Ernesto Lecuona, un cubano cuya música le ha inmortalizado

Semblanza de uno de los músicos cubanos de dimesión universal.

Ernesto Lecuona es una de las personalidades más sobresalientes de la música cubana. El quehacer del singular compositor ha trascendido las fronteras de Cuba, patria que le ve nacer. La Villa de Pepe Antonio -ese antiquísimo municipio habanero donde también ven la luz primera otras dos grandes figuras del pentagrama musical de Cuba, Bola de Nieve y Rita Montaner- es testigo de ese advenimiento el 6 de agosto de 1895.

El nacimiento ocurre dentro de un contexto bien convulso, donde el mambisado cubano se esforzaba por ganar la guerra necesaria – organizada por José Martí -con el objetivo de romper definitivamente los lazos coloniales que mantenían a Cuba sojuzgada a España.

Lecuona inicia tempranamente sus estudios de piano con su hermana Ernestina quien, al igual que él y su otra hermana Margarita- se destaca como compositora. Sin duda alguna es una familia de músicos que legan a la cancionistica cubana piezas inolvidables. Ejemplo de lo anteriormente expresado son las obras Ahora que eres mía y Mi vida eres tú –escritas por Ernestina e inmortalizadas en la voz de Esther Borja- así como Babalú y Tabú, piezas de marcado sabor afrocubano, compuestas por Margarita, que pasean el mundo interpretadas por Miguelito Valdés. A este popular cantante, que alcanza fama mundial en la década de 1940, le presentaban en los espectáculos como Míster Babalú, por su sensacional interpretación de la canción compuesta por Margarita Lecuona.

El maestro Lecuona estudia piano, solfeo y teoría con grandes profesores de música: Eduardo Peyrellade, Joaquín Nin Castellanos y Hubert de Blanck. Los biógrafos del referido compositor guanabacoense destacan siempre sus grandes facultades como pianista y particularmente subrayan que, de hecho, se convierte en un niño prodigio cuando a la edad de cinco años ofrece su primer concierto. Trabaja como pianista en el cine Fedora de la capital habanera a pesar de su corta edad, nada menos que 11 años. Lecuona demuestra su habilidad poniéndole un fondo musical a las películas mudas, que en esos lejanos días del siglo XX atraen mucho público a los cinematógrafos.

Se gradúa en el Conservatorio Nacional en 1913 y le otorgan la Medalla de Oro así como el primer Premio de su curso por su alto rendimiento académico. Su creatividad como compositor ha sido altamente reconocida. El quehacer de este excelente músico es uno de los más difundidos por el orbe y sus obras son muy solicitadas por el público en cualquier latitud del planeta. Cuenta en su haber con centenares de obras musicales de variados géneros: canciones, valses, danzas, pregones, zarzuelas, etc.

Si hay algo que caracteriza a Ernesto Lecuona como compositor es su versatilidad. Tiene la capacidad de crear danzas como La Comparsa y La Danza Lucumi de una reconocida cubanía, así como obras de auténtico sello español como las inolvidables Malagueña y Andalucía, dos clásicos en su género. Alguna de sus composiciones han sido grabadas decenas de veces con arreglos de muy diverso tipo como sucede con Siboney, Estás en mi corazón, Ahí viene el chino, etc.

Considero que cualquiera de las partituras anteriormente señaladas, y otras tales como Mariposa, Arrullo de Palmas, Tus Ojos Azules y Danza Negra podían haber elevado a la cima el nombre de Ernesto Lecuona, pero a mi modo de ver, es su aporte a la zarzuela cubana, al teatro lírico de las décadas de 1920 y 1930, lo que convierte, en primera instancia, al referido músico cubano en uno de los más representativos compositores de su época y de los más gustados de todos los tiempos.

