Descubridores por descubrir: Colón judío galleguíbiri

En abril se cumplieron 522 años de las Capitulaciones de Santa Fe que permitieron a Colón erigirse en Descubridor sin saberlo.

Descubrir es quizás el ansia más visceral del ser humano, es lo primero que hacemos en cuanto abrimos los ojos al mundo, algo tan natural, que casi no se explica cómo algunos seres pueden prescindir de ese don al adquirir, con la adultez, la falsa impresión de que ya no hay nada por descubrir. Creencia bíblica, por demás: Nihil novum sum sole. Por suerte, en la gente que conserva el impulso vital del niño, con su capacidad de asombro inagotable ante la maravilla, es casi una compulsión ad vitam.

¿A quién no le gustaría descubrir aunque sea el Mediterráneo? Pero no hay que ir tan lejos. Acá tenemos el Caribe y ese gusto tan nuestro por los viajes que sin lugar a dudas nos viene de la propia “maldita circunstancia” de estar rodeados de agua. Esa otra compulsión, tan insular, la llevamos en los genes por partida doble: de nuestros descubridores y re-descubridores, los aruacos y sus “´ángeles exterminadores”, que siempre andaban en canoas o carabelas.

Viajemos como tan bien supo hacerlo el ilustrísimo viajero inmóvil José Lezama Lima, que lo hizo única y exclusivamente, pero mucho, muchísimo, a bordo de los libros.

Memorias, crónicas, diarios, cartas, mapas, acuarelas, óleos, grabados, daguerrotipias, fotografías y hasta filmes son algunos de los aportes de los viajeros de todas partes del mundo al descubrimiento de este Mare Nostrum caribeño. Prelados como el hispano Fray Bartolomé de las Casas o el francés R. P. Jean Baptiste Labat, científicos como el alemán Alexander von Humboldt, artistas plásticos como los galos Frédéric Miahle y Edouard Laplante o el español Víctor Patricio de Landaluze y escritores como la sueca Fredrika Bremer hasta el contemporáneo músico estadounidense Ry Cooder, “descubridor” del Buena Vista Social Club, todos nos han “descubierto”. Sin embargo, algunos están por descubrir.

Empezando por el mismísimo Cristóbal Colón, ¿llegaremos acaso a saber algún día quién era a ciencia cierta? ¿Era genovés o gallego? ¿Sabía o no del Nuevo Mundo antes de lanzarse a la aventura? ¿Dónde descansan realmente sus restos mortales, si es que descansan?

Cristóbal Colón sigue siendo un ilustre indocumentado, y sin embargo, poco faltó para que resultara canonizado. Su hijo menor Fernando, quien fuera su primer biógrafo, confesaba que la verdadera patria de su padre era un enigma. Varias naciones se disputaron el honor de ser la cuna del Gran Almirante, pero él mismo se encargó de trastornar las pistas, al recalcar, refiriéndose a Génova: della salí y en ella nací. Sospechosa insistencia; dime de qué presumes y… Pero ¿quién lo hubiera tomado en serio de haberse presentado como gallego? Nadie es profeta en su tierra. Esa es otra verdad. El astuto lobo de mar sabía de marketing.

Marino genovés era la carta de presentación perfecta, infalible. Que no sabía italiano ni genovés, qué más daba, para ese entonces alguien se encargaría de las traducciones. Y así fue. Hoy nadie se explica que habiendo vivido catorce años –o más- en Italia, hubiera olvidado completamente su lengua natal o que escribiera a sus “compatriotas” en castellano, lengua para ellos desconocida. Así, desde fines del siglo XIX, surgió la teoría de que el insigne Navegante y su hermano Bartolomé tenían imperiosas razones para ocultar su verdadera identidad, incluso a sus propios hijos. El erudito español Celso García de la Riega fue de los primeros en proponer la hipótesis de que Cristóbal Colón Fonterosa -y no Christóforo Colombo, que ni él mismo firmaba así- era descendiente de judíos por vía materna, y posiblemente hasta paterna. Una serie de documentos hallados en Pontevedra, Galicia, que van de 1428 a 1528, parecían probarlo. En ellos figuran los nombres propios y apellidos de Cristóbal Colón, Domingo, Bartolomé, Juan y Blanca Colón y otros de apellido Fonterosa, que, a juzgar por sus nombres, -Jacobo, Benjamín y Susana- eran judíos. Susana Fonterosa era el nombre de su madre. Por otra parte, en Tarragona, se encontró un tal Andrés Colón, condenado, con su mujer y su suegra, por el crimen de incurrir en rituales judíos, lo cual hace pensar que quizás también corría sangre hebrea por la vía de Domingo de Colón.

No debe haber sido secreto para el Descubridor en ciernes, que los judíos habían sido expulsados de Inglaterra en el siglo XIII; de Francia en el XIV, de Alemania, y no tardarían en ser arrojados a la hoguera y expulsados de España. De nada les había valido besar la cruz. El converso ahora era un marrano. Su empresa, pues, bien parece una “fuga hacia delante”, en pos de la Tierra de Promisión al amparo, – cruel ironía- ¡de la Santísima Trinidad!

En Cuba repercute esta polémica a principios de los años 20 del siglo XX y se crea el Comité Pro Colón Español; el cubano Rafael Calzada escribe La Patria de Colón, libro reproducido por El Diario de la Marina y el célebre autor y actor cubano Gustavo Robreño lleva a la escena del Teatro Alhambra, en 1922, una obra titulada Cristóbal Colón Gallego. En España, Vicente Blasco Ibáñez hace suya la tesis de García de la Riega en su novela Los Argonautas.

En 1953, el Padre español Tomás Barreira publica un análisis que refuerza la tesis del origen gallego de Colón, al probar que en La Española, Santo Domingo (Haití), Cuba, Puerto Rico, Jamaica, Venezuela, Colombia, Nicaragua, Panamá, Honduras, Barbados, Trinidad, San Martín, Santa Lucía, etcétera, se reproduce la toponimia de las Rías de Vigo y Pontevedra, de La Coruña y de Lugo, en Galicia. Aquí parece estar la verdadera “partida de nacimiento” de Colón. Ni rastro de Génova.

Con toda intención o no, el “grande e intrépido embustero”, como lo califica Alejo Carpentier en El Arpa y la Sombra, regaló más de un indicio de tierno apego a su patria. De cuando en cuando afloran los términos gallegos en sus escritos; la nao capitana, la famosa “Santa María”, en realidad se llamaba “La Gallega” y en casi todos sus viajes hubo una nave con ese nombre, mientras nunca se ha encontrado una “Genovesa”. Pero lo más conmovedor es, sin lugar a dudas, el tremendo significado de las líneas inaugurales de su diario, donde dice a sus Altezas que en aquel mismo mes de Enero en que ellos acababan de expulsar a todos los judíos de sus reinos, lo mandaron a él, Colón, en misión á las dichas partidas de India; y para ello me hicieron grandes mercedes, y me ennoblecieron que dende [sic] en adelante yo me llamase Don, y fuese Almirante mayor de la mar océana é Visorey [sic] y Gobernador perpetuo de todas las Islas y Tierra firme que yo descubriese y ganase… Estocada maestra.

En abril se cumplieron 522 años de las Capitulaciones de Santa Fe que permitieron a Colón erigirse en Descubridor sin saberlo y cuarenta y cinco años de la muerte del sabio cubano Don Fernando Ortiz, el Tercer Descubridor.

Mientras tanto, los verdaderos primeros descubridores siguen esperando por su redescubrimiento y por la actualización de los libros de estudio en escuelas y universidades.

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