Poéticas de fluido: Sangre y arte contemporáneo latinoamericano

La sangre ha sido utilizada como material de creación por muchas artistas latinoamericanas.

Foto: Obra de Gina Pane

La sangre constituye la esencia de la vida en múltiples cosmovisiones a nivel mundial. Generalmente asociado a la regeneración y la existencia eterna, este líquido natural es ingrediente común al interior de disímiles rituales mágico-religiosos donde opera como bebedizo predilecto de los dioses, conductor de almas, esencia fecundadora, o vehículo que permite la sustanciación y posterior ingestión de la divinidad por parte de los creyentes.

Son muchos los creadores in orbis que han empleado al torrente sanguíneo como material artístico. Por solo citar algunos, ahí están el fotógrafo norteamericano de ascendencia hondureña y afrocubana Andrés Serrano con las instantáneas Corriente de sangre (1987) y Sangre y semen II (1990), y los disímiles exponentes del body art, entre los que destacan Herman Nitsch (protagonista de las ya antológicas y siempre controversiales acciones plásticas en el Teatro de las Orgías y los Misterios) y la inefable Gina Pane, quien se encargaría de explorar el impacto simbólico del cuerpo herido y sangrante en obras como Escalada no anestesiada (1970-71), Acción sentimental (1973), y Psyché (1974), performances que llamaban la atención sobre la situación política mundial a raíz de la Guerra de Vietnam, o remedaban las escarificaciones rituales que las mujeres de varias etnias africanas aún practican sobre sus vientres para embellecerse, legitimarse socialmente, mostrarse aptas para el matrimonio y la reproducción, procurar buena salud o garantizar un embarazo exitoso.

Amén de las creadoras latinoamericanas que han incorporado la sangre (específicamente la menstrual) a sus respectivas producciones simbólicas,[1] aún son muchos y muchas los creadores y creadoras que vuelven sobre este fluido vital para articular discursos pletóricos de imágenes inquietantes, provocadoras, que abordan disímiles tópicos, entre ellos las heterotopías, la creación colectiva, el nefasto impacto del narcotráfico en las sociedades latinoamericanas y la violencia hacia las mujeres.

Sin lugar a dudas, Frida Kahlo fue una verdadera precursora en el tratamiento del tema. Recordemos la erupción hemática que, tras cubrir el cuerpo de la víctima y las ropas del asesino, desborda la realidad pictórica para manchar el marco de Unos cuantos piquetitos (1935), pieza inspirada en una nota de prensa donde se narra el proceso judicial contra un feminicida confeso, o aquel hilo sanguinolento que brota del desagüe de la bañera en Lo que vi en el agua (1938), obra que entremezcla varios de los motivos iconográficos explotados por la pintora hasta aquel momento. Asimismo, el órgano para bombear el líquido aparece en Recuerdo o El corazón (1937) y Las dos Fridas (1939), piezas que exploran el universo íntimo de la autora, su crisis matrimonial y las infidelidades de Diego Rivera con Cristina, hermana de Frida.

Décadas después, al calor del posmodernismo, la cubana Ana Mendieta produjo Rape scene (1973), performance inspirado en una violación ocurrida en la Universidad de Iowa, donde ella estudiaba. La acción, desarrollada en un ambiente doméstico, dejaba ver a la Mendieta inclinada sobre una mesa, desnuda de la cintura para abajo, con las piernas y los glúteos cubiertos de sangre. Un año antes, esta importante creadora había protagonizado Mutilada, performance en el que se mostraba acostada en una camilla, cubierta por una sábana blanca igualmente empapada de sangre. Sobre su vientre aparecía un enorme corazón sangrante. Ambos trabajos, complementados por la serie Siluetas y los performances Glass on body y Marcas corporales, signan el trabajo de una artista interesada en acusar la violencia que sufren las mujeres al seno de nuestras sociedades, independientemente de las disposiciones constitucionales que les protejan.

No obstante, Lengua apuñalada, de Lygia Pape, destaca como una de las piezas que mejor condensan el tratamiento del asunto, si bien es esta una obra comúnmente asociada a la represión policial que sufre el pueblo carioca por parte de las autoridades policiales y gubernamentales. El constante trabajo como abstraccionista desarrollado por Pape al interior del grupo de neoconcretos brasileños, y posteriormente bajo los fundamentos estéticos del Cinema Novo, no le impidieron incursionar en manifestaciones artísticas de mayor calado conceptual, entre las que destacan la pieza mencionada, una imagen perturbadora que nos muestra el rostro de la artista, de cuya boca sale la lengua abierta en canal.

