Amargas raíces de azúcar

Casi tres siglos de dependencia azucarera sembraron pesadas deformaciones estructurales en la economía.

Jorge Luis Baños - IPS

Aunque la agroindustria azucarera resucite, la política económica aprobada en el 2011 por el VI Congreso del Partido Comunista de Cuba apuesta a una diversificación más equilibrada de sectores económicos

La agroindustria azucarera cubana intenta resucitar. Luego de hundirse hasta llegar en el 2010 a mínimos que no tocaba desde hacía un siglo, emprendió un programa de reorganización y de incentivos a los productores de caña. Las primeras reacciones, livianas aún, se observaron en el 2011. Un año después la zafra volvió a hablar. Tropiezos por lluvias extemporáneas a inicios de febrero se convirtieron en noticia y devolvieron a los medios de prensa un lenguaje secular que ya parecía perdido.

Los centrales cayeron del trono de la economía cubana, por primera vez en la historia, con la recesión que comenzó en 1990. Más de la mitad dejó de humear para siempre. El dolor, la nostalgia, silenciaron casi del todo el habitual eco social de la zafra.

Durante casi tres siglos, el azúcar había sido la locomotora de la economía, columna de las finanzas nacionales, sostén de gobiernos y poderes, foco de guerras, incendios independentistas y crisis políticas, culpable de desastres medioambientales, combustible del pensamiento intelectual más avanzado y caldero esencial de la cultura y la identidad nacional.

Era difícil imaginar la economía y la historia misma de la nación cubana sin las chimeneas de los ingenios al fondo, sobre la marea verde de los cañaverales.

Alentado por las transformaciones internas y los buenos precios internacionales, el sector azucarero se ha propuesto recuperar espacios en el comercio exterior y la economía. Todo indica, sin embargo, que no podrá ejercer de nuevo el imperio del pasado.

Con el paso del siglo XX al XXI, en la economía cubana cambiaron perfiles y rasgos esenciales por primera vez en varias centurias y se alteraron también, por enésima ocasión, las reglas de la política económica.

Colonia: del tabaco a la caña

El primer trapiche o cachimbo de que se tiene noticia en la Isla Fernandina de Cuba lo autorizaron en 1535 (García Molina, 2005). No tuvo éxito, por falta de mano de obra y apoyo financiero. Los ingenios esperaron hasta finales del siglo XVI para comenzar a expandirse; lo hicieron en torno a La Habana, Santiago de Cuba y Bayamo. Transcurriría otro siglo y medio más antes de que la producción azucarera cubana adquiriese volumen e importancia mundial.

El poblamiento y la evolución económica de la Isla fueron lentos en los dos primeros siglos de la colonia. Tras agotar los españoles el escaso oro de los ríos cubanos, los colonizadores se dedicaron a la ganadería extensiva, a la preparación de cueros y cebo, a la agricultura de subsistencia, a la madera, al abastecimiento a flotas de tránsito por La Habana y a las minas de cobre de Santiago.

Agricultores de origen canario desarrollaron en minifundios o vegas el cultivo de tabaco, oriundo de la Isla, que lideró el comercio exterior desde mediados del siglo XVII, en un contexto de estancamiento económico general, acoso de corsarios y mucho contrabando.

Pero una conjunción de factores abrió, hacia la segunda mitad del siglo XVIII, las puertas al ciclo azucarero en la historia cubana (Le Riverend, 1963).

El estanco del tabaco, instaurado en 1717 por la corona española para monopolizar en su beneficio el primer renglón económico de la Isla, ahogó la expansión tabacalera y desató rebeliones de vegueros. España, en cambio, favoreció la expansión azucarera, cuando volvió a izar su estandarte en el Morro, después de la ocupación militar de La Habana por los ingleses en 1762.

A tono con los tiempos europeos -Ilustración, Revolución Industrial de Inglaterra y Revolución Francesa-, la dinastía de los Borbones flexibilizó el monopolio que había restringido hasta esa fecha la fabricación de azúcar, ejercido primero a través de la Casa de Contratación de Sevilla, de la Lonja de Cádiz luego y, a partir de 1740, mediante la Real Compañía de Comercio de La Habana (Friedlaender, 1944).

