José Martí: “Mi pensamiento no desaparecería”

Quizás las claves que develan esa sistemática y cada vez mayor presencia de Martí en el mundo actual, haya que desentrañarlas en su ética de servicio y en su alineamiento junto a los humildes.

Ni afanes de zahorí ni iluminaciones de predestinado llevaron al revolucionario cubano José Martí a prever el alcance de sus ideas cuando, en medio de la última guerra cubana por la independencia escribía esa frase en una carta a un amigo mexicano. En esa misma misiva, el organizador del Partido Revolucionario Cubano, institución que condujo a la unidad de los patriotas frente al colonialismo español, afirmaba los objetivos de mayor envergadura dentro de su labor emancipadora: “impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso.”

Se trata de que aquel líder comprendió, por una parte, la lógica del movimiento histórico y de las relaciones internacionales de su tiempo y, por otro lado, se dedicó al singular empeño, nada más y nada menos, que de trastocar aquellos hilos que, tras su muerte en combate en los campos de Cuba el 19 de mayo de 1895, conducirían a las Antillas, a la América Latina y al mundo por los caminos que él previó e intentó desviar de aquel curso.

Lección especial de humanismo verdadero la que legó Martí, quien señalara también que la batalla liberadora de Cuba era un servicio oportuno al bien del hombre que la Isla prestaba al orbe moderno. A todas luces, desde la perspectiva de lo inmediato y de la razón común, Martí resultaba, como lo consideraron algunos de sus contemporáneos, cuando más, un utópico soñador dominado por su fino espíritu de poeta y, para los más achicados de espíritu y ajustados al bienestar personal, un loco, un iluso desasido de la realidad.

Sin embargo, quien escribiera “los locos somos cuerdos”, mientras opinaba sobre su tiempo histórico y llamaba a mirar en el subsuelo de la sociedad, ha sido desde su heroica caída en la pelea liberadora paradigma y símbolo de la nación cubana, y creciente referente del pensamiento emancipador latinoamericano.

Quizás las claves que develan esa sistemática y cada vez mayor presencia de Martí en el mundo actual —hoy se le puede leer ya en chino, japonés, tamil, suajili, árabe, guaraní y maya además de en casi todas las lenguas europeas; mientras que jefes de estado, periodistas y académicos le reconocen vigencia a sus ideas—, haya que desentrañarlas en su ética de servicio y en su alineamiento junto a los humildes.

Alguna vez dijo que su tarea era “desatar a América y desunir al hombre”, y a esa labor de romper todo tipo de ataduras —para la sociedad y para los individuos— llamó insistentemente en sus escritos. En uno de sus poemas planteó: “con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar”.

Tal persona, desde luego, rompía los cánones de su época y de sus contemporáneos: no formó filas entre los letrados y políticos que corrieron tras la modernidad industrial, creídos que aquel progreso civilizador estaba al alcance de la mano si se seguían los procedimientos aplicados en las naciones de alto desarrollo que transitaban ya por caminos de expansión imperial y financiera. Antes bien, Martí clamó porque su América —a la que llamó nuestra América—, marchara por rutas propias y originales, sin echar a un lado al indio, al negro y al campesino, conociéndose a sí misma, dándose a respetar por las potencias de entonces y labrando sus singulares destinos.

Estadista hondo que nunca estuvo a la cabeza de un estado, soñador de horizontes en permanente distancia, pero político realista que supo disuadir, aunar fuerzas aparentemente contrapuestas, concientizar y apasionar a sus seguidores, creyente siempre en la capacidad humana de perfeccionamiento, genuino pensador de poderosa autoctonía y escritor renovador de la lengua y del estilo, José Martí traza rumbos porque, como dijo él de Bolívar, aún tiene mucho que hacer en América. Con delectación del artista que fue, urdió un proyecto transformador de los rasgos que iban apareciendo y marcando la formación del imperialismo. Era un proyecto ciclópeo, abarcador, que iba contra la lógica que se imponía porque partía de otra perspectiva, de la lógica de los condenados de la tierra, de los pueblos y naciones oprimidas, de las identidades negadas y castradas.

La de Martí no era la del hegemonista, la del conquistador, la del dominador, la del explotador. “Pensar es servir”, afirmó. Por eso, en su estrategia liberadora había que actuar antes de que se manifestasen a plenitud todos los rasgos y fenómenos de la nueva lógica histórica que empujaban los monopolios, el capital financiero. Para él, Cuba tenía que alcanzar la independencia para poder expresar su verdadera identidad nacional, para lograr el desarrollo económico en función de sus intereses y necesidades. Y desde su república nueva, sin copia de modelos ajenos, ajustada a los requerimientos de su pueblo y de la época, abandonando los desequilibrios de la colonia y el predominio de la oligarquía, ofrecería la Isla a las naciones latinoamericanas su concurso hacia la acción unida.

Esa Cuba independiente, equilibrada a su interior, “con todos y para el bien de todos”, pero no para el disfrute exclusivo de minorías soberbias, junto a Puerto Rico libre, pensaba Martí, podría evitar el derrame estadounidense desde las islas hacia los demás pueblos hermanos. Esa sería su contribución al equilibrio continental, y también al equilibrio del mundo, donde no se manifestase el predominio exclusivo de una potencia, de manera que los pueblos sojuzgados aprovechasen sus contradicciones en su propio beneficio.

Escritor de garra inigualable y renovador de la lengua, periodista sagaz, educador convincente y persuasivo, pensador abisal, aquel hombre nacido en La Habana el 28 de enero de 1853, proclamó: “Los hombres son todavía máquinas de comer, y relicarios de preocupaciones. Es necesario hacer de cada hombre una antorcha.” Seamos antorchas del mundo y la humanidad nuevas por la que luchó José Martí.

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