El hombre-lobo… regresa de la Argentina

Historias y leyendas sacadas de la cultura y el imaginario popular de Latinoamérica.

La leyenda del hombre-lobo recorre la memoria e imaginería popular de América Latina.

“Un rato después, comenzó a sentir que se le estiraba la piel. Le parecía que sus manos se agrandaban, se empezó a tocar y sintió que tenía pelos en todas partes. No podía pensar en nada, estaba como confundido. Sintió que sus orejas, cuando rozaban la almohada, eran distintas. No se animó a prender de nuevo la vela, se levantó arrimándose a la ventana, donde la luna alumbraba con toda intensidad y entonces ya no le quedó ninguna duda, la transformación había comenzado, ya se estaba convirtiendo en lobisón”, así comienza la novela Historia de un niño-lobo, del escritor chaqueño Hugo Mittoire, basada en la historia de un joven que se vuelve lobizón y, aunque parezca extraño, no es un libro destinado a los adultos, sino todo lo contrario: es un libro para niños.

Hace muchos años que el hombre-lobo —o lobizón como lo llaman en las veredas más al sur de la pampa— ha escogido a la Argentina para cometer sus fechorías. Lo que puede hacer pensar en un fenómeno aislado, puntual, es un hecho recurrente, cultural, acendrado en el imaginario popular hace muchísimo tiempo. Prueba de que no es extraño que alguien mute en bestia licantrópica en latitudes tan meridionales lo demuestra la ascendencia del personaje en la literatura del país sudamericano. Ya bien entrado el siglo XX se rescató una creencia que data del siglo XVI y que ha ido evolucionando hasta llegar al sospechoso verismo. Así se publicó la novela El endemoniado Sr. Rosetti, de Juan Jacobo Bajarlía, que siguió, de alguna manera a los cuentos Fases de la Luna, de Sara Gallardo y El lobizón, salido de la genial pluma de Horacio Quiroga, tras perderse y reencontrarse en la selva amazónica. También tuvieron parecidas epifanías Manuel Mujica Laínez, con su Lobizón y Enrique Anderson Imbert con Licantropía.

No es de extrañarse, como diría mi abuelo, especialista en apariciones y hechos inexplicables en los campos, pues no es imprescindible enfrentarse con un hombre-lobo para que su mordida lo convierta a uno en otro. No. Basta con nacer séptimo en una camada de varones, que alguien te maldiga por sabe Dios qué razón, ser el fruto de un matrimonio incestuoso o tener la mala suerte de ofender al Todopoderoso viniendo al mundo un 24 de diciembre… como si eso pudiera decidirse. Para algunos el lobizón (lobisón, lubisonte o luisón) es una copia de la fiera europea, pero como en otras cosas, la circunstancia europea se ha visto sobreseía aquí en las Américas con fenómenos muy propios que escapan a cualquier definición ligera.

Existe una leyenda guaraní, muy anterior a que el castellano hoyara las tierras del Nuevo Mundo, que explica el origen del lubizón. Cuenta la fábula —y yo que no puedo resistirme— que Taú, un espíritu maléfico, se enamoró de una bella doncella indígena que dormía tanto que la bautizaron Keraná (dormilona). Como también hacían los inmortales grecolatinos, Taú se transformó en un joven apuesto que visitó a la chica por siete días consecutivos. En el último de ellos intentó raptar a la joven, pero Angatupyry, el espíritu del bien, trata de evitarlo. Ambos luchan por espacio de otros siete días y, gracias a la astucia, Taú logra vencer y llevarse a su amada. Fue tal la conmoción y la frustración de la tribu que le rogaron a Angatupyry, despechado y repelido, un castigo ejemplar y no los hizo esperar: condenó a la pareja a tener siete hijos monstruosos, nacidos prematuramente, asociados a las siete penas (miedo, dolor, llanto, hambre, sed, enfermedad y muerte) que machacan a la humanidad desde que Pandora —griega ella— las liberara con su curiosidad. Nacieron entonces Mbói Tu’i, Moñai, Jasy Jateré, Kurupí, Ao Ao y el séptimo, Luisón, el joven lobuno.  Para que no quedaran dudas, tras llegar al mundo Luisón, aparecieron en el firmamento las Pléyades, como señal de peligro para el ser humano.