Entre otras reformas, autorizó el comercio de Cuba con las Trece Colonias de Norteamérica, enfrentadas a Inglaterra por su independencia (1775-1783). A inicios del siglo siguiente, concedió a los mercaderes criollos mayor libertad para comerciar.

La aceleración consecuente de la inhumana trata de esclavos brindó mano de obra barata y abundante para la expansión de los cañaverales. En solo tres décadas a partir de 1790, entraron en Cuba unos 207.000 esclavos negros, más que en el siglo y medio anterior. De 1821 a 1853 arribaron otros 271.000 (Friedlaender, 1944).

La presencia creciente de africanos y de sus descendientes agregó un componente fundamental a la cubanidad en gestación.

Otro elemento básico provino de la clase de los latifundistas y comerciantes criollos. A medida que se enriquecían, sus intereses económicos, políticos y sociales tomaban distancia gradualmente de España, como mostró la Sociedad Económica Amigos del País. Creada en 1792 por Francisco de Arango y Parreño y otros habaneros ilustrados, obtuvo de la corona española concesiones que fortalecieron a la agroindustria azucarera.

El declive económico de Santo Domingo tras la Revolución Haitiana (1791-1804) disparó la demanda de producciones cubanas de azúcar y café, cultivo este último introducido en la mayor de las Antillas en 1768. Los cafetales se expandieron también por emigrar hacia Oriente hacendados franceses de la isla vecina. La producción del grano cubano creció de 8.000 arrobas en 1801 a 80.000 en 1806 (García Molina, 2005).

Pero ningún sector experimentó crecimiento tan impetuoso como la agroindustria azucarera. La producción se multiplicó por diez en breve tiempo: de 4.500 toneladas en 1760 saltó a 41.000 toneladas en 1802, para tomar definitivamente el liderazgo económico en Cuba. Si en 1760 la Isla contaba con 120 ingenios que aportaban el 2,7% de la producción global, en 1792 ya tenía cerca de 600 ingenios, con el 6,9% de la producción mundial. En las primeras décadas del siglo XIX pasó del 15% (Moreno, 1964).

La acelerada expansión de un sector que combina agricultura e industria pedía la modernización de prácticas comerciales y la introducción de instrumentos financieros, como el crédito, sin desarrollo alguno hasta el siglo XIX. Pero también sentó las bases de graves deformaciones estructurales en la economía cubana.

Con el boom azucarero posterior a 1790, clavaron estacas en la Isla la monoproducción y la monoexportación. Los cañaverales absorbieron el grueso de las tierras más fértiles, la fuerza de trabajo y los recursos financieros, en un trazado que perduraría durante dos siglos, aún bajo gobiernos de signos antagónicos.

“Sirvieron los ingresos de la exportación de productos coloniales para comprar, no sólo mercancías manufacturadas, sino también subsistencias cuyo cultivo hubiera sido posible, pero se desatendió en favor del azúcar y del café y se desarrolló así una estructura unilateral sin diversificación alguna”, razona Heinrich Friedlaender, en su Historia Económica de Cuba.

“…había un déficit constante de productos alimenticios, como el arroz, que ya era básico para el sustento de la población y se importaba de España y de Estados Unidos”, confirma otro eminente historiador, Julio Le Riverend, al señalar el menoscabo de la economía frente a una agricultura cañera extensiva y de bajo calado técnico, en el tránsito del siglo XVIII al XIX.

Guerras después de las crisis

No es casual que el campanazo inicial de las guerras de independencia sonase en un ingenio azucarero de la provincia de Oriente, La Demajagua, propiedad de Carlos Manuel de Céspedes, Padre de la Patria, quien liberó ese 10 de octubre a sus esclavos. La Guerra de los Diez Años comenzó en 1868 como maduración de la nacionalidad y del pensamiento humanista y político cubano y fue expresión del agotamiento del modo de producción esclavista.

