Voces mexicanas triunfan en La Habana entre 1938 y 1958

Recuento de una época de unión cultural entre México y Cuba.

Lupe Véliz

El cine mexicano llega a las pantallas cubanas con sistematicidad desde los últimos años de la década de 1930. Dos estrenos de la época a que se hace referencia, contribuyen a que los cinéfilos de la Isla se aficionen a la cinematografía azteca: La Zandunga y No basta ser madre. La primera de estas películas contaba en sus roles protagónicos con Lupe Véliz y Arturo de Córdova, estrellas mexicanas que sobresalen y logran hacer cine en Hollywood. No basta ser madre sirve de catapulta a Sara García para apropiarse del corazón de los cubanos. Esta artista se convierte, sin duda alguna, en la mejor actriz de carácter del cine mexicano.

La numerosa producción de los Estudios Churubusco entre 1938 y 1960 no solo sirve para introducir a los actores y actrices que tenían en su nómina, sino para divulgar la música mexicana y particularmente las rancheras, que siempre han gustado fuera de las fronteras aztecas y por supuesto, al público cubano.

A través de la cinematografía mexicana nos llegan las voces de Tito Guízar, Pedro Infante y Jorge Negrete –principales exponentes de la música típica del país donde ve la Luz Benito Juárez–, pero también esas películas revelan el quehacer de José Mojica, Emilio Tuero, Pedro Vargas y un sinnúmero de cultivadores de otros géneros musicales.

Los teatros habaneros Nacional, Alkázar y Campoamor, situados en las inmediaciones del Parque Central, en la capital de Cuba, acogen a los embajadores de la música mexicana en repetidas ocasiones. La mayoría de estos artistas interpretaban la música autóctona de México, pero otros se suscriben con gran maestría a la canción romántica y al bolero como Alfonso Ortiz Tirado, Juan Arvizu y Chucho Martínez Gil.

El tenor Juan Arvizu visita varias veces la Isla desde fines de la década de los treinta. Protagoniza, con la puertorriqueña Mapy Cortés, la película cubana Ahora seremos felices, inspirada en la canción de igual nombre, compuesta por Osvaldo Farrés. Esta melodía, fácil de tararear, se convierte en uno de los primeros éxitos de Arvizu en el verde caimán. La prensa le bautiza como el tenor de la voz de seda, por su especial manera de modular los sonidos y la suavidad empleada al emitir la voz. Arvizu pasaba de los tonos graves a los agudos sin esfuerzo alguno, demostraba en cada interpretación su excelencia como cantante.

El tenor azteca pone de moda varios temas musicales, algunos de los cuales como Farolito y Noche de Ronda llevaban la firma del gran compositor Agustín Lara. A los títulos anteriores deben añadirse los valses Dime que sí y Mil novias, muy solicitados por la radio-audiencia que en esa época escuchaba a toda hora las emisoras radiales, y en particular los programas musicales de CMQ, Radio Cadena Suaritos y de RHC Cadena Azul.

Arvizu actúa en diferentes escenarios habaneros, unas veces centralizando el espectáculo y en otras ocasiones formando parte del show, donde actuaban bailarines, músicos y cantantes de diversos géneros, como el que se presenta en el Teatro Martí en octubre de 1938 bajo el título de Besos y Melodías. Las actuales generaciones desconocen a este estupendo tenor mexicano y no sería ocioso incluir a algunos de sus discos en los programas dedicados a la música del recuerdo.

Lorenzo Barcelata y el Trío Calaveras forman parte de la larga lista de artistas aztecas que viajan a Cuba en las décadas ya citadas. A Barcelata se le conocía por sus películas, particularmente por su actuación en Jalisco nunca pierde, en la que actuaba junto al actor Chaflán, uno de los cómicos más cotizados en aquellos tiempos. El compositor Lorenzo Barcelata debuta en el cine-teatro Radio-Cine, acompañándose brillantemente a la guitarra. Entre otros temas, interpreta los conocidos huapangos compuestos por él para la película Allá en el Rancho Grande, que había constituido en Cuba un verdadero éxito de taquilla.

El Trío Calaveras, a mi juicio, el mejor trío de música típica mexicana de las décadas de 1940 y 1950, inicia sus presentaciones en La Habana en la misma época en que lo hacen sus compatriotas Arvizu y Barcelata. Los Calaveras habían logrado acoplar perfectamente sus voces y sus excelentes arreglos musicales los distinguían de otros tríos. Por su alta calidad Jorge Negrete los escoge para que le acompañen tanto en el cine como en los escenarios donde actuaba. El Trío Calaveras se convierte en uno de los grandes favoritos del público cubano y sus actuaciones reciben el aplauso de los asistentes a sus funciones, y el reconocimiento de la crítica especializada.

A fines de la década de 1950 ya habían alcanzado fama internacional y sus discos eran muy solicitados en todas partes. Los Calaveras, a diferencia de Barcelata, aparecen a menudo en la pantalla chica. Es una verdadera lástima que no se posean copias de algunas de las películas en que aparece Barcelata para continuar disfrutando de su voz y de las bellas páginas musicales que había regalado a su pueblo.

