Arroz cubano se quiere casar…

El programa de sustitución de importaciones ha colocado la producción arrocera entre las prioridades, con un financiamiento de 450 millones de dólares hasta el 2016.

Ángel Baldrich

Desde las carreteras de la Isla se observan verdes arrozales en presencia mucho mayor a cinco años atrás

Un popular dúo Buena Fe dio en el blanco cuando definió al cerdo como mamífero nacional de Cuba, en una canción que interpretaron con Eliades Ochoa. Sin dudas, es el manjar más apetecido en cualquier festejo insular. Pero, en realidad, otro es el alimento hacia el que guardan más fidelidad los cubanos: el arroz. Mientras la carne de puerco puede ausentarse del menú –suele ocurrir por temporadas variables-, una gran parte de las familias siente que no ha almorzado o cenado, si no ve el cereal de marras en el plato de cada día. De poco sirve que la mesa esté bien surtida, si falta el arroz.

Sin embargo, durante décadas el país convivió con una de esas extrañas distorsiones de su economía: el grueso del arroz consumido lo ha importado. En la agricultura, ese grano había encontrado una expansión limitada, a pesar de constituir un puntal básico en la dieta cubana y ser un cultivo tropical.

Aunque los agricultores lo cosechan en Cuba desde hace unos 150 años, las estructuras y deformaciones de la economía favorecieron más la compra en el extranjero que la siembra en suelo propio. Esa tendencia se acentuó, contradictoriamente, con la crisis económica de los años 90. El castigo de sequías se sumó.

Ante una realidad que ha enseñado su cariz más peligroso por el encarecimiento de los alimentos en el mercado mundial, el gobierno hizo de la sustitución de importaciones una meta fundamental en las transformaciones económicas iniciadas hace unos cinco años y puso a los alimentos, y al arroz en particular, en el centro de esa política.

Con un pragmatismo que hacía mucha falta, el nuevo modelo económico considera más sabio y sano sembrar en surcos cubanos los dólares que el gobierno destinaba al pago de productores agrícolas de otros países.

Hasta el 2016 el gobierno prevé invertir unos 450 millones de dólares para desarrollar la producción arrocera, confirmó hace unos días Lázaro Díaz, director general del Grupo Agroindustrial de Granos, del Ministerio de la Agricultura (Minagri). De ese monto, este año ejecutarán 108 millones, para reforzar la maquinaria agrícola, la industria, los secaderos del grano en 152 municipios y financiar otros suministros para los agricultores.

Además de divisas para abonar y extender los arrozales a lo largo de la Isla, Cuba también han recurrido al asesoramiento de técnicos vietnamitas, japoneses y chinos.

El objetivo es llegar a cosechar 538.000 toneladas de arroz dentro de cuatro años, mediante un crecimiento escalonado en ese período.

De acuerdo con reportes parciales del Minagri, ya comenzaron las cosechas del 2012 en los mayores polos arroceros del país: Granma, Sancti Spíritus (Sur del Jíbaro) y Pinar del Río (Los Palacios). También en las provincias de Camagüey, Las Tunas, Ciego de Ávila y Cienfuegos.

El programa arrocero cubano combina la producción de empresas tradicionales y la labor de cientos de pequeños productores de cooperativas extendidos a lo largo del país. Estos últimos aportaron en 2011 alrededor del 72% de la producción nacional y este año se proponen alcanzar el 80%.

Los primeros signos positivos del programa de sustitución de importación de arroz los anticipó en diciembre pasado el ministro de Economía, Adel Yzquierdo, al informar el plan del 2012. El gobierno se propone importar este año 117.000 toneladas de arroz menos debido al incremento de la cosecha nacional.

El volumen más alto de ese cereal Cuba lo importó en el año 2005, algo más de 703.000 toneladas, después de ver declinar bruscamente la cosecha insular durante la violenta sequía 2004-2005. En solo dos años, la producción de arroz cáscara húmedo cayó en casi la mitad, a 367.600 toneladas en 2005, de acuerdo con el Anuario Estadístico de Cuba.

Otro detalle aportado por la Oficina Nacional de Estadística, revelador del alza acelerada de los precios internacionales, es que las 703.000 toneladas importadas en el 2005 le costaron al país unos 246 millones de dólares; hacia el 2010 la compra física disminuyó en más un 41%, a 414.000 de toneladas, pero mantuvo un valor casi similar: 219 millones de dólares.

Por la dispersión de los productores y debilidades de la organización, el programa enfrenta problemas con la contratación, el traslado tardío de la maquinaria para la cosecha y en la comercialización. Pero los productores perciben que la prioridad del programa no es solo de palabra. Los recursos y precios ofrecidos por el Estado les han estimulado a incorporar nuevos terrenos a este cultivo. Desde las carreteras de la Isla se observan verdes arrozales en presencia mucho mayor a cinco años atrás. Al arroz cubano le ha llegado la hora.

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