Feminismo y Movimientos por los derechos civiles. (II Parte)

La feminización de la pobreza se acompaña de su negrización, indianización y aborigenización.

Foto: Tomado de movimientos.org

Francesca Gargallo en Feminismos desde Abya Yala analiza cómo en el caso del feminismo académico —ya sea europeo o latinoamericano— aunque no constituyó en su surgimiento, ni constituye aún en la actualidad, una disciplina prioritaria para la mayoría de las universidades —y en ese sentido ha tenido que ser defendido por sus representantes contra la organización patriarcal de los saberes, apunta Gargallo— sí participa del universalismo del pensamiento que pasa por el filtro académico.

Este filtro descalifica todo aquello que no es fiel al racionalismo occidental. Padece el feminismo, por tanto, la misma perspectiva universalista que caracteriza a los saberes patriarcales, y colabora con la difusión de ideas hegemónicas[1] encaminadas a que la sociedad piense a través de ellas, las asimile e incorpore en su vida cotidiana[2].

Para entender cómo este pensamiento eurocentrista y patriarcal se enraizó en la academia latinoamericana habría que retomar la explicación que brinda Aníbal Quijano sobre la formación del sistema-mundo en América en sus tres vertientes específicas en el área: colonialidad del poder, eurocentrismo y capitalismo.

Aníbal Quijano en Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina analiza cómo formó parte también del patrón de poder mundial impuesto por Europa, el dominio de cada una de las formas de control de la subjetividad, de la cultura, y en especial, de la producción de conocimiento. Ello conllevaría a que la modernidad y la racionalidad fueran entendidas como experiencias y productos exclusivamente europeos[3].

Las relaciones culturales entre Europa y el resto del mundo se codificaron en un juego de categorías opuestas: “Oriente-Occidente, primitivo-civilizado, mágico/mítico-científico, irracional-racional, tradicional-moderno…”. Quijano argumenta que la categoría básica en la que se fundamenta estas relaciones entre europeo/ no europeo, es “sin duda” la raza[4].

En nuestra región la perspectiva eurocéntrica fue adoptada por los grupos dominantes como propia; lo cual estimuló a imponer el modelo de formación del Estado-Nación —que tiene como factor básico la colonialidad del poder[5] establecida sobre la idea de raza, en opinión de Quijano— para poder organizar las estructuras de poder alrededor de relaciones coloniales[6].

Al amparo de estas tesis de Quijano, Ochy Curiel comenta en su artículo Crítica poscolonial…:

Si bien desde la producción académica se han abierto vías para un pensamiento crítico, este no deja de ser elitista, y sobre todo androcéntrico. Tal situación se complejiza en tiempos de globalización, donde las relaciones de poder no solo se extienden a los mercados capitalistas, sino también a todas las relaciones sociales. Hoy la alteridad, lo que se considera diferente, subalterno, es también potable para el mercado y sigue siendo “materia prima” para el colonialismo occidental, que no es asexuado sino que sigue siendo patriarcal, además de racista[7].

La valoración de la autora remite a otra cuestión muy recurrente en los Estudios Subalternos: la representación de la alteridad. Curiel se adhiere a la creencia de varios intelectuales de que precisamente los llamados estudios subalternos en América Latina propiciaron la creación de categorías de estudios que constituyeron modismos en la época y que no produjeron soluciones veraces para el problema ético de si en realidad la academia debía legitimar o no a estos grupos, que el propio sistema colonial y la propia academia condenaba a los márgenes, clasificaban de subalternos, denominaban alteridad.

En este sentido, sería tal vez ilustrativa la reflexión que realiza Francesca Gargallo en su libro Feminismos desde Abya Yala sobre el concepto “feminismo indígena” que fue convenido por antropólogas y especialistas de género en la UNAM y posteriormente insertado en las disciplinas que las académicas manejaban.

Gargallo considera que estas académicas “han reducido su origen (del feminismo indígena) a un hecho positivo… como si las mujeres de los pueblos originarios no hubiesen actuado en defensa de su buena vida con anterioridad al ascenso de las zapatistas”[8].

