Feminismo negro e indígena desde la visión de Ochy Curiel. (I parte)

Numerosas mujeres de América Latina y el Caribe luchan para romper con los rezagos de un colonialismo que ha reforzado sus estrategias de dominación sobre sus vidas, y la producción y reflexión intelectual desde el feminismo de este lado del mundo.

Foto: Tomada de afrofeminas.com

“El feminismo negro ha sido sin duda una de las respuestas más completas, a diferencia del sesgo racista del feminismo y del sesgo sexista del movimiento por los derechos civiles; ha contribuido a completar la teoría feminista y la teoría del racismo al explicitar cómo el racismo, junto con el sexismo y el clasismo, afectan a las mujeres”.
                                                                   Ochy Curiel.

El feminismo surge en Europa y los Estados Unidos como movimiento de afirmación política de las mujeres blancas provenientes de estos espacios geográficos. Luego de siglos de ser condenadas por hechiceras, de ser acalladas por poco racionales, de ser adoctrinadas en el temor y la inferioridad del cuerpo, en la preservación de la virginidad como modo de enaltecer el espíritu[1]… Luego de tantas privaciones y desde finales de la década del 60, la mujer blanca comenzó a experimentar un proceso de libertad y afirmación individual precisamente a partir de la revolución sexual y sobre todo con la llegada de los métodos anticonceptivos hormonales[2].

Para investigadoras feministas como Jurema Werneck[3], desde su surgimiento, este movimiento estaría marcado por una perspectiva eurocéntrica, burguesa, individualista y estaría signado además por el colonialismo y por el racismo; posiciones que harían difícil la relación con las mujeres negras, indígenas, asiáticas, gitanas y con otras habitantes de culturas diversas, a pesar de que con muchas de ellas se compartía una geografía.

En voz de Virginia Wolf, se podía anticipar cuál sería el móvil de lucha principal que luego enarbolarían muchas de las seguidoras de esta escritora en las principales propuestas teóricas del feminismo. Wolf expresó a propósito de que se le prohibiera la entrada a la biblioteca de la Universidad de Cambridge: si “desagradable es quedar afuera… es aún peor quedar encerrado”[4]. Con esta frase lapidaria enarbolaría una crítica al pensamiento patriarcal que durante siglos se había mantenido sobre los mismos postulados de veneración a la cultura y al pensamiento falocéntricos.

Además de esta posición que se burlaba del “narcisismo estéril de la erudición masculina” y festejaba la sustracción de las mujeres de esta “metodolatría patriarcal”, hubo otras muchas que, apoyadas en las más diversas disciplinas, reincidían en una crítica a los “maestros”. En el espacio de la crítica literaria feminista[5], por ejemplo, surgieron diversas tendencias. Elaine Showalter en La crítica feminista en el desierto, sistematiza cuáles fueron algunos de los principales enfoques.

Apunta cuatro modelos que son utilizados para diferenciar los rasgos distintivos de una escritora y de un texto escrito por una mujer; a saber, el modelo biológico, que a su juicio constituye la declaración más extrema de la diferencia de género y se sustenta sobre un esencialismo anatómico que en el pasado sentó las bases de los discursos de sometimiento de la mujer. Por otra parte, explica el modelo lingüístico, a partir del cual muchas feministas plantearon la necesidad de crear un “lingüismo revolucionario”[6] que marcara una diferencia con la “dictadura del habla patriarcal”[7]. Showalter resalta cómo el modelo psicoanalítico no puede explicar cuestiones como el cambio histórico, la diferencia étnica o la energía moldeadora de factores genéricos y económicos. En cambio, el modelo cultural brindaría una teoría más completa para hablar sobre las diferencias de la escritura femenina.

