Habana, si te miro de frente no veo tu rostro

La mentalidad colectiva no acaba de asumir la urgencia de la restauración global.

Si la miro de frente, no veo su rostro; si la sigo, no veo su espalda. La Habana es un flujo insondable que no admite nombre, la forma sin forma, la imagen de lo inmaterial concentrada en lo que no se dice sobre sus edificios rotos, su esencia inaccesible para todo aquel que no la habite. La Habana es una contigo, si te duelen sus heridas.

A partir de que Tomás Gutiérrez Alea dijera en su película Memorias del Subdesarrollo, que desde que se quemó “El Encanto” —la tienda icónica— La Habana parece una ciudad de provincia, el cine cubano ha tendido a presentarla —incluso, a venderla— como poco más que un hacinamiento de gente común y variopinta, que vive sumergida en las más diversas carencias. Y aunque críticos e intelectuales se quejen de esta única manera de mostrar la realidad de nuestra arquitectura, es una forma cierta. Tristemente cierta.

Por eso ahora, cuando le falta poco menos de un lustro para alcanzar los quinientos años de fundada, el habanero quiere ver a su ciudad levantarse sobre sus miserias y mostrar con una vanidad que nazca de su lastrado orgullo, lo que su deuda histórica le apremia: una restauración progresiva, fruto del esfuerzo individual y estatal, que ha llegado justo en el límite de lo irreversible.

Porque en el borde de lo irreparable vive La Habana. La oficina del Historiador de la Ciudad trabaja, es verdad, para que la arquitectura de ciertas calles prominentes se renueve. Y por primera vez en décadas los ciudadanos tienen algo más imponente que las bellezas de las fortalezas construidas a partir del siglo XVI, los siempre reconocidos castillos de La Fuerza, El Morro, San Carlos de La Cabaña, Atarés, La Punta, El Príncipe; y los torreones de La Chorrera (lugar del segundo asentamiento de la ciudad), San Lázaro y Cojímar.

Se rehabilita La Habana Vieja, y se hace con calidad y buen gusto. Se piensa la restauración de acuerdo con nuestro clima y nuestra idiosincrasia. Se regeneran las arterias de la parte más antigua de la ciudad, y la mirada de Cuba entera lo reconoce, agradece y venera.

Pero qué pasa con el resto de La Habana. Hacia el resto hay todavía demasiada desidia. La mentalidad colectiva no asume la urgencia de la restauración global.el-canal-el-cerro

Y es que hay demasiado que salvar. Celebridades arquitectónicas, iglesias, monasterios, palacetes, presagios de siglos anteriores que se derrumban. Ese conjunto de edificaciones de la Habana Vieja, declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco en 1982, con el que conviven centenares de construcciones de esa época en que la ciudad comenzó a crecer hacia el oeste, no es lo único que existe. Y aunque para estas construcciones, el paso del tiempo y la desidia generalizada han sido implacables, no es lo único que necesita reparación urgente.

Y aunque se salve el Muelle de la Luz, —amén de sus ya previsibles precios prohibitivos para la media de la población— y se restaure el Capitolio, qué pasará con la riqueza arquitectónica que también exhiben los edificios del Vedado —el Focsa, el Habana Libre, El Riviera, el Capri— hacia los que, a mediados del siglo pasado, se desplazó el centro dinámico de la ciudad.

Hay mucho más que La Habana Vieja para reparar. La Habana, ya lo dijo Alejo Carpentier, es “el estilo de la cosas sin estilo”. Hay arquitectura neoclásica, art decó, neogótico, art nouveau. Hay un Cerro, un Luyanó, una Lisa, un Marianao. Hay muchos paisajes cuyo art decó decae en las más desconsoladas ruinas.

Qué pasará con La Habana del otro lado del túnel de la bahía. Entre el reparto Camilo Cienfuegos y el límite este de la provincia hay de todo en cuanto a arquitectura: desde la excelencia de los apartamentos “Pastorita” hasta la grisura construida por las microbrigadas en la ciudad-dormitorio de Alamar y el proyecto turístico inconcluso de Guanabo.

Qué pasará con Guanabacoa, Regla, Casablanca, Campo Florido, Cotorro, Santa María del Rosario, Santiago de las Vegas, El Rincón, Minas, Barreras, Bacuranao, Arroyo Naranjo, Managua, Guanabo, Cojímar. ¿No aportan estos territorios diversidad social y ambiental? ¿No están también deteriorados en su estructura constructiva, e igualmente detenidos en el tiempo?

Las playas del oeste, sin la riqueza natural de las del este, con arena y sin ella, son un conjunto variopinto y complicado; entre Miramar y Jaimanitas hay varios universos. Hoteles, moteles, círculos sociales y otras edificaciones integran una Habana poco conocida para quienes viven en el lado más céntrico del túnel de Línea y el puente de hierro.

Hay demasiado que salvar y me preguntó si será posible. Lo peor de todo es que el parlamento de Fresa y Chocolate (Tomás Gutiérrez Alea-Juan Carlos Tabío, 1993) sigue estando vigente, al menos a lo que más allá de La Habana Vieja se refiere: “Están dejando que todo se destruya, y a nadie parece importarle”. Hay demasiada desidia. ¿De quién depende diseñar proyectos comunitarios, destinar recursos, crear puestos de trabajo… en fin, pensar estrategias de desarrollo para esa Habana que no es la Vieja?

Ojalá esa desidia sea tan solo calma. Y ojalá esta calma sea solo en apariencias. El aspecto espiritual del valor se evidencia por la compostura aplomada. Ojalá esta calma sea valor en reposo; una manifestación estática del valor, así como los actos de audacia constituyen su parte dinámica.

 

3 comentarios

  1. Kuki

    triste, muy triste, pero cierto!!! que bueno que espacios como este no son censurados

  2. Efiprovii

    Pero cuanta tristeza… este articulo tiene que leerse con un bolero de fondo. hay tardes de bolero… esta es unade ellas

  3. elbita la de siempre

    hay demasiado que salvar y yo tambien me pregunto si será posible.

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