Gris de oficio

Fijo el ojo al visor y el dedo al obturador, entonces me transformo; me permito llamarme fotógrafo.

Alejandro Menéndez Vega

Quisiera tomar algunas fotos de estos rostros comprimidos y sudados que vuelven del trabajo

Salgo a la calle a ensayar una profesión que aún no comprendo. En los bolsillos solo llevo cinco pesos, suficiente para algunas guaguas y para aplacar con unos granizados la sed que pronto me atormentará.

Prefiero salir en la tarde y que me sorprenda el ocaso, a las mañanas, que prometen más sol a medida que avanza el día y jamás fallan en cumplir. No estoy buscando nada en específico, tengo confianza en esta ciudad que logra sorprenderme. En La Habana se mezclan las consignas políticas con carteles que confiesan amores, preferencias musicales, dimensiones sexuales, salvajismos del Cerro o abusadores de computadoras de última generación, carteles mal mal escritos en cualquier superficie vertical u horizontal. Un P5 demuestra lo que se puede lograr con un lápiz y deseos de garabatear. Casi admiro a los que pintan dentro de una guagua, hacen gala de una tenacidad prodigiosa.

Quisiera tomar algunas fotos de estos rostros comprimidos y sudados que vuelven del trabajo, pero mi voluntad es menor que la del pintor, sacar la cámara supondría un esfuerzo inmenso y en el más trivial de los casos obtendría, junto a las imágenes, insultos de gran variedad. Decido hacer mi ruta por la calle San Rafael desde Galiano hacia el Parque Central, tal vez después siga por Obispo hasta el malecón, esa trayectoria, tantas veces andada es la mejor para descubrir “la ciudad dentro de la ciudad”. Aquí el Santo Grial es comprable si tienes el dinero y sabes a quién preguntar.

Mi cámara es un elemento típico en la zona, sin embargo provoco cierta hostilidad al apuntarla hacia las manos que se pasan billetes, hacia los policías que no sabemos cuánto saben, hacia las vasijas y cajas con San Lázaros que piden dádivas para limpiar la sangre de sus heridas. Yo sé que hay más mendicidad de la que veo, y no veo poca. Muchas veces me toman por extranjero y realmente lo prefiero. Si notan que es un cubano quien los fotografía se abochornan e irritan, de lo contrario me dicen “wan dólar”. Pero no solo me lo dicen los que parecen ser mendigos, muchísimas veces también lo hacen los que fingen estar trabajando, los niños, los pescadores, los bañistas del Malecón. Me pregunto si todos ellos salen en los números del país como indigentes o es solo un “trabajo” que se reconoce cuando se realiza a tiempo completo.

Un hombre al que le faltan ambos brazos me pregunta cuál es mi nacionalidad, le respondo un poco enfadado que cubano, estudiante de fotografía, me sorprende al decirme que le tome fotos, que yo voy a decir la verdad “desde adentro” y esa es la mejor verdad. Me muestra cómo hace para tomarse un vaso de helado y agrega que hay gente que no puede tomarlo porque la leche le hace daño. Llego al Parque Central con una sonrisa en la cara; el manco era un hombre sabio.

Aquí encuentro otra Habana, una que no es de piedra y mar, sino de senos y labios. En realidad es la fusión, caricias que se identifican en cada esquina hasta volverse parte de la arquitectura. El muro es divino porque lo acompaña el recuerdo vivo de la mano furtiva bajo la saya, la marca que dejan las pequeñas rocas en la espalda, las caderas en los contornos de la acera, los muslos firmes de las farolas. Esta hembra llena de habitantes, con tantas piernas para tantos ojos, con tanta lujuria bajo los balcones, sabe de mi presencia y llama a sus mejores exponentes para la pasarela del Parque. Bajo la mirada de Martí, discuten de pelota los hombres más exaltados del mundo y solo interrumpen para bambolear los ojos con la falda o el escote de mis modelos. En esta zona hay varios hoteles y algunos extranjeros pasan a admirar, a veces las mismas faldas y los mismos escotes los están esperando. No es un modo de vida, sucede que lo exótico nos atrae.

Pasos cosmopolitas trajinan por Obispo, demasiados pasos por segundo y los adoquines no se hunden. Los fotografío y hay quien me mira como si observara a un muchacho arrodillado en medio de la calle repleta tomando fotos de adoquines. Aquí también aparecen para mi lente las manos que esperan el maná, las mujeres hipnóticas y variadas, los policías, los trabajadores, los supuestos trabajadores, los niños, los supuestos niños. Así observo pasivo la realidad hasta llegar al Malecón, la frontera de la ciudad, la línea gruesa que tienen las figuras en los libros de colorear para poder rellenar interiormente. Lo dejado atrás ya no existe más que en mi cámara, son momentos falsos, menos para mí, el pasado es irreal excepto para los que lo recuerdan.

Se me está terminando la luz natural, me queda media hora para llegar al Cristo y coger el crepúsculo tras los edificios de la capital.

Siempre que vuelvo y descargo las imágenes tengo la misma sensación, esta paradoja que es amar tanto una ciudad, que no existe. En mi mente la ciudad es fastuosa y al verla seccionada en un monitor descubro que no es cierto, no hay belleza en sus ruinas. La Habana es gris, los colores se han ido al mar con los aguaceros. En las fachadas solo queda el recuerdo desaturado de vivos tonos que me hubiesen alegrado las fotografías. Las calles conservan los baches, bueno, no los mismos, en realidad son más grandes. La gente está triste y cansada, el día a día los agota. Al caer la noche los que vuelven a sus casas no sienten haber trabajado para construir un mejor futuro, perennemente futuro. En mi imaginación los niños son ingenuos y de los más cultos del mundo, pero en realidad están en “la lucha” y los cuentos infantiles siempre son para niños más pequeños que ellos. Estoy enamorado de una ciudad que no tiene capas sociales, ni mendigos, ni hambre, ni putas, ni abuso, ni desilusión, pero obviamente no es esta, yo no he ido a muchas ciudades del país, tal vez La Habana que yo amo está en otro lugar.

Al dormirme, mi ciudad vuelve a ser la que yo quiero, “la mejor ciudad del mundo”, aunque yo no sepa nada del mundo, siempre he vivido en el corcho de la piscina.

Salgo dos veces en la semana a la calle a experimentar lo que quisiera ser algún día, aún no lo soy, tal vez nunca lo sea. Tener una cámara es fácil, al menos mucho más fácil que hacer una foto. Leí alguna vez que una foto es un decisión ética que se toma en un segundo, pero cómo tomar la decisión moral correcta si, como me enseñó el manco, hay muchas verdades y yo solo conozco la del corcho.

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