La quinta piel de las casas

Dos aproximaciones a la arquitectura doméstica en la pintura latinoamericana contemporánea.

Foto: Álvaro Nieto

El antropólogo argentino Adolfo Colombres asegura que el ser humano posee cuatro pieles, a saber: la natural, la indumentaria (el vestuario), la piel ritual (o vestuario para los dioses) y el disfraz.[1] Cada una de ellas cumple diversas funciones (biológicas, sociales, culturales, estéticas, ideológicas), al tiempo que juntas constituyen la evidencia gráfica más fehaciente de nuestra identidad.

Algo similar ocurre con la arquitectura, esa suerte de quinta piel que hombres y mujeres nos echamos por encima. Templos, fábricas, edificios y viviendas conforman una intrincada red de madera, piedra, cristal y concreto que nos envuelve y protege, ofreciéndonos un espacio seguro donde amar, procrear, soñar y morir.

Diversas culturas han dotado al inmueble doméstico de múltiples sentidos que ora reflejan la cosmovisión propia de cada imaginario, ora ilustran los diferentes estados alcanzables para el ser. Según los preceptos budistas, la casa tiene su equivalente en el cuerpo humano, y tanto este como aquella constituyen recintos circunstanciales, de carácter transitorio. Por su parte, los antiguos chinos veían en la mansión familiar un reflejo del orden cósmico, pues sus cuatro paredes principales se abren a igual número de punto cardinales, mientras que el techo y el suelo equivalen, respectivamente, al Cielo y a la Tierra. Algo similar ocurre con la casa tradicional arábiga, cuyas alas rectangulares se cierran sobre un jardín o vergel central, conformando un cosmos cerrado cuyo núcleo de frescura y verdor adquiere connotaciones edénicas.    Lopez-Pardo-Ausencia-(óleo-sobre-lienzo,-2004)

La cultura occidental asocia la casa a lo materno, al útero donde se concibe la vida. Sus partes, de acuerdo al epistemólogo y filósofo Michel Bachelar, equivalen a los diversos aspectos o estadíos de la subjetividad, siendo el sótano la porción que se corresponde con el inconsciente, esa especie de habitación secreta donde son almacenados los recuerdos y los sueños, y en la cual puede alcanzarse la elevación espiritual. La teoría psicoanalítica también ha construido analogías similares, identificando a la fachada, el techo, las habitaciones inferiores y la cocina de la casa, con la máscara o rostro de la persona, la cabeza o área racional, el inconsciente y la zona donde se producen las transmutaciones psíquicas.

La recreación del inmueble doméstico como espacio físico y subjetivo ha devenido objeto de preocupación para varios artistas latinoamericanos contemporáneos. Sin embargo, aquí pretendo abordar solo el trabajo de dos pintores que, amén de las particularidades técnicas presentes en sus respectivas obras, han hecho de la casa el leitmotiv ideal para abordar disímiles preocupaciones relativas a la espiritualidad humana.

En primer lugar encontramos al pintor, dibujante e instalacionista cubano Jorge López Pardo (Trinidad, 1976), cuyas escenas rurales están generalmente protagonizadas por solitarios bohíos, modalidad arquitectónica típica del campo cubano que, vista y representada por este joven creador, ha inaugurado senderos inéditos en la historia de la paisajística cubana actual.

La característica más evidente de los bohíos de López Pardo está en la ausencia de puertas y ventanas. La casa es aquí un área cerrada, retrotraída sobre sí misma, en un vano afán por preservar sus sonidos y calores, su hálito vital. Sin embargo, nada detiene el demoledor efecto de los elementos, cuyas implacables mandíbulas roen paredes, horcones y techos, permitiéndonos ver lo que hay dentro. Y la experiencia no puede ser más desoladora, pues el interior del bohío está completamente vacío. Sin embargo, tanto su austera presencia como el vacío que los llena dejan una huella muy clara en el alma del espectador, siendo precisamente esos sentimientos e impresiones el tesoro que dichos inmuebles guardaban dentro.Lopez Pardo-For-sale-(óleo-sobre-lienzo,-2004)

En ocasiones, el bohío dialoga con la flora circundante, en otras está anclado al suelo mediante trozos de soga, intenta sobrevivir a una inundación cuyas aguas poco a poco retoman su nivel, son puestos en venta o se enfrentan consigo mismos en un implacable juego del bien contra el mal. A veces solo quedan sus restos, como si el tiempo hubiese regurgitado al espacio las sobras de su cruel digestión. Todo, en virtud de una búsqueda filosófica, de un afán por explorar antiguas preocupaciones que desde siempre han obsesionado a la mente humana.

Cabe notar que el trasfondo identitario inherente a los paisajes de López Pardo alcanzó su apoteosis con Autorretratos, serie exhibida hace ya varios años en la habanera galería La Casona. En esta colección de dibujos, ejecutados en técnica mixta sobre lino, teatrales golpes de luz canalizaban la atención del espectador hacia las melancólicas edificaciones que dominaban extensas planicies libres de accidentes geográficos, intentaban conjurar la soledad formando tímidos grupos, o eran reducidos a meras cenizas. El carácter metafísico se acrecentó aquí, evidenciando con mayor claridad que la paisajística de López Pardo no remite a lo puramente anecdótico, no recoge un modo de vida ni narra un acontecimiento específico, sino que intenta ilustrar un estado emocional, una condición de la psiquis.

