De campanas y de sangre

La exposición Feromonas, del joven fotógrafo cubano Reinaldo Echemendía, emplea una novedosa técnica de impresión con restos de sangre como componente químico.

El poeta nicaragüense Rubén Darío incluyó en su poemario Prosas profanas (1896) su “Canto de la sangre”. En esos versos elogia la “Sangre de Abel. Clarín de las batallas” y la “Sangre del Cristo. El órgano sonoro”.

En 1934, el torero Ignacio Sánchez Mejías murió dramáticamente en una plaza de toros. Su amigo Federico García Lorca escribió una de las elegías más conmovedoras de la lengua española, titulada “La sangre derramada”.

“¡Que no quiero verla!// Dile a la luna que venga,/ que no quiero ver la sangre/ de Ignacio sobre la arena”, dicen los primeros versos, donde convierte la imagen de la sangre en motivo central de la escritura, sinónimo del horror del poeta ante el fin de la vida.

En 1938, el mexicano Efraín Huerta recuperó el motivo en “Esa sangre”. Escribió: “No la he visto. No. No la he sentido/ en mi propia sangre revolotear/ como pájaro perdido, llorando/ o nada más en busca de descanso.”

La sangre, tejido vivo, compositivo del cuerpo humano, mezcla de plasma, agua, sales y proteínas ha inspirado por siglos a más de un creador, estuviera influenciado o no por la idea católica de la sangre como vía para llegar a Cristo. En el arte la sangre ha sido sinónimo de vida; pero también de muerte.

Mas no es dual la condición de su representación. En las mujeres, el sangramiento en edad adolescente es señal de la maduración del cuerpo; mientras los héroes sangrantes de la mitología casi siempre son los más polémicos. (De la sangre de Medusa nació Pegaso y la de Urano dio origen a los titanes. La sangre del lado derecho de una górgona daba vida, la del lazo izquierdo estaba envenenada.)

El joven fotógrafo cubano Reinaldo Echemendía Cid tomó esta múltiple y compleja presencia de la sangre en el arte y la convirtió en imágenes fotográficas. O sea, convirtió todo este sistema de representación en algo mucho más complejo.

La Fototeca de Cuba, ubicada en el casco histórico de La Habana, presenta la exposición de Echemendía titulada Feromonas. Está en exhibición entre el 6 de marzo y el 6 de abril de 2015, como muestra fehaciente de los nuevos caminos que toma el arte fotográfico.

La sangre de Cid

Echemendía lleva varios años peregrinando para fotografiar las campanas que aún tañen a lo largo y ancho de la geografía cubana.

En su búsqueda ha capturado tanto la del Aula Magna de la Universidad de La Habana que clausura algún evento académico, como las de iglesias rurales, que insisten en llamar a misa con el ancestral sonido.

Se desconoce si el origen religioso de las campanas, tanto en el mundo occidental como en buena parte del oriental, fue lo que motivó a Echemendía a buscar en la sangre un complemento para revelar sus imágenes. O si por el contrario, el interés por emplear el fluido como químico fotográfico lo hizo dirigir su mirada hacia las campanas, con tanta carga simbólica y tan comunes como la sangre misma.

Lo cierto es que el resultado es una serie de fotografías en hierro sobre gelatina producto de un viraje químico donde se sustituye el óxido de plata que permite tradicionalmente la emulsión del papel por el hierro contenido en la sangre. Se necesitan 24 horas para culminar el proceso.

La combinación de técnicas y materiales produce un efecto visual que el creador no puede controlar. Cada imagen termina con contrastes, iluminaciones y coloraciones diferentes.

Planos fotográficos medios y cerrados de las campanas comparten informaciones visuales precisas y difusas, más determinadas por el efecto de la sangre sobre el papel que por la intención del fotógrafo en la toma primera.

Manchas fantasmales, explosiones de luz y difusión de contornos parecen ser los efectos más comunes. Por su propia condición resultan irrepetibles de una imagen a la otra.

En 2011, cuando Feromonas era todavía un work in progress, Reinaldo Echemendía empleó en su técnica desechos de la sangre humana que los centros de donantes de Cuba rechazaban por diversos motivos, casi siempre asociados a enfermedades transmisibles.

Su espectro de experimentación parece haberse ampliado a la sangre animal a medida que creció el proyecto. Se conserva intacto, sin embargo, el extrañamiento de espectadoras y espectadores ante la técnica de revelado.

Made in realidad

La maldita circunstancia de la sangre por todos lados en estas fotografías de Reinaldo Echemendía tiene una connotación violenta.

Independientemente de lo que hasta aquí hemos especulado sobre el origen religioso de las campanas y su nexo con la sangre, no debemos olvidar la relación de ambas en la historia de Cuba.

El inicio de las luchas de independencia en la Isla está mitificado en la historia oficial con el toque de la campana del ingenio La Demajagua. El 10 de octubre de 1868 Carlos Manuel de Céspedes tañó el instrumento llamando a los esclavos a la guerra.

Las feromonas son sustancias químicas que secretan los seres vivos para provocar comportamientos específicos en otros. Están reconocidas como un medio de transmisión de señales imperceptibles en su condición primera.

La obra de Echemendía Cid permite un sinfín de especulaciones sobre estas combinaciones de conocimientos y símbolos. Éstas pueden alcanzar incluso un matiz ideológico y hablan en cualquier caso de la cultura de su creador, de su capacidad de riesgo.

Además, el joven logra todo esto sin apartarse de la complacencia estética, asociada a lo grotesco.

El artista luce conscientemente preocupado por crear todo estos efectos. En 2012 presentó en la Bienal de Artes Plásticas de La Habana una instalación nombrada “Capital”. Estaba hecha básicamente con los residuos de petróleo extraídos de la Bahía de La Habana.

Las connotaciones ecológicas, mercantiles y estéticas de aquella pieza, así como todo el tiempo empleado en la obtención de su materia prima, pusieron a la crítica a debatir ampliamente las intenciones de Echemendía Cid.

De nuevo el extrañamiento hizo su parte. Como Feromonas, la instalación “Capital” además de deleitar o poner a pensar al público en el momento de su contemplación, impresionó sobre todo por el amplio proceso creativo que medió su concepción.

Echemendía Cid no es el primer artista que experimenta en Cuba con flujos humanos como materiales técnicos de su creación. La complejidad del sistema de pensamiento que pone en juego en sus obras, permite sin embargo suponer que en su caso nos queda mucho todavía por ver, oler, sentir.

 

Normas para comentar:

  • Los comentarios deben estar relacionados con el tema propuesto en el artículo.
  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los comentarios que incumplan con las normas de este sitio.