Eliseo Subiela, poeta y profeta

El 25 de diciembre de 2016 se marchó de esta vida uno de los imprescindibles del Nuevo cine latinoamericano.

La obra cinematográfica de Subiela es auténticamente latinoamericana.

Comienzo con una anécdota: no nos conocíamos personalmente pero de algún modo recibía algunas de mis reseñas críticas sobre sus filmes, pues le comentaba a terceros, amigos comunes. Cuando una vez no fue positiva pensé que se disgustaría y en un email le dije poco después: “Como una manera de hacer las paces te pido la banda sonora del más reciente filme tuyo” a lo cual, ni corto ni perezoso, respondió: “Frank, no sabía que estábamos enemistados, claro que te la envío cuanto antes, un abrazo, Eliseo”.

El cineasta argentino Eliseo Subiela (1944-2016) se marchó definitivamente en los días finales del año pasado. Por suerte, esos hombres como él, que han vivido sembrando, se perpetúan mediante sus frutos, que en su caso son abundantes y ricos. Afortunadamente, artistas como el porteño, que pusieron su cámara y antes su escritura fílmica al servicio del mejor cine, no se van nunca del imaginario universal.

Nacido en una familia de origen judío, su padre padecía del miocardio, quizá por eso el realizador —quien en febrero de 1995 fue sometido a una cirugía a corazón abierto, tras la cual  se le implantó un bypass triple— tuvo siempre en su diana estética ese miembro que se considera depositario de los sentimientos humanos más profundos. Su obra El lado oscuro del corazón (1992) es un referente incuestionable sobre un tipo de cine que pudiéramos considerar de “realismo poético” en tanto trazar las relaciones, sobre todo eróticas, mediante tropos e imágenes muy emparentadas con el bello género literario.

Hombre mirando al sudeste, un clásico del cine latinoamericano.

Hombre mirando al sudeste, un clásico del cine latinoamericano.

Aunque por su éxito latinoamericano e internacional conoció una secuela no tan afortunada en 2001, hubiera bastado ese título para consagrarlo en el cine de la región y de mucho más allá por la fuerza de las metáforas, la intensidad lírica y la belleza imaginal con que discursaba sobre el amor entre un hombre y una mujer.

Sin embargo, Eliseo fue mucho más. El resto de su obra, aunque no del todo homogénea en su alcance artístico —sobre todo a mediados del presente siglo— fue una perenne indagación en los mundos interiores del ser humano, plasmada con semejante energía filosófica y vuelo formal.

Durante su juventud, el futuro director fue miembro de la Juventud Peronista (JP), y montonero. En 1969 conoce a Mora Moglia, con quien tuvo tres hijos: Guadalupe, Eliseo Ignacio y Santiago. Su llegada definitiva al cine se produce en 1980 con la película La conquista del paraíso, aunque ya antes había rodado Argentina, mayo del 1969, los caminos de la liberación, que nunca se estrenó.

En 1985 realiza Hombre mirando al Sudeste, con la que obtiene su mayor reconocimiento popular y artístico hasta esa fecha. El filme se convirtió en un clásico de la cinematografía argentina y es considerada una obra maestra. A partir del siglo XXI la película comenzó a recibir una renovada atención después del estreno de la cinta estadounidense K-Pax (2001), la cual fue materia de controversia pues su argumento fue señalado por críticos de todo el mundo como una copia casi exacta de Hombre mirando al Sudeste, aunque de cualquier manera resultaba un engendro, copia al carbón ausente de la dimensión poética y profética del original.

El argentino fue premiado por la Fundación Konex con el Premio Konex/Diploma al Mérito en 1991, como uno de los “5 mejores directores de cine de la década 1981-1990” en la Argentina y nuevamente en 1994 como uno de los 5 mejores guionistas así como Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de la República Francesa («Chevalier dans l´ordre des Arts et des Lettres de la Republique Française», 1990) y miembro honorario de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España (1995).

