Eliseo Diego: “de oficio poeta”

El autor de En la calzada de Jesús del Monte cumpliría en este año su 95 aniversario

Foto: Tomado de Google.com

Mucho se ha escrito sobre un poeta cubano cuya obra, inscrita por derecho propio entre las grandes de América Latina, es motivo de celebración y orgullo. Aquellos que hayan tenido la posibilidad de escuchar a Leo Brouwer interpretar la música de los Beatles, de ver a Alicia Alonso bailar Carmen y escuchar a Eliseo Diego leer sus poemas, pueden sentirse seres privilegiados.

Eliseo Diego cumpliría este año su 95 aniversario y en Cuba, como en otros países del mundo, se le ha rendido homenaje más que merecido. La sala Rubén Martínez Villena de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) tuvo entre sus invitados a Josefina de Diego (Fefé), hija del poeta, quien ofreció una conferencia sobre los libros de la biblioteca de su padre.

Eliseo formó parte junto a Lezama Lima, Cintio Vitier, Fina García Marruz, Pepe Rodríguez Feo, el padre Ángel Gaztelu y Virgilio Piñera, entre otros, del legendario Grupo Orígenes, expresión cimera de la literatura cubana y parte indisoluble de su historia cultural. En 1942 publicó su primer libro, En las oscuras manos del olvido, una recopilación de relatos. En 1986 obtuvo el Premio Nacional de Literatura de Cuba por el conjunto de su obra. Doctor Honoris causa por la Universidad del Valle (Cali, 1992) y el Premio Internacional de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo (1993) son solo algunos de los muchos reconocimientos recibidos a lo largo de su vida.

Además de publicar obras propias, muchas de las cuales fueron aclamadas por la crítica, a Diego se le deben también traducciones y versiones de las más importantes figuras de la literatura infantil en el mundo.

La investigación de Fefé va más allá de lo contenido en aquella inmensa biblioteca que guarda tantos tesoros porque ella, como hija al fin, quiere presentar el lado más íntimo de la relación de su padre con los libros, sus eternos acompañantes.

“La tarde que murió… cuando esperábamos la llegada de la ambulancia le pedí que tratara de serenarse, que ya faltaba poco para que llegara ayuda, tomó un libro y comenzó a leer. El libro que tomó fue Orlando, de Virginia Woolf. Cuando la ambulancia llegó ya mi padre había fallecido. El libro reposaba abierto sobre su pecho”.

Otra de las miradas de Fefé se centra en las dedicatorias que exhiben estos ejemplares atesorados por su dueño durante más de medio siglo. Serias, jocosas, inesperadas o solemnes, cada una de ellas dice mucho de la relación del poeta con aquellos que tenían el placer inigualable de gozar de su amistad y regalarle un libro, y señala que “Las dedicatorias de sus amigos podrían agruparse en un texto aparte”. Entre ellas se encuentra: “Para Eliseo Diego. Testimonio de mi sincera admiración por su Calzada de Jesús del Monte. Afectuosamente. Alejo Carpentier, Caracas, 1949”.

Y sobre esta nota de Carpentier dice Fefé: “Papá era un joven. Acababa de publicar su primer libro y Carpentier ya era un señor escritor con mucho prestigio, o sea, es muy bonita y generosa esa dedicatoria”.

“A Eliseo, que siendo uno de mis poetas preferidos es, para mi sorpresa y mi alegría, amigo mío. Y para Bella, verdadera e increíble, con el afecto y la gratitud de Roberto”. (Fernández Retamar, 1954).

“En una versada larga, larga, Bella y Eliseo nos dicen, que cualquiera que sea la carga en una cercana mesa nos bendicen. Envío de su amigo Lezama Lima. Agosto 1949”.

“A Eliseo, porque Dios nos conceda siempre la cariñosa lumbre de su compañía”, Fina García Marruz, 1947.

Ediciones príncipe, ediciones raras, diseños de cubiertas y contracubierta, ediciones de lujo, ediciones privadas, traducciones realizadas por figuras cimeras de la literatura mundial como Jorge Luis Borges, Ezra Pound, Julio Cortázar y Virginia Woolf que, según su hija, era la preferida y de la cual atesoraba todas sus obras. No es casual que la edición cubana de Orlando lleva, para orgullo nuestro, el prólogo de Eliseo Diego.

Fefé confiesa que cada vez que abría un libro se preguntaba: “Qué encontraré, pues no solo me tropezaba con los datos esperados de autor, titulo, editor… sino que muchos de esos libros tenían otras historias que contar. Era como si entrase en una extraña dimensión del tiempo, como si abriese una de esas puertecillas fantásticas, características de esas narraciones de algunos de sus escritores preferidos como Wells, Bradbury, Sinclair, Julio Verne, y entrara en otro tiempo, en otra época, como sucede, por ejemplo, en The lion, the witch and the wardrove, donde una pequeña puerta de un ropero da entrada al maravilloso mundo de Narnia. Parecía como si los libros me quisieran hablar, contarme: “Mira, este libro lo compró tu padre en Nueva York, y dice, con la letrica de papá, que cambió mucho: ‘Comprado con mi Bellita en la calle sexta de Nueva York el día 29 de junio de 1948. Bellita luce su blusa de lunares’”.

Marcadores, postales, fragmentos de cartas escondidos dentro de los libros que narran momentos, estados de ánimo, viajes; fichas de libros que anuncian el secreto deseo de su propietario de organizar su biblioteca de manera científica, un hombre que, según nos cuenta Fefé, no gustaba de marcar los libros: “A mi padre no le gustaba marcar los libros, los trataba con mucha delicadeza, los forraba y les colocaba los datos en el lomo, ya fuera a mano o a maquinita, usaba marcadores para señalar donde se había quedado en la lectura y nunca dejó un libro abierto boca abajo a no ser cuando se quedaba dormido y el libro reposaba junto con él sobre su pecho”.

Más de una docena de libros de poesía, así como otros tantos de prosa poética, ensayos y cuentos conforman la obra de este hombre que alguna vez se atrevió a confesar con modestia:“Soy, de oficio, poeta, es decir: un pobre diablo a quien no le queda más remedio que escribir en renglones cortos que se llaman versos. Y lo hago no por vanidad o por el deseo de brillar, o qué sé yo, sino por necesidad, porque no me queda más remedio que escribir estas cosas que se llaman poemas”.

 

El 1 de marzo de 1994 falleció, en México, Eliseo Diego. Sus restos fueron trasladados a Cuba, a su Habana natal. Ya Eliseo había entregado su amoroso testamento poético a todos los cubanos cuando escribió:

 no poseyendo más
entre cielo y tierra que
mi memoria, que este tiempo;
decido hacer mi testamento.
Es este:
les dejo
el tiempo, todo el tiempo

El Nobel de Literatura, el escritor mexicano Octavio Paz, al conocer la triste noticia, dijo: “solo faltaba la muerte a Eliseo Diego para convertirse en leyenda de la Literatura Latinoamericana”.

2 comentarios

  1. Sandra Perez

    Un excelente comentario. Eliseo es de los poetas olvidados y sin embargo de los mas cubanos y universales. Deberia escribirse mucho mas de el y su obra.

  2. Taty Alvarez

    Excelente comentario. Un poeta imprescindible.

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