Pablo Larraín y No

No es el fin de una búsqueda para el director que retrata en sus flimes la dictadura pinochetista.

Fotograma de la película

Los filmes de Pablo Larraín (Santiago de Chile, 1976) llevan una notable carga política que podría calificarse de antipinochetista. De hecho, en filmes como Tony Manero (2008) y Post mortem (2010), el director analiza los días de la dictadura chilena a través del impacto que ha tenido en la vida cotidiana del individuo común, sus sueños, su trabajo, su forma de amar.

Tony Manero, por ejemplo, cuenta la historia de un bailarín que quiere participar en un programa televisivo imitando al protagonista de Saturday Night Fever, que interpretara John Travolta. La película es, de hecho, una especie de reescritura del filme hollywoodense, pues se concentra en los esfuerzos y conflictos del personaje central por ver realizado su sueño de convertirse en un artista aclamado. Sin embargo, Larraín aprovecha para diagnosticar las cruentas distancias que existen entre la realidad del primer mundo y la chilena en tiempos de Pinochet. La dictadura ha quebrado el sistema moral del protagonista, interpretado por Alfredo Castro (quien ganara el Coral a la Mejor Actuación Masculina con ese papel en 2008). Para ejecutar una imitación fiel de Travolta, este hombre debe luchar contra la miseria y corrupción social, y para ello se convierte él mismo en un criminal. En 2008, Tony Manero ganó el primer premio de los festivales de Turín y Estambul, obtuvo el Gran Coral del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, y recibió otros reconocimientos en diferentes partes del mundo.

Fuga (2006), la ópera prima de Pablo Larraín, resulta también de la conjunción de instituciones consideradas sublimes como el amor fraternal y la música, con el sufrimiento y el crimen. Asimismo, Post mortem (2010) explora cómo la ola de asesinatos de la dictadura de Pinochet logra trastocar la noble pasión de un funcionario por una cantante de variedades en una delicada relación de vida o muerte donde, finalmente, todos los personajes o bien ejecutan el papel de víctimas o se convierte en victimarios, sin términos medios.

Lejos de realizar filmes historicistas, la mirada de Pablo Larraín parece dirigirse al presente chileno. El realizador vuelve al pasado para comprender los cimientos emotivos de la nación chilena, la forma en que se relacionan hoy en día los hombres de su país. Quizás por ese motivo, su última película, No (2012), ha sido calificada de “crítica con la transición”, de “drama negro con momentos de humor” e incluso de “filme terrible pero necesario”; porque en la historia, Larraín evoca demonios del presente.

No, protagonizada por Gael García Bernal y nuevamente por Alfredo Castro, gira alrededor del plebiscito de Chile de 1988, a través del cual el pueblo se opuso a que Augusto Pinochet extendiera su mandato hasta 1997 y abrió las puertas a una transición democrática. Ganadora del primer premio de la Quincena de Realizadores, en el Festival de Cannes, la película cuenta los esfuerzos de un publicista que participa en la franja televisiva de la campaña del “No” a Pinochet y los conflictos familiares y sociales que esto provoca en su vida.

Durante el estreno del filme en algunas universidades chilenas, el director, muy crítico con la publicidad, explicó que “la gente que nació en el 87, 88 u 89, cuando ve aparecer a Pinochet se ríe. Lo ven como un señor sacado de un cómic, como una especie de villano cercano a Gargamel, a Darth Vader”. Con No, cierran sus películas dedicadas a la dictadura —además están Tony Manero, Post Mortem—, y Pablo Larraín confesó que lo dejaba en una trilogía “porque me da lata seguir con el tema”.

Para este director, No es el fin de una búsqueda. En este, como en sus anteriores filmes, Tony Manero y Post mortem, Larraín escarba en las huellas que la dictadura ha dejado en el ciudadano común, ese que pasa inadvertido para la Historia, y lo hace con el hoy siempre en la mira. Pinochet vuela sobre sus dos primeros protagonistas como una sombra maligna que lo oxida todo a su paso, la moral, la sensibilidad artística (en el caso de Tony Manero), el amor (en el de Post mortem). No registra las primeras rendijas de luz dentro de aquella oscuridad. Su héroe es otro. Detrás quedan los protagonistas lacónicos, cínicos, crueles, que representó Alfredo Castro, con una contención, por cierto, escalofriante.

En No, el actor mexicano Gael García Bernal encarna un hombre oscilante como los anteriores, pero los nuevos vientos terminan encausándolo en la elaboración de aquella campaña que inclinó el voto chileno contra la permanencia de Pinochet en el poder. Todo lo que en Tony Manero y Post mortem es silencio, aquí es palabra.

Esquivando con pulso fino cualquier didactismo, Larraín, más que denunciar los abusos de la dictadura (que también hacen presencia), se permite, como su protagonista, soñar desde aquella fecha las bases de la futura democracia. Lo que en materiales previos se intuía como una posición de izquierda, sobre todo, por la forma en que Larraín comprendía la relación individuo-sociedad, en No podría verse como una declarada militancia. La ironía del comienzo y el final del filme, que lo vuelven una suerte de serpiente mordiendo su cola, extienden las sutiles crudezas del capitalismo durante y más allá de cualquier dictadura.

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