Al avanzar la primera mitad del siglo XIX, Cuba llegó a ser primera exportadora mundial de azúcar y de café, aunque cedería el puesto a Brasil con el segundo de esos productos por una torpe política arancelaria española. Pero a partir de 1857, una crisis económica mundial provocó la caída de los precios del azúcar, el colapso cafetalero, la reducción de exportaciones, la contracción del crédito externo y la quiebra de bancos y empresas insulares.

Poco pudo hacer una economía limitada a la exportación de azúcar, café y tabaco, con agricultura e industria de magro progreso tecnológico, situación criticada desde el siglo anterior por Arango y Parreño, José Antonio Saco y Alexander von Humboldt, entre otros intelectuales.

La alternativa esclavista y la expoliación colonial española obstaculizaban el avance hacia modos más productivos y eficientes. La corona hispana y los comerciantes de Cádiz solo veían en “la siempre fidelísima Isla de Cuba” un botín. En 1860 solo el 5% de los ingenios cubanos estaban mecanizados y producían el 15% del azúcar del país (García Molina, 2005). La coyuntura era más gravosa para los hacendados orientales.

El fracaso de los reformistas criollos frente a la burocracia de la metrópoli encendió finalmente el fuego de la independencia.

Las fuerzas cubanas destruyeron a lo largo de la primera guerra varios centenares de ingenios, sobre todo en el Oriente y el Centro de la Isla, para minar el principal soporte del poder colonial, como declaró el general mambí Máximo Gómez cuando el español Conde de Valmaseda le propuso “una cantidad de dinero para que respetara los ingenios” (Le Riverend, 1963).

Los centrales más fuertes de la colonia, ubicados en Occidente, sobrevivieron sin grandes afectaciones.

Hacia 1878, la producción azucarera retrocedió casi un 30% por la devastación militar, que terminó sin éxito cubano debido al desgaste y división de las fuerzas insurrectas.

El daño resultó muy superior en la Guerra de Independencia iniciada en 1895, después de una tregua de relativa prosperidad, en que España abolió la esclavitud y la producción azucarera entró en etapa francamente industrial, que apuntaba a la eliminación de ingenios pequeños para concentrar la producción en los mayores.

Por la combinación de la tea independentista y la criminal reconcentración de poblaciones implementada por el Capitán General español Valeriano Weyler, la economía se desangró en el lustro final del siglo. La riqueza nacional se redujo en dos terceras partes, quebraron muchos bancos y la población disminuyó en un tercio. Con la contienda bélica, la zafra cayó a niveles entre 200.000 y 300.000 toneladas, contra 1,1 millones un año antes del conflicto (Moreno, 1964 y García Molina, 2005). Sobrevivieron unos cien centrales, de 400 en 1894 (Le Riverend, 1963).

Cuando el triunfo mambí sobre España era ya un hecho, la alfombra estaba tendida ante Estados Unidos no solo para la intervención militar que frustró la independencia en 1898.

Sugar island

La guerra dejó a muchos hacendados criollos en la quiebra o en situación desventajosa para restablecer sus negocios, por la escasez de capitales y fuentes de crédito. Por el contrario, las compañías de EEUU, que habían acelerado su penetración en Cuba desde la década de 1880, mantuvieron distancia del financiamiento bélico.

El capital estadounidense encontró el terreno despejado ante sí para fomentar un “mercado de tierra” que facilitara el traspaso de las propiedades españolas y cubanas a magnates del norte. Durante los períodos de ocupación militar de 1899 a 1902 y de 1906 a 1909, EEUU fortaleció su dominio económico sobre Cuba, que selló mediante la Enmienda Platt, apéndice constitucional impuesto por Washington, y el Tratado de Reciprocidad Comercial.

Firmado en 1903 a pesar de ácidas críticas de Manuel Sanguily y otros independentistas, ese tratado aseguró a Estados Unidos el control del mercado cubano, y sujetó a la Isla aún más al estrecho perfil exportador azucarero que le dejaba la división internacional del trabajo. En 1934, la renovación de ese documento amplió el margen de preferencia arancelario a favor de EEUU y abrió más el mercado insular a los productos norteamericanos.

