José Martí y la mujer. Evolución de un pensamiento

Para Martí la educación y la preparación de la mujer ya no debían de estar en función del hombre.

José Martí fue un hombre de un pensamiento intelectual de avanzada para su época. Abogó siempre por la libertad del hombre y su derecho a vivir en un país libre y soberano. ¿Pero, y la mujer? Martí, cuando se referia al hombre, lo hacía siempre en términos de humanidad y nunca al género hombre como tal. En un momento en que la mujer estaba reservada para las labores domésticas y pocas eran las que salían a las calles a exigir sus derechos como ciudadanas ya Martí analizaba, escribía, indagaba y llegaba a conclusiones sobre los problemas y las cuestiones femeninas. Su visión de la mujer como trabajadora calificada y dirigente evoluciona de un concepto negativo a uno muy positivo en pocos años, gracias a la capacidad demostrada por estas en el ejercicio de cargos públicos.

Cuando se habla de Martí y la mujer, lo primero que nos viene a la mente es ese Martí enamorado, caballeroso, poeta y romántico que a no pocas mujeres conquistó y sigue conquistando hoy en día con sus bellos escritos. También podriamos recordar a Martí como el buen hijo que fue, consolando a su madre, Leonor Pérez, a través de aquellas cartas llenas de ternura y amor mientras cumplía condena durante su encarcelamiento a temprana edad. O podemos tenerlo como aquel hombre lleno de admiración y respeto hacia Mariana Grajales, la madre de los Maceo. Todas estas son visiones acertadas aunque hoy en día algunos defensores a ultrajanza de la mujer podrían opinar que hay un cierto aire de machismo en los escritos martianos. Que en ellos se ve a la mujer como una presa que debe ser conquistada, como un ser débil que debe ser arropado y consolado por el hombre, como la madre de una casta de guerreros o, en el mejor de los casos, como aquella mujer que fue capaz de “crecerse” e igualarse al hombre y luchar a su lado por la independencia de la patria.

Siguiendo esta línea observamos que el Apóstol, refiriéndose a Mariana Grajales, diría:

“Fue un día en que traían a Antonio Maceo herido (…) Y la madre, con el pañuelo a la cabeza, como quien espanta pollos echaba del bohio a aquella gente llorona: ‘¡Fuera, fuera faldas de aquí! ¡No aguanto lágrimas! Traigan a Brioso. Y a Marcos, el hijo, que era un rapaz aún, se lo encontró en una de las vueltas: ‘¡Y tú, empínate, porque ya es hora de que te vayas al campamento!'” (Martí: o.c. t.5 pág.27)

En este fragmento Martí, volcado en el proceso de preparación de la guerra, muestra a una Mariana Grajales asumiendo una actitud fuerte y viril, haciendo pocas cuentas del hijo herido. Según Martí, Mariana expulsa las faldas (mujeres) del lugar siendo, ella misma, una portadora de este atuendo. Estas palabras parecen más bien salidas de la boca de un estricto padre de familia. Para el Apóstol, la actitud “femenina” de llorar a los muertos y los heridos, no tiene cabida en tiempos de guerra y más importante es saber sobreponerse y seguir luchando. Sin quitar méritos a la noble patriota, es muy probable que Mariana no haya reaccionado exactamente así al ver a su hijo herido, sin embargo esta fue la virtud que Martí quiso destacar entre las tantas que poseía la madre de los Maceo. En otras palabras, Martí pone en lugar de la falda, pantalones. Esto es, sin duda alguna, una propaganda eficaz para una guerra que ya va siendo inminente.

