el “libro” ―comenta el joven―. Le pregunté por su nombre completo. Se llama Justin Moïse André Nozius Joseph Frank Osnac Maximilien”(Danticat 1999, 28).En cambio, ese libro está destinado a disolverse en las aguas del Mar Caribe. El joven, su memoria, la embarazada y todos los personajes mueren allí. Incluso si llegaron a su destino, algo que no sabemos a ciencia cierta (aunque queda sugerido por las mariposas negras que persiguen a la novia); el libro, encarnación del recuerdo, ha quedado en el camino. Las cartas que escribió en él dirigidas a su novia jamás llegarán a su destino, Haití. Las cartas de la chica tampoco serán jamás leídas por el novio. El diálogo resulta trunco, solo posible en los ojos del lector del cuento, que liga gracias a la ficción lo que la Historia con mayúsculas ha separado.

“Mil novecientos treinta y siete” es también otro documento de un diálogo imposible entre Josephine y su Manman (mamá, en creole). Cada vez que va a la prisión, Josephine escucha a su madre bajo la mirada de los guardias, pero es incapaz de pronunciar palabra. Piensa y siente. Esta historia como la anterior está escrita en primera persona. Es la historia escrita de Josephine. Es una búsqueda incluso, la búsqueda de un recuerdo que por ser una vivencia de la infancia se vuelve brumoso. La madre es la que se encuentra en posición de resituar la memoria. Es un recuerdo personal, pero es también un recuerdo que involucra a la nación haitiana. Es el recuerdo de la Masacre en 1937 de más de nueve mil haitianos en República Dominicana bajo el dominio del dictador Rafael Trujillo. Sin embargo, Josephine no puede hablar con su madre. No puede hacerla partícipe de esas ideas que cocina su mente y de las que nosotros, los lectores, sí somos confesores. En su último encuentro las palabras se le salen:

―Manman, ¿tú volabas? ―le pregunté.

La acusación implícita no la hizo ni parpadear.

―Vaya, por fin hablas ―dijo―. Ahora que casi me estoy yendo. Quizá no te acuerdes. Todas las mujeres que iban con nosotras al río, si querían, podían ir a la luna y volver” (Danticat 1999, 38).

Estas son las únicas palabras que puede arrancarle dada las circunstancias del diálogo. El resto de aquel momento en que su madre voló debe construirlo con retazos de testimonios de una testigo. Estamos entonces también en presencia de un diálogo, un ¿Cric? ¡Crac! que se inscribe en terreno minado por las circunstancia.

Edouard Glissant en El discurso antillano explica cómo “el pueblo antillano no” vincula “el conocimiento de su país a una datación ―incluso mitificada― del país, y así la naturaleza y la cultura no han formado para él ese todo dialéctico de donde un pueblo saca el argumento de su conciencia” (Glissant 2010, 125). Por lo tanto, el diálogo dificultoso entre madre e hija está marcado por esta desmemoria mitificada, y la imposibilidad que un contexto de censura ofrece para transmitir la memoria.

Algo similar ocurre con “Mil novecientos treinta y siete”. Aunque de los tres cuentos, los personajes parecen encontrarse en un período más sosegado de la Historia de Haití; el desenlace es, de todos, el menos esperado y el que mayores cotas de tragedia arrastra consigo, en tanto se trata de un suicidio que afecta el futuro de un niño pequeño y su mujer. Existen dos intentos de diálogo que aparecen frustrados desde su génesis. Uno de ellos es el diálogo que se establece entre Dutty Boukman, uno de los líderes más importante de la Revolución Haitiana y una familia haitiana de principio del XX; y el otro es el que repetidamente intenta entablar Guy con su esposa Lili.

¿En qué sentido el discurso de Dutty Boukman está sesgado cuando llega a los oídos de los haitianos? Aquí en la obra se ofrecen las claves para entenderlo. Cuando el pequeño Guy lo recita a su padres, estos concluyen que “Era evidente que aquello lo había escrito un europeo; le había dado al esclavo revolucionario justamente el tipo de expresión que habría hecho al Boukman real revolverse en la tumba”. Esta frase puede leerse en varias dimensiones. Primero, demuestra cómo en cierta medida la Revolución Haitiana fue un proyecto frustrado, pues su intento de dar voz a la gente de ese pueblo nunca pudo lograrse. Si los propios líderes históricos quedan delineados por el discurso francés, ¿qué quedará para los personajes que halan la carreta de la historia anónimamente? Segundo, manifiesta una disonancia entre el discurso y la emotividad europea y el discurso y la emotividad haitiana. Esa disonancia dificulta la comunicación y termina reposicionando el modelo europeo (ahora parasitario de un héroe nacional) como hegemónico. Para sentir su propia historia, los haitianos necesitan pedirles la voz y los ojos a los europeos.

Yolanda Wood (Islas del Caribe: naturaleza-arte-sociedad, 90), reconoce que a principios del XX, donde se ubica la historia, “la intelectualidad haitiana se movilizaba en busca de una expresión artística nacional y moderna, que asumía la compleja tarea de reinterpretar un panorama cultural donde el modelo francés persistía como referente culto en oposición a los valores de la cultura popular”. El discurso de Boukman es la hechura de esta angustia.

Por último, ya en el sentido narrativo, esta historia, que es la única escrita en tercera persona, nos deja la incógnita de por qué Guy ha decidido suicidarse. Algunos puntos pueden deducirse de la biografía de la autora y de los cuentos anteriores. El padre se suicida durante un intento de migración. El protagonista de la primera historia llama a los que lo acompañan en su huida “almas desertoras”. Guy, para huir en el globo, ha tenido que dejar atrás a su familia, y la familia simboliza en un sentido más grande a la patria toda, a los de ahora y los de antes, a Boukman encarnado en su hijo. Justo cuando emprende el vuelo, quizás Guy piensa en esto. Piensa en que después de su atrevimiento, quizás regresar sea imposible. Está muerto en Haití y muerto fuera de su patria, como todos los otros personajes. Su memoria entonces se pierde en ese salto al vacío. El diálogo se frustra.

De esta forma, los tres cuentos se posicionan ante, e igualan, diferentes periodos de la Historia haitiana. En todos ellos la emigración se presenta como una angustia de los personajes, al igual que la desmemoria y la muerte. Como hemos visto, a partir de estos tres ejes, Edwidge Danticat discute las fracturas identitarias de su país.

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