José Padilha y Tropa de élite

El realizador brasileño disecciona con preciosismo los conflictos de la sociedad carioca.

Cuando el realizador brasileño José Padilha estrenó su Tropa de élite (2007) fue acusado de izquierdista por los de derecha, de comercial por la crítica “seria”, de fascista por una publicación norteamericana, y de otras tantas cosas por otros tantos públicos; por su parte, el Festival de Berlín le otorgó el Oso de Oro a la Mejor Película. El filme fue, como bien dicen muchos, uno de los más polémicos y populares de Brasil; y todavía algunos, cuando aparece el tema, juran que la realidad dibujada por Padilha no es la verdadera. Si lo verdadero o positivo es ya terreno movedizo en materia de ciencia, más complejo aún es utilizarlo para enjuiciar una película de ficción. Sin embargo, las taxonomías de género también se vuelven imprecisas a la hora de analizar la obra de José Padilha. Cabría preguntarse si en Tropa de élite y su secuela el director pretende “explicar” la realidad carioca, o si en su documental Ómnibus 174 reescribe como historia de intriga los hechos transmitidos en vivo y durante horas por la televisión brasileña.

La unidad y coherencia estética de Tropa de élite solo viene a tensar el contraste entre sus referentes cinematográficos. Por un lado, Padilha construye meticulosamente una película de acción, con su tipología clásica de policías y ladrones, sus conflictos, las escenas al uso de persecuciones y tiroteo; distribuye además las peripecias de cada personaje con tal maestría que la tensión se mantiene en aumento; y el público, como si no hubiera llovido ya mucho sobre estos artilugios de género, en pleno siglo XXI, espera que todas las subtramas confluyan al final, o más bien que colisionen.

Por otra parte, José Padilha disecciona con preciosismo los conflictos de la sociedad carioca (el narrador insiste en que Río de Janeiro es el objeto de sus críticas, se cuida de extenderlas a todo Brasil). En sus tres filmes el lente captura la ciudad con tomas aéreas y cenitales que develan el propósito del autor de entenderlo “todo” desde una distancia “objetiva”. Sin embargo, esto no impide (más bien impele) que el director permita a cada uno de los personajes defender sus puntos de vista con argumentos rotundos. Como si se tratara de un gran reportaje, José Padilha proscribe esos amagos que obligarían al espectador a quedarse con la verdad de ciertas bocas ante la incapacidad del resto de expresar empáticamente las suyas. Explica que el conflicto entre las distintas éticas de estos grupos sociales debido a la hipocresía imperante se hace más dramático porque todos ellos se someten a la violencia. La película observa esta situación desde fuera, con la óptica de Nascimento, capitán de la policía militar de Río de Janeiro, una persona inteligente que ha entendido lo que sucede y que quiere salir de ella. Pero esto no significa que haya que alinearse con el protagonista. La película sólo quiere mostrar lo que estamos viviendo y que reflexionemos acerca de ello.

En Tropa de élite, centra el interés en las fuerzas policiales y sus relaciones con otras esferas de la sociedad como la académica y los traficantes de droga de las favelas.. Basada en un libro del sociólogo Luiz Eduardo Soares, la película delinea las ideologías propias de ciertos grupos, y devela cómo el modus vivendi de la ciudad toda la vuelve cómplice de los altos índices de violencia y el tráfico de drogas. Relativiza estereotipos asociados a la criminalidad; subraya, por ejemplo, que el estudiante universitario que distribuye y consume estupefacientes financia indirectamente las armas con que los narcotraficantes asedian las favelas. Además, el director introduce el dedo en la yaga de ilegalidades y torturas de la policía, si bien llegamos a comprender cómo a fin de cuentas la misma sociedad los induce a ciertas conductas. Si en Ómnibus 174 nos mostraba cómo distintos factores asociados a una clase iban modelando un tipo de individuo hasta convertirlo en otra polea de la fatalidad carioca, este hado se hace manifiesto en Tropa de élite.