Como su nombre lo indica, la serie conformó un múltiple y subjetivo autorretrato del autor, de siempre interesado por reflejar diferentes problemáticas vinculadas a la construcción y preservación de las identidades personal y colectiva, la preservación de los valores culturales y la galopante pérdida de la espiritualidad: invisibles espectros que recorrían esos borrascosos celajes donde la luminiscencia parecía brotar de todas partes y, a la vez, provenía de un punto en específico.

Por su parte, el mexicano Álvaro Nieto (Guadalajara, 1969) ha explorado con notable acierto el motivo iconográfico de la casa en decenas de acuarelas, carboncillos sobre lino y óleos sobre tela que se distinguen por una marcada densidad antropológica y existencial. Desde la perspectiva formal, su producción pictórica se distingue por la sobriedad y la sencillez. Se trata de casas y más casas llevadas a su mínima expresión, como mismo las dibujaría un niño que se inicia en los misterios del arte. Muchas veces los inmuebles se desdoblan, se superponen o se magnifican hasta abarcar todo el espacio pictórico, en otras ocupan una ínfima parte del papel o el lienzo, buscan refugio bajo enormes árboles, o sufren los embates de un aguacero. Generalmente están vacios y cuando contienen a seres humanos estos son tachados con trazos agresivos, vigorosos, lo cual focaliza aún más la atención del espectador en el edificio per se, cuyos techos a dos aguas y paredes transparentes parecen enmarcar una sugerencia, un misterio difícil de develar o expresar con palabras.Nieto-En-el-cielo-como-en-la-tierra-(óleo-sobre-tela,-2014)

Sin embargo, tras esa apariencia anodina se oculta algo mucho más terrible, algo primario y elemental cuya presencia está dada por la simplicidad de los rasgos y la gama cromática rica en tonos sepias, ocres, negros y amarillos, similar a la empleada por el hombre primitivo. Y es que Álvaro no pinta casas. O mejor dicho, él pinta la casa arquetípica, la casa que las contiene todas. Ergo, cada uno de sus inmuebles representa a todas las casas del mundo, sin importar su estructura, cantidad de plantas o número de habitaciones. Por demás, son construcciones atópicas y acrónicas —sin espacio ni tiempo— que pueden pertenecer a cualquiera o estar en cualquier lugar.

Así, el artista transforma a las viviendas en alegorías que no hablan de la arquitectura como manifestación artística, sino de la naturaleza humana, de las esencias más antiguas y poderosas de los seres humanos. Por encima del inmueble en sí, Álvaro pondera la idea del edificio y todo lo que esa idea contiene. Más que un espacio concreto, sus casitas devienen un recinto mental cuyas paredes transparentes contribuyen a visibilizar emociones y facilitarnos la exploración de un vasto cosmos tan íntimo como antiguo y universal.

Con igual acierto, Nieto ha sabido trabajar temas como la muerte y el abandono —compruébese en los títulos de sus obras: Todos tus muertos y Es más tarde de lo que crees—, el viaje y la infancia (La distancia de aquí para allá es la misma que de allá para acá, Regresando a casa, Me voy para poder volver, Nunca dejamos de ser niños), y el amor en sus múltiples variantes (El amor no es suficiente, Lo nuestro fue solo amor, ¿Cómo es posible que no pueda recordar tu cara?). También ha explorado ideas de carácter filosófico (¿Y si no hubiera un mañana?, El eterno instante de la duda, ¿Qué es lo que le da al tiempo su densidad?), tribal (Ancestros) y mítico-religioso (En el cielo como en la tierra, Un día fuimos dioses, Un día fui inmortal).NIeto-Que-es-lo-que-le-da-al-tiempo-su-densidad-(I-de-IV)-(carbón-sobre-lino,-2014)

La fuerte carga “eidética” presente en dichos títulos contribuye sustancialmente a potenciar los múltiples significados presentes en la arquitectura como manifestación plástica llena de signos y sentidos que Álvaro simplifica, humaniza y sublima hasta el máximo, devolviendo emotivos retratos del inmueble hogareño visto y valorado como ese reducto cotidiano lleno de presencias y ausencias, idas y regresos, encuentros y despedidas.

Tanto los paisajes de López Pardo —técnicamente impecables y en ocasiones cercanos al hiperrealismo— como los ejecutados por Nieto, de contundente e implacable sencillez, conforman un testamento del ser, una dimensión metafísica que trasciende lo momentáneo para focalizarse con una fuerza brutal en la constante búsqueda del yo. Desde posturas visuales y procedimientos estéticos bien diferentes, pero a la vez muy similares, ambos artistas trazan un vigoroso retrato de esa quinta piel que, para bien y para mal, la humanidad ha construido para combatir la intemperie.

[1] Véase Adolfo Colombres: Teoría transcultural de las artes visuales. Ediciones ICAIC, La Habana, 2001, pp.: 155.

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