Pareciera que para Martí el mérito de la mujer consiste en igualarse lo más posible al hombre. Otro ejemplo de mujer asimilando lo viril en los textos martianos lo vemos al referirse el Apóstol a la Avellaneda:

“No hay mujer en Gertrudis Gómez de Avellaneda: todo anunciaba en ella un ánimo potente y varonil; era su cuerpo alto y robusto, como su poesía ruda y enérgica; no tuvieron las ternuras miradas para sus ojos, llenos siempre de extraño fulgor y de dominio: era algo así como una nube amenazante.” (Martí: o.c. t.8 pág.311)

Hasta aquí podríamos decir que Martí es un hombre con ideas machistas y que para él la mujer solo es virtuosa cuando logra equipararse al hombre. Pero Martí no era machista; sino que era un pensador que abordaba los temas desde su masculinidad y desde su época (finales del siglo XIX). Este es un momento en el que existen toda una serie de estereotipos alrededor de la mujer y a su rol en la sociedad. Problema este que sobrevive hoy en día.

Aunque el siglo XVIII representó el momento de auge de las ideas revolucionarias de libertad, igualdad y fraternidad, esto no constituyó un avance para las mujeres y lo que hizo fue reafirmar cada vez más su papel de subordinada al hombre. La Revolución Francesa garantizaba la participación democrática en los comicios a todos los ciudadanos con excepción de los deficientes mentales, los presos, los menores y las mujeres. Incluso algunas que osaron reclamar sus derechos políticos fueron sentenciadas a muerte y ejecutadas. Solo en 1850 es que las francesas logran tener derecho pleno a la enseñanza primaria. Algunos pensadores y eruditos de esta época declaraban que el mejor lugar donde se podía desempeñar la mujer era en el hogar debido a su menor tamaño de cerebro.

José Martí coincidía con que el mejor lugar para la mujer era la casa; pero no por su menor capacidad cerebral, lo cual no repercute en que una mujer sea más o menos inteligente que un hombre, sino por su delicadeza y por su alto nivel de detalle en todo lo que hace:

“No es que falte a la mujer capacidad alguna de las que posee el hombre, sino que su naturaleza fina y sensible le señala quehaceres más difíciles y superiores”. (Martí: o.c. t.11 pág.135)

El Apóstol no creía en la superioridad intelectual de hombre, hecho que demuestra en él un pensamiento bastante avanzado para una época en la cual tanto las ciencias médicas como las sociales sostenían la tesis de la inferioridad femenina. No obstante, Martí esta condicionado por el momento en que vive y la idea de que la mujer ha de reservarse para las tareas domésticas esta muy enraizada en la sociedad de finales del siglo XIX. El Apóstol es consciente de que, principalmente, en los Estados Unidos existen mujeres que trabajan en diversos puestos laborales como banqueras, empresarias y hasta ferrocarrileras, pero cree que más importante que estos trabajos es el de mujer en el hogar y pone como ejemplo a la Primera Dama, que en vez de trabajar como el hombre prefiere la tarea de consolarlo, algo que el Apóstol encuentra más útil. Esta idea parece una constante en el pensamiento de Martí, quien para junio de 1883, escribe:

“Construir: he ahí la gran labor del hombre: -consolar, que es dar fuerzas para construir: he ahí la gran labor de las mujeres”. (Martí: o.c. t.13 pág.252)

Para Martí los esfuerzos femeninos deben estar en función del hombre.

En 1889, Martí escribe la revista La Edad de Oro. Resulta curioso que sea una revista dirigida a los niños y las niñas de América cuando, incluso en la actualidad, al referirse a los infantes se suele utilizar el genérico niños para englobarlos a todos sin distinción de sexo. Probablemente fue uno de los pocos autores que hizo esto en su época.

En La Edad de Oro Martí escribe:

“Las niñas deben saber lo mismo que los niños, para poder hablar con ellos como amigos cuando vayan creciendo; como que es una pena que el hombre tenga que salir de su casa a buscar con quien hablar, porque las mujeres de la casa no sepan contarle más que de diversiones y de modas”. (Martí: o.c. t.18 pág.303)

Se puede observar que Martí plantea la igualdad intelectual entre el hombre y la mujer pero puesta en función del varón. La superación personal de las féminas con el fin de complacer a su pareja.

Aun así, esto es un avance para su tiempo ya que no solo considera a la mujer capaz de igualar en conocimientos al hombre sino que hasta puede superarlo. Esto se puede ver en esta misma publicación cuando convoca a un concurso y vaticina una segura victoria a las niñas.

