Islas desconocidas

¿Serán nuestras islas conocidas o desconocidas para la población caribeña? ¿No seremos un tanto “exóticos” para nosotros mismos?

Isla, de Tomás Sánchez

El gran escritor portugués José Saramago, Premio Nobel de Literatura, escribió una deliciosa fábula que hoy me viene à l’esprit, como siempre vuelven las buenas metáforas, sin pedir permiso. Es la historia de un hombre que toca a la puerta del rey y le pide un barco para buscar la isla desconocida; el rey le dice que ya no hay islas desconocidas, que todas están en los mapas, pero el empecinado marinero insiste en que en los mapas sólo están las conocidas… Más o menos así empieza El Cuento de la Isla desconocida de Saramago.

Las Antillas, ese “polvo de islas caídas de la bolsa de estrellas”, como las llamaba Aimé Césaire, están en el mapa, son, incluso, islas bastante conocidas para el mundo allende los mares, islas codiciadas, exóticas, destino paradisiaco para el turismo de sol y playa. ¿Y para el caribeño? ¿Serán islas conocidas o desconocidas? ¿No seremos un tanto “exóticos” para nosotros mismos?

Hace veinte-treinta años, para un caribeño de Cuba, por ejemplo, enamorarse de otro caribeño era tan azaroso como enamorarse de un esquimal. La comunicación era peor que en tiempos de los aborígenes que le dieron nombre al mar que nos une. O nos separa. Las canoas ya no circulaban, con excepción de las que Antonio Núñez Jiménez utilizó en la legendaria expedición del Amazonas al Caribe. La Niña, la Pinta y la Santa María se habían vuelto a casa con Colón. De los yates sólo quedaba el Granma en su memorial. Y los cruceros cruzaban otros mares. Internet no existía. El teléfono era demasiado caro y la comunicación casi imposible. Las cartas demoraban más de un mes porque pasaban por Europa antes de volver al Caribe. El cablegrama era lo más expedito, pero sólo podía pasarse en la oficina de correos de la avenida de Carlos III. Ignoro cómo sería en otras provincias. Y si el sueño de viajar a Fort-de-France o a Point-à-Pitre se hacía realidad, había que hacer escala en Barbados y pasar varias horas en el aeropuerto de Caracas para cambiar de avión.

En aquellos tiempos un martiniqueño conocía mejor la historia de “sus ancestros, los galos” que la de sus ancestros de Dahomey y un cubano medio sabía del Rey Sol y su palacio de Versalles mientras ignoraba quién había sido el Rey Christophe y su palacio de Sans Souci.

¿Habrá cambiado el panorama desde entonces?

Es una vieja historia. La del destino manifiesto. Y la realidad. Las islas son islas. Aisladas entre sí y del resto del mundo. Con diferentes metrópolis, historias, culturas, regímenes socio-económicos y políticos, idiosincrasia, idiomas. ¿Y los que hablamos el mismo idioma y tuvimos la misma metrópoli? ¡Ah, la política! Divide y vencerás. Pero el mar por donde llegaron los barcos negreros es el mismo para todos: África nos une.

Alejo Carpentier se dio cuenta de eso muy pronto y desde los años 30-40 del siglo XX empezó su viaje a la semilla con una novela afrocubana y otra “afro-caribeña”. Y lejos, en la ciudad luz, empezaron a encontrarse aquellos caribeños con sangre africana en las venas o en el alma. Con apenas 26 años de edad, Césaire escribió su volcánico Retorno al país natal, Wifredo Lam, su amigo cubano, lo ilustró, Lydia Cabrera lo tradujo y sin darse cuenta, quizás, todos emprendieron ese viaje de regreso a las raíces.

Es, en efecto, una vieja historia. Otra historia. Otro destino manifiesto. Simón Bolívar encontró ayuda en Haití, José Martí abrigo en Santo Domingo, Máximo Gómez hizo patria en Cuba, la novela de Jacques Roumain subió a la pantalla con Tomás Gutiérrez Alea (Titón), Martha Jean-Claude fundó familia aquí en Cuba y René Depestre o Ernest Pépin no tuvieron que pasar por París para acercarnos a Haití y a Guadalupe: la Casa de las Américas les abrió el camino. El Centro de Estudios del Caribe, el Festival del Caribe de Santiago de Cuba y la Muestra itinerante de cine del Caribe están halando y arando duro, y no en el mar, con la brújula hacia el sur.

En fin, no sé cómo enamorarán los caribeños de hoy día, supongo que Internet preste alas a Cupido, pero sobre todo: la geopolítica está cambiando. Para bien. No conozco la agenda de la Segunda Cumbre de la CELAC para los asuntos del Caribe, pero algo me alienta a imaginar que se acerca el día en que mi amigo Raymond pueda venir a enseñarnos todo lo que en Martinica saben hacer con la fruta de pan o yo pueda cruzar el Paso de los Vientos para conocer las ruinas de Sans Souci. Y si las cosas van como debe ser, cualquier joven del Caribe conocerá algún día a Martí o a Césaire tan bien como a Julio Verne.

Parece ser que las islas desconocidas se hicieron por fin a la mar, a la búsqueda de sí mismas. Ganas no faltan de hacer como el hombre de Saramago y decirle al rey: Dame un barco y subir a bordo con Guillén:

Por el Mar de las Antillas
Anda un barco de papel…

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