¡Vámonos con Pancho Villa!

Apuntes sobre el cine de la Revolución mexicana. Segunda parte 

Foto: Tomado de internet

 

(DI)VISIONES.

Se hace imposible en un breve ensayo extenderse siquiera en algunos de los más importantes títulos de algo que forma todo un subgénero –el cine de la Revolución mexicana-: una saga fílmica con momentos significativos, desde puntos de vista estético, histórico, propiamente fílmico, etc; por tal motivo, centrémonos en cuatro de ellos que, en diferentes épocas,  dentro de esa pluralidad de títulos y enfoques,  han dado vida a tan curioso canon.

Dos títulos emblemáticos de lo que hizo (y en buena medida definió) el llamado “período dorado” del cine mexicano fueron realizados por Fernando de Fuentes, el díptico que integran El Compadre Mendoza (1933)  y Vámonos con Pancho Villa (1935).

En plena Revolución,  el terrateniente Rosalío Mendoza sobrevive haciendo y pidiendo favores en ambos bandos de la contienda (las fuerzas gubernamentales y el ejército de Zapata); en su hacienda todo el mundo es bienvenido y él en particular, especialmente por el general Felipe Nieto. El tiempo pasa y la situación comienza a hacerse insostenible: Mendoza tendrá que tomar partido, aunque ello signifique la traición a sus amigos.

El segundo de los tres títulos de Fernando de Fuentes sobre la Revolución mexicana –junto con El prisionero trece (1933) y  Vámonos…– sufrió durante varios años la incomprensión de los críticos y la ceguera de las autoridades cinematográficas mexicanas, quienes lo condenaron a un olvido estratégico que terminaría en los años sesenta. A partir de entonces,  esta cinta ocuparía un lugar distinguido dentro del selecto grupo de clásicos de la cinematografía nacional.  “El compadre Mendoza es sobre todo una excelente muestra de cine narrativo; sorprende por su rechazo de lo convencional, por su unidad de estilo, por su fuerza dramática, y por el buen uso de un reparto competente[1]”;  parte del mérito del redescubrimiento del filme se lo atribuye García Riera al crítico e historiador francés Georges Sadoul, quien visitó México a principios de los sesenta y vio en la cinta uno de los grandes logros de aquel cine. Los cineclubes se encargarían de divulgarla y la llegada del video contribuiría a ampliar su difusión. La crítica especializada ha destacado que los primeros filmes de Fernando de Fuentes, entre los cuales se incluye este, se alejaron de la visión folclórica y romántica que imperaría en el cine mexicano sobre la Revolución.

Ningún intento posterior por mostrar en el cine al mayor conflicto bélico de la historia azteca, lograría el efecto que esta cinta  y Vámonos con Pancho Villa siguen teniendo siete décadas después de haber sido filmadas.

Respecto a esta segunda, durante la gran contienda, un grupo de rancheros conocidos como los “Leones de San Pablo”, que han sufrido los abusos del gobierno y tienen ideas progresistas, se unen al ejército de Pancho Villa. Después de algunas batallas, con más derrotas que victorias, el grupo original es reducido a dos: Tiburcio Maya y el joven “Becerrillo”; una epidemia de viruela se desata entre la tropa y este último cae enfermo. Villa ordena a Tiburcio matar al joven e incinerar su cuerpo: desencantado, Tiburcio abandona la Revolución y regresa a su pueblo.

También el reconocimiento a este clásico llegó varias décadas después de su menospreciado estreno, ocurrido el 31 de diciembre de 1936 y duró solamente una semana en taquilla.

Para entonces, De Fuentes había estrenado el que sería el primer “taquillazo” del cine azteca: Allá en el Rancho Grande de ese mismo año. La popularidad que alcanzó esa comedia estelarizada por Tito Guízar y Esther Fernández, eclipsó en su tiempo al poderoso drama sobre el desencanto de la Revolución que es Vámonos con Pancho Villa. 

A principios de los años sesenta, también la crítica y el movimiento de cine clubes mexicanos lo rescataron del olvido. La cinta se convirtió, junto con El compadre Mendoza del mismo De Fuentes, en el paradigma del mejor cine nacional.

Sin duda, Vámonos … es, más allá incluso del tema abordado, una película medular en la historia de la producción mexicana, en la cual se revelaban elementos esenciales para ser considerada así: un director de talento como Fernando de Fuentes, “un artesano que tiene momentos de creación excepcionales” (como dijera entonces un colega suyo), apreciables aquí desde la primera escena, y que reunió a la vez a colaboradores de lujo (el excepcional músico Silvestre Revueltas, el fotógrafo Gabriel Figueroa, notables actores de la  época…).

A juicio del crítico César Benítez, Vámonos con Pancho Villa “representa el momento en el que el cine mexicano se encuentra consigo mismo, es decir, el cine de México tiene qué decir y cómo decirlo: historia, director, actores, escenarios, público, y marca, junto con Allá en el Rancho Grande, del mismo De Fuentes, no solamente el nacimiento de una industria sino el inicio del la época de oro del cine nacional[2]”.

Que dos de los grandes títulos del “período dorado” y más allá, versaran sobre la Revolución Mexicana, con una visión por demás desapasionada, inteligente y profunda, indica hasta qué punto resulta importante tal hipotexto para el imaginario azteca.