Algunos personajes como Neto (Caio Junqueira) y Matías (André Ramiro) pretenden trascender la realidad que les toca como policías, estudiando en la universidad o proponiéndose cumplir con sus deberes dentro de los márgenes que la ley estipula. El narrador observa con total escepticismo aquellos esfuerzos de novato por cambiar las cosas, y Padilha termina dándole la razón.

Tanto en Ómnibus 174 como en Tropa de élite y Tropa de élite 2, el director descompone el entramado carioca en siete actores sociales: la policía, los marginales, los políticos, la academia y los medios de comunicación. Ómnibus 174 coloca al centro de su interés al hombre marginal. Toda ella habla por boca de Sandro, el joven de 21 años que en el año 2000 fue rodeado mientras asaltaba un autobús y terminó secuestrándolo con sus pasajeros para no caer en manos de la policía. El documental, por una parte, describe cronológicamente lo que ocurrió aquel 12 de junio, mientras que por otra busca en el pasado de Sandro las razones que lo llevaron a cometer el delito. Los espectadores brasileños conocían ya los pormenores del secuestro, sin embargo, la crítica coincidió en que el filme de Padilha los obligaba a replantearse los hechos. El villano, tal como lo percibimos al principio de la historia, va adquiriendo rasgos humanos a medida que avanza hasta que el desenlace nos sorprende a todos con el reconocimiento de una víctima y la difícil tarea de encontrar un culpable.

La edición nerviosa propia de los reportajes televisivos —esos cambios de planos en busca de la agilidad noticiosa— se nos antoja aquí una búsqueda compulsiva del punto de vista que mejor revele lo que sucede ante nuestros ojos; o partirá quizás de la convicción de que solo múltiples ángulos ofrecen una perspectiva más completa. ¿Son acaso los medios de comunicación y su maquinaria simplificadora los que llevaron a los teleespectadores a creer que aquel hombre cumplía solo con estereotipo de delincuente? ¿Es la policía, insegura de su verdadera misión y casi tan pobre como Sandro, la responsable del estado de cosas en Río de Janeiro? ¿O son los hombres de a pie quienes deben cargar con la culpa? José Padilha no solo se niega a darnos respuestas, sino que advierte el peligro de que nos hagamos estas preguntas. En realidad, sus filmes golpean esa actitud de la ficción que suele dividir el mundo entre buenos y malos. Por esta razón, quienes analizan sus filmes desde estas categorías terminan viendo, en su realizador, preferencias por uno u otro bando cuando el mapa es mucho más complejo.

Graduado de disciplinas tan diversas como Literatura Inglesa, Política Internacional (ambas en Oxford) y Administración de Negocios (en Brasil), José Padilha concibe, a través de sus filmes, una sociedad dividida en subsistemas que interactúan y se determinan mutuamente. No se trata de héroes y villanos, sino de una maquinaria terriblemente engranada en la que el autor (he aquí una de las grietas teóricas del estructural-funcionalismo, que debe servirle de patrón) no logra entrever, más allá del problema, los resquicios que conduzcan a un cambio. En este sentido explica, por ejemplo, que: “Tropa de élite habla de la hipocresía que se vive en Río de Janeiro, sometida a la violencia. Aquí, si quieres ayudar a los niños de una favela, tienes que hacerte amigo de los narcotraficantes.

Para hacer una cosa justa tienes que hacer una equivocada: si quieres ser miembro del BOPE para hacer cumplir la ley, tienes que matar porque la gente está armada. Todo es gris, nada es negro o blanco, y todos conviven con este mundo gris como si fuera normal. Ésta es la crónica de nuestra cotidianidad, la guerra que vivimos”.