Hombre mirando…, ambigua parábola sobre un loco genial que se dice ser extraterrestre, resultó otra de sus serias y provocadoras reflexiones en torno a pasadizos de la conciencia y el corazón humanos, de mundos inusitados y desconocidos —no solo del más allá sino dentro de la propia zona existencial—, que cuadraban a la perfección con la perspectiva metafísica y mística del cineasta, además de resultar un relato sugerente y lleno de provocaciones subtextuales, impecablemente realizado y actuado, lo cual explica la consagración internacional que implicó para Subiela.

Poco tiempo después, en 1992, Eliseo realiza otro de sus grandes filmes, y el favorito de este crítico, Últimas imágenes del naufragio, la historia de una familia de “raros” que confluyen en “universos paralelos” dentro de esa frágil barrera que significó para el artista la separación entre la vida y la muerte, entre este mundo que habitamos y otros no tan (des)conocidos. La complejidad y riqueza en el tratamiento de los personajes, sus obsesiones y costumbres; la fuerza ideoestética del discurso sustentado sobre una plataforma expresiva de altos quilates nos entregaban aquí al mejor Subiela.

Aunque dueño de un estilo original y propio, el artista como ocurre siempre, no partió de cero, su cine recibió el creativo influjo de varios autores, y principalmente por los filmes Crónica de un niño solo de Leonardo Favio, La mujer del zapatero de Armando Bó, Esquiú, una luz en el sendero de Ralph Pappier y Los ratones, de Francisco Vasallo, algo que recicló e incorporó desde sus inicios cuando a los 17 años, realizó su primer cortometraje, Un largo silencio(1963).

Algo que, como hemos visto, el porteño desmintió a través de una vasta, fecunda y creativa obra que discursó con pasión, audacia y esmero sobre las abismos insondables de la vida, sobre el interior del ser humano, sobre la existencia con una perspectiva cósmica, universal.

Esas y otras preocupaciones se plasmaron en ulteriores títulos como No te mueres sin decirme a dónde vas (1995) , Despabílate amor (1996) y Las aventuras de Dios (2000), aun cuando no alcanzaran la cristalización y alcance de los filmes anteriormente reseñados, verdaderos clásicos no solo dentro de su obra, sino dentro del cine argentino y latinoamericano.

Mostró, sin embargo, cierta facilidad para un tipo de comedia que sin apartarse de sus recurrencias y temas fetiches probó y alcanzó comunicación con un público mayor en el caso de Pequeños milagros (1997).

Siempre fiel a Cuba, a nuestro público cinéfilo que le adoraba y a los festivales de la Habana en los que se dio a conocer y donde  fue premiado en más de una ocasión, viajaba con frecuencia impartiendo talleres en la Escuela Internacional de cine y televisión de San Antonio de los Baños y, por supuesto, trayendo sus nuevas películas bajo el brazo o enviándolas cuando no le era posible venir.

Así se conocieron sus nuevos títulos: Lifting de corazón (2005), El resultado del amor (2007) y No mires para abajo (2008). Sus últimos largometrajes fueron: Rehén de ilusiones (2010) y Paisajes devorados (2012) también apreciados por nuestros espectadores.

La muerte sorprendió a Eliseo en la misma postura con que transcurrió su vida toda: trabajando, creando: Corte final, un proyecto cinematográfico que sería un homenaje a la pantalla grande; así como también en una obra teatral de su autoría titulada La vida real constituyeron su testamento inconcluso.

Subiela marchó en una fecha de alegrías y celebraciones: el 25 de diciembre; tal estampa mesiánica no es gratuita, como él mismo plasmó en su obra refiriéndose a coordenadas cronotópicas. Fue un verdadero profeta de un tipo de cine que en América Latina partía de una tradición dentro de su país (Argentina) pero que supo renovar con las coordenadas y presupuestos del Nuevo cine latinoamericano: un proyecto de nación gigante que tuviera como magma la poesía, el viejo sueño de la utopía cimentada en los anhelos y los sueños más nobles del ser humano, sobre todo de esta parte del mundo.

Siempre volará (y con él nosotros) como aquel Oliverio Girondo de El lado oscuro…, quien lo único que no perdonaba a su amante era no saber hacerlo, algo que él logró en buena medida, con una obra inserta desde hace tiempo entre lo más legítimo del cine en Nuestra América.

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