Examinando al médico

Una revisión de Pueblo enfermo, de Alcides Arguedas

Alcides Arguedas

Foto: Tomado de Wikipedia

En abril de 2004, Carlos Mesa, presidente en ese momento de Bolivia, confesó en un discurso recién haber terminado Pueblo enfermo, de Alcides Arguedas. Mesa (historiador, escritor, periodista, vedette, entre otras cosas) anunció que las obras completas de su compatriota paceño serían publicadas a corto plazo. “Alcides Arguedas es una de las figuras fundamentales de la cultura boliviana —explicó—. Su visión permite reconocer que muchos de los rasgos, tan dura y descarnadamente planteados por él en su visión sociológica, tendrían una perfecta aplicación el día de hoy”[1].

En Pueblo enfermo pueden leerse frases como “[el indio] es duro, rencoroso, egoísta, cruel, vengativo y desconfiado, cuando odia. Sumiso y afectuoso, cuando ama. Le falta voluntad, persistencia de ánimo y siente profundo aborrecimiento por todo lo que se le diferencia”[2]; o “El elemento indígena, empero, va invadiendo todas las esferas sociales y, por lo mismo, se nota cierta flojedad y decadencia”[3].

¿Suscribía Mesa en su discurso este tipo de ideas de Arguedas siendo el jefe de un Estado con el 80% de su población compuesta por indígenas? Según el politólogo boliviano Roberto Herrera Zúñiga, la posición de Carlos Mesa pudo conocerse con mayor nitidez después de que fuera derrocado en 2005, cuando sumo su rostro a la llamada “rearticulación racista de las elites oligárquicas y las clases medias”[4]. Arguedas, en opinión de Herrera, ha sido también el ideólogo de la oposición de Evo Morales. Y su Pueblo enfermo continúa en los cimientos de un sector no desdeñable de la oligarquía boliviana.

El espíritu de “Guerra de razas” bullía en la época en que Alcides Arguedas escribe su libro, muy a principios del XX, ha marcado la historia cultural de Bolivia de este siglo. En un filme como Ukamau (1966), primero hablado en aymara, y uno de los más importantes del Movimiento del Nuevo Cine Latinoamericano, el director Jorge Sanjinés aspira a una compensación de fuerzas cuando convierte al hispano descendiente en el villano de la historia, traficante, violador, adúltero y asesino; y hace de un hombre y una mujer indígenas sus héroes-víctimas, modélicos en su amor y en su disposición al trabajo. Como es de esperarse, el final está marcado por una lucha entre el indio y el blanco, luego de que en varias escenas el director enfatice la pertenencia de cada uno a una comunidad determinada en primera instancia por similitudes fenotípicas.

Ya en fecha más reciente, el realizador Juan Carlos Valdivia aborda en una de las películas más renombradas del año 2013 en Latinoamérica, Yvy Maraey (Tierra sin mal) el problema racial en Bolivia en la época de sanación y tolerancia abierta por la administración de Evo Morales. Sin embargo, los resentimientos heredados y las diferencias lingüísticas y culturales continúan entorpeciendo el camino de comprensión del otro.

No obstante, Ivy maraey ofrece un retrato progresista del indígena. Ya no encontramos en este filme un acercamiento condescendiente e despreciativo de la vida de estos hombres. El director, que no pertenece a esta cultura, se incluye honradamente en la historia como un observador participante, y nos hace cómplice de su búsqueda de una comunidad indígena aún a salvo del contagio de la civilización occidental. El fracaso repetido de este propósito nos deja claro que el indígena, lejos de lo que se ha mostrado en muchas ocasiones, es un hombre del siglo XXI, dueño de una cultura propia y ancestral, pero también contaminado y atento a los hábitos y pensamientos de otras civilizaciones.