La segunda parte de Tropa…, subtitulada El enemigo es ahora otro fue, para algunos, más de lo mismo que el director había ofrecido en la primera entrega, a pesar de que se convirtió en el éxito de taquilla más grande de Brasil. Sin embargo, aunque la policía continúa siendo el centro de interés, se estudia con más detalles sus relaciones con las instancias hegemónicas, el gobierno y los medios de comunicación. José Padilha — siempre interesado en las simetrías— contrapone el poder de la palabra con el de la acción.

Los hombres de acción sean narcotraficantes o policías carecen de los medios y las habilidades para hacerse entender, e incluso para juzgar qué hay detrás de un discurso. Los hombres de palabra explican con análisis preconcebidos cada acontecimiento, los de izquierda apoyan a los marginales sin comprender el gramo de culpa que tienen, mientras que los de derecha se oponen a ellos y exigen mano dura. Cada orador (no importa su posición) simplifica los acontecimientos con dualidades, buenos y malos, pobres y ricos… El realizador subraya con mayor detenimiento la incapacidad de los políticos (de izquierda o derecha, académicos o mediáticos) para aprehender las complejidades de la realidad carioca; y hace bien evidente que, ante esta ceguera, ambas tendencias ideológicas no pueden organizar un proyecto viable que resuelva las crisis sociales de Río de Janeiro, porque sus filosofías no se corresponden con las necesidades del pueblo.

En la obra de Padilha, el propósito modernista de entenderlo todo y explicarlo todo, de encontrar la Verdad, se calza con el respeto por aquellas fórmulas narrativas que pretenden convencer al espectador. Durante la proyección, el filme que se muestra ante sus ojos es la realidad misma. Sin pretensiones de originalidad estética, el autor concibe filmes de una complejísima sencillez. Como bien afirma, Wagner Moura, el actor principal de Tropa…: “parte del éxito de la película procede de su fuerte coeficiente de realidad, las personas se ven retratadas. Padilha es un documentalista”. Toda su estética gira alrededor de los valores semánticos de las obras, la capacidad de comunicar ideas. Para alcanzar ese realismo, tanto las actuaciones como la cámara son espontáneas, tienen una carga notable (y efectiva) de improvisación, también aparecen en la pantalla verdaderos agentes de policía, traficantes y universitarios, que contribuyen al naturalismo de la cinta.

Otra moneda de éxito de José Padilha es su capacidad para nuclear los cineastas de Brasil que mejor pueden darle vida a sus ideas. La incorporación de Bráulio Mantovani (“para mí, el mejor guionista brasileño y uno de los mejores del mundo”, según sus propias palabras) contribuye a incorporar Tropa de élite en el camino trazado por autores como Fernando Meirelles (Ciudad de Dios) o Beto Brant (El invasor). El guion de Ciudad de Dios, había despertado la atención de la crítica sobre Bráulio Mantovani; y después de construir una primera versión en blanco y negro de Tropa… en conjunto con Rodrigo Pimentel, un ex policía, Padilha decide llamarlo: “Hacía falta el trabajo de un guionista profesional para que revisara, Mantovani cortó 60 de mis 187 páginas y el guión mejoró”. Una vez en la cabina de montaje, eligió, junto con el editor Daniel Rezende, cambiar de narrador y reescribir la voz en off. Así debemos entender la “autoría” de José Padilha, quien quizás, iluminado por su experiencia como productor, incorporó en sus cintas a los mejores profesionales del medio y supo hacerlos valer.

En las películas de José Padilha, como en otras afines, los personajes parecen accionar aplastados por el peso de sus circunstancias. En Ómnibus 174 como en Tropa de élite, el individuo siente su libre albedrío asfixiado por un destino trágico que solo llega a presentir durante el desenlace de su historia personal (tal vez sea mejor personalizar menos el desenlace e indicar su proximidad de otra manera). La verdadera protagonista es la sociedad carioca, un organismo autónomo. Sus ciudadanos llegan a intuirla como un vivo presente pero nunca alcanzan a comprender el curso de sus acciones.

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