Gabriela Mistral: Escóndeme para que el mundo no me adivine

Gabriela Mistral, una de las principales figuras de la literatura chilena y latinoamericana, fue la primera persona de América Latina en ganar el Premio Nobel de Literatura, en 1945.

El esbozo biográfico de un poeta se completa con un poema de amor. Hay en el poema, además de una serie de sentimientos proclamados, una marca de confesión que, a ratos, es jadeo apegado a la oralidad.

A menudo, el sino de los poetas que, junto con el tema amoroso cargan su ceguera, despuntan en diferentes destinos, que pueden pasar por el trágico suicidio, la soledad extrema, los amantes reales e imaginarios, las uniones bruscas y las más henchidas pasiones.

El caso de Gabriela Mistral -Chile, 1878- es introspectivo: en lengua de poeta se atrevió a todo, mas, en el envés de esta osadía, escondida estaba su fragilidad.

Lucila, como se llamaba antes del seudónimo que devino su nombre, con el que ganaría el Premio Nacional de Literatura y todos sus demás lauros literarios, tuvo una infancia angosta.

El padre abandona el hogar, la maestra duda de su inteligencia, las niñas de la escuela suelen arrojarle piedras, sin importarle demasiado donde. Otro hecho, aún más fatídico: sufre una violación a los siete años. Todas las aristas de su infancia se aúnan para hacerla hosca y desconfiada.

No es de extrañar, entonces, que la adolescente que publica poemas en el diario local de la ciudad de Vicuña, en Chile, sea evasiva y rehúya del mundo. Con el paso de los años, Gabriela sale cada vez menos del hogar.

Su paranoia y su alerta solo cesan en la comodidad de sus historias imaginarias; su desconfianza absoluta la lleva a cuestionar los roles tradicionales de género. Tiene diecisiete años cuando escribe en el diario La Voz de Elqui, un artículo que defendía la igualdad de la mujer, y mostraba al matrimonio como un lastre: “Es preciso que la mujer deje de ser la mendiga de la protección y pueda vivir sin que tenga que sacrificar su felicidad con uno de los repugnantes matrimonios modernos; o su virtud con la venta indigna de su honra“.

Huyéndole al contacto carnal con los hombres, los amores de Gabriela, sino pocos, fueron en su mayoría castos: A los quince años se enamora platónicamente de un Alfredo rico y hermoso, más de veinte años mayor que ella, con el que se cartea durante casi año y medio. En el epistolario estaba a salvo Gabriela. Aunque varias veces él le pide una cita más íntima, ella se rehúsa. El mero hecho de pensar en el contacto físico la hace entrar en pánico.

Otro de sus amores fue Romelio, un jovenzuelo cuyo suicidio quedó envuelto en incógnitas. En uno de los bolsillos del cuerpo inerte se encontró una postal de Gabriela. Muchos supusieron entonces que algo tenía que ver el suicidio con problemas de amor. Gabriela, durante toda su vida, lo desmintió. No obstante, en su libro Sonetos de la muerte, plasmó estos versos: Mis manos campesinas arañaron la pena/ para clavar una cruz donde mi sueño cabe, / hecho amor a un suicida por cuya mano suave/ sentí rodar la sangre rota que se despeña.

En la comunicación epistolar con los hombres hallaba Gabriela una coraza, una posibilidad de contar la historia comentando los versos, que la resguardaba del contacto brusco de la gente. En su amor pleno, incondicional y puro, no hay encuentros carnales. Su pasión amorosa es lírica provenzal, y resuena exclusivamente donde yacen las voces escritas.

Cuando conoce al periodista y poeta Manuel Magallanes, él está repartido en dos amores: la literatura, y una prima, con la que él estaba casado. Fascinada y cubierta ante la posibilidad de lo imposible, Gabriela comienza una lluvia de cartas de amor. Cada vez que el poeta, en respuesta de la intensidad de sus misivas, le pide un encuentro, ella coloca las vallas de la culpa, las piedras de la baja autoestima, que la carcome. Se valora fea, “seca, dura y cortante”.

Busca en Manuel, como en todos los hombres de su vida, un amor sin exigencias del contacto corporal. Se retuerce, determina: Manuel, Amor, mucho amor, ternura inmensa como nadie, nadie la recibió de mí, pero ni ese amor ni esa ternura te darán felicidad, porque tú no podrás quererme. Gabriela se auto vaticina un futuro lúgubre, de mujer con mala suerte, y luego se encierra, a llorar sola su acongojo. Cree que hay algo deficiente en ella, y nunca nadie logrará hacerle entender que, de padecer algún mal, sería el de tener miedo a vivir.

Diez años dura el amor imposible con Manuel, que inspira innumerables versos: El pasó con otra/ yo lo vi pasar/ siempre dulce el viento/ y el camino en paz… / él ira con otra/ por la Eternidad. El fin lo marca la muerte de Magallanes, en 1924. Gabriela tiene 35 años, y aún cree que el mundo, si bien la ha hecho una figura mundialmente reconocida como poetisa y feminista, le niega la felicidad.

Los años que siguen en su vida están marcados por los rumores. En realidad, no hay pruebas de que Yin, el niño que crió por diecisiete años, a partir de 1925, fuera suyo. Sus relaciones solían ser espirituales, y consideraba a los encuentros sexuales como “infernales alianzas de la carne”. Aunque su amiga, la escritora estadounidense con quien, por cierto, se comentaba que mantenía una relación lésbica, aseguró antes de morir que Yin era hijo de la Mistral.

Pero, al final, todo esto poco importa.

Lo que importa es que Gabriela Mistral terminó sus días como una de las principales figuras de la literatura chilena y latinoamericana y fue la primera persona de América Latina en ganar el Premio Nobel de Literatura, en 1945.

De lo otro, esos sinsabores de la vida, como son el hecho que Yin se suicidara con arsénico o que el amor siempre le quedara lejos, se supo ella resguardar siempre en el más real de sus mundos: la poesía.

Escóndeme

Escóndeme que el mundo no me adivine.
Escóndeme como el tronce su resina, y
Que yo te perfume en la sombra, como
La gota de goma, y que te suavice con
Ella, y los demás no sepan de donde
Viene tu dulzura…

Soy fea sin ti, como las cosas desarraigadas
De su sitio; como las raíces abandonadas
Sobre el suelo.

¿Por qué soy pequeña como la almendra
En el hueso cerrado?
(…) Y estaré en este juego
Toda la vida.

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