La casa Sardá

Donde una parte de la historia y la cultura de La Habana aún sobreviven.

Intercepción de las calles Prado y San Lázaro.

Tendría yo unos cinco años y me entretenía en encaramarme sobre una silla y raspar con la uña la pared del comedor de mi casa. Del pequeño huequito empezaron a emerger unos ojos que me miraban de muy mala forma. A mis gritos acudió mi madre que me cargó y consoló como pudo. Mi abuelo me dijo: «No te asustes, solo son “monos” pintados. Cuando yo era niño, La Habana estaba llena de pinturas en las fachadas de las casas y en sus paredes. No te van a hacer nada». Me explicó que muchos dueños que tuvo mi casa desaparecieron con sucesivas capas de pintura, por lo que si no quería ver a dichos “monos” con no raspar con la uña bastaba.

Los años sucesivos de mi niñez transcurrieron en ese mundo mágico que encerraba mi casa colonial. No volví a raspar la pintura de las paredes y aprendí a disfrutar las sombras que dibujaban las bellas rejas de hierro de la entrada en el piso de mármol. En las frescas mañanas de invierno, por la inclinación del sol en esa época del año, se me ofrecían también dibujos coloreados en rojo, azul, violeta y amarillo debido a que los vitrales de la planta baja se reflejaban en el piso al iluminarlos los rayos del astro rey. Por ese entonces me aprendí unos versos cuyo autor ignoro y de los que solo recuerdo esta estrofa, pues se asemejaban mucho a la belleza que percibía en mi entorno:

La casa guarda un silencio
de misterioso santuario,
relumbran como bandeja
de plata fina en los patios
esas baldosas que tienen
mil arabescos extraños.

Mi fantasía se completaba con la fuente de azulejos sevillanos del patio principal en juego con los zócalos de decoración geométrica, que estaba llena de pequeños pececitos a los que la dueña de la planta baja me dejaba echarles migas de pan. Por las noches, se surtía la fuente de agua con ese sonido tan especial, que siempre llega a mi memoria junto al estruendo del cañonazo de las nueve y el olor a mar que acompañaba a los barcos que entraban al cercano puerto de La Habana haciendo sonar su sirena. Desgraciadamente, la fuente fue eliminada posteriormente, junto a los dos enormes canteros de plantas que coronaban dos árboles de mamoncillos que llegaban a las ventanas de la galería de persianas francesas de la planta alta donde yo vivía.

La casa tenía otros encantos. Los cuartos estaban separados por mamparas de cristales que encerraban calcomanías representando guerreros españoles a todo color. Lucetas rectangulares con cristales blanco y rojo coloreaban la entrada matinal del sol a los cuartos. Pero lo más importante cuando llegaban amigas de mi edad a visitarme era pasar al baño, simplemente porque es la única casa que he visto en La Habana en la que hay que usar una escalera de madera de balaustres torneados para acceder a los servicios sanitarios, ya que se encuentran en un entresuelo lateral. Claro, esto también acarreaba (y acarrea) mucha incomodidad a sus habitantes. Hay que tener en cuenta que en el siglo XIX, fecha en que se construyó la casa, existían todavía excusados, por lo que el uso del orinal o bacinilla era insustituible. Una vez difundido en La Habana el uso de los servicios sanitarios procedentes de los Estados Unidos, durante la primera intervención norteamericana de 1899, se improvisó ese baño para la planta alta en uno de los entresuelos traseros de la casa.

Estado actual de las vviendas en la calle San Lázaro en el centro de La Habana.

Estado actual de las vviendas en la calle San Lázaro en el centro de La Habana.

Estudiando y leyendo empecé a conocer la singular arquitectura colonial cubana. Apreció ahora más, gracias a esto, todo el valor que tienen las moradas habaneras conservadas en el tiempo. Mi casa se engalana, como tantas otras erigidas en el siglo XIX, con toda la fastuosidad de la herrería, característica de la segunda mitad del siglo XIX: barandas, rejas que son verdaderos encajes, guardavecinos en el balcón terminados en tridentes puntiagudos, estos últimos lamentablemente desaparecidos.