EN LOS 60

En 1940 y en el contexto de la campaña almazanista, el propio Fernando de Fuentes, filma El jefe Máximo, elocuente sátira contra el  autoritarismo ejercido por Calles a través del Partido Nacional Revolucionario (PNR), convertido por Cárdenas en Partido de la Revolución Mexicana (PRM). Aun con esos antecedentes, tendrían que transcurrir otras dos décadas para que Julio Bracho llevara a la pantalla su versión fílmica de la polémica novela de Martín Luis Guzmán, La sombra del caudillo (1960). Sin embargo, durante el régimen de Adolfo López Mateos, ex-militante vasconcelista, y a iniciativa de las altas esferas militares encabezadas por el general Agustín Olachea, la cinta fue prohibida hasta convertirse en otra obra maldita del cine mexicano; la censura ejercida contra ella sería levantada sólo treinta años después. La novela, publicada por primera vez en 1929 en Madrid, donde estaba exiliado su autor, fue prohibida a su vez durante algunos años en México, pues sus personajes resultaban fácilmente identificables con políticos reales.

Según un colega mexicano, “la crítica al caudillismo posrevolucionario, implícita en la novela de Guzmán, se convirtió, en manos de Bracho, en un serio cuestionamiento a los principios autoritarios del sistema político mexicano en su conjunto, lo cual explica, más no justifica, la prohibición del mencionado filme, auténtico clásico de nuestra cinematografía”, para concluir que  “debido a varias causas (entre ellas la profunda crisis de la industria), el cine mexicano de las últimas dos décadas, por lo general, no ha vuelto a plantear una reflexión seria en torno a la Revolución mexicana y al periodo posrevolucionario. Cabe esperar, que las actuales circunstancias motiven nuevos planteamientos cinematográficos sobre estas etapas cruciales y determinantes de nuestra historia[3]”.

LA REVOLUCIÓN MEXICANA EN EL NUEVO MILENIO

Iniciado el siglo XXI, la Revolución mexicana sigue inspirando acercamientos, más o menos interesantes, más o menos polémicos.

Zapata, el sueño del héroe (2004), es uno de ellos, en este caso sobre el otro gran caudillo, el mítico líder del importante megasuceso, como bien se sabe, pasto frecuente para el cine no solo de ese país, sino de Hollywood[4], con aquella discutible versión realizada por Elia Kazan, Viva Zapata (1952) que protagonizó Marlon Brando. La nueva cinta fue dirigida por el célebre cineasta Alfonso Arau (Un paseo en las nubes, Como agua para chocolate…), otrora actor, bailarín. Aunque en repetidas ocasiones, antes y durante el rodaje de esta cinta, el realizador emigrado a Estados Unidos mencionó que la idea principal era mostrar un Zapata digno y reflejo fiel de la Revolución mexicana, al momento de sentarnos en la butaca y, prácticamente desde el inicio de la cinta, esta idea se extravía bastante.

Distorsionando la historia y años de estudios, Arau muestra en su protagonista a un Emiliano Zapata extraído de un relato fantástico, rodeado de hadas y chamanes que  inducen a pensar que el Caudillo del Sur fue influenciado para realizar su lucha por la libertad campesina, más que por las necesidades de los suyos, por fuerzas ocultas y posesiones satánicas, encarnadas por Quetzalcoatl y demás dioses aztecas.

Atrás  queda el origen mestizo de Zapata para trasladarlo por completo al terreno indígena, que se ve pisoteado por las injusticias y humillaciones de soldados, anheladamente vengadas durante su etapa adulta, teniendo como eterno enemigo, como si se tratase de un cómic, a un Victoriano Huerta, eso sí, magistralmente interpretado por Jesús Ochoa quien, quizá al verse desprotegido de una dirección, recurre a un collage de sus anteriores participaciones en cine. Claro que también hay aciertos en este nuevo acercamiento, ante todo, el diseño de producción y la fotografía de ese maestro italiano -universal, Vittorio Storaro-, “el pintor de la luz” y que, una vez más, hace gala de su virtuosismo en los contrastes y juegos lumínicos y cromáticos.

Aunque el reparto de Zapata… era ya, per se, una carta de triunfo por contar con estrellas de otros medios como la música pop o las telenovelas, es este un rubro bastante irregular.

El propio Alejandro Fernández se muestra plúmbeo e inexpresivo, a pesar de los esfuerzos del cantante; otro tanto puede decirse de Lucero y Jaime Camil, carentes de auténtica convicción en sus desempeños. Mejores, sin dudas, los secundarios Alberto Estrella y el ya mencionado Jesús Ochoa, lamentablemente sin mayor peso en la cinta.  Obra más cercana a las visiones idealizadas y mitificadas de Hollywood sobre la historia y sus héroes en Latinoamérica, que a un profundo sondeo en sus raíces, Zapata, el sueño del héroe queda así como una curiosidad, un punto de vista que, como todos, puede ser interesante, pero  decepcionante para quienes esperaron un retrato fidedigno, o al menos realista, del mítico héroe azteca y latinoamericano, y del gran movimiento que lideró.

Movimiento que, a un siglo de vida, sigue inspirando a cineastas y artistas, y ha dejado ya una estela desigual pero considerable en la pantalla, esa desde la cual también libró y libra importantes batallas.

 

[1]  Emilio García Riera :Historia documental del cine mexicano 1: 1929-1937. Guadalajara, México: Universidad de Guadalajara, p. 114.

[2] www.unameseca.com, 2006

[3] “Los grandes cambios sociales en el mundo”, en: www.redescolar.ilce.edu.mx

[4]  Que hizo, sin lugar a dudas, su propia “Revolución Mexicana”, pero ya este es otro ítem del  asunto.

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