Una deconstrucción de Lengua apuñalada desde una perspectiva de género trae a colación de manera casi inevitable la máxima feminista que conmina a transformar las experiencias personales en cuestiones políticas. Una mujer que sangre equivale a todas las mujeres heridas; por consiguiente, la cara pálida y casi agónica de Lygia en esta obra se convierte en un reclamo universal por dar voz a un dolor común que hoy padecen miles de mujeres en todo el mundo.

Regina José Galindo es otra de las creadoras latinoamericanas que más han explotado la sangre como sustancia en intervenciones públicas de fuerte impacto visual, generalmente asociadas al convulso ambiente político y militar de Guatemala, su país natal. Reconocida con el León de Oro en la categoría de artista joven durante la Bienal de Venecia por la himenoplastia ilegal a la que se sometió hace diez años, Galindo cuenta entre sus principales trabajos con ¿Quién puede borrar las huellas? (2003), performance donde la artista efectúa una caminata desde la Corte de Constitucionalidad hasta el Palacio Nacional guatemalteco con una palangana llena de sangre humana entre los brazos. Cada cierto tiempo, Regina se detenía y empapaba sus pies en el líquido para luego dejar un rastro sanguíneo que rendía tributo a las víctimas del conflicto armado en su país, y de paso protestaba contra la candidatura presidencial de Rafael Ríos Montt, líder de la sección militar que en 1982 derrocó mediante un golpe militar al jefe de estado Fernando Romeo Lucas García.

Un año después, Galindo ejecutó El peso de la sangre, intervención pública que efectuó frente a la Catedral de Santiago de Guatemala, ubicada a un costado de la Plaza de la Constitución. En esta pieza, la creadora, colocada bajo un andamiaje construido al efecto, recibía sobre la cabeza miles de gotas de sangre que terminaban empapando su rostro y el blanco vestuario, en alusión a los cientos de personas desaparecidas o asesinadas durante las acciones de la contrainsurgencia llevada a cabo durante la Guerra Civil de Guatemala. Dichas víctimas aparecen representadas por 12 pilares erigidos frente a la fachada de la catedral. Asimismo, El peso… puede interpretarse como una alusión a la sangre indígena derramada durante el proceso de conquista y colonización americana, sobre todo si tenemos en cuenta que la propia artista es descendiente de ladinos, grupo social que, según la Constitución de Guatemala, conforma una población heterogénea con determinadas características culturales de arraigo hispano e indígena, tiene al español como idioma materno y viste a la usanza comúnmente llamada occidental.[2]

Otra creadora interesada en la relación sangre-política es la mexicana Teresa Margolles, artista que fuera seleccionada para exponer un amplio número de piezas bajo el título ¿De qué otra cosa podríamos hablar? en el pabellón azteca de la Bienal de Venecia 2009. Las obras presentadas condensaron el marcado interés de esta creadora por abordar lo vivo tomando como referencia esas muertes violentas y sin sentido que forman parte del paisaje social latinoamericano contemporáneo en general, y específicamente del mexicano, país que un año antes había alcanzado los 5 mil civiles muertos en episodios de violencia y conflictos asociados al narcotráfico o a su represión por parte de fuerzas gubernamentales.

Según palabras de Margolles, el primer performance, titulado Limpieza, «partió de la pregunta: ¿quién limpia las calles de la sangre que deja una persona asesinada? Cuando es una persona, podría ser la familia o un amigo, pero cuando son miles, ¿quién limpia la sangre de la ciudad?»[3] Por consiguiente, la pieza consistió en recoger con un paño la sangre arrojada por civiles asesinados en las calles de Sinaloa y Baja California, estados norteños donde radican los principales carteles mexicanos de droga. Luego se dejó secar el paño, que fue trasladado hacia Venecia y allí, tras ser hidratado con agua, se empleó para trapear el suelo durante los seis meses que duró la Bienal.

Así, la obra quedó conformada por las diferentes capas de sangre superpuestas unas sobre otras. Con ella, la artista puso el dedo sobre la llaga al discursar sobre heterotopías y migración de sentidos, hegemonía de los grandes centros mundiales difusores y comercializadores de arte, legitimación y ponderación en los espacios museales mediante un ejercicio de marcado rigor conceptual que tomó posesión de uno de los núcleos artísticos más importantes en la historia de la producción simbólica occidental para llamar la atención sobre la calidad del arte conceptual latinoamericano y el clima de violencia imperante en muchas ciudades latinoamericanas cariadas por el narcotráfico.