La sabiduría de los maestros de obras, que en la época eran considerados arquitectos, la orientaron de norte a sur para aprovechar en su plenitud la brisa y el terral. Es característico en la construcción de las casas coloniales cubanas el estudio de la brisa, que solía “moverse” por las distintas piezas de las casas según fuera por la mañana, por la tarde o por la noche.

Huellas de ventanas laterales se adivinan en las paredes medianeras a ambos lados, y esto indica que era la única casa de dos pisos al ser construida. Falsos techos de metal cubren los altos techos de viga de madera como ornamentación. Hileras de agujeritos redondos horadados en el metal los ventilan. Estos falsos techos metálicos venían de Norteamérica listos para ser montados y constituye una verdadera rareza encontrarlos hoy día, como en este caso, en perfecto estado de conservación; no así los fabricados en yeso, más comunes.

La ya desaparecida muralla de La Habana, construida en el siglo XVII para proteger la ciudad de ataques de corsarios y piratas, dividía la ciudad de La Habana en intramuros y extramuros. De ahí que se lanzara un cañonazo en la noche para anunciar el cierre de las puertas de la muralla y con ello la imposibilidad de acceder o salir de la parte intramural. Afortunadamente, ese sonido tan antiguo se escucha hasta nuestros días.

Al crecer la población de La Habana, comenzó a expandirse la ciudad hacia el oeste, fuera de la muralla. Gracias a las nuevas ordenanzas municipales de 1855 promulgadas por el Capitán General José Gutiérrez de la Concha, se hacía obligatorio desechar definitivamente en extramuros las endebles viviendas de tabla y guano, proclives a ser destruidas por los incendios. Comienza entonces a privilegiarse esta zona de la ciudad desde el punto de vista constructivo.

Algo más hacia el oeste de los límites de la muralla, y muy próximo al mar, el Torreón — construido en el siglo XVII con la finalidad de avizorar los ataques de corsarios y piratas— se alza orgulloso. Es la única construcción de esta pequeña zona frente al mar que ha llegado a nuestros días, puesto que nada queda de las construcciones que le hacían compañía en la época en que se construyó mi casa. No existen ya el cementerio de Espada, ni el Hospital para Leprosos de San Lázaro o la Real Casa de Beneficencia y Maternidad. Un cuartel militar, la Batería de la Reina, fue demolido para alzar en su lugar un parque en homenaje al Lugarteniente General Antonio Maceo y Grajales, héroe de nuestra independencia.

La avenida que unía estas construcciones, llamada de San Lázaro igual que el hospital para leprosos, era testigo de singular movimiento: tropas militares hacían sus marchas hacia la Batería de la Reina; los entierros provenientes de intramuros cruzaban la puerta de la muralla denominada de La Punta en camino hacia el cementerio de Espada.

Los presos de la Cárcel de Tacón, llamada así en honor a su constructor, el Capitán General don Miguel Tacón y Rosique, también se dirigían por esta vía, organizados en cuadrillas, hacia las Canteras de San Lázaro, situadas detrás del conjunto antes descrito, donde en condiciones infrahumanas eran obligados a trabajar. Más tarde serían también los presos políticos, los infidentes quienes formarían la caravana, condenados por las autoridades coloniales a padecer las mismas torturas y trato inhumano que los delincuentes comunes.

Siempre me pregunté quién habría construido mi casa en tan singular entorno y en un sitio tan próximo al mar, cuyos saludables aires penetraban por todas sus ventanas. ¿Un militar de alto grado asociado a la Batería de la Reina?, ¿un funcionario de la Colonia encargado de la Beneficencia, el lazareto o el cementerio?, ¿un acaudalado señor de intramuros porque alguien de su familia necesitaba los aires de estos parajes para recobrar la salud? Unas letras misteriosas caladas en la gran reja de entrada de los bajos solo indicaba: B.P.L. y debajo 1889.

