Descubridores por descubrir. Caribe-caníbal-Calibán

Acercamiento a las etnias Caribes, de los primeros pobladores de América.

Yo soy un niño caníbal nadie me quiere a mí
no me quedan Amiguitos porque ya me los comí
Alejandro García (Virulo)
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Seguimos descubriendo… el agua tibia que nos rodea.

Un día de noviembre de 1492, el domingo 4 para ser precisos, Cristóbal Colón habló por primera vez de nuestros ancestros caribes como “hombres de un ojo, y otros con hocicos de perros, que comían a los hombres”. El viernes 23 ya les daba nombre: “se llamaban Canibales”. Aquí empieza el enredo. El 11 de diciembre explica que “caniba no es otra cosa sino la gente del gran Can”. Como es de notar, el Almirante estaba en Katay, o sea, en China. Dos meses después, el 15 de febrero de 1493, ya anuncia al mundo su “descubrimiento” y sigue despejando incógnitas: “Así que monstruos no he hallado, ni noticia, salvo de una isla (de Quarives), la segunda a la entrada de las Indias, que es poblada de una gente que tienen en todas las islas por muy feroces, las cuales comen gente humana”1. Desde entonces y por los siglos de los siglos, el gran descubridor nos colgó el San Benito sembrando la confusión universal y la caníbal difamación que tan bien vino a los verdaderos devoradores.

En noviembre también, pero de 1611, subió a escena el primer personaje “caribeño”, ideado por un William Shakespeare asombrosamente -y anticipadamente- “real maravilloso”; nos referimos al salvaje, contrahecho y peludo indígena de La Tempestad, habitante de una isla como las nuestras, que respondía al extraño nombre de Caliban.

Para entonces ya Montaigne había escrito su audaz ensayo De los caníbales (1580). Hoy sabemos que el autor de Hamlet leyó y anotó este ensayo en su versión al inglés, publicada en 1603, pero si Montaigne se uncía al carro de los utópicos y casi idealizaba al caníbal, Shakespeare “lo ponía en su lugar”: en el del bárbaro que es menester despojar, esclavizar, colonizar y hasta aniquilar. Para adoctrinar y civilizar, claro está, sin dudas ni tormentos existenciales a lo Hamlet.

Caliban no era otra cosa que el anagrama de caníbal, que en francés es cannibale, con acento en la última a. De ahí que aún digamos Calibán, como diría un francés, cuando lo lógico sería acentuar la i de Caliban para el anagrama correcto de caníbal en español, como propone Roberto Fernández Retamar.

¿Pero quiénes eran aquellos caríbales o caníbales? ¿De dónde venían? ¿Cómo eran? ¿Eran o no antropófagos? ¿Qué queda de ellos? ¿Qué pasó con el peludo Caliban?

La mayoría de los investigadores coinciden en que las etnias Caribes provienen del sur de la selva amazónica, de donde empezaron a extenderse desde el siglo II de nuestra era hasta las costas y ríos de las Guayanas, por selvas, llanos y litoral de lo que hoy es Venezuela y parte de Colombia alcanzando parte de Centroamérica y de las Antillas Menores hasta Puerto Rico y las islas Vírgenes pocos siglos antes de la conquista. Bastáronles unas sencillas canoas para “descubrir” el Caribe –ya descubierto por aruacos- antes que los conquistadores. Y como estos, hicieron uso de la fuerza, pero no con armas blancas y de fuego, sino con macanas y arcos y flechas. Sin embargo, “tal pugnacidad no impidió un rico intercambio”2 y a ello contribuyó la costumbre de tomar por esposas a las mujeres de las tribus vencidas, de modo que las lenguas aruacas dejaron su huella en las lenguas caribes. Y vice-versa. Así empezó el gran mestizaje que nos singulariza.

Aquellos intrépidos navegantes –no sé los de ahora- practicaban la poligamia, que lejos de ser un criterio de barbarie, se afirma como una tendencia moderna, casi futurista.

