Pura sangre: menstruación y discurso de género en el arte latinoamericano contemporáneo

Son muchas las artistas latinoamericanas interesadas en borrar los fantasmas de este proceso natural que es la menstruación.

Cortesía del autor

Carina Úbeda- Paños 5

El bíblico Levítico, libro donde aparecen registradas las leyes del pueblo israelita, establece que toda mujer menstruante será «impura por 7 días. Quien la toque será impuro hasta la tarde. Aquello en lo que ella se acueste durante su impureza quedará impuro, igual que todo aquello sobre lo que se siente. Quien toque su cama o un mueble donde la mujer se haya sentado, lavará sus vestidos, se bañará con agua y permanecerá impuro hasta la tarde. La impureza se transmite igualmente a todos los objetos que se coloquen encima de la cama y el mueble, o a los que toquen dichos objetos, que permanecerán impuros hasta la tarde. Si alguien tiene relaciones sexuales con ella durante la menstruación, será impuro hasta la tarde, e igualmente serán impuros los objetos tocados por él.»

En el discurso aristotélico sobre la naturaleza humana, el semen, una vez sublimado como sustancia, es considerado fuente dadora de vida u origen de las formas. La menstruación, por el contrario, no pasa de ser una especie de semen impuro porque carece de un constituyente esencial: el principio del alma, de ahí que, según Aristóteles, la mujer no sea más que una versión incompleta del hombre. Siglos después, el griego Plinio el Viejo aseguró que la menstruación arruinaba las cosechas, devastaba los huertos, destruía las semillas, hacía caer los frutos de los árboles antes de entrar en sazón, mataba las abejas, agriaba la leche, convertía el vino en vinagre y opacaba el brillo del acero y el marfil.

María Evelia Marmolejo - 11 de marzo. Detalle 1981La cultura occidental se apropió de dichas «enseñanzas» religiosas, mitológicas y filosóficas para demonizar el proceso natural de la menstruación, convirtiéndola en una enemiga tan indeseada como implacable, de la que no se habla y que debe ocultarse apenas llega. Dichos tabúes hicieron mellas en autores modernos como el dramaturgo sueco August Strindberg, quien llegó a asegurar en la revista parisina Le Revue blanche que la menstruación y la pérdida regular de flujos nutritivos atrofiaban irremediablemente el cerebro de la mujer. Por su parte, el médico francés André Du Laurens desaconsejaba a los estudiantes de medicina el estudio anatómico del cuerpo femenino, ya que no podía comprender cómo el hombre (según el galeno, un divino animal lleno de razón y de juicio) podía sentirse atraído por las partes obscenas de las féminas, manchadas de humores y vergonzosamente colocadas en la parte más baja del tronco.

La producción simbólica contemporánea ha intentado reconciliar a las mujeres con el proceso de la menstruación, que no por molesto y doloroso, es menos natural. Incluso, ya se habla del menstrual art, estilo o tendencia donde se insertan creadoras de diversas latitudes, entre ellas la sudafricana Zanele Muholi, las europeas Urzula Klutz e Ingrid Berthon-Moine, la norteamericana Vanessa Tiegs, y la filipina May Ling Su.

Entre las artistas latinoamericanas, pioneras en el tratamiento del tema, se encuentra María Evelia Marmolejo, quien ejecutó en 1981 el performance 11 de marzo: ritual de la menstruación digno de toda mujer como antecedente del origen de la vida. En esta obra, que algunos críticos consideran influenciada por las acciones plásticas del accionismo vienés, la artista completamente desnuda (si exceptuamos las almohadillas sanitarias sin usar pegadas a su cuerpo, y el turbante blanco que le cubría la cabeza) recorría la Galería de Arte San Diego de Bogotá, Colombia, para estampar en los blancos muros del salón las manchas de su menstruación mediante el contacto vaginal.

Además, caminó por una superficie de papel en forma de L donde quedaban impresas las gotas de sangre, en alusión a la escalada de violencia, iniciada por las FARC (Fuerzas Armadas de Colombia), el ELN (Ejército de Liberación Nacional), el Movimiento M19 y el gobierno de Julio César Turbay, que ese mismo año había sido reflejada por María Evelia con el performance Anónimo I, ejecutado en la Plazoleta del Centro Administrativo de Bogotá.

Otra creadora suramericana que también ha trabajado el tema es la costarricense Priscilla Monge, quien en 1996 elaboró un pantalón con almohadillas sanitarias y, con él puesto y debidamente manchado en la entrepierna, ejecutó una intervención pública donde la performer realizaba diversas acciones cotidianas, como hablar por teléfono, que eran debidamente documentadas, prestando especial atención a las reacciones del público. Esta pieza es muy representativa de la capacidad que tiene esta creadora para manipular objetos cotidianos tradicionalmente asociados a lo íntimo femenino y resemantizarlos como parte de un discurso aparentemente ambiguo, pero que, en realidad, transmite un mensaje muy directo al desestabilizar con ojo crítico los métodos utilizados por las masculinidades patriarcales para monopolizar el conocimiento y posesión de los cuerpos femeninos.