Más allá de la existencia de estas propuestas teóricas que Showalter define como ginocrítica[8], para el momento en que se escribe La crítica feminista en el desierto uno de los principales problemas que contempla la crítica feminista es “la obsesión de corregir, modificar, añadir, revisar, humanizar, o incluso atacar la teoría crítica masculina” que la mantiene dependiente de aquella y retrasa el avance de teorías centradas en el estudio de la situación de la mujer. Esta obsesión por marcar una diferencia con el sexo masculino y su pensamiento, va a impedir por tanto que estas mujeres blancas académicas se preocupen por cuestiones concernientes a la raza, al clasismo y a la condición de tercermundista con la que un porciento elevado del sexo femenino a nivel mundial tenía —y tiene— que convivir, cuestiones por demás intrínsecas a las problemáticas de género.

La propia Showalter define la situación en la crítica literaria extrapolable a la situación en general que caracterizaba al feminismo: “no creo que la crítica feminista pueda encontrar un pasado útil en la tradición crítica androcéntrica. Tiene más que aprender de los estudios sobre la mujer que de los estudios acerca de la literatura inglesa, más que aprender de la teoría feminista internacional que de otro seminario sobre los maestros”[9].

A pesar de los mecanismos de reducción, invisibilización, incluso del refuerzo de acciones de aniquilamiento, muchas mujeres del tercer mundo sintieron que en este movimiento podrían encontrar métodos, herramientas para articular una lucha que respondiera y ayudara a encontrar vías para romper con los rezagos de un colonialismo que ha reforzado sus estrategias de dominación.

Reflexiona Elaine Showalter: “Las críticas de la raza negra protestan ante el silencio masivo de la crítica feminista con respecto a las escritoras negras y del Tercer Mundo, y exigen una estética feminista negra que aborde políticas raciales y sexuales”[10].

En el contexto de América Latina y el Caribe, varias mujeres negras e indígenas[11] han protagonizado desde los más diversos espacios estas críticas al feminismo, no solo el producido desde los centros académicos europeos, sino también desde Latinoamérica[12].

La emergencia de estas protestas, movimientos y discursos críticos resultan imprescindibles cuando se trata de constatar un pensamiento surgido en la región capaz de impulsar la descolonización del pensamiento y del Estado-nación latinoamericanos. Tzvetan Todorov en La conquista de América. El problema del otro refiere que las mujeres e indios —incluiríamos también a los negros— son trabajadores necesarios para que el colonialismo sea eficaz. Se hace imprescindible, por tanto, en la mentalidad colonialista “mantener el sujeto intermedio (mujeres, indios y negros) precisamente en ese papel de sujeto-productor-de-objetos e impedir que llegue a ser como nosotros… ”.[13]

Francesca Gargallo en su libro Feminismos desde Abya Yala resume la significación que puede tener esta premisa para el discurso decolonial: “Quien solo tiene la función de producir objetos (o servicios) no tiene por qué pensar a quién les servirán, ni tiene derecho a rebelarse o autodefinirse; es decir, no puede ser considerado como un sujeto de la historia, alguien capaz de narrarla y, por ende, hacerla”.[14]

Se podrá comprender entonces las preocupaciones y malestares que ocasionará para los grupos hegemónicos empoderados el que mujeres indígenas o negras inicien luchas, produzcan teorías y dirijan sus discursos de denuncia a todos aquellos que quieran escucharlos…[15]

En Crítica poscolonial desde las prácticas políticas del feminismo antirracista, Ochy Curiel —una de las feministas antirracistas caribeñas que más empeño ha puesto en esta lucha descolonizadora— sistematiza las visiones que desde el pensamiento femenino negro han surgido para entender cómo la decolonialidad afecta a las mujeres racializadas y tercermundistas.

En su opinión, desde la década del 60, hubo varias feministas, afrodescendientes e indígenas, que profundizaron en la estrecha conexión de los diversos sistemas de dominación que se conjugan bajo la égida del poder patriarcal, a saber, el racismo, el sexismo, la heteronormatividad y el clasismo[16]. Sus reflexiones fueron el sustento de varios movimientos, incluso antes de que surgieran propuestas teóricas como la de Aníbal Quijano.