Algunos planteamientos de Martí en La Edad de Oro reproducen estereotipos sexuales de la época quizas sin plena consiencia de ello. Así entonces diría que “… el niño nace para caballero y la niña nace para madre”. (Martí: o.c. t.18 pág.301)

Martí concibe a la pareja en un completo equilibrio espiritual e intelectual en donde exista igualdad entre los dos sexos y observa con buenos ojos la diferencia de criterios entre ambos:

“Que no sean la compasión, el deber y el hábito lo que a su esposa lo tenga unido; sino una inefable compenetración de espíritu, que no quiere decir servil acatamiento de un cónyuge a las opiniones del otro: antes está el sabroso apretamiento de las almas en que sean semejantes sus opiniones, capacidades y alimentos, aun cuando sus pareceres sean distintos”. (Martí: o.c. t.8 pág.444)

Así entonces vemos que Martí reconoce la necesidad de que la mujer reciba la misma enseñanza y educación que el hombre ya que “Ahí (en las mujeres) caben todas las ilusiones y todas las experiencias”. (Martí: o.c. t.20 pág.384)

Llegado a esta punto cabe preguntarse lo siguiente: ¿Puede Martí concibir la idea de una mujer que se instruya, pero no en función de su vida marital? ¿Acaso su intelecto es inútil fuera del matrimonio? Reitero que debemos partir del criterio de que Martí fue un hombre de su tiempo. Su propia educación (recordemos que Martí fue el único hijo varón entre siete hermanos), su propia instrucción fue permeada por los cánones de género de la época. La visión hispano-americana de la mujer, a finales del siglo XIX, era la de la compañera sumisa y entregada, dedicada al hogar. Esta fue la que Martí vivió desde pequeño. Por otro lado, en Estados Unidos la visión de la mujer es un tanto menos retrógrada. Como se ha mencionado anteriormente, la mujer norteamericana esta saliendo a la calle y se está desempeñando en una serie de trabajos que estaban reservados a los hombres.

Martí llega a los Estados Unidos en 1880 y es testigo presencial de esta explosión femenina. Esta experiencia lo nutre y le ayuda a desprenderse poco a poco de algunos conceptos latino-costumbristas sobre la mujer. Comienza a escribir crónicas en las cuales elogia el trabajo desempeñado por mujeres escritoras, abogadas y educadoras entre otras. Le sigue dando gran importancia a la mujer como esposa pero logra en determinados momentos destacar su trabajo como profesional fuera del espacio hogareño.

Al llegar a Estados Unidos, Martí se encuentra con un movimiento sufragista femenino que está en pleno auge. Esto era algo desconocido en América Latina y por lo tanto algo nuevo para él.

En mayo de 1887, Martí narra la primera votación en Kansas, donde se postulan mujeres y tienen derecho al voto. No da una buena opinión sobre los comicios efectuados ya que los ve como una maniobra política por parte del Partido Republicano para conseguir más votos.

Acerca de Helen Gongar, una de las más destacadas en dicha elección, Martí expresa:

“¿Por qué ha de espantar a esta mujer la política? La política, tal como se la practica ahora, ¿qué es más que mujer? Todo se hace en ella a hurtadillas, con insinuaciones, con rivalidades, con chismes…” (Martí: o.c. t.11 pág.185)

Claramente es un ataque a su candidatura.

Martí puede parecer que está en contra de que las mujeres voten y sean propuestas pero no es así. Martí la emprende contra el manejo sucio de boletas y la corrupción de la cual cree que forma parte esa señora. En general tiene una muy buena opinión sobre la participación femenina y destaca las buenas aptitudes que presentan muchas candidatas para desempeñar cargos públicos de forma apropiada.