Un dato del historiador Ramiro Guerra evidencia el dominio norteamericano en la sugar island: de 157 centrales que molieron en 1939, más de un tercio, 59, eran de propiedad estadounidense, pero aportaron el 55,9% del azúcar total (Guerra, 1935). El capital de ese país también estaba detrás de la electricidad, la telefonía y la producción de cemento, mientras el Chase National Bank of New York, First National Bank of Boston y First National City Bank of New York rectoraban el sector financiero ya en 1933.

A fines del decenio de 1950, las empresas estadounidenses controlaban el 95% de la inversión extranjera en Cuba. En 1958 las inversiones directas totales de ese país ascendían a 1.000 millones de dólares, monto solo superado en la región por Venezuela y Brasil (García Molina, 2005).

En las primeras seis décadas del siglo XX, Cuba vivió etapas de vacas gordas y vacas flacas, determinadas por la tendencia de los precios internacionales del azúcar durante picos de demanda, como las dos guerras mundiales, y crisis económicas globales, como la Gran Depresión de 1929. El producto interno bruto evolucionó siempre en simetría con la zafra.

La producción azucarera se estabilizó sobre 5 millones de toneladas después de la II Guerra Mundial, con un récord de 7.298.000 en 1952 (Moreno, 1963). Pero los momentos boyantes de las exportaciones solo empeoraron rasgos típicos del subdesarrollo: profunda dependencia externa, graves desequilibrios económicos y sociales y exclusión de grandes mayorías populares.

Otros sectores se sumaron en ese período al trío clásico dominado por el azúcar y secundado por el tabaco y el café, como la industria ligera y el turismo, pero con timidez. El sector agropecuario amplió la producción de arroz, maíz, carne bovina y otros renglones, mas el consumo nacional continuó dependiendo de la importación de alimentos y manufacturas.

Con la inauguración de una planta de níquel en Nicaro, a mediados de los años 40, también de propiedad estadounidense, comenzó la explotación de uno de los recursos minerales más abundantes de la Isla.

La pobreza era persistente para una gran parte de la sociedad, en particular durante los largos tiempos muertos entre zafras, mientras los gobiernos, comprometidos en escándalos reiterados de corrupción, malversación y maniobras politiqueras, no hicieron nada para diversificar la economía y atender las carencias sociales.

Revolución: después del dulce

Cuando triunfó en enero de 1959, la Revolución Cubana se propuso darle respuesta a tantos desequilibrios económicos y sociales. Comenzó así un período convulso de la historia, con transformaciones políticas inmediatas para ganar la soberanía nacional robada por la intervención norteamericana de 1898. En lo económico, los cambios apuntaron temprano a las relaciones de propiedad y a beneficiar a los sectores más humildes (Pérez Villanueva, 2010).

La Reforma Agraria, adoptada el 17 de mayo de 1959, eliminó los latifundios para entregar la tierra a los campesinos. Otras medidas tuvieron un cariz netamente social y humanista, como la Campaña de Alfabetización en 1960, pero con los años revelarían también importantes beneficios económicos.

La oposición de EEUU al rumbo de la Revolución se hizo evidente pronto. Además de financiar sabotajes y agresiones militares, en 1960 Washington suprimió unilateralmente la cuota azucarera cubana, tras lo cual el líder de la Revolución, Fidel Castro, anunció la nacionalización de todas las propiedades norteamericanas. Meses después, el gobierno nacionalizó igualmente las empresas de la burguesía cubana, comprometidas con maniobras de descapitalización y atentados económicos.

Cuando Fidel declaró socialista la Revolución el 15 de abril de 1961, el país había adoptado ya un modelo económico con planificación y asignación centralizada de recursos y elevada participación del Estado en la propiedad de activos en cada rama: a fines de 1960, 37% en agricultura, 85% en industria, 80% en construcción, 92% en transporte, 50% en comercio minorista, y la totalidad de los servicios bancarios y de comercio exterior (Rodríguez, 1990).

