Tejer la vida

Un recorrido por las poéticas de algunas artistas latinoamericanas interesadas en explorar los procedimientos textiles desde múltiples perspectivas.

Foto: Nury González - Exilio (2011)

En la mitología escandinava, las Nornas eran dísir o espíritus femeninos que habitaban bajo el sagrado fresno Ygdrassil. Se nombraban Urdr, «lo que ha ocurrido», Verdandi, «lo que ocurre ahora», y Skuld, «lo que habrá de suceder». Las tres tenían la responsabilidad de bordar tapices cuyas hebras simbolizaban la existencia de dioses y mortales. A su tiempo, estas antiguas personificaciones de lo inevitable fueron absorbidas por la cosmovisión griega, donde se transformaron en las Moiras Cloto, Láquesis y Átropos, quienes posteriormente originaron las Parcas romanas, llamadas Nona, Décima y Morta. Todas cumplían la misma función: enhebrar, tejer y cortar los hilos del destino.

Los antiguos hindúes solía representar a Brahma trenzando a partir de sí mismo la retícula de las leyes y los fenómenos, símbolo de la urdimbre cósmica, de la sustancia primordial del universo, mientras que, según los akan africanos, es el héroe cultural Anansi, el más antiguo de los seres vivos y mitad araña, mitad humano, el responsable de provocar las lluvias necesarias para apagar los incendios y regar los cultivos. Por su parte, los isleños de la micronésica Nauru aseguran que la existencia del mundo y de los seres humanos se debe al talento de la gigantesca araña Aerop-Enap, y de acuerdo a las creencias de los siux, fue el arácnido Susistinako quien definió los cuatro puntos cardinales tras dibujar con hilos una cruz en el inframundo. Aún hoy me fascina la historia de Aracne, transformada en araña por elaborar tapices más bellos que la olímpica Minerva, diosa romana de la artesanía.

Históricamente, las artes textiles se han asociado a las destrezas profesionales, la laboriosidad y la sabiduría. Tejer equivale a crear, tal vez una realidad otra donde la vida se nos muestre cual polícromo tapiz de alucinante coherencia. En el contexto latinoamericano, el bordado y los tejidos, en cuanto técnicas artesanales, se convirtieron desde muy temprano en un medio expresivo ideal para abordar temáticas relacionadas con el devenir político, social y cultural de nuestro continente. La elaboración de arpilleras en Chile y Perú hizo de la estepa (material burdo y áspero, usualmente empleado para elaborar sacos) la substancia primordial en cientos de paños donde quedaron plasmados escenas costumbristas, paisajes citadinos y campestres, sucesos de la dictadura pinochetista, la búsqueda de desaparecidos y diversas acciones políticas, entre otros temas. Violeta Parra fue una reconocida cultivadora de esta técnica, llegando incluso a exponer sus trabajos en 1964 en el Pabellón de Marsan, perteneciente al Museo de Artes Decorativas del Louvre, en Paris, Francia.

Aimée García - Hogar (detalle) (2004)

Aimée García – Hogar (detalle) (2004)

Sin embargo, muchas han sido las artistas conceptuales que a nivel internacional han incorporado los antiquísimos procedimientos del hilado, el bordado y el tejido en poéticas personales e intimistas que brindan cobijo a disímiles problemáticas del mundo contemporáneo. Incluso, el pasado año, la profesora y curadora uruguaya Alicia Haber presentó, en el Atrio de la Intendencia de Montevideo, la muestra colectiva Mujeres con fibra, donde reunió a un amplio número de mujeres que producen ensamblajes, esculturas blandas y collages con técnicas y materiales tan disímiles como telas, algodón mercerizado, macramé, organzas, encajes, cestería, patchwork, tules y objets trouvés.

La primera de las creadoras incluidas en esta breve nómina es la brasileña Rosana Paulino, cuya basta obra incluye piezas como No. 1 con cápsulas (integrada por un muñeco de cerámica que remeda programas iconográficos precolombinos, aunque la mitad inferior de la escultura está envuelta en hilos a la manera de un capullo) y Operaria, que incorpora una figura femenina, sin piernas ni brazos, cuyo regazo se alarga en decenas de apéndices que devienen madejas o sirven de soporte a motas de algodón.