Unos meses después de los mencionados comicios en Kansas, Martí escribiría otra crónica en la cual habla sobre la visita de unas cien damas al Corregidor de Brooklyn, quien está en contra de la participación de las mujeres en las juntas escolares. El texto destaca la discusión alrededor del tema entre las señoras y dicho corregidor, en la cual las mujeres dicen conocer más sobre educación debido a su naturaleza de ser madres. Martí encuentra mucha lógica en sus argumentos y recalca como el corregidor quedó sin palabras para oponérseles a las féminas. (Martí: o.c. t.11 pp.216-217)

Este punto es muy interesante. Martí se da cuenta y deja entrever que la experiencia del hogar capacita a la mujer para un mejor desempeño que los hombres en algunas tareas de carácter público. Esto sin dudas es un avance del pensamiento martiano pues ya no solo ve como positivo el hecho de que las feminas salgan de la casa para trabajar, sino que admite la superioridad de estas para hacerse cargo de algunos trabajos.

El 8 de agosto de 1887, Martí escribe otra crónica con relación a otras elecciones en el propio Kansas. De estas se lleva una mejor impresión que en la anterior. Emite unos criterios muy positivos sobre la actuación femenina y sobre todo acerca de Mrs. Salters que es nombrada Mayor del pueblo de Argonia en Kansas. Destaca su oratoria, su inteligencia y su liderazgo. Dice además, que es madre de cuatro y que sabe llevar a la par su trabajo con su hogar. (Martí: o.c. t.11 pág. 257)

Dos años más tarde, en una crónica acerca de las elecciones esta vez en Dakota, Martí dice:

“Lo real en el voto fue la pelea por la ciudad capital, y el empeño de la mujer en que se levante el Estado sobre el hogar, y no sobre la taberna”. (Martí: o.c. t.12 pág. 348)

Por tradición siempre se ha considerado al hogar como el espacio de las mujeres, y la taberna el de los hombres. Aquí Martí apoya a las mujeres que optan por la prohibición del licor. Advierte que el alcoholismo destruye familias y que las mujeres son quienes más lo sufren por lo tanto esto las exhorta a luchar cada vez más contra este mal. Una vez mas la experiencia del hogar las hace aptas para plantear soluciones que infuyan en beneficio de la sociedad.

Estos últimos criterios, sin duda alguna, se diferencian mucho a aquel emitido en junio de 1883. La mujer ya no es solo esa acompañante fiel que ha de consolar al hombre, ni ese ser sumiso que debe instruirse para que el marido no se aburra y se vaya de casa a buscar temas de conversación a otro lugar. La mujer ahora es vista por Martí como parte fundamental en la sociedad, no solo por su papel de madre y esposa sino también como profesional. Lo más probable es que esta evolución en el pensamiento de Martí haya sido de manera inconsciente, sin percatarse él de esto, pues en ninguno de sus escritos admite ni justifica estos cambios en su forma de pensar. Quizás el propio desenvolvimiento positivo de muchas mujeres en cargos públicos va aumentando, en Martí, su admiración hacia las féminas trabajadoras.

El primero de abril de 1895, el Apóstol escribe una carta en la cual se puede observar más fehacientemente esta evolución. Sus opiniones acerca del por qué la mujer debe instruirse dan un giro de ciento ochenta grados. Es una carta dedicada a Maria Mantilla en la cual le da consejos a su hija espiritual:

“Y mi hijita ¿qué hace, allá en el Norte, tan lejos? Piensa en la verdad del mundo, en saber, en querer, —en saber, para poder querer, (…) ¿Se prepara a la vida, al trabajo virtuoso e independiente de la vida, para ser igual o superior a los que vengan luego, cuando sea mujer, a hablarle de amores— a llevársela a lo desconocido, o a la desgracia (…) ¿Piensa en el trabajo, libre y virtuoso (…) para no tener que vender la libertad de su corazón y su hermosura por la mesa o por el vestido? Eso es lo que las mujeres esclavas, —esclavas por su ignorancia y su incapacidad de valerse—, llaman en el mundo ‘amor'” (Martí: o.c. t.20 pág.216)

Para Martí la educación y la preparación de la mujer ya no debían de estar en función del hombre, sino que debían de ser instrumentos que les permitieran ser libres de la dependencia masculina.

Bibliografía

– Martí, José. Obras Completas. La Habana, Editorial Ciencias Sociales. 1991.

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