Paula Hernández y Lluvia

Los largometrajes de la argentina Paula Hernández proponen un giro en el canon.

Fotograma de Lluvia, de Paula Hernández

“Quiero irme, y luego volver”, jura un personaje de Herencia (2001), la ópera prima de la argentina Paula Hernández. Y en esa frase se desliza la persecución, a ratos agónica, a ratos gozosa, del pasado en que se envuelven sus protagonistas. Olinda, una italiana que ha echado media vida en Argentina, observa a Peter, un joven alemán decidido a reencontrar en Buenos Aires un gran viejo amor. Ella en su restaurante y él en la calle del frente. La lluvia cae. Y en ese momento en que Olinda lo acoge, le permite pasar la noche a salvo del agua; Herencia da un vuelco, algo se tuerce en el futuro de ambos, que no será ya mero reflejo de su más entrañable pasado.

Los personajes de Paula Hernández pretenden vivir ajenos a la lucha entre el espacio y el tiempo, a veces no son conscientes de que los pedazos del planeta no les pertenecen más que por unos instantes, no hay casa propia, aunque lo diga un papel, ni patria única. Beben sedientos en la añoranza sin saber que sus ansiedades de pasado son también quebradizas, que lo que se persigue hoy, dudosamente se querrá mañana; y quizás en esa persecución se encuentre, irremediablemente, una revolución de prioridades.

Como Heráclito, la directora obliga a sus personajes a regresar al mismo río y constatar que aunque no lo parezca y así no se quiera, todo es diferente. Así, por ejemplo, en Lluvia (2008) despierta Alma un buen día y descubre que su marido, si bien pasa el tiempo como de costumbre, ya no es lo que antes era. Y huye, desconsolada por una certidumbre de soledad que trasciende esta circunstancia.

No se trata, para Paula Hernández, de escribir un punto y seguido, y continuar en la búsqueda del verdadero gran amor. La soledad tampoco se ofrece en sus filmes como alternativa. Su objetivo es arrastrar “gran amor” del estante de términos absolutos y eternos, y darle una fecha de caducidad y un espacio. Pero nada hay de crudo realismo en esta filosofía; no es un asesinato a secas de aquella exaltación del espíritu que proponen los románticos, es más bien una vuelta de tuerca, la culminación de ese discurso con la condición efímera e irrepetible de las relaciones humanas.

El cine argentino ha dejado en numerosas cintas ese espíritu melancólico, esa lánguida añoranza que Paula Hernández reescribe hoy desde sus propios referentes y angustias. Desde títulos de polémico culto como El lado oscuro del corazón (Eliseo Subiela) hasta El secreto de sus ojos (Juan José Campanella) los protagonistas se ven impelidos a trascender la realidad tal como se les presenta, ya sea en una persecución meta(y)física de la mujer ideal o en la compulsiva necesidad de reescribir el pasado.

Los tiempos de dictadura y la guerra de las Malvinas han servido de escenario en más de una ocasión para este fin. Se ha vuelto ya una marca de poética argentina esa capacidad que tienen sus realizadores para visitar temas de la historia nacional desde una perspectiva más bien íntima, para insertar conflictos de amores existencialmente imposibles en las etapas convulsas de ese pasado común.

En varios de estos filmes, que registran una inclinación nacional más allá de los géneros a los que se acerquen, se percibe una notable demarcación de identidad sexual siempre enlazada a la identidad cultural. Películas como Un cuento chino (Sebastián Borensztein) y en algunas otras con Ricardo Darín o Darío Grandinetti, han ido bosquejando un arquetipo de macho argentino generalmente en posición de elegir entre las mujeres que se lanzan a sus pies, que abraza la soledad como un estado de paz melancólica y poética. En este tipo de cintas con frecuencia se establece la posibilidad de comparación con masculinidades de otras tierras en las que los protagonistas quedan muy bien parados por su desafiante extroversión y su muy argentina elocuencia.

Graduada de Guión por la Universidad del Cine en 1997 y con experiencia en el teatro y la publicidad, Paula Hernández propone en sus largometrajes —acaso— un giro en el canon, pues trabaja la melancolía no desde los contrastes de géneros, no desde la imposibilidad de que este hombre X encuentre una mujer Y a su altura, sino desde la necesidad de pertenencia social de individuo más allá de su cromosoma 23. La relación con el extranjero es también diferente, pues asume positivamente la naturaleza cosmopolita de Buenos Aires.

A propósito de Herencia, explica que “es una película que habla de las posibilidades de tener una segunda oportunidad, de poder encontrarse con otro, más allá de las diferencias que se tengan; de la solidaridad y el trabajo, de la necesidad de la gente para salir adelante y encontrar su lugar en el mundo. De algún modo, apuesta por la necesidad de tender puentes entre las personas”.

Su segundo largometraje, Lluvia, coloca con mayor vehemencia el dedo en esta herida. Los espacios, ya de por sí economizados en Herencia, se reducen aún más. A penas un carro, otras pocas locaciones… y dos personajes colgando en la telaraña de sus pasados.

Es tal la desesperación de Roberto que no duda en colarse en el carro de Alma, una perfecta desconocida. Es tal la desesperación de Alma que lo acoge, sin subrayar en esto incongruencia alguna. Contra la lluvia impertinente, más que evocaciones del pasado, comparten la experiencia de un hipotético futuro.

