Los paisajes de Tomás Sánchez

Su obra devela la capacidad del arte para salvaguardar la naturaleza.

La posibilidad de contar con reproducciones de obras realizadas por el reconocido pintor cubano Tomás Sánchez se hace realidad mediante la compra de un almanaque —con doce imágenes de paisajes— así como tarjetas postales, a la venta en la tienda de la Colección Arte Cubano del Museo Nacional de Bellas Artes, en La Habana. Esta actividad colateral de su muestra Paisaje, que se exhibe en el tercer piso de la mencionada institución, acrecienta la repercusión y afluencia de público que tiene la propuesta expositiva.

Quienes aún no la hayan visitado, pueden acudir en estos meses y constatar el porqué del éxito de esta confrontación con el quehacer pictórico de Tomás Sánchez. Se espera mantener la atención de los visitantes con otras propuestas, hasta su clausura, prevista para el domingo 27 de septiembre.

Convocamos al público para que participe en la presentación y venta del catálogo de esta muestra así como de la publicación de una entrevista realizada al artista por el crítico de arte David Mateo, todo ello con el auspicio del Consejo Nacional de las Artes Visuales. Ambas acciones tendrán lugar en el Teatro del Museo Nacional de Bellas Artes el viernes 18 de septiembre a las 3 de la tarde.

Los códigos de la tesis creativa de este autor se centran con fuerza en los exponentes de esta exposición. En Hombre crucificado en un basurero, de 1992, se refrenda la continuidad y riqueza de su amplio registro artístico en un tema revelador: uno de los grandes desafíos del planeta está dado por el imperioso deterioro ambiental. Con esta obra, el autor ratifica cómo el vínculo con su doctrina enuncia una estrategia simbólica de amplios mecanismos expresivos, respaldados en su experiencia vital, fiel testimonio de su identificación con el planeta.

Su poética subyugante recrea realidades mágicas y soñadoras de un microcosmos propio, en cuyo enunciado artístico subyace una invocación a la imperiosa necesidad de integración y respeto del ser humano por la preservación de la biodiversidad y la protección de la Tierra.

Esta comunión se evidencia plenamente en Adoración, de 2005, esplendorosa pieza donde yace arrodillado un individuo, diminuto y solitario, en comparación con el entorno, resuelto mediante un sutil homenaje de relación íntima con la inmensidad del universo, representativo de una entrañable y reveladora devoción por el cosmos. La composición transmite una agradable sensación de placidez y sobrecogimiento, al instaurar un ambiente misterioso, subjetivo y mágico, deudor de una estrecha relación entre ser y espíritu.

En el clímax de su ejecutoria, reflexionando desde la poesía, la solemnidad de su imaginario se expresa con majestuosidad en La orilla, de 1996, imagen asumida con un dinamismo interno, revelador del anhelo de un universo impoluto, inmaculado y estable. Esta composición despliega un esplendor virtuoso en el tratamiento técnico del agua y la vegetación, cual voluptuosa imagen de intensa ternura, inspirada en la belleza exuberante del paisaje. Sus huellas visuales ratifican la finalidad estética de un universo creado por panoramas procesados desde la subjetividad, que potencia su interés por develar la capacidad del arte para salvaguardar la naturaleza.

En Antagonismo, realizada en 2015, la confrontación se establece entre la fuerza de la composición virtuosa de un luminoso paisaje campestre, de agradable verdor, como fondo de la composición, confrontado con una bolsa de nylon gris en primer plano, asociada a la acumulación de desperdicios, en la cual la riqueza estética se centra en su esmerado tratamiento visual y táctil, dado por las excelencias de las soluciones plásticas.

La visualidad de árboles, altos y frondosos, que semejan un revelador arco gótico, sintetiza la imponente composición en La batalla, de 2015. La pieza exhibe el preciosismo técnico de una composición que revela un ambiente armonioso entre el individuo y la naturaleza, desde una estrategia artística que rebasa la simple apariencia externa, con un lenguaje alegórico, ciertamente seductor, propio de la pericia del demiurgo. Conmovedor y poco usual resulta un pequeño pájaro, situado estratégicamente, en el tronco de un árbol situado casi en el centro de esta frondosa escena. El pequeño detalle le otorga una apariencia de distinción, centrado en una obra de grandes dimensiones, que conforma un campo visual de amplio espectro, matizado por una atmósfera de placidez y encantamiento.

La meditación le ha propiciado al artista alcanzar un estado que le permite sentir como si estuviera viendo afuera lo que está en su fuero interior. Esta reconciliación con los elementos de la tierra fragua la confluencia de lo objetivo con lo sensitivo, evidente magistralmente en La puerta abierta, de 2015, asumida con voz única en una composición de profundo sentido humano. Asume el paisaje con una sensación de reverencia y cómo se siente parte de él. La atmósfera creada en el oscuro cielo y las sugerencias del basurero, patentizan la intensidad y complejidad del entramado visual en la que late, una vez más, la presencia ausente del hombre.

Su imaginario constituye una revelación de la complejidad del entramado visual de sus exponentes, resuelta con preciosismo y esplendor. El autor es capaz de expresarse con agudeza artística en una concepción asociada a los desperdicios y advierte cómo el ser humano no siempre convive con la naturaleza sin destruirla, ni la asume de forma constructiva, sino que, en muchas ocasiones, le impone una relación de dominio y destrucción. Exhorta a la humanidad a adoptar una orientación social de compromiso ético e intelectual con su relación cósmica, dada las conexiones de la existencia con respecto a las degradaciones ambientales.

En Aislado, de 2015, corrobora su capacidad para conformar universos en donde prima la excelencia de la reelaboración artística de sus presupuestos ideoestéticos, centrados en un acercamiento reflexivo de la realidad circundante y de los problemas medioambientales que atañen a la humanidad. En esta contundente composición sobria, sencilla y elocuente, el foco de atención parte del centro del lienzo hacia arriba. Emerge un islote poblado de abundante vegetación, donde se aprecia la figura de un individuo, inmerso en un lienzo blanco, de amplias dimensiones.

La concreción de la idea irrumpe como resultado de la traducción de una vivencia íntima, tras un complejo proceso intelectivo de depuración de significados y significantes en su operatoria, donde se reconcilian sabiduría, espiritualidad y misticismo.

Su mirada sugerente le otorga un nuevo valor al ecosistema cuando asume la representación de Entre silencios, de 2015. Representa un horizonte, resuelto en una zona lineal dedicada a recrear la vegetación de un minucioso paisaje, situado en el centro de un amplio lienzo en blanco. Composición minimalista y, al propio tiempo, apabullante en detalles, resulta un compendio conmovedor, de marcado dinamismo, enfrascado en un contexto inscrito en la transitoriedad, lo fugaz y lo efímero, expresado con profundo sentido humano, resultado de un intimismo sedimentado en su misticismo y en sus pasiones vitales como ser humano y artista.

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