Julito cumple cien años

Semblanza del pintor cubano Julio Girona en vistas a su centenario.

Tomado de La Jiribilla

Julio Girona

Me recibió en la misma puerta del edificio de N y 23 en El Vedado, una bella construcción moderna, algo venida a menos y estropeada en sus áreas interiores. Usaba un andador de rueditas y me encantaron sus modales refinados, un poco al estilo de los cuarenta, como los amigos de mi padre y de mi abuelo. Su hermana Celia nos esperaba con el café hecho en su apartamento del piso 21.

Fui breve. Víctor Casaus quería que le hiciera un documental y que se incluyeran en el mismo unos materiales filmados por el Centro Pablo de la Torriente Brau, con la visita que hiciera Ted Kalman a La Habana, en 1997, su antiguo compañero de armas de la segunda guerra mundial, después de haberlo buscado durante cincuenta largos años.

Julio se mostró encantado y muy dispuesto a colaborar. Esta sólo fue una de muchas visitas que le hice para precisar cuáles serían los temas a tratar en el documental. Darle forma fue otra cosa, un largo y paciente trabajo, donde investigué desde el expresionismo abstracto de la posguerra hasta las películas que hablaban de los soldados norteamericanos vistos como superhéroes, algo que Julito se había encargado de desmitificar (y con mucho sentido del humor). Me contó -con la veracidad que solo poseen los testigos presenciales-, que cuando un oficial norteamericano mandaba a un soldado a “reconocer el terreno”, éste maldecía, tiraba el casco y daba patadas contra el piso, acordándose de las progenitoras de Hitler, Mussolini y Roosevelt. En cambio, en las películas, el soldado designado avanzaba con rapidez, dispuesto a acabar con el ejército alemán completo.

Julio Girona nació en Manzanillo (Cuba), en 1914. Le gustaba decir que había visto la luz con el inicio de una guerra mundial y que, desde el frente, como soldado, había presenciado el final de otra. Su vocación antifascista lo había llevado a criticar esa ideología en sus caricaturas aparecidas en periódicos argentinos, españoles y mexicanos así como en el periódico cubano Hoy. Como vivía en Estados Unidos decidió “hacer algo más” y se inscribió como voluntario para marchar al frente junto al ejército norteamericano. Desembarcaría con ellos en suelo francés. Allí su sensibilidad como artista lo obligaría a tomar el grafito y la tinta para plasmar en papel la vida de las personas que lo rodeaban: franceses y francesas, prostitutas con los senos al aire, soldados norteamericanos, prisioneros alemanes de rostro atemorizado… Julio los trataría con amabilidad y les repartiría de vez en cuando cigarrillos y chocolates. El pintor, devenido soldado, me comentaba con su sonrisa peculiar: “una fría mañana oí a dos prisioneros alemanes criticar la falta de rigor militar de los soldados norteamericanos comparados con los alemanes. ¿Y de Julio qué me dices? –le preguntó uno al otro- . Julio, malísimo soldado, pero buena gente”.

Julio era un excelente dibujante. Desde niño, su sueño era hacer las caricaturas que se publicaban en los periódicos y con doce años hizo su primera exposición en la vidriera de la tienda La Fortuna en Manzanillo. Me enseñó una foto algo estropeada por el tiempo donde se ve al jovencito detrás de una serie de personajes de la política y las artes del momento, y también a nuestro apóstol Martí, recortados, pegados en cartones y de pie en el piso de la vidriera. Se parecen mucho a las cuquitas o muñequitas de papel con que las niñas suelen jugar, pero el arte del retrato está implícito en los rostros de estos personajes. Su padre lo llevó a La Habana y le presentó a Conrado Massaguer, el famoso dibujante de la revista Social. Massaguer le hizo un retrato al jovencito y éste le hizo otro al caricaturista, quien lo elogió, según Julito, en demasía. En 1929 su familia se muda para La Habana y José María Chacón y Calvo le entrega una tarjetica de presentación para el escultor Juan José Sicre, que lo admite como alumno. Ya estudiando en San Alejandro, la escuela de los maestros de la pintura cubana, conoce a Ilse Erythropel, hija del embajador alemán en Cuba, que también estudiaba allí. Le llamó la atención la rubia muchachita, vestida un poco pasada de moda, con la saya larga. Se enamoró definitiva e intensamente de ella y me dijo con orgullo que Ilse le habló por primera vez de Van Gogh y de los expresionistas alemanes de la primera vanguardia. Reconoce, todavía con admiración, que ella le abrió los ojos al mundo del arte.

Ya casados vivirían en Brooklyn, New York, en una casita de madera. Esta recia y dulce alemana no lo había despedido con lágrimas en la Estación de Pennsylvania cuando él marchó para la Guerra. Todo lo contrario, el que lloraba era Julito. Ella le diría: “No te preocupes, tú vuelves”. Y en efecto, regresaría al finalizar la II Guerra Mundial, y, como me diría jocosamente: “desde entonces estoy pintando”. Fue consecuente con su vocación. Los veteranos de la guerra tenían derecho a pasar una escuela, cualquiera que quisieran: de barbería, de baseball, hasta para bailar rumba, y el gobierno les pasaba una mensualidad para que estudiaran. El optó por la Art Student League, la escuela de arte más importante de New York. Hasta ese momento su pintura estaba influida por Matisse, Chagall, Modigliani. Luego conocería a los expresionistas abstractos, también conocidos como The New York School painters: Pollock, Motherwell, Rothko, Koonig, Kline … Así, Julio hallaría su estilo propio.

