¡Vámonos con Pancho Villa!

Apuntes sobre el cine de la Revolución Mexicana. (Primera parte)*

El Indio Fernández

Es la Revolución, la palabra mágica, la palabra que va a cambiarlo todo y que nos va a dar una alegría inmensa y una muerte rápida. Por la Revolución el pueblo mexicano se adentra en sí mismo, en su pasado y en su sustancia, para extraer de su intimidad, de su entraña, su filiación.

Octavio Paz

Hoy las guerras se hacen también (o quizá sobre todo) mediáticamente. Resulta cuánto menos obsceno que la gente del mundo entero siga las incidencias de la Guerra de Irak por televisión, como otro “reality show” cualquiera, con la diferencia de que aquí se trata del sufrimiento, el dolor y la muerte de cientos de miles de personas convertidos en mero entretenimiento (aunque ello implique el sumun del morbo y la deshumanización), mientras la subjetividad que siempre implica el cine ofrezca, desde esos momentos, el súper objetivo que le interesa mostrar a quien registra y proyecta, al punto de que no sea necesario esperar a la próxima “ficción” (deliberada, asumida) para que estos reportajes o documentales siembren, en la amplia teleaudiencia global, lo que anhelan los estudios, pero sobre todo los gobiernos que financian y generan tales conflictos.

Pues bien, el fenómeno no es nuevo; desde sus inicios, el cine fue testigo de la Guerra. No olvidemos, por ejemplo, la importancia que, durante las décadas de los 70 y los 80 en Centroamérica (fundamentalmente en El Salvador y Nicaragua), tuvo este arte al pie y fragor de la batalla: documentalistas registraron los avances de los movimientos de liberación nacional en plenos conflictos bélicos, mientras en las llamadas “zonas liberadas” la nueva vida era también documentada por reveladoras cámaras, pero mucho más curioso es que tal fusión del referente con la imagen artística exista literalmente, como decía, desde el propio génesis.

La Revolución Mexicana, el gran movimiento armado contra la dictadura de Porfirio Díaz en México, fue objeto y sujeto, magma real e histórico, devenido testimonio estético, fílmico, de manera simultánea y mucho después, incluso como brújula para focalizar fenómenos posteriores.

Como sabemos, el cine dio sus primeros pasos “en firme” (aunque había nacido antes) con el siglo XX, y es, por tanto, contemporáneo a ese importante suceso de alcance latinoamericano y mundial, por lo que no es casual que los cineastas de la época se hayan interesado en filmar los grandes acontecimientos de la lucha armada desatada desde 1910, prolongada a lo largo de esa década.

De modo que debe considerarse la Revolución Mexicana como un aporte esencial al auge del cine en ese país y por extensión, de toda América Latina y el Caribe. Por coincidencias cronotópicas, fue este megasuceso histórico el primer gran acontecimiento totalmente trasladado a las imágenes móviles, por obra y gracia justamente de ellas. Nunca antes un evento de tal magnitud había sido atrapado en su decursar, en plena sincronía.

Incluso, un evento de alcance mucho más internacional como la Primera Guerra Mundial, iniciada cuatro años después del conflicto latinoamericano, fue documentada siguiendo el estilo impuesto por los realizadores mexicanos de la Revolución en esta parte del mundo. La vertiente documental y realista fue, por razones claras, la principal manifestación del cine mexicano de la Revolución, y aunque el cine de ficción comenzaba a popularizarse en Europa y Norteamérica, el conflicto armado mexicano constituye la principal programación de las salas de cine nacionales entre 1910 y 1917. El público se interesaba en estos filmes por su valor noticioso, como una forma de confirmar y dar sentido al cúmulo de informaciones imprecisas, contradictorias e insuficientes, frutos de un conflicto armado complejo y largo.