Recuerdo un lejano día de 1960 en que una anciana señora muy distinguida tocó mi puerta y con encantadora cortesía pidió permiso para ver por última vez la casa, pues se marchaba a vivir en otro país. Mi abuelo, que tenía una exquisita educación, la acompañó bajo mi mirada curiosa. La señora, al penetrar en una de las habitaciones de la casa, me dijo: “Este era mi cuarto, tenía cenefas azules, lámparas de gas y un lavamanos, igual que en las otras. Fui muy feliz en esta casa de niña”. La señora se despidió. Mi abuelo, disimuladamente, me dijo cuando ella iba bajando las escaleras: “Pregúntale como se llama”. Pero no me atreví. Ahora me arrepiento de no haber satisfecho la curiosidad de los dos.

La respuesta me llegaría hace solo cinco años. En 2010, la Oficina del Historiador de la Ciudad se mostró interesada por los valores arquitectónicos casi intactos que poseía la casa, así como por su probable antigüedad. Luego de un minucioso estudio arqueológico y de cala de las paredes de la casa de arriba, aparecieron, en todo su esplendor, los famosos “monos” que me asustaron en mi infancia. Se trataba de grutescos, pintados a mano, tan caros al diseño de los muebles renacentistas españoles, trasladados a la pared. Ahora me miraban con cierta malicia, dos en cada una de las cuatro paredes del comedor. Esas pinturas están tan adheridas a la pared que les sirve de soporte que nada les hace pasarles la mano como si ésta fuera un borrador de escuela.

Las habitaciones están bellamente decoradas de pinturas con motivos geométricos, dos o tres superpuestos. Aparece la habitación con cenefas azules de la que me hablara la visitante misteriosa de mi infancia, aunque ya no hay huellas de los lavamanos, pues las losas del piso sí son de inicios del siglo XX. Solo los pisos de mármol de la sala, salón y primer cuarto, lucen su esplendor original.

Siguen en sus calas los técnicos en pintura mural de la Oficina del Historiador y ante mi vista maravillada surgen en el zaguán de la planta alta pájaros multicolores pintados en la pared y preciosamente detallados. Les comento sobre los gorriones, que se posaban en los árboles de mamoncillos junto a la desaparecida fuente, y que aun sin estar estos, regresan todavía. ¿Los brillantes y multicolores pájaros inanimados del zaguán complementarían esos cantos con una imagen más bella que la del pájaro vivo?

Por curiosidad solicito me permitan leer la investigación histórica que en el Archivo Nacional realizara el licenciado Arturo A. Pedroso Alés. Mis incógnitas poco a poco se develan. Las misteriosas siglas B.P.L. corresponden al tercer dueño que tuvo la casa, el comerciante, procedente de La Coruña, Bonifacio Piñón López. El año 1889 representa la fecha en que la compró y quizás la de una remodelación que la convirtió en casa de dos plantas. La primitiva escalera es sustituida por la actual que rompe, aunque con buen gusto, la armonía de la entrada a la planta baja.

Para mi asombro, la fecha de construcción de la casa es 1866. Su constructor fue el acaudalado catalán don José María Sardá y Gironella, que compró un lote para construirla en los terrenos próximos a la caleta de San Lázaro conocidos como Jardín de Betancourt, a su dueña doña María del Tránsito Betancourt y Bermúdez.

Poco se ha estudiado la controvertida figura de don José María Sardá, tan ligada a nuestra historia. El adolescente José Martí, recluido en presidio por infidente y destinado a trabajos forzados en las canteras de San Lázaro, debe a su intercesión ante el Capitán General Antonio Caballero de Rodas su indulto. Un grillete en el tobillo le produciría al Apóstol una huella jamás sanada, como también lo fueron las huellas en su memoria. Apunta el biógrafo de Martí Isidro Méndez: “Cuando lo libraron de aquellas torturas, tenía gravemente enfermos los ojos y desgarradas las piernas, dejándole los grilletes padecimientos que duran toda su vida”.