Cada individuo con el que el protagonista-director se tropieza posee una forma distinta de entender y asumir las relaciones indio-hombre blanco, hecho que complejiza notablemente la descripción de ese diálogo entre civilizaciones que se propicia; y que además mantiene la película a salvo de cualquier idealización arquetípica. Es interesante además que ese diálogo se libra mayormente en el plano racional, con debates inteligentes y marcados por esa manera propia de hacer su lógica que tiene cada pueblo. Es interesante, sobre todo, porque el cine sobre culturas “no civilizadas” más difundido, mayormente de Hollywood, tiende a mostrarnos ese otro no occidental como una criatura emotiva, con hábitos nobles, pero incapaz de entender y explicar verbalmente los valores de su propia vida. En esa relación indio-hombre blanco, Ivy maraey no dibuja victimarios ni víctimas sino seres humanos.

La película incluye paralelamente una especie de monólogo interior audiovisual del director Juan Carlos Valdivia donde se cuestiona en tanto artista el acto en sí de representación del otro, y nos deja bien claro que cualquiera de los caminos que eligió como creador de este filme implicaron renunciar a los muchos más que ofrece la inextricable realidad humana. Por este motivo, a pesar de que Ivy maraey guarda sustanciales parecidos con Apocalypse Now, el tránsito al salvajismo que se opera en la cinta de Francis Ford Coppola invierte su sentido en el filme boliviano. En tanto Ivy maraey es una búsqueda de otra civilización, el director-protagonista se va despojando por el camino de todos los prejuicios de su propia cultura como única forma de dejarse inundar por la ajena.

A medida que avanza la película se vuelve más metafórica, menos documental. Estas contantes mudas del nivel de realidad dan fe de la imposibilidad de conocer cabalmente al otro en el plano de lo real, de vivir en carne propia la experiencia ajena. Pero también Ivy maraey es testimonio de la necesidad humana de ponerse en el lugar ajeno, y enriquecer así la percepción de la vida al observarla desde otros ojos[5].

La aspiración modernizante de Alcides Arguedas queda aquí no solo anulada sino reemplazada por su contario: la búsqueda de fuentes arcaicas de armonía con la naturaleza. El protagonista ya no aspira a vencerla o domarla sino a someterse a su voluntad, renunciando incluso a la facultad preciada de los Iluministas: la razón, para encontrarse con una facultad otra que lleve a otra forma de entendimiento. El clima y la geografía no subyugan boliviana no recortan el espíritu en Yvy Maraey, como lo asumía Arguedas, sino que lo expanden.

Sin embargo, más allá de este filme, en el discurso político de ciertos grupos, en las aspiraciones autonomistas de la Media Luna[6], continúa la sobra de Alcides Arguedas y su convicción de que un pueblo latinoamericano con mayoría indígena es un pueblo enfermo. “Si bien muchas de las observaciones de Arguedas y López de Mesa han sido superadas por los logros de las ciencias sociales y las humanidades en el ámbito institucional y profesional, la influencia y presencia de muchas de sus conclusiones perviven en el espacio de las representaciones de la nación que se usan en los medios más disímiles, aún en la esfera profesional de esas disciplinas que han sumido sus obras como antecedentes directos”. Esto que constata el especialista Alexander Betancourt de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí[7], es solo otro argumento que corrobora la necesidad de analizar con detenimiento la obra de Alcides Arguedas.

[1] Herrera, p.658

[2] P.416

[3] P.454

[4] Herrera, p. 658.

[5] Planas, Justo: “Movies from the Dimensions of Otherness”.

[6] Las prefecturas departamentales de Santa Cruz, Tarija, Beni y Pando (conocidas como la Media Luna), encabezadas por partidos opositores al MAS (Movimiento hacia el Socialismo) de Evo Morales, protagonizaron en 2008 diferentes actos de indisciplina social que aspiraban en último término a desequilibrar el poder del MAS y lograr la autonomía.

[7] Betancourt Mendieta, Alexander: “Alcides Arguedas y Luis López Mesa: Dos búsquedas de la nación”.

Un comentario

  1. Lester

    Un análisis excelente de esta obra.

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