Más adelante comenta sus dudas acerca del procedimiento de interrelación entre indígenas y académicas, que bien pudiera incluir la situación de las mujeres negras. “Temo, en efecto, que las antropólogas y sociólogas no traten a sus invitadas (que son las mujeres que estudian) como sujetas que impulsaban un proyecto político propio, dialogando con ellas, sino las determinan, las marcan, las señalan como actoras, visibilizándolas sin lugar a duda, pero no reconociéndolas como mujeres capaces de una autodefinición”[9].

Manuela Alvarado López, dirigente k’iche, comenta su experiencia en entrevista con la investigadora de origen italiano: “existen feminismos que no nos permiten (a las mujeres k’iche) ser congruentes con lo que somos”. Considera además que “hay feministas que llegan a las comunidades diciéndonos cómo comportarnos, pero no se dejan cuestionar, no reciben enseñanzas sobre nuestras cosmovisiones. Así sus propuestas dejan de ser una alternativa para convertirse en otras prácticas de opresión”[10].

Puede comprenderse mucho mejor entonces por qué la insistencia de la feminista dominicana en la verdadera utilidad de los Estudios Subalternos: “¿qué tantos los llamados estudios subalternos, poscoloniales o culturales realmente descentralizan “el” sujeto como pretenden? ¿No será que estos nuevos discursos apelan a lo que se asume como marginal o subalterno para lograr créditos intelectuales incorporando “lo indiferente” como estrategia de legitimación?”.

Ochy Curiel al introducir esta problemática llama la atención sobre la propuesta epistemológica que nace del seno del feminismo negro: las teorías y estudios de la mujer negra y antirracista surgen de la explicación de una realidad que han vivido y sufrido. Sus discursos llevan la impronta del dolor del maltrato al que han sido expuestas por ser mujeres, negras, indias y tercermundistas.

La Fundación Heinrich Böll publicó recientemente un análisis estadístico que evalúa y pone en entredicho la “democracia de género” que afirman defender y haber alcanzado muchos países en América Latina y el Caribe. Estadísticas como la violencia, los feminicidios, la creciente feminización de la pobreza muestran la verdadera cara de la situación actual. En este contexto es incluso sorprendente que no haya habido aún otras protestas y exigencia de cambios radicales como las protagonizadas por Lelia Gonzales, Ochy Curiel, Sueli Carneiro, entre otras[11].

Explica Francesca Gargallo que “la feminización de la pobreza es un fenómeno creciente en todas aquellas regiones que Occidente engloba de manera marginal a su economía, de modo que la feminización de la pobreza se acompaña de su negrización, indianización y aborigenización”. Al mismo tiempo insiste en que “la pobreza va de la mano de una renovada violencia: los asesinatos de mujeres por ser mujeres se han multiplicado en América Latina y Asia…”[12].

Por otra parte, para comprender el sesgo sexista que critica Curiel en los movimientos por los derechos civiles, sería interesante traer a colación las valoraciones de Silvia Rivera Cusicanqui en su texto En defensa de mi hipótesis sobre el mestizaje colonial andino. Esta autora explica cómo en el caso de Bolivia, que puede ser extrapolable a la América Latina toda, puede constatarse “una situación de exclusión sistemática de las mujeres en los nuevos espacios públicos construidos al calor de la sindicalización y la movilización política campesina. Así, sindicatos, comandos y toda suerte de organismos de mediación entre el Estado y la sociedad civil eran prácticamente cotos cerrados a la presencia de mujeres”[13].

El ejemplo de la investigadora resulta ilustrativo para comprender cómo en una comunidad racializada, la mujer va a ser doblemente segregada por el simple hecho de pertenecer al otro sexo. Como bien explica Francesca Gargallo: “la educación a la educación de la mujer pasa siempre por la imposición de un modelo hegemónico de relación entre los géneros: no hay dominación sin violencia contra las colonizadas ni hay clasificación racial y étnica de una población que no opere en el ámbito de lo sexual”[14].