En ocasiones vemos que la directora juguetea con la idea de que las relaciones humanas son mera convención, parece por momentos susurrarnos que la verdadera condición del hombre es su soledad. Alma y Roberto se recuestan en la artificialidad de una habitación húmeda y pretenden rodearse de “sol, playa y arenita”. La ironía se vuelve filosa cuando sabemos que se trata de un hombre, un español, con mujer e hija, que solo está aquí de paso, solo para arreglar algunos asuntos de su padre muerto, el padre que lo abandonó de pequeño.

— ¿Y él no tenía familia acá?

— Ni familia ni nada. La casa era un piano de cola y una cama de una plaza. Es lo que él eligió.

— ¿Lo que él eligió? ¿o lo que le tocó…?

Una vez más, como en el caso de Peter y Olinda, la vida del personaje más viejo se convierte en un pronóstico de lo que sucederá con el más joven. En este caso, Roberto toma como premonición la historia de su padre… y así la directora invita a que se juzgue al otro un poco menos, se le comprenda un poco mejor.

Un amor (2011), el tercer largometraje de Paula Hernández, vuelve sobre la necesidad de los seres humanos por reencontrase con su pasado, y la utopía de buscarlo en la piel de aquellos que lo compartieron. Lisa regresa a su viejo pueblo decidida a rescatar sus lazos con dos amigos de la adolescencia, pero descubre que la Tierra también ha seguido girando en aquel sitio, y sus intenciones de “volver a ser nosotros tres” tropiezan con los obstáculos de la vida presente. A la par, presenciamos el surgimiento, desarrollo y desenlace de aquella relación entre adolescentes, que se convierte en triángulo amoroso.

Explica Natalia Trzenko en el diario argentino La Nación que “en la adolescencia primero y en la adultez después, Hernández consigue establecer los intensos lazos de amor, confusión, celos y resentimiento entre los tres personajes, construidos con una complejidad que no siempre se refleja en los diálogos que sostienen (aunque sí en sus miradas de anhelo, deseo, amor y oportunidades perdidas)”.

La lluvia no deja de aparecer en estas historias de amores sin oportunidad, o que ya tuvieron la suya. Sobre Un amor, Ezequiel Obregón percibe que “Hernández trabaja sobre todo la sensorialidad de los espacios y los cuerpos. La cámara en mano, los planos detalle, suspiros, y lo relacionado con la humedad (en el universo simbólico del film, lo inestable) construyen un entramado en donde lo sensitivo cobra gran preponderancia”. El agua cae en los filmes de Paula Hernández como catalizador, subraya la soledad, la indefensión humana y envuelve a los personajes en un ambiente de añoranza e incómodo recogimiento. Los colores fríos también, y sobre todo en Lluvia, se hacen presentes. Sin embargo, en ese estado límite, es difícil no pensar en el calor. En otros autores esta recurrencia podrá ser placentera, pero aquí llama a la búsqueda de su opuesto.

Solo bajo el imperio de la lluvia, los protagonistas de sus dos primeros largometrajes se atreven a salir de sus caracoles. Y no es ociosa la asociación, Alma vive literalmente en su carro desde que abandonó al marido, mientras que Olinda se ha reducido a su restaurante-hogar y no conoce, más allá de él, lo que ocurre en Buenos Aires. En cambio, ambas sueñan con huir, con abandonar aquel espacio, que significaría abrirse a lo que el mundo les presenta; sueñan, pero no se deciden… hasta que cae la lluvia, y alguien necesita de ellas. Por este motivo, la insistencia de la imagen en la asfixia y el enclaustramiento, su regreso una y otra vez a los mismos emplazamientos, tiene el propósito de subrayar la urgencia que tienen los personajes de expandirse, de trascender el círculo cotidiano de sus vidas.

Quizás su Malasangre (2010), que formó parte de los Cortos del Bicentenario argentino, es la cinta que manifiesta en toda su complejidad esa dialéctica metafísica que nos propone Paula Hernández. En una lectura más realista, podríamos describirlo como el recorrido de una sirvienta de limpieza por diferentes sets de televisión. La cámara la persigue mientras realiza su trabajo por aquel sitio laberíntico, una vez más asfixiante y húmedo. La mujer intenta extirpar la sangre que derraman los actores durante la representación de diferentes escenas de la historia nacional, pero se transforma en la tarea de Sísifo, pues una y otra vez los otros, que son muchos, ensucian sobre lo limpiado.

En el plano simbólico, la sirvienta de origen indígena se transforma, ella sola, en representación de las clases más bajas, que deben construir (existir, limpiar…) sobre el desastre que provocan hombres y mujeres caucásicos, estilizados, sanguinarios. Al trenzar ambas lecturas, Malasangre devela esa relación dinámica entre pasado y presente que parece obsesionar a la directora. Toda la historia de Argentina conspira, según nos muestra, para que esta mujer en su particular hebra de destino termine en aquel sitio, realizando esta función en un tiempo tanto onírico como histórico.

En esta misma línea, Paula Hernández parece explorar en Herencia, Lluvia y Un amor cómo pequeñas piedras, mientras caen, redibujan poco a poco, laderas de montaña.

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