A la pérdida del mercado azucarero siguió un bloqueo económico estadounidense más amplio desde 1961, con un costo cercano a cien mil millones de dólares hasta el 2011 según cálculos de las autoridades cubanas.

Ante el hostigamiento norteamericano, Cuba emprendió una dinámica política exterior, para ampliar nexos con otros países, incluidos los socialistas. Con los años estrecharía cada vez más el comercio y la cooperación con la URSS sobre todo, en un vínculo que influyó en la perduración hasta la década de 1990 de una vieja deformación estructural de la economía cubana (Álvarez, 1995).

Dentro del Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME), Cuba encontró condiciones favorables de intercambio para expandir la agroindustria azucarera, hasta más de 8 millones de toneladas establemente en los años 80, y financiar un ambicioso proceso de industrialización, construcción de infraestructura y expansión de obras sociales. Pero la Isla quedó atada a su papel de economía exportadora de azúcar y alguna materia prima más –cítricos y níquel.

Para agravar la dependencia, la industria en desarrollo y hasta la agricultura permanecieron sujetas a la importación de materias primas, equipamiento y otros suministros desde la lejana Europa oriental. La dependencia era total en el frente de la energía (Pérez Villanueva, 2010).

Esa espada de Damocles cayó sobre la economía cubana en 1990. Casi de golpe, se desplomaron la Unión Soviética y el resto del campo socialista europeo, compradores del 80% de las exportaciones cubanas, y suministradores del 85% de las importaciones y del 80% de las inversiones. El producto interno bruto (PIB) cubano perdió un 35% de 1990 a 1993. Estados Unidos aprovechó la recesión para arreciar el bloqueo económico (Rodríguez, 2011).

De manera traumática, en la década final del siglo XX quedó planteada la ruta hacia una transformación radical del comercio exterior y de la economía cubana, por primera vez en la historia. La agroindustria azucarera sufrió un colapso brutal y cedió el lugar al turismo, al níquel, al tabaco y a la industria médico-farmacéutica. En el nuevo siglo, la exportación de servicios profesionales, médicos en primer lugar, ocupó el trono.

Aunque la agroindustria azucarera resucite, la política económica aprobada en el 2011 por el VI Congreso del Partido Comunista de Cuba apuesta a una diversificación más equilibrada de sectores económicos, socios externos y hasta formas de propiedad. Las condiciones objetivas respaldan un rumbo que deja poca oportunidad para un retorno al absolutismo azucarero. Incluso, ya asoman rasgos de un cambio más ambicioso: de economía productora de pocas materias primas y servicios fundamentados en ventajas naturales del país a economía basada en el conocimiento (Triana, 2005).

En esa evolución, el recurso principal es el capital humano formado a lo largo de cinco décadas de Revolución, y el desafío más grande, crear condiciones para que aporte de una vez eficiencia y competitividad a la economía cubana.

Bibliografía:

Alvárez González, Elena (1996). Características de la apertura externa cubana, Boletines 26 y 27 Economía Cubana, CIEM, La Habana, 1996.

Friedlaender, Heinrich (1944). Historia Económica de Cuba, Editorial de Ciencias Sociales, 1978.

García Molina, Jesús M. (2005), La economía cubana desde el siglo XVI al XX: del colonialismo al socialismo con mercado, Series Estudios y Perspectivas 28, CEPAL, México, 2005.

Guerra y Sánchez, Ramiro (1935). Azúcar y población en las Antillas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1970.

Le Riverend, Julio (1963). Historia Económica de Cuba, Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 1974.

Moreno Fraginals, Manuel (1978), El ingenio complejo económico social cubano del azúcar, tres tomos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1978.

Pérez Villanueva, Omar Everleny y otros autores (2010), Cincuenta años de economía cubana, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 2010.

Rodríguez García, José Luis (1990) Estrategia del desarrollo económico de Cuba, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1990.

– (2011). Notas sobre economía cubana, Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello y Ruth Casa Editorial, 2011.

Triana Cordoví, Juan, Ricardo Torres y Mariana Martín (2005). Cuba: hacia la economía basada en el conocimiento, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2005.

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