Música antigua… y tan nueva

El Festival Esteban Salas privilegió la presencia latinoamericana.

Conjunto Ars Longa

Organizado por el Conjunto de Música Antigua Ars Longa de la Oficina del Historiador de Ciudad de la Habana, el Festival sobre tal manifestación, celebrado con éxito el pasado mes, contó con una destacada representación de nuestra América.

En sus sedes, la antigua iglesia San Francisco de Paula, el Oratorio San Felipe Neri, el Teatro Martí, sonó mucha y buena música de todas partes del mundo y, aunque Europa: España, Italia, Alemania… y Estados Unidos se hicieron sentir, no fue menor el impacto de lo que Martí llamara “nuestras repúblicas”.

Por ejemplo, el grupo Antigua Camera, integrado por músicos de Argentina y Colombia, deleitó con piezas que abarcaban los períodos renacentista y clásico. Consciente del importante papel que juega la formación musical en nuestras sociedades, este grupo emprendió el proyecto en el seno del Instituto de Música Antigua de la Universidad Católica de Salta, Argentina, con el objetivo de fomentar el estudio de ese tipo de música y los instrumentos que hicieron escuela en los siglos XVII y XVIII.

Particularmente exquisito resultó el programa “Cuartetos de cuerdas y folklore de Europa al Perú”, como quiera que significó la primera audición del cuarteto op. 55 del compositor peruano Pedro Ximénez de Abril (1786?-1856), en cuya transcripción colaboró la II Itinerancia de música barroca en América Latina y los estudios musicológicos que organiza la Associaçao Ruspolide Sao Paulo, Brasil. Aquí descollaron los violines de Alejandro Vázquez y Camila Martel Pérez, la viola de Anolan González Morejón y el cello de Roberto M. de la Masa, todos coterráneos nuestros.

Uno de los vientos maderas distintivo de la música antigua fue protagonista del festival.

El musicólogo chileno José Manuel Izquierdo explica en el programa de mano la trascendencia de este compositor peruano: “Si algo lo destaca sobre sus contemporáneos sudamericanos, e incluso latinoamericanos, es su constante interés en desarrollar formas instrumentales, como sinfonías —40 en total—, conciertos y obras de cámara. (…) En el caso de esta obra, el cuarteto op. 55, la música destaca además por su segundo movimiento, en el cual Ximénez incluye un yaraví, tipo de canción tradicional andina, cuyos lentos ritmos y extrañas figuraciones son contrastadas con el estilo mayormente europeo que permea el resto de la obra”.

Y agrega: “Hay quienes han querido ver esta “intromisión” de yaravíes y otros ritmos latinoamericanos en la música de Ximénez como un gesto nacionalista, pero estamos hablando de una obra compuesta décadas atrás, casi un siglo antes de la mayoría de los creadores normalmente llamados nacionalistas en el continente y Europa”.

También mereció cálidos aplausos la “Música para los pies”, sobre la base de piezas danzadas por el virtuoso dúo mexicano Tembembe Ensamble Continuo (guitarra barroca y bailarín). El nombre del proyecto surge de una copla escrita por Enrique Barona, músico e investigador mexicano, que enfatiza en la orgánica unidad existente entre el son del barroco novohispano y el son actual de México.

Uno de los vientos maderas protagonistas de estas etapas —la flauta dulce—brilló en el programa “Prácticas interpretativas de los repertorios renacentistas para ensembles de flautas dulces” por el experto en ese instrumento, David Gómez García, de Colombia, un docente, investigador y concertista que se ha especializado en la música del barroco y el renacimiento, en especial ese viento madera, sobre el cual ha disertado mediante importantes libros, entre ellos El Pinquillo aerófono prehispánico o asimilación de la Flauta dulce europea.

La “Interpretación de repertorios novohispanos del siglo XVII para guitarra” tuvo en el concertista de ese cordófono, el mexicano Eloy Cruz, un excelente ejecutante. Este músico y estudioso  ha consagrado su vida al instrumento de las seis cuerdas, y ha realizado posgrados en las materias de literatura náhuatl y estudios mesoamericanos en la Universidad Autónoma del estado de Morelos, los cuales ha volcado en artículos y libros.

En el espectáculo  inaugural, dedicado al Carnaval, se sintió la presencia de la región: no olvidemos que desde sus inicios, estas fiestas populares fueron empleadas por los aborígenes y los negros para tributar a sus dioses. Los indios de Bolivia, por ejemplo, celebraban a la Pachamama (Madre Tierra) en las festividades de la Virgen de Guadalupe; mientras los venidos de África sincretizaban orishas con santos católicos. De esta manera, los carnavales de América fueron fruto de un profundo sincretismo, síntesis de la evolución cultural de sus pueblos, algo que se apreció en el programa.

En la Hispanoamérica de los siglos XVII y XVIII, las mojigangas parateatrales y dramáticas del llamado “teatro breve” evidencian continuas interrelaciones tanto de prototipos como de recursos musicales paródicos del teatro secular, de donde proceden tanto los villancicos navideños como otras manifestaciones, digamos, más paganas (jácaras, negrillas, zarabandas, fandangos, sones, guarachas…) que incorporó el propio carnaval.

La procesión, en torno a la famosa Catedral habanera, incluyó además de rezos y cantos yorubas y lucumíes, negrillas aztecas, villancicos de Guatemala y Puerto Rico, tonadas bolivianas y del Perú, y claro, mucho de procedencia cubana —sones, congas y comparsas del patio— sin olvidar la fuerte presencia europea. Fue toda una fiesta que prologó un enjundioso evento.

Algunas palabras sobre los anfitriones: el Conjunto de música antigua Ars Longa, de Cuba, lleva desde su fundación en 1994 —un año después pasó a integrar la nómina de la Oficina del Historiador de la Ciudad de la Habana— una ininterrumpida y seria labor en el rescate de ese imprescindible patrimonio. Participante activo en festivales de ese tipo en todo el mundo, dentro de su repertorio ocupa un lugar destacado la música del período virreinal en América, y el que han conformado a partir de la investigación e indagación en la obra de Esteban Salas (Cuba, 1725-1803), maestro de capilla de la catedral de Santiago de Cuba hasta el final de sus días, que dignamente presta su nombre a este significativo evento dentro de la cultura cubana y universal.

A ellos, a la Oficina del Historiador y a todos los ilustres visitantes que nos deleitaron durante una semana de febrero, debemos agradecer esta reciente edición del Festival de Música Antigua “Esteban Salas”, una manifestación que, gracias a ellos, resulta cada día más nueva y convocante.

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