De esta manera, en las noches de luna llena de los viernes y/o los martes, se transforma en animal y sale a asolar las cercanías, devorando heces de gallina, cadáveres acabados de enterrar en los cementerios y bebés que no hayan sido bautizados. Los otros no tienen de qué preocuparse. Incluso, algunos afirman tajantemente —aunque no hayan tenido ninguna experiencia que lo atestigüe— que al lubizón se le aleja rezando un Padre Nuestro, persignándose y arrojándole tizones encendidos y botellas rotas. Pero. Curioso. El folklor argentino no cataloga al lubizón como una amenaza para el ser humano, aunque uno nunca está completamente eximido de sufrir un ataque, pues son criaturas «poco amigables». Incluso en una región cercana al Chaco, la policía fue apercibida por varios lugareños de la existencia de un lubizón y hasta estos terminaron viéndolo. No lo vieron pararse en cuatro patas, ni rugir, ni echar fuego por los ojos ni babear una pútrida sangrasa. No, pero sabían que si sus balas estaban bendecidas, lo podrían matar, pero…

Lo que vio la policía en medio de la oscuridad estival fueron los ojos centelleantes del aguará guazú, también llamado lobo de crín, un animal de la familia de los perros y los lobos, autóctono de las regiones del Chaco argentino y paraguayo, de las llanuras y pampas de Bolivia y Perú, así como de la cuenca de los ríos Paraná y Paraguay. Nombrado científicamente Chrysocyon brachyurus, el aguará guazú (del guaraní “zorro grande”), es el mayor de los cánidos de América del Sur. También conocido como borochi, lobo de los esteros, lobo colorado y mbuaravachú, más bien parece un híbrido de hiena, zorro o chacal, aunque su corpulencia se muestra en mayor medida por la abundancia de su pelaje y la distintiva melena o crin que lo acercaría al león o la hiena manchada. Puede llegar a medir hasta 125 cmts y pesar 34 kg. Sus patas largas le permiten visibilidad en las llanuras y deja una huella característica al mover al mismo tiempo las patas de un mismo lado, para ahorrar energía, pero tiene la mala suerte de comunicarse con aullidos roncos, de gran alcance, lo que ha tejido una macabra leyenda a su alrededor, limitándole cada vez más su entorno vital por supercherías y cuentos de camino.

Es omnívoro, igual come raíces y frutas que pequeños mamíferos, lagartos, ranas y aves. También se alimentan de carroña. Investigaciones recientes lo emparentan con el lobo de las Islas Malvinas, extinto por la caza indiscriminada en el siglo XIX, también bajo acusación sumarísima de licantropía. Y lo principal: no es peligroso para el hombre. Cuando divisan uno hacen lo que la misteriosa criatura de Rosario del Tala: se alejan, no atacan. Estas especies endémicas pueden estar en peligro de extinción, aunque informes científicos la ubican como buenas reproductoras en cautiverio.

Como ven todo parece volver a su lugar. Más que un hombre-lobo sediento de sangre, podemos encontrar una especie puramente sudamericana que ha dejado su huella en el imaginario de la historia. Pero dejemos que sea Hugo Mittoire, que sabe contar, el que termine este relato con su ágil prosa: “Se acercó con mucho sigilo, pero los perros de los alrededores igual empezaron a ladrar. Llegó hasta la ventana del aula de séptimo grado, y se paró en dos patas; acercó el hocico contra el vidrio y con la claridad que daba la luna y su aguda visión, pudo ver todas esas cosas que le eran tan familiares. Quiso llorar, empezó a gemir, sintió miedo de no poder convertirse nuevamente en humano, y de no poder regresar a su escuela para estar con sus compañeros. Una profunda tristeza lo invadió. De un salto dio media vuelta y empezó a correr para su casa, no sabía qué hacer, ni cuanto le duraría la transformación. Pensó que no podía volver en ese estado a su pieza. Recordó haber leído que antes del amanecer, comenzaría nuevamente la transformación inversa, entonces no quiso alejarse demasiado (…)”. )2017)

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