Al acceder al magnífico ensayo de Martí El presidio político en Cuba, se puede aún vibrar de indignación con la vívida descripción que hace su autor del “cementerio de sombras vivas”, como también denominara a las canteras de San Lázaro. Los momentos allí sufridos, la visión del maltrato y la injusticia suprema, sumen al joven en un estado de inquietud febril por denunciar lo vivido. Logra publicarlo, en forma de folleto, en marzo de1871 en España, donde es desterrado por las autoridades coloniales.

Un año antes, en abril de 1870 ingresa José Martí en las canteras para realizar allí trabajos forzados. Jorge Mañach, su biógrafo, relata como a lo largo del paso de los condenados por la avenida de San Lázaro —en que se alza la casa construida por Sardá—, y en los cafés ubicados a lo largo de esa calle: “se hacía al paso de la cuadrilla un silencio súbito que subrayaba el entrechocar de los hierros, el sordo rumor de las pisadas, la voz breve y seca del escolta”.

Don Mariano Martí, padre del Apóstol, visita a su hijo en las canteras y le lleva unas almohadillas hechas por doña Leonor, madre del joven, para aminorar el roce de la piel con los grilletes. La visión del hijo mártir le hace derramar lágrimas. En 1868 don Mariano había conocido a don José María Sardá cuando fue celador de buques en Batabanó, lugar situado al sur de La Habana. Sardá vivía con su familia en una finca en Isla de Pinos, “El Abra”, y justamente la comunicación entre Isla de Pinos y Cuba se hacía por mar a través de este puerto. Reconocido como maestro de obras, Sardá debía gran parte de su cuantiosa fortuna al negocio de las canteras, de las cuales era arrendatario.

Una buena amistad germinó entre ambos hombres, lo que le permitió al desesperado padre solicitar la intercesión del potentado ante el Capitán General, del cual era amigo personal. Cuenta Jorge Mañach, biógrafo de Martí que Sardá “parecía un hombre bueno” a pesar de que era imposible que no supiera “a costa de qué crímenes le venía su medro”. Y así “pudo el rico catalán lo que no habían podido las imploraciones e instancias de doña Leonor”. (se refiere a las sucesivas peticiones de clemencia de la madre y hermanas de Martí ante diversas autoridades españolas)

Una vez obtenido el indulto del joven Martí , el 5 de septiembre de 1870, Sardá se responsabiliza personalmente por él en su destierro provisional a Isla de Pinos, donde lo aloja durante tres meses en su finca “El Abra” bajo los cuidados maternales de su esposa, doña Trinidad Valdés y la compañía cariñosa de sus hijos. Y allí, Martí, según Mañach: “Nada menos que la Biblia se había podido leer. Y Los Miserables”. Se supone, según Isidro Méndez, que allí también empezó a escribir El presidio político en Cuba. Sale finalmente el Apóstol para España, condenado al destierro, en el vapor correo Guipúzcoa l 15 de enero de 1871.

No conozco ninguna referencia sobre José María Sardá en la obra martiana. Se habla de un diario de adolescencia que dejara Martí a doña Micaela, esposa de su maestro Rafael María de Mendive, y que según la leyenda se llevó ésta a su tumba. ¿Escribiría otro diario el Apóstol en Isla de Pinos, o anotaría sus impresiones y se perdería todo?

En la Fragua martiana se conservan hoy día, con veneración, restos de las canteras de San Lázaro convertidas en museo. Queda esta casa como testigo único en pie del trayecto del Apóstol hacia las canteras, casa que parece detenida en el tiempo a pesar de algunas depredaciones. Es también recordatorio de cómo, a lo largo de la historia, acciones de hombres comunes que después pasan al olvido permiten que existan aquellos que son imprescindibles para los pueblos.

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