Las otras piezas incluidas en el proyecto expositivo fueron Narcomensajes, Sangre recuperada y Bandera. La primera estuvo compuesta por un amplio número de paños, teñidos con sangre humana, que la artista bordó personalmente durante la Bienal. Los mensajes reflejados sobre los lienzos se inspiraron en las frases que los asesinos colocan en los cuerpos de sus víctimas. La segunda obra incluye enormes paños impregnados con el lodo presente en los lugares donde fueron encontradas personas asesinadas. Telas similares conformaron Bandera, pieza que Margolles arrastró por las arenas de Lido, isla italiana que, entre otros atractivos culturales y turísticos, sirve de sede al Festival de Cine de Venecia.

Tras los iniciáticos performances de Ana Mendieta, la sangre como motivo y sustancia emergió nuevamente en el arte contemporáneo cubano gracias a las acciones del Grupo 609, colectivo de estudiantes que se dieron a conocer en los primeros años del presente siglo.[4] Entre sus primeros trabajos encontramos Y en la paz del azul reinaba la cólera del rojo, cuyo título se corresponde a un aforismo del neo-dadaísta francés Yves Klein. La pieza, ejecutada en instalaciones del ISA, incluía a las autoras dentro de un cubo de papel iluminado por luces azules. Tras rasgar las paredes del cubo, los espectadores podían ver a las muchachas de espaldas, con los hombros surcados por arañazos. Así, 609 retomaba a de la mujer como instrumento físico para producir arte, idea explotada por Klein en sus conocidas Antropometrías, solo que esa vez, bajo el pacífico tono marino, brotaba la sangre con fuerza acusadora para colocar de lleno sobre la mesa una temática que habían iniciado a principios de los noventa artistas cubanas tan reconocidas como Cirenaica Moreira, Aimée García y Marta María Pérez Bravo, entre otras.

A su vez, el fluido hemático ha devenido motivo ideal para reflexionar sobre la creación colectiva mediante el trabajo de ENEMA, colectivo de artistas cubanos que en 2003 ejecutaron la pieza Morcilla, consistente en un performance donde los integrantes del grupo se extraían sangre que luego utilizaban para elaborar este popular alimento. Tanto la morcilla como la documentación del proceso y la objetería clínica empleada al efecto formaron parte de la obra final.

Fuertemente influenciados por las grandes figuras del body art (específicamente Denis Oppenheim, Marina Abramovic y Vitto Acconci, cuyos performances recrearon entre 2000 y 2002), ENEMA volvió sobre la temática de la creación colectiva con esta pieza, que destaca entre otros motivos gracias al marcado interés por diluir el paradigma del artista como un individuo solitario, enajenado, que establece un diálogo íntimo con la obra artística durante el proceso creativo. Desde una perspectiva política, la sangre condimentada y cocida que conforma Morcilla discursa sobre los avatares de un pueblo cuya historia cultural ha tendido a discriminar el esfuerzo individual por debajo del colectivo, algo característico del sistema socialista cubano.

Sangre que palpita en heridas recién abiertas; sangre que rebasa los marcos de la realidad pictórica para sorprender al espectador con su roja vitalidad; sangre que empapa las piernas de una estudiante recién violada… De manera indetenible, sin pedir permiso, este fluido vital ha hecho mellas en la producción simbólica latinoamericana e los últimos años para reflexionar sobre estrategias de creación, violencia hacia las mujeres y el caos social y político que estremece los países de un continente cuyas arterias, con permiso de Eduardo Galeano, nunca han dejado de sangrar.

[1] Véase Pura sangre: menstruación y discurso de género en el arte latinoamericano contemporáneo, publicado en esta página el 24 de noviembre de 2014.

[2] El término deriva del vocablo español «latino», y surgió durante el período colonial para designar al hispanohablante que no formaba parte de la población indígena ni de las élites peninsular ni criolla guatemaltecas. Asimismo, el concepto se aplica en toda la América Central.

[3] Véase «Teresa Margolles, desterritorialización, y heterotopías, tensiones utópico-realistas», en Artistas latinoamericanas: un recorrido por diálogos conceptuales, de Kekena Corvalán (Ediciones Artecubano, Consejo Nacional de Artes Plásticas y Banco del Alba, La Habana, 2012, p.: 88).

[4] Las jóvenes se llaman Amarilys González, Yailín González, Anahís Martínez, Yanna Palomino y Aida Serantes, todas estudiantes de la Facultad de Artes Plásticas del ISA durante los años 2002-03. A pesar del poco tiempo en que trabajaron juntas, dejaron a su paso un amplio número de acciones performáticas, siendo las más significativas Esto no tiene nombre, Ensayo I, Strip-piss, Sábanas matrimoniales y Toque.

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