Sus ceremonias nupciales eran sencillas, aunque aún nos preguntamos si la divina hamaca resistía tales ejercicios, por muy sencillos que fueran. La separación conyugal era fácil, en lo cual nos llevan una apabullante ventaja. Concedían gran importancia a los “adultos mayores”, de modo que las tiernas abuelitas, lejos de quedar relegadas al dolce fare niente, daban su aporte decisivo en la fabricación de venenos, por ejemplo.

Aquellas criaturas que, al decir de Montaigne, guardaban “vigorosas y vivas las propiedades y virtudes naturales, que son las verdaderas y útiles” usaban el tabaco de manera más sana que la europea, que se sabe cancerígena, consumían bebidas alcohólicas “Bio” hechas de vegetales no transgénicos, cultivaban maíz y yuca, hacían casabe y quizás algún tipo de tapas, pero no con carne humana. Aunque aún se discute, parece ser que sí practicaban el canibalismo. Pero sólo ritual, valga la salvedad. O sea, “no para alimentarse, como antiguamente hacían los escitas, sino para llevar la venganza hasta el último límite”3, según Montaigne. Dicho de otro modo, esa proteína no figuraba en la dieta común de los caribes ni era su plato típico. Ingerían exclusivamente la de los valerosos jefes y combatientes enemigos después de las batallas “para incorporar la virtud de éstos a su propia carne” como bien dice Roberto Fernández Retamar4. Nuance.

A pesar de esa mala fama, eran hospitalarios. “El testimonio casi unánime de cronistas e historiadores reseña su trato amistoso hacia los recién llegados, sean estos españoles, franceses, holandeses o ingleses”5. Pero los conquistadores prefirieron dar pruebas de su “hospitalidad” primero, antes de aceptar la de los supuestos caníbales. Así, el mismo Colón, en su segundo viaje, captura trescientos caribes en Martinica para venderlos como esclavos a su regreso a España y en fecha tan temprana como el 30 de enero de 1494 propone a los Reyes Católicos “pagar en esclavos de estos caníbales gente fiera y dispuesta y bien proporcionada y de muy buen entendimiento el envío de carabelas con ganado y otras cosas para poblar las tierras, los cuales quitados de aquella inhumanidad creemos que serán mejores que ningunos otros esclavos”.

Sus Reales Altezas no se hacen de rogar y en 1503 autorizan la cacería de caribes. En 1542 prohíben esclavizar indígenas, pero en 1681 retoman la norma de 1503. Los holandeses, franceses y británicos no se quedan atrás en este safari y venta de caribes.

Pero más allá del supuesto canibalismo que servía de pretexto a la cacería, había una feroz resistencia contra los “ángeles exterminadores”. Los caribes, de arraigada cultura de la libertad, “se convierten en el eje de la defensa aborigen de la zona, aliándose bien con otros indígenas amenazados, como los taínos de Puerto Rico, bien con cimarrones africanos huidos de las haciendas. Hacia el término de esas dos centurias logran que ingleses y franceses les reconozcan el derecho sobre las islas de Dominica y San Vicente… Si bien son a la postre desalojados de los litorales de lo que hoy es Venezuela, Colombia y Centroamérica, las etnias de cultura Caribe mantienen hasta el presente su identidad, sus lenguajes y sus valores en las Guayanas, en parte de los llanos orientales y de la Amazonía venezolana y en zonas internas del occidente de Venezuela y de Colombia. Su cultura, en fin, sobrevive en una nueva nación, la de los garífunas o caribes negros, integrada por africanos escapados de la esclavitud que adoptan el modo de vida y la lengua Caribe”6. Queda también ese mar que los perpetúa. El que nos unió cuando sólo había canoas. Y queda la metáfora. Caliban ha llegado a convertirse en símbolo de Nuestra América toda. En él está el espíritu invencible de jefes caribes como Guarionex en Puerto Rico o Guaicaipuro en Venezuela.

