Necrópolis Cristóbal Colón

Declarado Monumento Nacional de Cuba en 1987, el Cementerio Cristóbal Colón es una de las 21 necrópolis existentes en La Habana.

Con sus 57 hectáreas, es el cementerio más importante del país y la mayor necrópolis de América.

Más de dos millones de difuntos descansan en esta ciudad funeraria, donde se realiza cerca del 80 por ciento de los entierros de la capital.
La tumba más visitada es la de Amelia Goyri de la Hoz, una dama de alta sociedad, a la que se conoce como “La Milagrosa”. Creencias populares afirman que la sepultaron con su bebé fallecida entre las piernas – como era costumbre en la época – y que tiempo después, al abrir la bóveda para enterrar al suegro, se le encontró abrazada a su hija. A La Milagrosa nunca le faltan las flores frescas: todos los días acuden a ella personas para buscar consuelo y clamar por un milagro.
Autorizada por Real Decreto en 1866, la construcción de la necrópolis tuvo inicio en 1871, concluida casi quince años después. Pero, según consta en libros de registro, la primera persona se depositó en el camposanto en noviembre de 1868 – la africana Mañuela Valido – de manera que tres años antes de iniciarse las obras ya el cementerio cumplía sus funciones.
Su estructura es rectangular y está compuesta por una retícula de calles, manzanas y lotes.
Posee una extensa colección de obras escultóricas y arquitectónicas, verdaderas joyas de artes decorativas, razón por la que muchos especialistas lo sitúan como el segundo en importancia mundial, precedido solamente por el de Staglieno en Génova, Italia.
Esas obras constituyen una de sus características más notables, con variados estilos arquitectónicos y materiales, de acuerdo con la fecha de construcción y la posición económica del fallecido.
Numerosos panteones son recreación a escala de las mansiones coloniales de sus dueños en otras épocas. Arcos, cúpulas y vitrales decoran las construcciones funerarias artísticamente.
A la vera de los mausoleos erigidos por los magnates y personas pudientes, las familias más modestas fueron colocando sus tumbas.
Una multitud de esculturas de ángeles, vírgenes, santos e imágenes de Jesucristo nos demuestran que estamos ante un cementerio católico, que refleja la raíz latina de la cultura cubana.
Este museo a cielo abierto nos acerca a un concepto artístico de la muerte, reforzando los propósitos de un diálogo con lo divino.
La historia del cementerio ha estado ligada íntimamente a la de la isla y ha sido testigo de los más diversos acontecimientos.
Más allá del blanco frío del mármol y la nostalgia por los que ya no están, en esta ciudad del silencio sobreviven valiosísimas obras de arte, leyendas de amor e historias populares que perduran en la eternidad.
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