La autora arguye que precisamente por haber reparado en estas conexiones, el feminismo negro “ha contribuido a completar la teoría feminista y la teoría del racismo”[17]. En comparación con el feminismo y los movimientos por los derechos civiles resulta, pues, una de las opciones más completas. Para Curiel, el que las propuestas del feminismo negro hayan surgido en los Estados Unidos en la década del 60 como discursos dentro de movimientos sociales y posteriormente devenido teorías, resulta otro argumento decisivo para validar su posición descolonizadora.

La aseveración de Curiel presupone dos análisis: en primer lugar valorar la situación a que han sido sometidas las mujeres racializadas en América Latina y el Caribe y el sesgo sexista de los movimientos por los derechos civiles; y en segundo, justipreciar las propuestas que desde los feminismos negros han surgido para descolonizar América Latina.

 

[1]Apunta Francesca Gargallo que la guerra incluyó “la cacería de brujas más violenta, la despenalización de la violación, la reducción de los salarios femeninos, la expulsión de las artesanas de la dirección de los gremios y la criminalización de la anticoncepción y los abortos”, en Feminismos desde Abya Yala, 2014, p. 36.

[2] Jurema Werneck, en “De lalodês y Feministas. Reflexiones sobre la acción política de las mujeres negras en América Latina y el Caribe” (2005) se refiere a este proceso de liberación, p. 34.

[3] Ibem., op. cit., p. 35.

[4] Elaine Showalter: La crítica feminista en el desierto, 1985, p. 77.

[5]En palabras de Adrienne Rich, se puede apreciar el valor de una lectura feminista de la literatura: Una crítica radical de la literatura, feminista en su impulso, tomaría la obra, ante todo, como un indicio de cómo vivimos y hemos vivido, cómo se nos ha inducido a imaginarnos a nosotras mismas, cómo el lenguaje nos ha atrapado, al mismo tiempo que nos ha liberado, cómo el acto mismo de nombrar ha sido hasta ahora una prerrogativa masculina, y cómo podemos comenzar a ver y a nombrar —y, por lo tanto, a vivir— de nuevo. En Op. cit., 1985, p. 79.

[6] Idem., óp. cit., 1985, p. 85.

[7] Idem.

[8] Op. cit., 1985, p. 82.

[9] Op. cit., 1985, p. 78.

[10] Op. cit., 1985, p. 69.

[11]Las mujeres indígenas, por ejemplo, se apoyan en herramientas similares. Apunta Francesca Gargallo que ellas “se disponen a descolonizar la palabra que han retomado en la lucha política de sus pueblos y donde deciden colectivamente refundar sus relaciones entre sí y con los hombres a través de una educación y una comunicación propias”, en Feminismos desde Abya Yala, 2012, p. 47.

[12] Rita Laura Segato explica que las naciones latinoamericanas no son mestizas, sino blancas o blanqueadas, es decir, asumen como identidad neutra colectiva la que privilegia el lado europeo de su sistema de organización, convirtiendo en otros a los pueblos indígenas y a las colectividades afroamericanas. En Op. cit., 2012, p. 32.

[13] Tzvetan Todorov: La conquista de América. El problema del otro, 2008, p.189.

[14] Ídem., op. cit., 1985, p. 24.

[15] El Diccionario de Estudios Culturales suscribe los criterios del trabajo colectivo asociado al Doctorado en Estudios Culturales de la Universidad Andina Simón Bolívar (UASB) en Quito: “La diferencia colonial desde la cual se articulan los movimientos sociales indígenas y afrodescendientes ofrece alternativas a la modernidad y unas políticas epistémicas, ontológicas y existenciales orientadas hacia la descolonialidad”, 2009, p. 249.

[16] La autora resalta el papel que desempeñaron las “mujeres de color” en los Estados Unidos en la construcción de teorías que posibilitaran la descolonización de la vida de las mujeres negras. El criterio de inclusión de todas estas mujeres resulta de la apropiación que hace del concepto descolonización: “registrar producciones teóricas y prácticas subalternadas, racializadas, sexualizadas”. En ese sentido, apunta Curiel “es importante reconocer a tantas mujeres cuyas luchas sirvieron para construir teorías”. En Crítica poscolonial desde las prácticas políticas del feminismo antirracista, 2007, p. 95.

[17] Idem.

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