Qué añadir de Caliban que no hayan dicho ya –para bien o para mal- Ernest Renan, Paul Groussac, Rubén Darío, José Enrique Rodó, Oswald y Mario de Andrade, Georges Lamming, Robert Browning, Aimé Césaire y tantos otros, pero sobre todo nuestro Fernández Retamar con sus enciclopédicos escritos reunidos en Todo Calibán.

Dos palabras sobre la imagen del amerindio. Shakespeare se anticipó a Hollywood en eso de pintar bien feo al villano. En los rasgos repulsivos de Calibán está el estigma del caníbal. Pero ¿cómo era físicamente el “original”? Sencillamente lo opuesto. Y apuesto. Ya vimos que el propio difamador número uno, el falso genovés, reconocía que era gente “muy bien proporcionada”. Fernández de Oviedo refería que eran “recios y grandes” y “aunque no son gigantes, sin duda son la mayor gente de los indios que hasta agora se sabe, y son mayores que los alemanes comúnmente, y en especial muchos de ellos, así hombres como mujeres, son muy altos”7. “No se ven entre ellos de ordinario ni cojos ni ciegos ni jorobados, ni persona ninguna que tenga en su cuerpo un defecto”, apuntaba otro8 y el reverendo padre Jean Baptiste Labat describía a los de Martinica como “muy bien formados y bien proporcionados, los rasgos del rostro bastante agradables”9. Y hasta un niño sabe que eran lampiños, que los gordos y peludos eran los “prósperos”, civilizados y sifilíticos evangelizadores.

No dejo de reconocer la barbarie y el horror que supone el comerse al enemigo, mas sí me sorprende que comprendamos y veamos sus faltas y seamos ciegos para reconocer las nuestras. Creo que es más bárbaro comerse a un hombre vivo que comérselo muerto; desgarrar por medio de suplicios y tormentos un cuerpo todavía lleno de vida, asarlo lentamente… con la agravante circunstancia de que para la comisión de tal horror sirvieron de pretexto la piedad y la religión. Esto es más bárbaro que asar el cuerpo de un hombre y comérselo, después de muerto10. Así lo vio Montaigne que no vio lo que vimos -y vivimos- nosotros, los Caribes-caníbales-Calíbanes: un Mundo devorando otro Mundo.

Y nos vamos con Virulo:

Pido a los Reyes Magos un poquito de Ketchup
y muchos descubridores para cambiar el menú

Notas

1- Colón, Cristóbal: Diario de Navegación. Publicación de la Comisión Nacional Cubana de la UNESCO, La Habana, 1961, pp. 82, 99 y 125 y La carta de Colón anunciando el descubrimiento del nuevo mundo. 15 de Febrero-14 de marzo 1493, Madrid, 1956, p. 20 (en Fernández Retamar, Roberto: Calibán. Apuntes sobre la cultura de Nuestra América http://www.literatura.us)
2- Britto, Luis: Señores del Caribe. Indígenas, conquistadores, piratas y corsarios en el mar colonial. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2006, p. 4.
3- Montaigne, Miguel de: Ensayos, trad. de C. Román y Salamero, Libro I, Capítulo XXX, p. 159 y 162 (en http//www/cervantesvirtual.com)
4- Roberto Fernández Retamar: Para una teoría de la literatura hispanoamericana. Primera edición completa, Santafé de Bogotá, 1995, pp. 224-225.
5- Britto: op.cit. Esta y las siguientes citas de este párrafo en las páginas 16, 19 y 23.
6- Britto: op.cit., p. 19.
7- Gonzalo Hernández de Oviedo: Sumario de la natural historia de las Indias, en Historiadores primitivos de Indias; Biblioteca de Autores Españoles, XXII, 1, Madrid, 1946, pp. 482-483 (en Britto: op.cit., pp. 6-7)
8- Felipe Salvador Gilij: Ensayo de Historia Americana, Petróleos de Venezuela, Caracas, 1992, t.2, pp. 24-25. (citado por Britto: op.cit., p. 9).
9- R.P. Labat: Viajes a las islas de la América, Casa de las Américas, La Habana, 1979, p. 59.
10- Montaigne, op.cit., pp. 162-163.

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