Comunidad de pescadores aprende cada día sobre violencia de género

La capacitación ha sido clave en Puerto Esperanza, poblado de unos 7.000 habitantes y escasas fuentes de empleo.

Representantes de la comunidad y los sectores de salud y deportes se sumaron a la jornada por la No violencia hacia las mujeres.

Foto: IPS Cuba

La Habana, 30 nov.-  El impacto del aprendizaje sobre profesionales del sector de la salud en la identificación de la violencia de género en sus vidas y en la atención que pueden brindar a otras mujeres, sobresale en una experiencia comunitaria en el poblado costero de Puerto Esperanza, en la occidental provincia de Pinar del Río.

En un encuentro en la comunidad, como parte de la Jornada Nacional por la No violencia hacia las mujeres, integrantes del grupo gestor de una iniciativa local mostraron los saberes aprendidos durante talleres de capacitación a personal de la salud promovidos por el Centro Oscar Arnulfo Romero (OAR), que coordina desde hace nueve años la campaña.

“Antes no sabía nada de esto, el taller de marzo, impartido por la psiquiatra Ivón Ernand, me ayudó a ver que yo también era violentada”, explicó a la Redacción de IPS Cuba la enfermera Elizabeth Lugo.

A partir de entonces, dijo, “hemos podido interactuar mejor con varias mujeres, identificar su situación de vulnerabilidad y poder llegar a ellas, con métodos específicos para su atención, en condiciones de confidencialidad, porque temen que sus parejas se enteren que han hablado sobre el tema con otras personas”.

Al evento central en la Casa de actividades del proyecto sociocultural La Camorra, uno de los incluidos en el programa del día 27 de noviembre en centros de trabajo de la localidad, se sumaron vecinos, personal de los sectores de la salud y el deporte, y la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) del municipio cabecera.

Exposiciones sobre los orígenes y sustentos teóricos acerca de la violencia de género hizo la psicóloga Yarisel Álvarez, mientras que la enfermera Idania González, ambas capacitadas, se refirieron a la importancia de trabajar esta realidad y centrarse en este fenómeno en Cuba, y no en la situación en otras naciones.

El encuentro concluyó con un ejercicio colectivo de biodanza.

El encuentro concluyó con un ejercicio colectivo de biodanza.

Aunque pudiera parecer redundante hablar sobre las diferentes caras detrás de las que se esconde el maltrato basado en la desigualdad de poder entre mujeres y hombres y el patriarcado que prepondera la dominación masculina, las ponentes reiteraron cada aspecto de las manifestaciones de violencia y cómo identificarlas, pues en el país el desconocimiento sobre el asunto hace que esté naturalizado en la sociedad.

“Hemos aprendido que hay violencia física, psicológica, sexual, laboral y económica, y que puede manifestarse en todos los espacios, niveles profesionales y grupos”, indicó la enfermera Maigualida Rubio.

El cierre del encuentro, que tuvo por sede a Puerto Esperanza, situado a unos 220 kilómetros al oeste de La Habana, fue un ejercicio colectivo de biodanza, conducido por entrenadores de deportes, con el objetivo de establecer puentes y relaciones que permitirán luego trabajar el tema desde varios ámbitos.

Las acciones a favor de la no violencia desde este grupo gestor surgió al calor de una iniciativa para la creación de una casa infantil, un viejo reclamo de las mujeres.

La ausencia de este tipo de institución les ha impedido durante años acceder a empleos o llevado a pagar elevados precios para el cuidado de sus hijos, comentó Marlene Barreras, coordinadora del grupo.

“Con la casa infantil, personas con desventaja por ausencia de ingresos económicos van a poder acceder a puestos de trabajo en la escogida de tabaco, una de las pocas posibilidades laborales del lugar”, consideró Barreras.

Pese a estar ubicado a solo unos 52 kilómetros de la cabecera provincial, las distancias hacia Puerto Esperanza se multiplican con las dificultades de transporte. En el poblado, de unos 7.000 habitantes son escasas las fuentes de empleo.

“Dadas las características de este lugar quisimos combinar el trabajo de la guardería con el de la violencia hacia las mujeres, porque su desventaja económica las hace dependientes de los hombres y vulnerables”, dice Barreras, de 45 años, educadora de círculos infantiles.

“En las capacitaciones fue que comprendí que yo misma he sido violentada toda la vida, porque antes de ver la violencia en otros, es preciso verla primero dentro de uno mismo”, afirmó la coordinadora.

Mareleen Díaz, quien desde OAR acompaña el proceso para la construcción del centro infantil, en un espacio cedido por La Camorra, considera significativo el crecimiento personal de las personas que han recibido las capacitaciones, lo que los pone en condiciones de realizar una labor efectiva en la detección y atención a las mujeres víctimas de violencia. (2015)

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