Niña Rita (1927), El Cafetal (1929), EL Batey (1929), María la O (1930), Rosa La China (1932), Lola Cruz (1935) -entre otras zarzuelas- constituyen la valiosa contribución de Lecuona a la historia de la zarzuela cubana, cuya etapa de oro tiene su momento cumbre en la década de 1930, época en la que Gonzalo Roig crea El clarín (1932) y la Hija del Sol (1933) en tanto Rodrigo Prats compone María Belén Chacón (1934) y Amalia Batista (1936).
Las partituras de las zarzuelas de Ernesto Lecuona responden a cubanísimos libretos que constituyen una muestra viva del costumbrismo cubano. El discurso musical observado en aquellas páginas revela gran novedad y rompe con algunos de los cánones establecidos en la tradicional zarzuela española, fuente inapreciable en la que habían bebido los compositores dedicados a este gustado genero lírico -teatral.

Las obras escritas por Ernesto Lecuona recogen pregones como el famoso zun zun de la zarzuela Sor Inés (1937); romanzas con un altísimo grado de dificultad, similares a las del lenguaje operístico como las de María la O y Rosa la China; así como otras piezas antológicas como el tango congo Mama Inés, de la zarzuela Niña Rita -escrita en colaboración con Eliseo Grenet- estrenada el 1 de octubre de 1927 en el teatro Regina, donde hace su debut escénico la cantante cubana Rita Montaner, apodada La Única, años después.

Lecuona funda, desde aquellas primeras décadas del pasado siglo XX, compañías teatrales con las que recorre exitosamente parte del continente americano y asimismo organiza múltiples conciertos, en las décadas de 1920 al 1940. Esos recitales celebrados en los teatros Auditorium, Encanto, Nacional y Alkázar, se caracterizaban por reunir en el programa a jóvenes valores de la canción lírica cubana, con el objetivo de promoverlos. Margarita Díaz, María de los Ángeles Santana, Tomasita Núñez, Hortensia Coalla y Esther Borja, son algunas de las artistas a las que el maestro Lecuona presta apoyo en los inicios de sus carreras artísticas.

A Esther Borja se le ha considerado la mejor intérprete de las obras de Ernesto Lecuona. Para ella escribe el maestro su celebérrima Damisela Encantadora, que Esther canta en el estreno de esta obra que es a la vez el de su debut teatral. Tanto la primera dama de la canción cubana, como las anteriormente mencionadas cantantes liricas, y otras representantes del referido género, integran el elenco de las compañías que Lecuona organiza en diversas etapas de su vida, con el objetivo de difundir este tipo de música fuera de las fronteras del país, particularmente en el continente americano.

Argentina, Chile, México, Puerto Rico y República Dominicana aplauden repetidamente el excelente repertorio que Lecuona prepara para estas giras, en las que El Batey, El Cafetal, María la O y el resto de su zarzuelas tienen una gran acogida por parte del público y la prensa especializada. Los grandes teatros de las ciudades anteriormente citadas son testigos de los éxitos del Maestro, y la fama alcanza también a los intérpretes de su música. Por esta vía adquieren renombre algunas de las artistas a las que ya se ha hecho alusión.

Lecuona también dirige su propia orquesta, en el amanecer de 1930, y con sus músicos emprende viaje hacia Europa. Armando Orefiche, integrante de la referida agrupación musical, pianista y compositor de primera línea, se hace cargo con posterioridad de la dirección de esta orquesta, que él bautiza con el nombre de Lecuona Cuban Boys. Estos músicos se presentan en el escenario del Teatro Nacional de La Habana, impactando a los asistentes por su incomparable forma de presentar el espectáculo, en el que la orquesta se proyectaba como un gran show. Los Lecuona Cuban Boys recorren Suramérica y Europa con gran éxito y se convierten, de hecho, en referente para las orquestas de los años 1940 y 1950.

Investigaciones realizadas por cadenas radiales y televisivas han demostrado ampliamente que la música de Ernesto Lecuona se escucha en estos días con el mismo interés que un siglo atrás. Siboney, La Comparsa, María la O y Mama Inés no necesitan presentación ante el público, todos las reconocen y las aplauden. Por su excelente quehacer, Lecuona integra esa nómina de ilustres cubanos que han alcanzado la inmortalidad.

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