Santiago Feliú, un Rimbaud tropical

La muerte a los tempranos 51 años del trovador cubano Santiago Feliú, pone de luto a toda la cultura latinoamericana.

Tomado de La Jiribilla

Santiaguito representó para muchos músicos y para otros tantos de nosotros, junto a Carlos Varela, la voz cimera de la segunda generación de la Nueva Trova cubana.

La muerte de un poeta no es posible reducirla a su deceso físico. Ello pudo ser el resultado de un lento proceso que apagaba a una criatura de especial sensibilidad que, en su mayor esplendor, decidió parar y apartarse. De ello hace ya bastante tiempo, y quizás –todos nosotros- no fuimos lo suficientemente útiles o agudos para descubrir la manera de preservar a una criatura tan especial.

Hace más de treinta años tuve un privilegio muy exclusivo, ello mientras ocurrían los sucesos del Mariel en el debut de la década de los ochenta. En ese periodo, y en los años posteriores, un grupo de muchachos, casi todos adolescentes, recorrían las casas de unos pocos amigos cada fin de semana para reunirse y compartir sus creaciones. Santiaguito, Carlos Varela, Xiomara Laugart, Tosca, Gerardo Alfonso, Donato Poveda, Frank Delgado, Gunila y algunos otros, iban y venían acompañados por El Plátano —sobrenombre del fotógrafo aficionado que registró sus vivencias— y una de esas casas era el apartamento del piso 16, del edificio de Prensa Latina, muy cercano al Hotel Habana Libre.

Allí vi como ese grupo de amigos entrañables ponía a disposición del auditorio —incluidos mi padre, Sergio Benvenuto Machado, su esposa y algunos invitados singulares— cada nueva pieza o los primeros acordes de una creación en ciernes; y se hacían infinitas las descargas a guitarra y a viva voz. Acontecía el surgimiento del segundo gran momento de la Nueva Trova con posterioridad a 1959, del que Santiago Feliú se vislumbraba con indiscutible liderazgo.

Guardo aquellas maravillosas postales con profundo agradecimiento, absolutamente consciente de que el adolescente de unos 12 o 13 años, que se sentaba calladito junto a sus hermanos, acomodado sobre un cojín en alguna esquina, intuía que en aquellas horas la capital, iluminada por los flashazos de El Morro, acompañada por el ruido de cláxones impertinentes, tenía su centro alrededor nuestro.

13 de febrero de 2014

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