Priscilla Monge- "Pantalón"- 1996Más recientemente, la chilena Carina Úbeda presentó en el Centro de Cultura y Salud de Quillota, Chile, la instalación Paños, compuesta por 90 de las compresas artesanales que ella utilizó para recoger su menstruación durante 5 años. Una vez extendió las compresas en aros de bordar, Carina hilvanó sobre y bajo la mancha de sangre una fecha y una frase (Se adecuan, Se estanca, Se compra, Se traspasa) que describen el proceso de conformación, maduración y expulsión del óvulo, la extracción mediante procedimientos clínicos, su compraventa y la posterior inserción, fecundado o no, en un útero estéril. El objetivo fundamental de esta pieza (donde los paños colgaban acompañados por renegridas esculturas que representaban manzanas cortadas por la mitad) es reflexionar sobre la mercantilización de la existencia. A la vez, habla sobre esas mujeres que se ven obligadas a rentar los vientres para suplir carencias económicas, o hacen de la venta de óvulos una estrategia de empoderamiento en un espacio donde no pueden conseguir trabajo.

En Cuba, la menstruación ha sido abordada fundamentalmente por Cirenaica Moreira, quien incluyó en su serie fotográfica Cartas desde el inxilio, ejecutada entre los años 2000 y 2002, una inquietante imagen titulada Con cariño, de la voz de la experiencia. La pieza, de alto valor polisémico, puede remitir lo mismo a una violación que al proceso menstrual, si bien ambas posibilidades interpretativas se fundamentan en el acertado tratamiento de la mujer como símbolo, suspendida en mitad de la nada, fragmentada y herida, violentada en múltiples niveles y sentidos.

El motivo ha sido retomado en la actualidad por las jóvenes creadoras cubanas Mayday Machado y Lisandra López Sotuyo; solo que, esta vez, ambas evitan el uso de la sangre menstrual para estetizar el objeto encargado de contenerla. Pudiéramos decir, entonces, que la sangre está inferida en esa Íntima que Mayday ha confeccionado con papel maché de manera tal que ajuste cien por ciento a la vulva, garantizando así una mayor comodidad, o en la almohadilla sanitaria cuyos leves materiales han sido separados cuidadosamente por Lisandra para hacer de ellos las páginas de un libro.

Mayday Machado - "Íntima" 2010Una vez vistas algunas de las artistas latinoamericanas que han abordado la menstruación como tema en parte de su obra, llama la atención que casi todas acuden a la autorrepresentación vinculada, por lo general, al performance, herramienta que les permite un mayor nivel de libertad expresiva y hacen de lo personal un testamento político y estético. En este sentido resultan muy esclarecedoras las palabras de Josefina Alcázar al asegurar en su ensayo Mujeres y performance: el cuerpo como soporte que «el performance permite a las mujeres expresarse sin estar bajo el control de las estructuras culturales dominantes, ya que está en sus manos el control total de su producción. La artista del performance no es solo objeto y sujeto artístico simultáneamente, sino que en ella confluye, también, el arte y la vida. No es extraño, por lo tanto, que estas artistas recurran frecuentemente a elementos de sus vivencias domésticas, de su espacio privado; espacio que se apropian al presentarlo en la escena pública.» Así, «el cuerpo de la artista del performance es el soporte de la obra, su cuerpo se convierte en la materia prima con que experimenta, explora, cuestiona y transforma. El cuerpo es tanto herramienta como producto, y el performance un género que permite a las artistas buscar una definición de su cuerpo y su sexualidad sin tener que pasar por el tamiz de la mirada masculina. Al tomar elementos de la vida cotidiana como material de su trabajo, el performance logra que las performanceras exploren su problemática personal, política, económica y social.»

Por otro lado, la estetización de la menstruación permite reconciliar a las mujeres con las dinámicas naturales de su cuerpo, una propiedad que el orden patriarcal les ha esquilmado históricamente, y el hecho de llevar acciones como las ejecutadas por Maria Evelia Marmolejo y Priscilla Monge al espacio galerístico, aún sacralizado y sacralizador, contribuye a visibilizar y legitimar temas y creadoras interesadas en subvertir patrones conductuales basados en la sumisión cultural y el desconocimiento del yo.

Aún en tiempos de Simone de Beauvior, las inglesas llamaban a la menstruación the curse, «la maldición», epíteto que ilustraba la idea de que haber nacido con vagina era poco menos que un castigo celestial. Actualmente, son muchas las artistas latinoamericanas interesadas en borrar los fantasmas de este proceso natural y que procuran escribir una nueva historia en las páginas de esa almohadilla transformada en libro, donde, sin secretos ni tabúes, las mujeres también puedan definitivamente ser.

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