Los invadía la atmósfera de la posguerra, esa sensación de que el mundo podía haberse acabado y quizás todavía peligraba. Estaban plenos de energía emocional, lo que se plasmaba en el trazo como huella vital, la pincelada como puro sentimiento, las esencias vitales expresadas en colores y formas abstractas. Esta expresión de los human feelings tenía un marco muy peculiar, conformado por los jazz clubs, los comercios italianos y chinos y las librerías de segunda mano que invadían a New York. Había un club en la calle 10, que era lugar de reunión obligada de los new american artists. Allí intercambiaban criterios con toda libertad, pues fueron incomprendidos y discriminados en sus inicios.

La pintura de Julio Girona vibra de colorido restallante y geométricas formas. Un día observó que su caligrafía podía ser interesante y empezó a escribir frases y nombres en sus cuadros. También, a la manera de otros expresionistas abstractos, incorporaría el collage. Le gustaban las etiquetas de Coca Cola y otros productos comerciales. Más tarde vuelve a la figuración, esta vez en forma de mujeres, desnudas la mayoría y a veces acompañadas por extraños hombrecitos de pequeño tamaño. Me dice con cierta picardía que el artista tiene que comer y pagar la renta, por lo que cuando un español vio uno de esos cuadros de mujeres y lo compró, Antonia Eiriz, la pintora, le aconsejó que continuara haciéndolos. Me enseña una curiosa foto. Es de una exposición donde aparecen colgados varios de sus cuadros de mujeres. Todos son del mismo tamaño. Hay una mujer pintada de frente, con los senos al aire. A un lado del cuadro aparece su nombre, con la caligrafía peculiar de Julio. Se llama Genevieve. ¿Estaría inspirado en la amiga francesa que le tiró flores desde su balcón el día de la Marcha de la Victoria en París, y lo hizo sentirse como el actor John Gilbert?

Regreso durante varios días al apartamento del piso 21. Julio me sorprende siempre. Hoy me va a enseñar varias películas de 8mm, ya transferidas a VHS, donde documentó su vida en New York en la década de los 50. Pero también hay algo de viajes que realizó a La Habana para ver a sus hermanos: ahí están en plena juventud Isis, Isabel, Inés, Celia y Rosita (a la que no pude conocer personalmente porque ya había muerto). También está su hermano, el arquitecto Mario Girona. Las escenas de su vida familiar en Estados Unidos son preciosas y de mucha ternura: Ilse con Annie y Nené, las hijas de ambos… Ilse filmada en su cotidianeidad: recogiendo la correspondencia en el buzón de la casa de Brooklyn y los litros de leche en una caja de madera con tapa junto al portal… Ilse con un serrucho… Ilse en el jardín con sus esculturas metálicas. Ella fue también una artista plástica. Alguien filma al matrimonio: Julio le pide un beso frente a cámara, ella se ríe apenada.

Utilicé muchas de estas home movies en mi documental Rumor del tiempo. Julio se conmovió hasta las lágrimas cuando las volvió a ver.

“El que pinta escribe también… y yo me había pasado cincuenta años escribiendo cartas a mi familia”, me dijo un día. Y me mostró su libro de poemas La corbata roja y sus Memorias sin título. Muchas de las historias de la guerra que me ha narrado aparecen escritas ahí. Disfruto mucho sus poemas; tienen la virtud de conceptualizar sentimientos con un alto grado de síntesis. Selecciono dos para el documental. Uno habla como ninguno del significado de la guerra para un artista:
Los alemanes cerca de Moscú, quemaron para calentarse el piano, los muebles y los cuadernos de música de Tchaikowsky.

El otro habla de su estado de ánimo al desaparecer físicamente su esposa Ilse:

En su cumpleaños le regalaba una blusa o una caja de chocolates…

Ahora sólo queda el silencio, la soledad.

Releí recientemente su libro de cuentos Café frente al mar. En el prólogo, Julito escribe con su peculiar caligrafía: “Estos cuentos y relatos recuerdan a las conversaciones de sobremesa y las reuniones nocturnas, en mecedoras y sillas, en la acera de mi pueblo, donde se hablaba de novios, matrimonios, enfermedades, muertos, espíritus y fantasmas”. Nadie como él eleva el relato cotidiano y simple, esos hechos aparentemente intrascendentes de la vida diaria a la categoría literaria. Y es que en estos relatos “lo cotidiano se agiganta ante nosotros”, parafraseando una estrofa de una bella canción de juventud de Noel Nicola.

Julio Girona recibió en 1998 el Premio Nacional de Artes Plásticas. A lo largo de su carrera artística hizo exposiciones en Cuba y varios países del mundo. En 1990 obtuvo el Premio de la Crítica en Cuba por su libro Seis horas y más.

Inexplicablemente, siempre se me olvida la fecha de su fallecimiento. Y es que cada vez que paso por la céntrica calle de 23 y N, en plena Rampa, me parece volverlo a ver con el andador de rueditas, esperándome, quizás para empezar a filmar un nuevo documental.

Normas para comentar:

  • Los comentarios deben estar relacionados con el tema propuesto en el artículo.
  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los comentarios que incumplan con las normas de este sitio.