Los filmes de la Revolución pueden considerarse antecedentes lejanos, embrionarios, de los noticieros fílmicos que después abrirían las tandas en los cines, e incluso de los televisivos de hoy, o de esos reportajes “en vivo y en directo” a que aludíamos a en los inicios de la televisión o que en la actualidad se refieren a las modernas contiendas que trasmiten las principales cadenas de la pequeñas pantalla.

Un historiador nos relata que: “En muchos casos los ejércitos contendientes tení¬an su propio camarógrafo. Los hermanos Alva siguieron a Madero, mientras que Jesús H. Abitia acompañaba a la División del Norte, mas ellos también filmaban los acontecimientos desde el punto de vista de los ejércitos de Álvaro Obregón y Venustiano Carranza. Se dice que Pancho Villa contaba con sus propios camarógrafos norteamericanos, y que incluso llegó a coreografiar la batalla de Celaya en función de la cámara, que planeaba sus estrategias tomando en cuenta la luz solar para que sus hazañas militares pudieran ser filmadas1“, de modo que se producía algo verdaderamente insólito: el hecho estético, habitualmente posterior al referente inspirador, no sólo es paralelo sino invertido: precede, y en cierto sentido hasta condiciona aquel.

HONRADOS Y BANDIDOS

Según ciertas fuentes, el gran líder de la Revolución, Francisco “Pancho” Villa se mostraba visiblemente decepcionado con los resultados de aquella.

Cuando periodistas indagaron sobre la misma en una recepción ofrecida el 4 de agosto de 1920 en San Pedro de la Colinas, Coahuila, siete días después de la firma de su pacificación, dicen que el general contestó: “Pueden ustedes decir que ya acabó la guerra, ahora andamos unidos las gentes honradas y los bandidos”

Sobre ello, comenta Juan Manuel Aurrecoechea, de la Universidad Autónoma de México, uno de los estudiosos de la Revolución Mexicana en el cine:

“Quizá cualquier revolución, no sólo la mexicana, es el momento en que toman su lugar más verdadero, se separan y enfrentan radicalmente, las “gentes honradas y los bandidos”. En el caso mexicano, “los bandidos” se embarcan con rumbo a Europa en buques de extraños nombres como Ypiranga; se exilian en París, Madrid o Nueva York aguardando que las “cosas vuelvan a su cauce” para recuperar sus haciendas y negocios; conspiran para que Victoriano Huerta restaure “orden y progreso” con métodos criminales; bendicen al ejército federal en el que depositan sus esperanzas. Las “gentes honradas” toman las armas, se mueren en combate o sobreviven a la guerra revolucionaria para volver a ver cómo se revuelven una vez más las “gentes honradas y los bandidos”, mientras regresan a sus pueblos y asuntos para rumiar sus recuerdos2“.

A cualquier lector cubano o estudioso de nuestro proceso histórico le “sonará” la referencia. Quizá ninguna revolución de otros lares influyó tanto en el curso de la nuestra como la del vecino país latinoamericano, en cuanto a participación de sectores populares, especialmente campesinos, y algunos de sus resultados, incluyendo esa división a la que alude el propio líder: Muchos expropiados, pertenecientes a la burguesía criolla, marcharon al Norte esperando regresar un día a recuperar “lo suyo”, que como bien sabemos, no era sino del pueblo anteriormente expropiado, expoliado y explotado por esos presuntos dueños. Y no pocos de ellos financiaron (aún lo hacen) actos terroristas y vandálicos, campañas y programas para derrotar el orden que los “desterró”.

El cine de la Revolución Mexicana es tan variopinto como los enfoques que han generado, además, libros, pinturas y representaciones teatrales. Cientos de películas filmadas por mexicanos y extranjeros han abordado el supratema con los más diversos enfoques y las más encontradas perspectivas. En el conjunto pueden rastrearse tres vertientes principales:

1- La Revolución en gerundio, “in situ”, devenida noticia al momento (el cine que se filmó a la par, que a veces modificó el curso de los acontecimientos, que convirtió a dirigentes y líderes en “estrellas”)

2- El testimonio (reconstrucción, que emplea técnicas del documental, una vez pasado el acontecimiento)

3- La recreación fictiva (temas, personajes, anécdotas desde el prisma del relato imaginario, aunque con relativo basamento histórico).