Arriban a Cuba en 1940 dos hermosas artistas mexicanas: Manolita Arriola y Sofía Álvarez. La primera, desconocida para los cubanos, contaba con una gran carta de presentación: el binomio constituido por la belleza y la simpatía. La Arriola debuta en el coquetón Teatro Campoamor, que pronto colma un público ávido por escucharla, ya que había obtenido un éxito inesperado interpretando La Borrachita, número que precisaba más de histrionismo que de una gran voz para imponerse en el escenario. En pocas semanas Cuba entera tarareaba la referida melodía e incluso otras canciones del repertorio de la Arriola, como Barrilito Cervecero, que también se había convertido en un hit del momento.

Sofía Álvarez, actriz del cine azteca, actúa en el Teatro Nacional, en noviembre de 1940, cuando aún no había alcanzado fama dentro de la cinematografía de su país. En esta oportunidad la cantante solo formaba parte de un variado elenco que había reunido Marcus, gran promotor de espectáculos musicales. Su quehacer prácticamente pasó desapercibido para los seguidores de este tipo de variedades. Años después, Sofía Álvarez deviene una actriz taquillera del cine mexicano y protagoniza películas exitosas como La Barca de Oro cuya canción tema se hace famosa en su voz. Sus películas junto a Joaquín Pardavé, Pedro Infante y otros conocidos actores mexicanos, aun desfilan por la pantalla de los televisores cubanos.

Dejo para el final de estas cuartillas a dos astros mexicanos: Tito Guízar y Jorge Negrete. El primero arriba a las playas cubanas en 1941, cuando ya disfrutaba del gran crédito que le había proporcionado su participación en el antológico filme Allá en el Rancho Grande. Su varonil presencia, la simpatía desplegada durante las actuaciones y su hermosa voz de tenor, se conjugan armónicamente para que habaneras y habaneros formasen largas filas ante la taquilla del teatro Alkázar, para adquirir una entrada, con el fin de escuchar las melodías que el actor ya había popularizado desde su llegada a Cuba: La Higuera, El Botecito, De México llegó el amor, Carolina y otras muchas.

Tanto en esta estancia como la segunda vez que le contratan en Cuba, Tito Guízar se ve asediado por una multitud de fanáticas de su arte. Acudían diariamente a la emisora CMQ, situada entonces en Monte y Prado, para obtener un autógrafo del cantante mexicano y para percibir de cerca su presencia. Sobre este tema podrían escribirse numerosas anécdotas. A pesar del éxito logrado por Tito Guízar en las referidas ocasiones en que él se presentó en los escenarios habaneros, la popularidad del artista fue disminuyendo en la medida en que otros cantantes mexicanos ascendieron a primeros planos en la popularidad.

Jorge Negrete completa esta breve galería de mexicanos y mexicanas que regalan su arte al pueblo de Cuba, en aquellos años en que el cine azteca se hacía eco de historias de amor entre charros y chinas poblanas. El artista, poseedor de una potente y armoniosa voz de tenor, se presenta por vez primera ante los espectadores cubanos protagonizando La Viuda Alegre, compuesta por el austríaco Franz Lehar.

El Teatro Principal de la Comedia le abre las puertas de los escenarios habaneros a Negrete. Sus actuaciones en la Compañía de Zarzuelas y Operetas, dirigida por la soprano Maruja González, demuestran la impecable calidad interpretativa del artista mexicano. Durante su primera estancia en la Isla también actúa en el Teatro Nacional, en funciones organizadas para rendir homenaje a personalidades de la farándula cubana.

En la década de los cincuenta Jorge Negrete vuelve a la Perla de Las Antillas. En esta oportunidad su presencia en La Habana se convierte en un gran acontecimiento artístico, que tanto la prensa como el público celebran con bombos y platillos. El cantante se había convertido en un gran astro de la cinematografía de su país y contaba con miles de fanáticos en el mundo, fundamentalmente en América Latina. En esta ocasión lo había contratado Amado Trinidad Velasco, quien dirigía en esos años la RHC Cadena Azul, emisora que gozaba de la preferencia de los cubanos por aquellas décadas, en franca competencia con la CMQ.

Las actuaciones teatrales de Negrete se organizan en el coliseo de Prado y San Rafael, es decir, en el Teatro Nacional. Lógicamente este local resultó pequeño para albergar a los seguidores del ídolo azteca, que fue aplaudido a rabiar a tal punto que se escuchaban los vítores desde el exterior del histórico teatro.

Jorge Negrete, de hecho, nunca ha abandonado la tierra cubana. La pasión que imprimía a cada una de sus antológicas interpretaciones, unida a su voz de timbre inconfundible, le han convertido por derecho propio en el charro-cantor más famoso de todos los tiempos y el más aclamado por el pueblo cubano. Las numerosas películas del actor exhibidas en Cuba — Hay Jalisco no te rajes, Historia de un gran amor, Me he de comer esa tuna, Carta de Amor— aún gozan de la preferencia de los amantes del cine en la Isla y su arte sigue vivo en los corazones de los cubanos.

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