Si bien esta última pieza discursa sobre las condiciones de trabajo que sufren las mujeres brasileñas empleadas por las grandes transnacionales de la industria textilera, ya Paulino había abordado la temática de género en su espectacular Pared de memoria (1994), instalación compuesta por fotografías impresas sobre tela de once familiares de la pintora, retratados en diversos momentos de sus vidas. Una vez cosidos los bordes de las imágenes, estas se convierten en saquitos donde reposan artículos de uso personal, rizos de cabellos, trozos de un vestido, medallas conmemorativas: un sinnúmero de objetos cotidianos, sin importancia aparente, que ofrecen una visión intimista y meticulosa del ambiente hogareño donde se crió la artista.

Ese mismo año, Paulino presentó la serie Bastidores, compuesta por aros para bordar donde se han insertado retratos de mujeres negras, impresas en xerox y fibra fotosensible. Las bocas, las cabezas y las gargantas de las modelos, todas familiares de la artista, aparecen cosidas por hilos negros, en un rejuego simbólico que remite directamente al tema de la racialidad, a las formas en que el individuo negro es visto y tratado al interior de sociedades post-colonizadas que alguna vez formaron parte del Comercio Triangular entre África, Europa y América.

También en 1994, la costarricense Priscilla Monge exhibió la serie Sentencias, compuesta por tapices bordados a mano (muy similares a los que usualmente se elaboran para dar la bienvenida al visitante o recordarnos que el hogar debe ser fuente de toda dulzura) donde aparecían textos muy violentos, inspirados en historias de vida y casos policiales. Frases como «Me dijo Salomón que dos policías lo encontraron borracho, lo metieron a la 1ra comisaría, lo golpearon hasta quebrarle los dientes y en la mañana lo soltaron», o «Luego de saber que los muchachos son culpables, se les lleva a un cuarto, se les patea hasta quebrarles las costillas, cuando están seguros… los esconden en el bosque» remiten directamente a ejemplos de abuso ejercidos por fuerzas represivas al interior de un país sin ejército, democrático, con una pequeña economía bien establecida, pero cuyos habitantes, según palabras del crítico Gerardo Mosquera, están en el fondo desesperados por tener ejército y violencia. Asimismo, los apacibles bordados de Monge echan por tierra el estereotipo que identifica a Costa Rica con un paraíso tropical, develando facetas mucho más oscuras de una nación en la que, citando a Mosquera, «la coerción se ejerce de forma más sutil, y donde florecen el desinterés social, la hipocresía y la superficialidad aburrida».

Las artes textiles asociadas a la producción simbólica contemporánea también ofrecen espacio al tratamiento del tema político. Tal es el caso de la pieza Exilio, elaborada por la chilena Nury González. Dicha obra está compuesta por seis paños donde han sido bordadas de manera individual las letras E, X, I, L, I y O, y que luego son extendidos sobre el mar. Así, el flujo incesante de las olas contribuye a reconfigurar constantemente la palabra, a moverla de un lado a otro, dibujando en ese ir y venir nuevos mapas que reflexionan sobre políticas migratorias, éxodos ilegales y tráfico humano.

Hasta aquí hemos efectuado un recorrido por las poéticas de algunas artistas latinoamericanas interesadas en explorar los procedimientos textiles desde múltiples perspectivas. Para concluir, he seleccionado la obra de cuatro cubanas que también se apropian de dichas técnicas para discursar sobre la condición femenina y sus circunstancias.

La primera es Aimée García, cuya instalación Hogar, expuesta durante la VIII Bienal de La Habana, incluyó una mesa donde se exhibían platos, aguamaniles, jarras y vasos metálicos cuyo interior exhibía los ingredientes de cada comida bordados con hilos de metal. En su conjunto, esta impactante obra transmite una sensación de carencia tanto económica (pues los posibles comensales solo reciben el nombre de los alimentos, y no los alimentos en cuestión) como espiritual; tanto más si tomamos en cuenta el contexto en que fue ejecutada, signado por escaseces de todo tipo, fenómenos migratorios y pérdida de valores que forman parte indisoluble de nuestra historia o aún hoy afectan a la sociedad cubana.