Por último, habría que referirse a las principales iniciativas que las propias feministas antirracistas llevan a cabo en América Latina y el Caribe en aras de lograr un cambio favorable para sus vidas y las de sus comunidades.

Feminismo antirracista en América Latina y el Caribe

Una iniciativa muy interesante en esta lucha de las mujeres negras antirracistas es la que ha llevado a cabo Ochy Curiel (República Dominicana) junto a Jules Falquet (Francia) y Sabine Masson (Suiza). Estas tres mujeres coordinaron la edición en español del número 24 de la Revista francesa Nouvelles Questions Féministes dedicada a los “Feminismos disidentes en América Latina y El Caribe”. Uno de los valores principales que posee este número es que dialoga sobre las luchas políticas de las feministas y mujeres latinoamericanas, teniendo en cuenta las voces de varias de sus protagonistas.

Al emprender la realización del número las autoras se encontraron “con el hecho de que las múltiples luchas de las mujeres -contra el racismo, el sexismo, el clasismo- que queríamos contribuir a hacer visibles, iban a tener que ser expresadas en un estilo académico, lo que nos alejaba de muchas autoras que están involucradas en estas luchas y que no han participado de las esferas académicas tradicionales. Nuestra idea sobre el conocimiento feminista busca la erradicación de la división social, sexual y racial del trabajo intelectual y militante. Por tanto, en estos textos nos hemos permitido abrir la posibilidad a formas diversas y alternativas de transmitir y crear conocimiento asumiendo esta apertura como una posición política”[15].

La unión de estas tres mujeres, provenientes de diferentes países, relacionadas con disímiles contextos y maneras de entender el género, la academia, la raza; no puede pasarse por alto. De lo que se trata es precisamente de lograr estas uniones entre mujeres que defiendan luchas similares, entre movimientos que persigan lograr cambios y mejoras en la vida de nuestras sociedades. Esperemos y aspiremos a que la dificultad del feminismo occidental de comprender las causas de otras mujeres mestizas, negras e indígenas no continúe siendo el leitmotiv de la historia del feminismo dentro de varias décadas.

[1] Teresa Lauretis en el capítulo introductorio “The technology of gender” de su libro Technologies of Gender. Essays on Theory, Film and Fiction (1987) estudia cuáles son esas tecnologías del género que difunden las ideologías patriarcales en la sociedad.

[2] Ibídem., op. cit., 2014, p. 111.

[3] Aníbal Quijano: Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina, 2000, p. 211.

[4] Cabría preguntarse también si no sería posible considerar antes que la raza, al género como categoría básica en la definición de las relaciones entre europeo/no europeo. ¿O acaso a lo largo de la historia de la civilización, e incluso antes de que fuera descubierta América y fuera introducido el criterio de racialidad, no se había definido a la mujer, aun cuando blanca y europea, con similares criterios?

[5] Rivera Cusicanqui lo denomina “colonialismo interno” y lo define como un “ejercicio constante y reiterativo de prácticas de opresión racista y explotación clasista que se sustenta en una especie de complejo de superioridad de las clases medias latinoamericanas respecto de sus pares indígenas. En Op. cit., 2014, p. 35.

[6] Ibídem., op. cit, 2000, p. 238.

 

[7] Ibídem., op. cit, 2007, p. 100.

[8] Ibídem., op. cit., 2014, p. 146.

[9] Ibídem., p. 148.

[10] Ibídem., op. cit., 2014, p. 57.

[11] Consultar http://mx.boell.org/es/2015/06/01/hechos-y-cifras-democracia-de-genero-en-america-latina

[12] Francesca Gargallo: Ideas feministas latinoamericanas, 2006, pág. 239.

[13] Rivera Cusicanqui, Silvia: “En defensa de mi hipótesis sobre el mestizaje colonial andino”, 2010, pág.131.

[14] Ibídem., op. cit., 2014, p. 79.

[15] Ibídem., op. cit., p. 5.

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