En el primer grupo aparece la cámara empleada por Jesús H. Abitia, Salvador Toscano, los hermanos Alva, Julio Lamadrid, Lealand J. Burrud, Herbert M. Dean, Carl von Hoffman o William Fox, y en el último se mezclan también la seriedad y el rigor histórico con la fábula delirante y la estulticia, el drama con la comedia, la objetividad con la especulación.

Eso sí: Prácticamente todos los caudillos de la Revolución advirtieron el poder del cine y quisieron utilizarlo en su favor.

Otras “revoluciones” (por segundo, por minuto, por…décadas) cuenta el cine de ficción. Aquí cabe de todo: batallas que lo mismo sirven para que las estrellas “de verdad”, en el momento desplieguen su histrionismo (Pedro Armendáriz, el Indio Fernández, Pedro Infante, María Félix, Dolores del Río o Silvia Pinal) como al lucimiento fotográfico de Gabriel Figueroa, con cuya profesional cámara y su estilo tan sui géneris, embelleció y tiñó de lirismo los campos de la Revolución, o desenlaces enfáticos y almidonados que tratan de fijar en la mente del público una incuestionable conclusión: Tanta sangre, sudor y lágrimas se justifican finalmente por la seguridad social, las escuelas, carreteras, presas y otras obras públicas construidas por los regímenes surgidos de la gesta histórica de 1910.

*Este texto tiene una segunda parte que se publicará en este espacio.

Notas:

[1] “La historia del cine en la Revolución Mexicana”, en: www.caféparatodos, mx, febrero 2010

[2] “El cine y la Revolución Mexicana”, en: www.unam.mx, 2009. En el propio artículo, el autor agrega: “¿Cuál es el lugar del cine en esta historia? ¿Cuántas imágenes cinematográficas nos legó la Revolución Mexicana?, ¿Cuántas la recrean con alguna fidelidad?, ¿Cuáles son capaces de evocar su complejidad? La Filmografía que ofrece la Filmoteca de la UNAM en ocasión del Centenario de la Revolución, consigna 519 títulos: 134 documentales nacionales y 86 extranjeros, así como 156 ficciones nacionales y 143 extranjeras. La mayoría de los títulos extranjeros proviene del país que vigiló más acuciosamente el curso de nuestra Revolución: los Estados Unidos. Es muy probable que muchos títulos hayan escapado a nuestra indagación, pese a que nos empeñamos en documentarlo todo y no adoptamos ningún criterio de exclusión; lo mismo incluimos las realizaciones de los profesionales consagrados que los ejercicios escolares y los de amateurs. El mérito de esta filmografía es reunir trabajos previos de investigadores de la talla de Emilio García Riera, Aurelio de los Reyes, Margarita de Orellana, Mario A. Quezada y de los archivistas de la Filmoteca de la UNAM, que dedicaron muchos años a documentar el cine de la Revolución. Esta recopilación es pues, una suma que agrega unos cuántos títulos recientes, más lo que se ocultó a quienes nos precedieron en la construcción de filmografías de la Revolución y ahora es fácil consignar gracias a la Internet. Muchas de las películas aquí mencionadas se han perdido —desgraciadamente una gran cantidad de los documentales filmados en la época— y se han perdido quizá para siempre. Sólo quedará de ellas lo que consignaron periódicos y memorias cinematográficas de la época: a veces nada más el título con que se exhibieron. Algunas esperan su recuperación y restauración en rincones y archivos olvidados. En el mundo hay muchos investigadores empeñados en esta tarea”.

Normas para comentar:

  • Los comentarios deben estar relacionados con el tema propuesto en el artículo.
  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los comentarios que incumplan con las normas de este sitio.