Más recientemente, la fotógrafa Marielina presentó una serie de instantáneas digitales que muestran una serie de maniquíes vestidos con diferentes materiales (telas en primer lugar, pero también papel, alfileres e hilos), aludiendo de manera directa a los extremos que puede alcanzar la industria de la moda por tal de imponer patrones estéticos rayanos en el ridículo.

Erguidos y solitarios, totalmente asfixiados bajo un marasmo textil aparentemente bello, los silenciosos modelos de esta joven creadora remiten a las fashion victims, esas mujeres esclavizadas por las candilejas de la haute couture y las tendencias de pasarela, aunque también, y quizás sin ella proponérselo, guardan varios puntos en común con una serie de vestidos monumentales expuestos en 2001 por la dominicana Raquel Paiewonsky, si bien la primera medita sobre los efectos del consumismo asociado al mercado de la moda, mientras que Paiewonsky erige en Vestial una irónica acusación a la forma en que las sociedades patriarcales ven, valoran y tratan a las mujeres mediante una serie de enormes vestidos confeccionados con disímiles materiales (espejos, huevos, ramas secas, mechones de cabello, puntillas y muñecas) que discursan sobre violencia doméstica, deforestación, globalización, maternidad impuesta y resistencia del yo femenino en sociedades marcadas por el consumismo y la inequidad de géneros.

En segundo lugar encontramos a la también fotógrafa Lisandra López Sotuyo, cuya serie Anatomía de la rosa (2014) cuenta con dos obras donde el tejido juega un papel fundamental. La primera de ellas, titulada precisamente Entretejidos, muestra sendas jeringuillas cuyas agujas hipodérmicas han sido empleadas como agujetas para trenzar, en un ejercicio compositivo muy afín al interés de esta creadora por convertir la enfermedad en un fenómeno cercano, familiar e incluso disfrutable para quienes la sufren. Por su parte, la instantánea Ovillo (donde el rostro y las manos de la artista aparecen enrollados en hilo rojo mientras ambas manos sostienen la madeja, desecha casi en su totalidad) reflexiona sobre los procesos de silenciamiento y auto represión que invalidan a la mujer cuando sufre en estricto control del poder patriarcal.

Una fiel defensora de los procedimientos textiles más tradicionales es la artista del tapiz Luisa María Serrano (Lichi), cuyos bordados a punto cruz reflejan pasajes de su vida y pueblo natal, reflejan la naturaleza femenina, filosofan sobre la existencia humana o se inspiran en obras literarias de reconocidos escritores cubanos. El carácter exclusivo de cada tapiz elaborado por esta ya antológica creadora, así como la estrecha relación entre su obra y vida personal, bastan para sustraer automáticamente dichos bordados del campo de lo artesanal y convertirlos en objetos únicos, de un acabado formal impecable, donde salta a la vista el notable dominio que tiene Lichi sobre el dibujo y la perspectiva euclidiana.

El principal logro de estas creadoras radica en diluir las fronteras entre arte y artesanía, entre lo decorativo y lo utilitario para luego, en un hábil giro de moneda, apropiarse de los espacios galerísticos e imponer un discurso novedoso, contestatario, de marcado lirismo, que habla de la condición humana mediante técnicas ancestrales enraizadas profundamente en la historia e identidad latinoamericanas.

Bordar, tejer, trenzar con fibras, hebras, telas y metales… He aquí algunas de las estrategias aprendidas por muchas de nuestras creadoras (Nornas redivivas, Moiras infatigables, Parcas de hoy en día) que siguen eternizando en tramas y urdimbres todo cuanto acontece a su alrededor para que no sea olvidado jamás ni por dioses ni por mortales. A fin de cuentas, un hilo puede romperse con mucha facilidad, como mismo se pasa de la vida a la muerte; pero cientos, miles de hilos unidos entre sí, resisten los avatares del ser y llevan consigo toda la poesía del mundo.

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