La transgresión del canon

La fotografía documental está caminando por nuevos senderos de la misma manera que lo está haciendo la comunicación en su conjunto.

Unos de los íconos de la fotografía cubana.

Foto: René Peña

Intentar definir a la fotografía documental como aquella que se apega a la ortodoxia del rigor técnico es como arar en un desierto. Hoy día se hace fotografía documental experimentando, utilizando lo más sofisticado de la tecnología, llevando los materiales fotográficos al límite o prescindiendo de ellos; todo se mezcla y confunde, en el mejor sentido de la palabra.

En todo caso, de qué valen las definiciones técnicas, lo verdaderamente importante, la clave, está en la realidad como sujeto y las múltiples interpretaciones que las miradas de entendidos y profanos en la materia puedan hacer de esta manifestación, sin lugar a dudas, artística.

¿Quién podría imaginar, por ejemplo, que “El beso” de Robert Doisneau, maestro y pilar de la foto directa, era una imagen armada? El artista había descubierto a dos jóvenes estudiantes parisinos en un bar y los convenció para que posaran ante su lente en medio de la plaza. A los chicos les entusiasmó la idea y su apasionado beso se convirtió en un ícono reconocido en todo el planeta, tal vez, porque encerraba muchas lecturas: París, el amor, la libertad… Aún hoy aquel “beso” sigue vendiendo cientos de miles de copias.Raúl Cañibano

Pero acaso testimoniar la realidad significa que todo acto fotográfico sea documental. Claro que no. Lo que pasa es que toda fotografía puede leerse desde una perspectiva documental si consideramos que responde a inquietudes, dudas, afirmaciones o negaciones a una época y un contexto particular del creador; tiene que ver con ideologías, crisis, creencias, sueños, utopías, realidades…

Echemos la mirada unos cuantos años atrás. Recordemos, por ejemplo, cuando se decidió que la fotografía documental en blanco y negro reflejaba la realidad, sin preguntarnos siquiera por qué aceptábamos esto cuando la realidad es en colores.

Ahora cada vez es más difundida la idea de que la fotografía es solo una representación de la esa realidad y, por eso mismo, está matizada por quien aprieta el obturador (lo que llamamos “autor”).

Hablar, por tanto, en estos tiempos de autoría, de fotografía de autor, no es hablar simplemente de firmar una imagen, o de un estilo coherente de fotografiar, sino de responsabilizarse por el contenido de esa imagen, de la misma manera que lo hace un escritor, pintor o cineasta.

Documentar es interpretar y comunicar, percibir, reflexionar y compartir, aclarar preguntándose, cuestionar afirmando, negar mostrando, apoyar escondiendo, combatir desplegando, entender confrontando… La fotografía documental está caminando por nuevos senderos de la misma manera que lo está haciendo la comunicación en su conjunto.

En la actualidad es más notable la influencia que puede representar la difusión de imágenes fijas porque la fotografía ha sorteado lo que para muchos era una muerte inminente ante la comunicación en vivo y con imágenes en movimiento.Tomás Barceló

Al mismo tiempo, al reconocerse también la categoría autoral del trabajo documental —donde el actor principal ya no es solo la realidad sino también el creador— se asigna un enorme grado de credibilidad al fotógrafo, potenciando así los usos políticos e ideológicos del medio, sin olvidar el conjunto y contexto donde entra en diálogo la creación y los públicos.

No hace tanto tiempo se discutía la competencia entre la imagen fija y la imagen en movimiento, sin embargo ahora esto pasa a un segundo plano al popularizarse soportes de comunicación que incluyen no solo a estas dos sino también al sonido, al texto, a la comunicación directa de voz.

Pero de lo que no hay dudas, es que la fotografía fija se asienta cada vez más en el gusto de los consumidores de información como una manera que permite el repaso sereno y reflexivo sobre el acontecimiento que se nos presenta.

Según afirma Sebastián Salgado, paradigma del fotoperiodismo moderno, la fotografía no puede cambiar absolutamente nada, a lo más que puede aspirar es a mostrar que algunas cosas merecen ser cambiadas.

Sin embargo me atrevería a decir que la fotografía documental desde su peculiar discurso intenta mostrarnos que se comunica lo que precisa ser transformado todos los días, incluidas las definiciones y las fronteras, y que lo que hoy está en juego es la necesidad humana de entender nuestro entorno y nuestro tiempo, de responder a los estímulos de una compleja y aparentemente absurda realidad, donde las cada vez más profundas brechas étnicas, religiosas, ideológicas o económicas permean cualquier intento de convivencia, donde utopías políticas se han derrumbado dejando al descubierto odios que siempre estuvieron latentes, donde la hipertecnología convive con la hiperpobreza, donde la confusión pareciera que nos encamina a una situación entrópica en la que, en medio del caos, no se distinguen los errores, donde el concepto de realidad se ve limitado incluso al definir una situación como surrealismo o realismo mágico.

En este contexto, la fotografía documental tiene mucho que decir, no solo para estar atenta a una realidad marcada por el reloj de los acontecimientos, sino también por la representación de esta nuestra realidad ambigua que invita a la reflexión, al análisis y a la creatividad.

En tal caso, el autor-fotógrafo más que “captar un instante”, que puede ser azaroso, lo que buscar es implicarse y cuestionar su contexto. Y este punto de giro de la representación trae también aparejado un cambio en la percepción, de modo que la acción de ver y juzgar una obra artística, fotográfica en este caso, es siempre una acción de pensamiento.

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